viernes, 30 de abril de 2010

Acuario


A continuación una breve descripción de la forma de ser de los acuarianos.
Lo leí como post de una amiga en su página de Facebook y ahora quiero compartirlo.

¡Ah!, me olvidaba... Yo también soy Acuario... Lo soy porque nací un 23 de enero.



Acuario...

Por lo general es generoso y tranquilo, pero le encanta provocar.
No puede negar que le gusta demostrar inconformidad y marcar la diferencia.
Enamorado de la libertad, puede ser divertido, perverso, original,
engreído e independiente, pero también diplomático, suave, compasivo y tímido.

Un Acuario es independiente e intelectual,
pero lo malo es que le gusta llevar la contraria y es impredecible.
Es poco emocional y no comprende la complejidad emocional de algunas personas
y tampoco la traición entre amigos.

Hay dos tipos de Acuarios: uno es tímido, sensible, y paciente.
El otro tipo de Acuario es exuberante, vivo y puede llegar a esconder
las profundidades de su personalidad debajo de un aire frívolo.

Ambos tipos de Acuario tienen una fuerza de convicción y de la verdad muy fuerte
y son tan honestos que saben cambiar sus opiniones
si aparecen pruebas que muestran lo contrario de lo que pensaban antes.

A pesar de la personalidad abierta del Acuario
y de su deseo de ayudar a la humanidad, no suele hacer amigos con facilidad.
No entrega su alma con facilidad. Pero cuando lo hace es un buen amigo
y amante dispuesto a sacrificar todo por su pareja
y ser fiel durante toda su vida.

Sin embargo, a veces le toca vivir la desilusión emocional
porque sus ideales personales le llevan a exigir más de su pareja de lo que es razonable.
Si se le engaña a un Acuario, su furia es terrible.

sábado, 17 de abril de 2010

La búsqueda de la identidad americana en Doña Bárbara

Llanos venezolanos y vista del río Orinoco
Estado de Apure


Muchos años de docencia le permitieron a Rómulo Gallegos conocer la hostoria de Venezuela tanto por los libros como por el contacto directo con las personas habitantes de los llanos que visitó y en los cuales se documentó para escribir su monumental Doña Bárbara. Fueron esas mismas gentes las que sufrieron e hicieron frente a los constantes alzamientos y revoluciones que a las finales reportaron significativos números de vidas y de pérdidas materiales para una de las naciones más ricas de Sudamérica. Venezuela no estuvo exenta del afán personalista de caudillos que se hicieron del poder gracias a la demagogia acompañada de cuartelazos y golpes de Estado tan propios de nuestras tierras.

Frente a esto y ante las siempre arraigadas tradiciones del machismo, herencia colonial todavía sin desterrar y que detiene el progreso cultural de las naciones y el alcance y conquista de nuevos derechos, Gallegos quiere la voluntad civilista anhelante de establecer entre los venezolanos un régimen de convivencia y de respeto por aquellos sentimientos nobles de una moral tradicional. Efectivamente, el novelista venezolano emplea sus novelas y sus diversas publicaciones como arma de pelea y de lucha por un ideal. La necesidad de dar a conocer su ideología lo lleva a hacer de sus obras el medio para acercarse a su pueblo.

Toda su obra deja ver que para él el hombre es lo más importante. No se conforma con la idea de que tengamos que vivir en un mundo con contradicciones anodinas en pleno siglo XX-XXI, donde todavía falta un proyecto común de progreso social que aún no ha llegado a establecerse del todo. Para ello, los valores que se imparten en la educación de las generaciones tienen que estar basados en el deber, la humildad, la identidad americana y el sentido de pertenencia a un continente para alcanzar una suerte de regeneración nacional y continental.

El lector recibe un llamado a fin de que asuma su responsabilidad ciudadana y a partir de su experiencia personal comience a poner en acción este compromiso que se entabla con la patria venezolana. Sin embargo, Gallegos no solamente se dirige al lector: también busca ser oído por el intelectual americano que siempre tiene la misión de orientar a su pueblo. Es necesaria la prédica de un rechazo a la violencia y darle la espalda al facilismo irresponsable que no mide consecuencias. Repudiar la falta de ideales. De igual modo, es decirle no a la improvisación, combatir la incultura con asistencia del proyecto civilizador del cual debe ser portavoz el intelectual americano. Ubicar estos problemas parte de tomar conciencia de que ellos existen y de que son propios de nuestra realidad, de la realidad americana. Desde aquí juega un rol importante el reconocimiento de nuestro entorno, de lo que es natural y de lo que ha sido creado por el hombre.

La libre contemplación de los escenarios naturales, y en el caso de Doña Bárbara del llano venezolano, inmediatamente genera en nosotros la idea válida de que pertenecemos a una tierra, y por lo mismo, nos identificamos con ella. El paisaje indómito cobra vida propia y enfrenta al hombre con la inmensidad de la naturaleza, que lo apabulla y que parece oponerse a sus planes civilizadores. Éste a las finales termina por deslumbrarlo.

Gallegos describe este paisaje, el llano:

Avanza el rápido amanecer llanero. Comienza a moverse sobre la sabana la fresca brisa matinal que huele a mastranto y a ganados. Y bajo la salvaje algarabía de las aves, palpita con un ritmo amplio y poderoso la vida libre y recia de la llanura. Santos Luzardo contempla el espectáculo desde el corredor de la casa y siente que en lo íntimo de su ser olvidados sentimientos se le ponen al acorde de aquel bárbaro ritmo.

Ante la belleza del llano no se puede permanecer indiferente. Su contemplación produce sensaciones nuevas:

¡Ancha tierra, buena para el esfuerzo y para la hazaña! El viento silba en los oídos, el pajonal se abre y cierra en seguida, el juncal chaparrea y corta las carnes, pero el cuerpo no siente golpes ni heridas. A veces no hay tierra bajo las patas del caballo, pero bombas y saltanejas son peligros de muerte sobre los cuales se pasa volando.

La vida que ofrece el llano al hombre tiene algo del tópico del amenus locus (lugar ameno) aunque le ofrezca también peligros que, en claro resguardo de su vida debe conjurar. Es precisamente ahí donde fluye esa energía que le hace sentirse vivo.

También fuera de ella ya el mundo no es lo que hasta allí había sido: un monte intrincado donde recoger chamizas, un palmar solitario sonde era posible estar horas y horas tendido en la arena, inmóvil hasta el fondo del alma sin emociones ni pensamientos. Ahora los pájaros cantan y da gusto oírlos. Ahora el tremedal refleja el paisaje y es bonito aquel palmar, invertido. Aquel fondo del cielo que se le ha formado al remanso... La belleza no está en ella solamente, está en todas partes: en el palmar profundo y diáfano, en la sabana inmensa y en la tarde que cae dulcemente, dorada y silenciosa.

Pese a que críticos y novelistas de renombre como Mario Vargas LLosa (1936) hayan calificado de primitiva a la novela regional por haber convertido en materia de datos geográficos, descripción de usos y costumbres y muestrario de folclor su narrativa, es innegable que Doña Bárbara tiene un sitial ganado dentro de la literatura latinoamericana y universal al exponer el espíritu de un puebo que ama, sufre y espera, que trabaja por su progreso y se identifica con un suelo, con una nación, con un continente.

domingo, 11 de abril de 2010

La novela de la tierra

Vista parcial del río Orinoco - Venezuela


Doña Bárbara (1929) fue la obra cumbre del escritor venezolano Rómulo Gallegos (1884-1969) y narra el regreso de Santos Luzardo a los llanos venezolanos tras haberse marchado de los mismos cuando niño, para recibir en la capital caraqueña una formación basada en leyes y en los más altos valores de la cultura civilizada. El panorama de los llanos venezolanos se le presentará salvaje y bárbaro a su retorno, sus exóticos habitantes son los que imponen sus propias leyes, sometiendo a los más débiles bajo el imperio de la fuerza, la violencia, el abuso y la tosudez. La mayor de las sopresas y asombros de Santos Luzardo es encontrar una escasa conciencia moral en sus habitantes, que practican alguna forma de corrupción en diversos escenarios de su desenvolvimiento cotidiano.

Simultáneamente, se nos cuenta la vida de Doña Bárbara, una mujer que alguna vez fue una doncella inocente enamorada a la que le desgraciaron la vida cuando unos hombres inescrupulosos, desalmados piratas, le matan al novio además de abusar sexualmente de ella. Desde ese entonces Bárbara decidirá no permitirse nunca más sufrir por hombre alguno ni que alguno de ellos se le ose propasar. Todo lo contrario: será ella quien someta a todo aquel que pretenda conquistarla o a todo aquel de quien se obsesione. Será así que, por ejemplo, llegará a someter a Lorenzo Barquero, un rico hacendado de los llanos del Apure, arrastrándolo a la peor de las ruinas humanas con tal de obtener de éste toda su fortuna y tierras, hasta llegar a enseñorearse como la temida Doña Bárbara, dueña y señora de El Miedo, nombre con el que bautiza a sus cada vez más crecientes propiedades.

De otra parte, Doña Bárbara es también madre, de Marisela, una joven que nació producto de sus amoríos con Lorenzo barquero, el hombre al que arrastró hasta la inhumanidad. Desde un inicio Bárbara se desentendió de su hija, a la que de una u otra manera ha vivido odiando desde que la dio a luz, y a la que odiará más, llegando hasta el enfrentamiento, por el amor de San Luzardo, de la cual ambas se enamorarán.

A continuación, una breve descripción, con fragmentos de la novela misma, que nos presentan a los dos personajes principales de la obra:

Santos Luzardo es un hombre adelantado a su contexto de origen, que ha conseguido forjarse una educación superior de calidad estudiando Derecho y asimilando los valores de una cultura civilizada de paz y respeto al orden y la ley. Es lo que se denominaría "un hombre de bien" que actúa para proteger sus propios derechos y los de su gente. Sin embargo, el haber vivido muchos años en la ciudad no hizo que su "hombría de llanero" desapareciera. Al contrario, sabe combinar la misma con un un espíritu pacificador que le granjea la confianza y el respeto de quienes le rodean, a la vez que hace gala de hidalguía y decisión, cualidades de las que tanto Bárabara como Marisela sabrán enamorarse.

Así es descrito Santos Luzardo por el autor:

Un bongo remonta el Arauca... Abordo van dos pasajeros... Un joven a quien la contextura vigorosa, sin ser atlética, y las facciones enérgicas y expresivas préstanle gallardía casi altanera. Su aspecto y su indumentaria denuncian al hombre de la ciudad, cuidadoso del buen parecer.

Doña Bárbara, a su vez, constituye la antítesis de Luzardo. De carácter arbitrario, violento y oscuro, es la encarnación de la magia y la superstición. Su psicología se explica debido al terrible y doloroso suceso vivido cuando joven, herida en su belleza por quienes se dieron el festín de su doncellez. ella empleará toda su vida en la lucha contra el hombre, buscando venganza. Una de sus víctimas paradigmáticas será Lorenzo Barquero, al que termina acabando física, moral y materialmente.
De otra parte, sus odios se proyectarán hacia su propia hija Marisela en la que ve el triunfo que sobre ella tuvo el hombre. Pero, pese a todos estos sentimientos y actitudes negativas.

Aquí un breve retrato de Bárbara:

... De más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco, de más allá del Mata... De allá vino la trágica guaricha, fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría sensualidad de la india. Su origen se perdía en el dramático misterio de las tierras vírgenes...

... En el alma de la mestiza tardaron varios años en confundirse la hirviente sensualidad y el tenebroso aborrecimiento del varón...

... Ni aún la materidad aplacó el rencor de la devoradora de hombres, y bajo el imperio de este sentimiento dio a luz a una niña que otros pechos tuvieron que amamantar, porque no quiso ni verla siquiera...

En Bárbara está demasiado presente la figura del hombre, que la ha configurado como criatura y personificación de su tiempo, haciéndola devenir resultado lógico de su origen, educación y ambiente.

domingo, 4 de abril de 2010

Nada apaga mi noche


Javier Bellido Valdivia. Nada apaga mi noche
( Acrílico sobre tela de 2 m x 2.60 m)


La primera vez que vi este cuadro fue cuando fui al Centro Cultural de la Universidad Católica a ver una película, La teta asustada de la cineasta peruana Andrea Llosa. Era la última semana de marzo y por aquel entonces la cinta estaba compitiendo por un premio Óscar a mejor película extranjera, honor que a las finales no ganó, que muchos lamentaron pero que sinceramente no merecía ganar.
Antes de la proyección pasé a la sala de exposiciones del Centro Cultural donde aún se exponían una serie de cuadros que desde el primer momento no llamaron mi atención. En general no suelo ir a muestras de este tipo porque no consiguen despertar mi interés artístico, y no porque quienes hayan creado tales obras no tengan talento, sino porque carezco de los basamentos teóricos para poder leer el contenido y los ejes de desenvolvimiento de las mismas. Es decir, me cuesta entender las pinturas de arte abstracto (si es que en medio de mi ignorancia las puedo llamar así) por lo que siempre he preferido bodegones, paisajes, personas en diversas actividades o estáticas que me dicen más, tipo La maja desnuda de Goya, Las meninas de Velásquez o incluso La persistencia de la memoria de Dalí.
Sin embargo, hubo un cuadro que sí llamó poderosamente mi atención y me mantuvo frente a él por largos e incontables minutos, y fue este acrílico titulado Nada apaga mi noche, de Javier Bellido Valdivia, que también pueden apreciar junto a otros cuadros del artista en http://javierbellidov.blogspot.com/
La pintura se compone de esta manera: dos figuras con rostros, cabezas y corporatura que sugieren la anatomía de un par de seres semi-humanos. No sabemos si son dos personas que se han bestializado reduciéndose a las figuras que apreciamos en el cuadro, o si son dos bestias que aún no han pasado a ser humanas del todo. Uno de ellos tiene algo en las manos, entre las dos manos y le da la espalda al segundo que lo mira ansioso. Definitivamente el primero le niega lo que lleva entre las manos y no se lo da a ver. Eso que lleva entre las manos podría ser algo importante, debe serlo como para que el segundo le aguarde ávido y quiera insistirle con el brazo que hacia él extiende. No sabemos qué es, las manos del primero consiguen ocultarlo del todo y no permiten siquiera adivinar qué podrá estar asiendo con tanto afán.
El primero tiene un semblante adusto, rígido que se contrapone con el del segundo, que más bien se puede antojar amable, noble, en medio de su monstruosidad. Se podría colegir esto de sus ojos, que llegan a apreciarse claramente y que delatan cierta tristeza. Definitivamente están pidiendo algo.
Los colores de sus formas son predominantemente oscuros. Hay una luz presente que da un fondo al cuadro. Es una luz que se emana de un haz que está fuera del cuadro y que pareciera ubicarse en la parte superior izquierda del mismo pero siempre detrás de las figuras que participan de la escena. Sólo así se entendería que el lado frontal de sus cuerpos sea oscuro. Después, no hay más colores.
Lo que más intriga de este cuadro es lo que que la primera de estas dos figuras, sí, la que se ubica en el extremo izquierdo de la escena lleva en las manos. Ya se ha dicho que debe ser algo importante para que el segundo acuda a él. Quizá la clave para saber qué es lo que oculta esté en el hecho mismo de detenerse a pensar que ambas figuras, semi-humanas como ya se las ha descrito, no nos permiten del todo saber si en un inicio eran dos humanos bestializados y devenidos en las criaturas que vemos en el cuadro, o si son dos bestias que están por devenir humanos, ¿quizá por segunda vez? Esto tampoco queda del todo resuelto. Quizá ambas hipótesis sean válidas.
Sin embargo, si perdieron su completa humanidad para quedar reducidos a esas figuras monstruosas que vemos ante nosotros, al menos una de ellas, la de la derecha, aún desea regresar a su estado inicial de plena humanidad. Podría ser, entonces, que aquello que le pide al primero sea lo que finalmente le restablecerá su constitución humana y le sacará de esa grisura en la que ambos se encuentran, y es por ello que pide, que implora a través de su mirada que se le deje ser quien era, porque si bien decimos que ahora ambos son figuras semi-humanas, también debemos decir que no están del todo degradados en su humanidad puesto que algo de las mismas les queda. De lo contrario no nos vendría a la mente la sugerencia de que son lo que ya hemos dicho, figuras semi-humanas bestializadas: los ojos, las cabezas y la corporatura de ambos nos lo dice.
Ahora bien, de ser así, ¿por qué es el primero el que concentra el elemento que permitiría la realización del segundo? Al respecto, nada nos dice cómo es que llegó a establecerse tal estado de dominio (del primero hacia el segundo) y dependencia (del segundo hacia el primero). El establecimiento de este micro orden de poder es arbitrario y en la escena no hayamos mayores respuestas a nuestra interrogante. Es precisamente esta ausencia de respuestas dadas y esta posibilidad de hacer conjeturas lo que le da toda su riqueza simbólica a Nada apaga mi noche de Javier Bellido Valdivia, cuadro que aplaudo y felicito sobremanera.
Por lo que no pienso preguntarme ahora es ¿pero la noche de cuál de ambas figuras que componen la escena es la que no se apaga con nada? ¿Será la noche del primero o la noche del segundo? ¿O será una única noche que ambos viven, oscura y aparentemente indescifrable a primera intensión?

lunes, 22 de marzo de 2010

En la llanura venezolana una raza buena ama, sufre y espera

El llano de Apure - Venezuela
(Vista parcial)

Mira nuestra tierra
que gira con los dos
hasta estando oscuro.
Mira nuestra tierra
que nos ofrece el sol
y no nos deja solos.

Andrea Bocelli. Canto de la tierra

Al finalizar la primera década del pasado siglo XX el hechizo y la fiesta del movimiento modernista dio paso al Posmodernismo, que por su tono nostálgico y melancólico significó una reacción contra los excesos del Modernismo: la grandilocuencia, los oropeles colorinescos y sonoros fueron reemplazados por una expresión verbal más contenida y sobria y, por lo mismo, de mayor emoción humana. La reacción posmodernista se produjo en casi todos los países de Hispanoamérica. Existía entonces en los autores una intensión de conocerse a sí mismos y de buscar lo singular y lo propio de su mundo.
Algunos rasgos comunes de esta etapa son la vuelta a la tierra, a lo cotidiano, al hombre y a la liberación de falsos decorados en la expresión. La primera tendencia que se manifiesta es la narrativa regionalista que, en los diferentes países, expresa la singular relación hombre-naturaleza, carácter que poco a poco avanza hacia una temática que se interesa cada vez más por los procesos sociales y políticos en nuestro continente. Si se tuviera que buscar algunos rasgos generales diríamos que casi todos los relatos tienen un valor testimonial, de lucha que libra el hombre en una naturaleza inmensa, hostil y a veces indómita. Es en este sentido que en las obras más representativas lo descriptivo predomina sobre lo psicológico y los personajes tipo sobre las individualidades. Hay, asimismo, reminiscencias de estampas costumbristas, un vocabulario popular y precisas pinceladas de los paisajes.
El Regionalismo es, pues, la corriente que mejor se le opone al Modernismo: aquí el exotismo ha sido reemplazado por lo provinciano, lo nacional, lo común y corriente y, a veces, lo humilde.

A partir de esta etapa la novela queda unida a la realidad hispanoamericana y se convierte en un cuadro representativo de las raíces que unen al hombre criollo e indígena con su tierra. Desde entonces en nuestra literatura el protagonista tiene un nombre: cauchero, montanés, indio; y la naturaleza una designación concreta: pampa, llano, selva, montaña, sierra.
Los siguientes autores y obras son ejemplo de la narrativa regional:

- Horacio Quiroga (1878-1937) y sus relatos cortos.
- José Eustasio Rivera (1889-1928) y La vorágine (1924).
- Rómulo Gallegos (1884-1969) y Doña Bárbara (1929).
- Ricardo Guiraldes (1886-1927) y Don Segundo Sombra (1926).
En 1927 Gallegos se encontraba trabajando en una novela, La casa de los Cedeño, cuyo protagonista debía pasar unos días en un hato llanero. Por la necesidad de documentarse tuvo que viajar en abril de ese año a San Fernando, la capital del estado de Apure, donde entre los amables contertulios había un señor de apellido Rodríguez que le refirió la historia de un doctor en leyes y miembro de una familia distinguida, que terminó por perder sus propiedades y aún su propia integridad física y moral por haberse alcoholizado. Luego el mismo Rodríguez le habló de la dueña del hato: Mata del Totumo, una mujer que tenía fama de ser muy valerosa y de manejar la soga y el revólver mejor que cualquiera de sus peones. Gallegos se dio cuenta al instante de las enormes posibilidades novelescas que ofrecían ambos personajes. Así nacieron Lorenzo Barquero y Doña Bárbara, ella como símbolo de la naturaleza bravía; el otro, su víctima.
En 1929 su nombre adquirió fama mundial: en Barcelona se dio la primera edición de Doña Bárbara donde fue proclamada como la mejor novela por la Asociación del libro del mes. Al poco tiempo se conoció la misma novela en italiano, inglés, francés, portugués, alemán y otras demás lenguas.
*
Se ha dicho de Doña Bárbara que es el fiel retrato del enfrentamiento de dos tendencias muy americanas: la lucha entre la civilización y la barbarie. Ello, en efecto, se ha dicho hasta la saciedad. Y sí, nuestro continente fue escenario del encuentro traumático de dos culturas, la hispana y la nativa, ello hacia el año 1492 cuando Colón dejó pasmados a los pobladores de las islas de Guanananí con sus carabelas, caballos y soldados de pesadas armaduras. Ahí empezó un largo proceso de interacción de dos formas distintas de pensamiento y cosmovisión, donde una de ellas, la española, se presentaba como la portadora de una cultura superior, bastante elaborada y desarrollada, que se creía con el legítimo derecho de imponerse sobre otra que era vista como una forma atrasada de vida, sin mayores logros en los campos de la ciencia y el saber y con un modo primitivo de ver el mundo. España inició así la colonización, implantando un régimen severo y poco justo a la par que le heredaba a todo un pueblo sometido diversos disposotivos socioculturales cuales formas de gobiero, educación, religión y estratificación de clases.
Posteriormente, la sociedad urbana ubicada en la capital de los países nacidos a la independencia a partir de 1810 hizo suyo el proyecto de "civilizar" a toda una nación con la idea de que la Modernidad y avances de aquellos tiempos de seguro no estaban asimilados por las regiones de la periferia. Se volvió la nueva portaestandarte de un concepto de cultura que debía ser superior por ser urbana, por estar concentrada en la ciudad capital, el heartland de todo un territorio.
Por su parte, las comunidades indígenas y amazónicas vivían una calma que no era gratuita, tras haber luchado y participado activamente en la guerra de Independencia por el establecimento de una patria libre y soberana. El conflicto se desata cuando se presenta este proyecto y los segundos aparentemente se resisten a asimilarlo.

En buena cuenta Doña Bárbara da testimonio de lo dicho. Sin embargo, en el reconocimiento de los problemas que agobian a nuestro continente radica un sentimiento americanista que nos regresa a nuestras raíces, a aquel lugar que es preciso reencontrar para entender nuestra identidad americana. Esta idea fluye a lo largo de la narración de Doña Bárbara, y de aquí en adelante nos propondremos demostrarla claramente pues consideramos que es ese un mensaje todavía más relevante que al autor interesa transmitir.

domingo, 28 de febrero de 2010

El deseo de Dios

Gian Lorenzo Bernini. El éxtasis de Santa Teresa
(vista parcial de la escultura)


Suspende el alma de suerte
que toda parecía estar fuera de sí.
Ama la voluntad,
la memoria me parece está casi perdida,
el entendimiento no discurre, a mi parecer,
mas no se pierde...
Acá no hay sentir,
sino gozar sin entender lo que se goza.
Entiéndase que se goza un bien
a donde junto se encierran todos los bienes,
mas no se comprende este bien.

La breve poesía que acabamos de leer se contiene en una obra de inmensa valía para la Iglesia Católica. En efecto, dicha obra se titula El libro de la vida, suerte de autobiografía escrita por Santa Teresa de Ávila (1515-1582), conocida también como Santa Teresa de Jesús. A lo largo de la citada obra podemos acercarnos a la experiencia mística que la santa experimentara en cuerpo y alma propios y que según los entendidos en la materia (teólogos sobre todo) la acercaran a Dios mismo. La experiencia mística, tal y como su nombre lo dice, es un encuentro con Dios caracterizado por visiones del mismo que producen un gozo indescriptible en la persona que la vive. Para que se entienda mejor de qué estamos hablando, escuchemos lo que allá por el siglo XVI otro santo famoso, San Juan de la Cruz (1542-1591), decía sobre la experiencia mística, describiéndola de esta manera:

El efecto que hacen en el alma estas visiones es quietud, iluminación y alegría a manera de gloria, suavidad, limpieza y amor, humildad e inclinación o elevación en el espíritu de Dios.

A través de la experiencia mística se realiza un pasaje lleno de ascetismo al mundo interior de uno, que es por excelencia un pequeña morada del Señor. Cuando se abandona ese estuche de carne y huesos que es el cuerpo, se deja atrás las cuestiones mundanas y se va al encuentro de un Dios que está presente en cada uno de los corazones de los hombres y mujeres, ello porque en cada uno de estos ha depositado parte de sí de modo tal que con haberlo hecho les permite la vida. Se ve el resplandor de la luz interna del alma que conecta con la divinidad. Cuando ello pasa y se es consciente o semiconsciente de que ocurre e interactuamos de modo más directo con Dios estamos, pues, siendo partícipes de una experiencia mística, la misma que no le es dada a cualquiera vivir de manera plena y luego poder contarla. Es más, Dios mismo quiere que quien pasa por una situación como ésta pueda narrarla a los demás, entre otras cosas, para mayor gloria suya y prueba de su existencia, y para que la misma pueda convertir más almas descarriadas que vagan por el mundo y las vuelva a consagrar su vida a la divinidad, asegurando de esa manera su salvación, que es a las finales el plan universal de Dios.

Ahora, y para hablar con mayor objetividad, la experiencia mística podría no ser más que un estado modificado de la conciencia que permite conocer, superando los siempre arbitrarios límites que la razón impone para pensar las cosas, perfilándose como la posibilidad de poder alcanzar el conocimiento de una vida que discurre más allá de tales límites. Esta forma de ver las cosas se opondría a aquella otra que considera que solamente estando despiertos tenemos plena conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor. Por siempre, a este estado despierto se le ha tenido como el estado de conciencia por excelencia en el que podemos estar plenamente seguros de lo que acontece en torno a nuestras vidas, pudiendo sólo así estar en la capacidad de dar cuenta del mismo.
Volviendo al caso de Santa Teresa de Jesús, que es el caso de todos los santos que han tenido la dicha de saber lo que es un encuentro con Dios a través de la experiencia mística, llama la atención, según nos lo refiere Antoine Vergote en Culpa y deseo. Dos ejes cristianos y la desviación patológica que incluso Dios mismo pueda convertirse en sujeto de deseo, que pueda ser deseable y que acceder a él, o que él acceda a nosotros pueda constituirse en una experiencia placentera y llena de plenitud que realiza. Mediante la experiencia mística se llega a desarrollar todo un dispositivo para liberar ese deseo y formularlo en verdad, realizarlo en amor y completar el goce de ese amor. La experiencia mística, entonces, por la fuerza de su ocurrencia, le daría la contra y arrojaría por los suelos todas aquellas afirmaciones que dicen que los hombres y mujeres santos no aman ni mucho menos desean. Así, como el Vergote lo propone, ¿por qué Dios no podría "penetrar" (las comillas son mías) la existencia con su luz, tanto o incluso más que cualquier otro ser deseable?

Si cada quién es libre de escoger su sujeto de deseo, ¿entonces por qué los santos, por su misma condición, no podrían escoger a Dios como aquella entidad que pudiera colmarlos con su existencia, y con ello acercarlos más a él? Si es Dios verdadero, bueno y bello, ¿qué mejor que ir a su encuentro, al encuentro de una entidad perfecta per sé a fin de que interactuando con él nos realice y colme con un poco de su excelsitud?

Creo que, tras reparar un poco en lo que significa la experiencia mística, debamos irnos con más cuidado a la hora de referirnos a los hombres y mujeres religiosos que abrazan la vida ascética por amor a Dios, y no expresarnos de ellos como simples beatones que han renunciado a cualquier posibilidad de goce a raíz de alguna mala experiencia personal que les generase un estado de culpa y -en su afán por remediarlo- hubiesen recurrido al Señor Todopoderoso para que intercediera por ellos. Quién sabe si al interior de esos tantos claustros, conventos y abadías que existen en el mundo, esas mismas personas no están probando uno de los goces más indescriptibles que pueda conocer persona alguna en vida, precisamente porque, en el andar de sus vidas, terminaron por identificar aquella entidad que les procura bien y los realiza, y que es ese Dios que día a día seguimos desacralizando, al grado de ya ni siquiera acordarnos que existe, y que quizá nos observa sin decir ni hacer nada... por el momento...

domingo, 21 de febrero de 2010

Claire Riveau



Isabella, mujer enamorada (1999) fue la tercera telenovela lanzada al aire por la desaparecida América Producciones. Historia de época ambientada en los años 20 del siglo pasado, se basó en la también telenovela argentina Manuela (1991) protagonizada en aquella ocasión por la actriz venezolana Grecia Colmenares, a su vez inspirada en la versión brasileña de título La sucesora (1978), encarnada en aquella oportunidad por la talentosa Susana Vieira.
Isabella, rodada en Perú y en algunos escenarios de Europa, fue protagonizada por la actriz mexicana Ana Colchero (1968) que dio vida a los personajes de Isabella Linares así como a la antagonista, Claire Riveau, la hermana gemela de la anterior en la trama.

La historia empieza en una hacienda algodonera, donde Leandra, una bella campesina, se ha enamorado de Andrés Linares, hijo de un próspero hombre de campo, que a su vez está casado con Rosario, mujer a la que no ama por ser estéril. Leandra y Andrés inician un romance, cuyo resultado será el embarazo de Leandra del que nacerán las gemelas Isabella y Clara. De esto sabrá Gertrudis de Linares, madre de Andrés, y no aceptando a Leandra por su condición de sirvienta, decide arrebatarle una de las niñas, de modo que ésta pueda ser criada por Rosario y así evitar el fracaso matrimonial de su hijo.
Leandra encontrará refugio en la mansión de Madame Riveau, a la que le entregará su hija con el objetivo de que la críe, le dé un nombre distinguido y educación, con el pacto de que años más tarde, cuando Clara creciera, se le revelaría la verdad de su origen.

Casi 20 años después, Clara regresa del extranjero alarmada por el estado de salud de su presunta madre, quien antes de morir le revela la verdad, cambiando para siempre la vida de Clara, que tras la muerte de Madame Riveau queda en la ruina total, consiguiendo salvarse de la misma gracias a su matrimonio con el millonario Fernando de Alvear. En su afán por retenerlo, y luego de enterarse de no poder concebir, trama junto a Leandra la supuesta esterilidad de Fernando, y desde ese momento madre e hija no hacen más que destruirlo emocionalmente.
Tiempo después, en Europa, Fernando conoce a Isabella, la gemela desconocida de Clara, de la cual se enamora, y tras un muy oportuno accidente de aviación en la que aparentemente Clara pierde la vida, Fernando la desposa, llevándola a vivir a su casa en medio de la admiración de todos al ver una mujer similar a la aparentemente difunta Claire Riveau.
Sin embargo, Clara no ha muerto. A dicho accidente sobrevive, pero severamente desfigurada, no pudiendo entonces regresar a la mansión y reclamar sus derechos como legítima esposa de Fernando. Entonces, consigue refugiarse en la buhardilla de la casa y desde allí maquina su plan de venganza contra Isabella, en la que no ve a una hermana sino a la que le quitó el lugar que siempre le correspondió. Su plan será enloquecerla apelando a su propio supuesto fantasma que no la deja en paz, pero que de tanto en tanto regresa para atormentarle la vida.

Para alcanzar su objetivo, Clara no escatimará ningún esfuerzo, llegando incluso a matar fríamente a cuanta persona se le interponga en el camino y después culpar de las muertes a su propia madre, Leandra, a la que siempre despreció por la verdad que desde un inicio le cayó y por la mentira de vida que le hizo vivir al lado de Madame Riveau.
Finalmente, y tras corregir su rostro desfigurado con una exitosa operación, Clara regresa a reclamar su lugar y fingiendo querer acercarse a su hermana Isabella, que llega a quedar embarazada. Fernando, creyéndose estéril, la desprecia y Clara ve por un momento retomado su sitio al lado de Fernando. Sin embargo, la verdad sobre el engaño de la esterilidad, así como la responsabilidad en las varias muertes ejecutadas por Clara salen a la luz, y ella, en un fallido afán por acabar con Isabella y Fernando intenta, a la una envenenarla sin éxito y con el otro morir en medio de un incendio. Pero es Leandra quien termina acabando con la vida de su propia hija, con la cual morirá rodeada por las llamas del incendio provocado por Clara.

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Debo decir que Isabella fue una novela que, pese a las críticas que en su momento pudo recibir como producción, me cautivó bastante. Su repetición por Panamericana Televísión me permitió revivir aquellos capítulos que años atrás no pude llegar a ver en su total integridad, pudiendo solo ahora comprender una rica historia como la que la telenovela propone. A mi modo de ver, la novela se llama Isabella porque debe llevar el nombre de la buena y no el de la mala. Empero, Clara también vive un drama igual o más terrible y doloroso que el que pasa Isabella: Clara, de un día para otro, descubre que sus padres no son sus padres, y que el nombre que tiene no es suyo. Que la mujer a la que siempre vio como su sirvienta es su madre, que en un falso arrebato por querer darle una vida feliz la entrega a una mujer desconocida para que la críe en medio de lujos y refinamientos, y con ello suponer que será feliz. Siendo así, si Leandra quería la mayor felicidad para su hija, ¿por qué decide contarle la verdad? Con ello sólo ocasiona la desgracia existencial de la persona a la que ama o dice amar.

Clara no es mala por vocación. La novela arranca y poco a poco vemos cómo, tras los hechos dolorosos que empieza a vivir, va dejando de lado sus escrúpulos con tal de no perder nombre, glamour y riqueza. Pero por sobre todo, se aferra a Fernando -a quien no amaba desde un principio- obsesionándose con él y buscando retenerlo a su lado porque en él encuentra a la mayor de las personas que pueda rendirle idolatría. Así, Clara consigue suplir una ausencia de identidad con una presencia afectiva. A través del "amor" de Fernando ella espera volver a ser Claire Riveau.
Clara llega a hacerse una mujer fría y calculadora, cínica y sin cortapisas a la hora de proponerse alcanzar sus objetivos. Antes que su propia sangre (Leandra, su madre e Isabella, su hermana), está ella y su imperiosa necesidad de rearmar los trozos de su historia de vida. Tras vivir comparándose a Isabella, a quien odia por haber conocido el auténtico calor de un hogar, al lado de sus padres y siendo así feliz, llegará incluso a querer morir al lado de ese único hombre del que se obsesiona y a cuyo lado cree poder encontrar la realización.

Por momentos, siempre a lo largo de la trama, parece que vemos a una Clara que más que odiar a quienes le han mentido, se odia a sí misma, por no ser quien dice ser y por desear ser quien no es. Ambas hermanas fueron víctimas de la ironía del destino: cualquiera de las dos pudo haber sido la otra tras esa violenta separación que sufrieron cuando recién nacidas. De haberse criado juntas otra habría sido la historia que habrían contado. Hacia el último capítulo de la novela, Clara le abre su corazón a Isabella y le confiesa que alguna vez su fantasía fue ser la que se quedó en medio del calor de hogar que conoció Isabella, rodeada por la tranquila vida del campo.

Es por todo ello que yo pienso que la novela se habría tenido que llamar Claire Riveau, como hoy se intitula este post, pero como hay ciertos convencionalismos que respetar, jamás la novela habría podido tener tal nombre, no quedando otra alternativa que ponerle el nombre de la buena a la historia, aunque quienes somos amantes de las buenas historias de telenovela, sepamos que la Colchero consigue crear un complejo y magnífico personaje al darle vida a Claire Riveau, que de lejos es una figura psicológica y teatralmente más lograda que la simplona pero buena Isabella, mujer enamorada.

Para quienes no tuvieron oportunidad de ver Isabella, les alcanzo este link donde pueden encontrar íntegros los 140 capítulos que componen su trama.