domingo 8 de noviembre de 2009

En mi consentida soledad



Soledad es mi segundo nombre, aunque suene risible. Pero no me podría llamar así a efecto de reconocer que no tengo a nadie a mi alrededor puesto que tengo a mi familia (mi madre, mi tía, mi hermano, incluso mi padre pese a que ya no esté conmigo desde hace 06 meses). Tampoco conozco la soledad por tener que trabajar solo ya que en mi espacio laboral cuento con un grupo de compañeros estupendos con los cuales he podido establecer una muy buena empatía, y eso me satisface, porque siempre es necesario contar con un escenario de trabajo ameno, afable y cálido para poder producir de acuerdo a los estándares de productividad y calidad que a uno se le exige.
Y entonces, ¿por qué es que me siento solo? O en todo caso, ¿por qué diría, no con poca ironía mal velada, que mi segundo nombre podría ser Soledad, sabiendo que la soledad es la carencia de compañía?

Desde hace algún tiempo, un par de meses más o menos, rehúso verme con mis amigos. Bueno, no quiero dármelas de petulante al hablar de mis "amigos". No me puedo jactar de tener un millón de ellos como dice la canción de Roberto Carlos. Mis amigos son pocos pero son. Sin embargo, es tiempo ya que no los veo, y no quiero verlos aún. ahora, si son mis amigos, ¿por qué siento que no me hacen falta y prefiero andar solo? Me preocupa saber de ellos, eso es innegable, de unos más que de otros, pero de ahí a verlos con cierta frecuencia... No.
Es que pasa que me siento tan cómodo estando solo que he llegado a un cierto punto de mi vida en que estar solo es una necesidad casi vital. El placer de oír solamente el eco de mis palabras, de mis risitas burlonas sobre todo y sobre todos me es un bien insustituíble para vivir y seguir adelante. Sé estar solo y no me deprime... del todo... Salvo en algunas ocasiones cuando me digo que sería bello tener otra persona, además de mi familia y de mis compañeros de trabajo, para compartir con ella mis más exaltados júbilos. Y es que sé que una cuarta opinión como esa que no pocas veces he buscado es, sin duda, igualmente necesaria. Cuando no la he encontrado mi soledad se ha curtido más, y he podido reflexionar que no necesito de nadie más que no sean al menos los míos para seguir mi camino en la vida (¡Dios, qué cursi suena esto!) merced de su "aprobación" a mis actos. Así, la soledad es un estado personal que me caracteriza muy bien.

Ir por la calle viendo la gente pasar a mi costado, siempre enfrascada en sus propias preocupaciones, ver los autos cómo contaminan sin piedad el medio ambiente y no les interesa, ver lo poco estética que es nuestra gran ciudad de Lima, con contrastes urbanos y arquitectónicos tan marcados que sin lugar a dudad merecen ser fotografiados o por un antropólogo (para fines de estudio) o por un turista extranjero (para hacerle ver a sus compatriotas lo subdesarrollado que se encuentra nuestro país). Sigo mi marcha por la calle, camino pausadamente, viendo que Lima sigue siendo una ciudad en construcción gracias a nuestras autoridades municipales, y nada me hace desear tener una compañía en ese momento. Marcho feliz, la mayoría de las veces comiendo un helado, y sintiéndo el frío de la noche danzar por mi cara. Sólo sustituiría una caminata como esa por otra ciudad que no fuera Lima, a la que no odio, pese a todos sus problemas, pero por la que tampoco siento ningún afecto. Y es que soy así: pocas son las cosas y las personas que me generan un auténtico compromiso hacia ellas. Nunca termino de preguntarme porqué es que tengo esta actitud hacia las mismas que, valga la aclaración, no llego a calificar de indiferencia. Dar un diagnóstico como este me parecería de lo más burdo y simplista. He sabido jugármela por algo y por alguien cuando lo he querido, y también cuando el momento lo ha ameritado. Pero solo así y entonces, después no. Ya tengo suficiente pensando qué será de mi vida dentro de 05 años, por ejemplo.

Gozo mi soledad, pero le temo al paso inexorable del tiempo, que como ya lo dijera en reiteradas oportunidades, siempre me parece que, para mí, va en celera cuenta regresiva. Mi más grande temor es que cuando haya terminado de encontrar la pasión de mi vida, el motor y motivo para la misma, el cronómetro esté por marcar el término de mi tiempo, y allí será el llanto y rechinar de dientes porque mi hora ya habrá acabado. Sé que no me hace bien vivir así, pero es una preocupación existencial que no puedo postergar de mi agenda diaria. Ella, y ver mi novela favorita por internet a la hora del almuerzo, son dos cosas de marcada relevancia para mí.

Difícilmente cambiaré, eso lo saben quienes me han conocido -y o me odian, me ignoran o me aman-. También lo saben aquellos que me conocen -y que sorprendentemente me siguen queriendo, y lo sabrán los que me conozcan dentro de poco -y que tendrán que padecerme con consentimiento propio. Yo no soy de la clase de personas que va por el mundo derrochando carisma (¡Dios me libre de ser el amigo elegido de otros!). Sé, igualmente, que no paso desapercibido, pero esto ya no me causa mucho orgullo, digámoslo así. Ahora prefiero camuflarme en la opacidad de una vida cotidiana por la cual transitamos todos y todas, y salir de ella sólo cuando quiero para hacer algo medianamente ingenioso y polémico. He aprendido a controlar mis ambiciones, pero siguen ahí, siempre entre el sueño y la vigilia, como si estuvieran en un constante despertar. Las voy materializando poco a poco, quizá a paso paquidérmico, pero firme, y no al ritmo de las pariciones de los roedores, que siempre son frecuentes y numerosas, y porqué no decirlo también, gregarias.

No estoy solo porque terceros me hayan dejado. Estoy solo porque los he dejado, y lamento que esto tenga un cierto trazo egocéntrico, pero es así. También debo decir que me apena en una minúscula medida el no poder ser más tolerante con la gente, como también me apena que cuando encuentro personas que consiguen impactarme, n número de condiciones adversas me separen de ellas, pero no significa que nos dejemos, que me dejen o que las deje. Simplemente hacemos sobre nuestros sitios un giro de 180º y retomamos la marcha. ¡Eso jode! Hay tanta gente inocua que podría no estar a mi lado para cederle el espacio a aquellos con quienes sí me sentiría a gusto... Pero no, una vida así de perfecta como esa solo podría estar cercana a ser un ligerísimo remedo de la gloria que algún día los humanos probaremos cuando lleguemos al Paraíso.
Hacer un ejercicio como este me era necesario, pero han tenido que pasar algunas semanas desde que escribiera mi último post para encontrar el estro que requería y volcarme todo sobre estas líneas. Lo he conseguido en alguna medida, y sé que así, en medio de esta consetida soledad que refiero ahora puedo comprender más cuán complejo soy, y por tanto, quererme más, porque esa persona "sola" soy yo, y no puedo hacer otra cosa que no sea enorgullecerme de ella, también porque no es tan repulsiva como podría creerse. Lo inexplicable sería que admirara a otro y dejara siquiera de prodigarme un poco de respeto y amor propio. Pero sé que eso solo en una realidad alterna llegaría a suceder.

domingo 18 de octubre de 2009

Este cuerpo no es mío



La pasada semana nuestro medio local -y porqué no decirlo también el nacional- se ha visto asaltado por la polémica generada en torno al proyecto de ley que promueve la despenalización del aborto eugenésico y por violación sexual. Inmediatamente hemos visto cómo dos clásicos opositores en este asunto (los grupos liberales y feministas de un lado y la Iglesia Católica y algunos conservadores inveterados, por otra parte) han empezado a declarar la conveniencia de la puesta en práctica del mismo, así como cuán poco ético y criminal sería permitir aquél y los precedentes que éste sentaría en una sociedad tan adolescente como la nuestra en cuanto se refiere a apertura mental, tolerancia y mayor comprensión de la otredad de nuestros coetáneos, sean estos hombres, mujeres, niños, ancianos, etc.
Estoy de acuerdo, pero a medias, en lo que ambos bandos alegan al respecto. Si bien es cierto que la mujer tiene derecho pleno a decidir sobre su vida y su cuerpo de manera plena, no menos cierto es que ninguna atribución de este tipo tendría sobre la vida y cuerpo del niño que pudiera llevar en el vientre y al cual definitivamente no desearía, de pensar en abortarlo, claro está. Ahora, es más o menos claro porqué una mujer podría rechazar a su hijo nonato:

a) Porque no planificó su concepción, así de simple (pero sobre este punto no llega a aterrizar la propuesta de las feministas y los liberales, aún...).
b) Porque podría tratarse de un caso de severa malformación de la criatura y/o de complicación del embarazo que pudieran comprometer la hora del parto y la vida y salud de ambos, tanto de madre como de hijo.
c) Porque lo "vería" como producto de una violación sexual. Es aquí donde las feministas y los liberales han concentrado sus mayores pertrechos para sostener la idoneidad de la promulgación de una ley como la que ahora se ventila.

Pero vamos por partes. Si una mujer no planificó la concepción de un hijo, y éste fue producto de la casualidad, el descuido o la negligencia, jamás tendrá ni la más mínima razón para quererlo abortar. Por ahora quienes apoyan esta propuesta de despenalización del aborto no han centrado sus argumentos de apoyo al mismo desde este cariz del asunto. Pero podría apostar que, de aprobarse el aborto, del tipo que éste fuese, quizá dentro de algún par de años (no más de 10, pienso) saldrían al frente a decir que la mujer también tiene derecho a abortar un hijo no planificado y con esto legitimar su pleno derecho a decidir sobre sí, sobre sus cuerpos, lo que implicaría de una u otra forma el poder enmendar los "errores cometidos", incluso los de cama y que por el frenesí del momento arrojan como resultado la pronta llegada de un niño lamentablemente no esperado.

De otro lado, y refiriéndome al punto b, no porque el niño, ya desde el vientre, presente algún tipo de "malformación", tan sólo para "salvarle de una vida dura", merezca ser abortado, librándolo así de un futuro de pesares y complicaciones de diverso tipo. Sabemos que las personas diversamente hábiles, hoy por hoy, han demostrado poder insertarse a la dinámica sociopoductiva de la sociedad con bastante éxito. En todo caso, es la persona con habilidades diferentes la que -en la edad adulta y en pleno uso de sus facultades mentales y en irrestricto ejercicio de sus derechos- deberá decidir si, pese a sus limitaciones psicofísicas, desea seguir viviendo o no, si resiste un mundo hecho para gente "sana" y "normal" aún con la siempre paulatina y en aumento incorporación de distintos mecanismos operativos que procuran hacer de su vida lo más llevadera posible. Aprobar, por ejemplo, el aborto eugenésico, aún cuando también la vida de la madre esté comprometida durante el proceso del embarazo y la hora del parto, sólo deja como mensaje subliminal -y es en verdad lo más alarmante de este aspecto- que se debe exterminar todo lo que no sea "sano" o no cumpla con las expectativas de un determinado paradigma de vida.

Finalmente, y respecto del aborto por violencia sexual, puedo decir lo siguiente: sí, condeno del modo más rotundo el hecho que una persona sea víctima de otra por un tipo de violencia de este tipo, la misma que me parece muy digna de recibir el castigo respectivo por lo altamente execrable que es. Sin embargo, debemos todavía poner más atención en que la mujer violada es una mujer que necesita la ayuda necesaria para superar el trauma de la violación sexual; requiere el adecuado soporte psicológico y psiquiátrico que la ayude a retomar el cuso de su vida. Pero no por ello, y en la confusión de la experiencia vivida, se le va a permitir "decidir" que lo mejor, tanto para ella como para el niño que ya lleva en el vientre, sea darle muerte a éste a través del aborto y así aminorar sus "problemas". Me parece de la mayor de las insanías el querer traspasar la violencia recibida en el propio cuerpo a un tercero, sobre todo si éste es por antonomasia inocente de todos y de todos, como sólo lo podría ser un niño, y creer ver en él un cuerpo sucio per sé que merece ser exterminado para borrar la memoria de un trauma.

Seamos sensatos: ese niño no puede ni siquiera decidir si querrá vivir o no al saber que fue "producto" de una violación sexual. ¿Quién dice si éste, cuando en pleno reconocimiento de su ser y del entorno que le rodea, opta por replantear esta condición de "producto del uso y del abuso" por una oportunidad de vida que merezca la pena ser asumida?

Lo que también me preocupa es que, de aprobarse una propuesta de ley como la que nos concita ahora, vayamos a asistir a una especie de reactualización de la Ley del Talión (ojo por ojo y diente por diente), la misma que en ningún sentido propicia ni garantiza la supervivnecia de una sociedad a través de la adecuada cohesión de sus integrantes por obra y gracia de las normas sociales que le dan su debido espacio vital a cada uno de ellos.

No podemos volver a la premisa del homo homini lupus (el hombre es el lobo para el hombre) que con cierta suspicacia sostuviera allá por el siglo XVII el filósofo Thomas Hobbes (1588-1679) y establecer la guerra sempiterna de unos contra otros con tal de hacer prevalecer el interés propio. La ley de despenalización del aborto y su impulso por parte de los sectores liberales y feministas es falaz y sumamente engañoso porque, si bien persigue legitimar el derecho de la mujer a decidir sobre su vida y sobre su cuerpo, lo hace atropellando inevitablemente el derecho de otro a también poder decidir sobre su propia vida y sobre su propio cuerpo. Ese otro es el niño, ¿y quién piensa en él y en su interés superior a la vida y a una familia?

Si la madre biológica no lo quiere junto él, que no lo aborte y que espere que nazca para "librarse" de él y lo dé en adopción. Seguramente no le faltará quien lo quiera, lo haga sentir valioso y le dé una familia.

No debemos olvidar que nuestros derechos terminan donde comienzan los del otro. Lamentablemente, ésta es una lección de escuela que aún no terminamos de aprender ahora que somos adultos. ¿Si esta lección no la tenemos bien asimilada ahora que ya estamos grandecitos -y es bastante elemental, digámoslo así- cuántas otras más no tendremos lo suficientemente seguras como para andar por la vida atropellando a los demás? ¡El solo pensarlo me aterra!

domingo 11 de octubre de 2009

A ti a-sido



No es exagerada la propuesta de situar a César Vallejo como uno de los más altos exponentes de la poética peruana en lo que va de nuestra historia. Su obra tiene tal vigencia, que despierta, como lo hizo en su tiempo, el asombro de propios y extraños respecto de una producción de no sólo dice mucho de la forma a la que recurre para expresarse, sino que el contenido que alberga es marcadamente comunicativo, expresivo, el cual se despliega en base al continuo proceso de comunicación que se establece, y que indefectiblemente se consigue a través de la lengua, la que propicia el contacto entre los individuos.

Dicha carga expresiva consigue posibilitarse mediante el signo lingüístico y su relación con el lector, al darle a saber las cosas que tiene el autor para comunicar, para dar a conocer esas interioridades que a Vallejo lo asaltan, y que son propias de la condición humana. Y todo ello mediante el signo lingüístico, que logra contacto con la individualidad y a su vez con la colectividad humana, de la que el poeta busca ser insigne portavoz. Se entabla así un contacto comunicativo con fuerte relación intersubjetiva, donde las situaciones presentadas por Vallejo tiene un gran sentido social, que se ve precisado en la natura especial de la significación. Aquí se descubre que aquélla es una poética definitivamente realizativa, con actos lingüísticos que constantemnte dicen y hacen algo, y que no por esto pueden ser calificados de verdaderos o falsos. En este proyecto de poesía realizativa se recurre a un tiempo específico (en el caso de Vallejo juegan un rol importante los tiempos indicativo y presente así como los adverbios), el acto verbal desliza la temporalidad, que precisa el contexto y la emisión/intensión de su autor, que no describe ni informa, únicamente dice y hace.

El resultado es la respuesta del lector y el compromiso al que desde ese entonces se ve sujeto, dándose a notar en lo que lee y cómo lo interpreta, cómo lo reconoce y luego cómo lo reproduce. De este modo, se establece una complicidad texto-interlocutor a partir de la correcta articulación del primero de ambos componentes, sin obviarse jamás el significado. Por otro lado, la producción vallejiana está dotada de un hondo humanismo, que prefigura la acción social del hombre, establece un marco comunicativo, una relación poderosamente emocional y una fuerte identificación personal que nace al sentir la angustia de Vallejo, sus anhelos y frustraciones de un mundo mejor y más propicio para todos. Todas estas características de tal humanismo son viables sí y sólo si se sostienen en la función simbólico-social de la lengua, que genera comunicación, diálogo y acuerdo.

En definitiva, la poesía de César Vallejo parte de la existencia humana y de la meditación filosófica de ésta. No es un producto abstracto ni cerebral. Es la consecuencia de un análisis comprometido con la sociedad y especialmente con quienes sufren en la opacidad de sus vidas. Definitivamente que las subjetividades fluyen cuales aguas de un río caudaloso, aunque lo subjetivo nunca llegue a chocar con lo colectivo. Por el contrario, se armoniza con el mismo y de paso se enriquece con la individualidad. Asimiso, la renovación artística, el paso de un Vallejo modernista a uno vanguardista, no va por la forma entendida como un elemento puro, sino por el contenido que pretende sensibilizar e impresionar al lector, moviéndolo a pronunciarse sobre el acontecer social y político que vive, recurriendo siempre al análisis meditativo sobre los hechos, análisis que también hace Vallejo. Y es que Vallejo tiene grandes reflexiones sobre la vida, la sociedad, la libertad, etc. que en conjunto delatan una suerte de imagen de la modernidad, donde estos tres conceptos se han visto replanteados, reconfigurados. No queda otra alternativa que el análisis de consecuencias y el planteamiento de soluciones.

El poeta verá como solución de la injusticia social al marxismo, que se volverá motor de su poesía y generará así una estética auténtica, naciendo poemas donde la imagen de una vida signada por el sufrimiento tiene una luz al final del túnel: la esperanza. De lo anteriormente dicho, se desprende que el lenguaje de Vallejo busca ser dialéctico, un lenguaje que se adapte a su visión de un mundo convulso, en movimiento, plagado de antítesis, de apariencias y contradicciones, que necesariamente tienen que resolverse, para lo cual es de vital importancia el lenguaje, que por su efecto comunicativo establece y mantiene las relaciones sociales, úniéndose esfuerzos a fin de satisfacer deseos y empeños comunes, que en palabras del crítico peruano Miguel Ángel Huamán se traduce como: lenguaje, única vía que nosotros los humanos tenemos para sobrevivir.

domingo 4 de octubre de 2009

Quien fue el primero



Desde los primeros días que frecuenté la facultad de Ciencias Sociales en San Marcos pude escuchar que, entre tantas lecciones que distinguidos profesores -todos ellos muy duchos en sus respectivas disciplinas aunque a la hora de impartir sus enseñanza carecían de mayor metodología de enseñanza- pedían que nosotros, futuros investigadores sociales, abandonásemos cualquier tipo de "actitud positivista" respecto de cómo leer los hechos sociales, la realidad y la dinámica de los individuos. Yo, y lo recuerdo muy bien, desde ese momento sentí un ansia ingente por conocer el positivismo y tener mayor proximidad con sus padres fundadores, pero sobre todo, con el francés Auguste Comte (1798-1857), quien le había dado nombre a la rama de la ciencia que muchísimos otros, en diversos puntos del orbe, me han precedido en su estudio. Comte sería desde entonces una figura recurente en mi vida académica, a la que nunca habría podido dejar de tomar en cuenta y por la que no pocas veces habría sentido cierta lástima por saber -o mejor dicho por oír- que su pensamiento ya estaba caduco y por lo tanto carecía de vigencia en nuestros días presentes. Yo, por el contrario, negaba esta impostura soberbia, porque para mí Comte siempre estuvo vigente, porque al volver a su teoría primera encontraba una muy analítica forma de observar el mundo y el hombre que se me presentaba producto de un análisis de no pocas horas y proveniente de una mente erudita que se forjara tras horas y horas de lectura e investigación en medio de un escenario personal ciertamente difícil y que a cualquiera -excepto a Comte en esta ocasión- habría conducido a la depresión o a la locura.
Para mí, Comte era más actual que ninguno. Comte había sido el primero...

Muchos temas de base trabajados por Comte y que al parecer han caído en el olvido según la ortodoxia que domina la escena contemporánea de la sociología académica, han archivado, por así decirlo, la importancia de los primerísimos planteamientos de este pensador francés, colocándolo tan sólo como ejemplo de un pensamiento inveterado y caduco del que ya no se pueden extraer más lecciones útiles. Así, Comte no podría ser un clásico al lado de otras mentes igual de brillantes y célebres como las de Durkheim, Marx o Weber por el hecho falaz de que la vuelta a su lectura no podría poducir ninguna nueva manera de ver la realidad e intervenir en ella. Si bien es cierto que esa "filosofía del dato" que enarbola el positivismo en el plano epistemológico es por demás infértil, pueto que recusa el intento de formular explicaciones causales de los hechos mismos por considerarlos devaneos metafísicos -aspecto comprensible para el contexto sociohistórico en el que se desarollara la obra comtiana, perfil de un noble proyecto fundador y forjador de los primeros pasos de la ciencia moderna que luego, con el transcuso de los siglos, se haría grande, prolija y alambicada, hasta ver estructurado un cúmulo de saberes que la sociedad académica llamaría con respeto y pudencia Teoría sociológica siglos más tarde- para su momento histórico rompía con una larga tradición de siglos de labor filosófica profusa que se había dedicado a ver el mundo "como debía ser" y no como era.

La potencia de la lectura histórica de la humanidad preclaramente ilustrada en su famosa Ley de los tres estados descubre un conocimiento profundo de la realidad social, económica e histórica de su tiempo, y de cómo se ha dado la evolución de la misma, como por ejemplo lo hace al reconocer la dualidad de las ideas como fenómenos individuales y sociales, colectivos, ligados estos inexorablemente a las condiciones de existencia del ser, del ser social, aunque con ello, la metafísica, que su teoría expulsara por la puerta -como nos solía repetir el simpre brillante profesor César Germaná en más de una de sus clases en la facultad- terminara reintroduciéndose por la ventana. Empero, Comte tiene el gran logro de haber sembrado la necesidad de acción de la disciplina sociológica y su sempiterna praxis, cuando -según críticos como el español Julián Marías- plantea ver para prever y prever para proveer.

Desde el principio, Comte institucionaliza la premisa de conocer para transformar tanto la naturaleza como la sociedad. De esta manera, no es únicamente necesaria una filosofía de la historia -que pese a impelerla termina haciéndola- como también un dominio preciso del pasado de los pueblos para entender el devenir de sus problemáticas y poder darles solución. Lamentablemnte, Comte no pofundiza en los lineaminetos estratégicos que deben elaborarse para acometer tal empresa. Serán sus sucesores quienes de una u otra manera tratarán de hacerlo.

La verdadera importancia de Comte, entonces, está en que generaciones venideras (Durkheim, Marx, Weber, etc.) dialogarán con Comte y su obra. En tal sentido, es Comte el detonante de toda una retahíla de propuestas teóricas que luego habrán de aparecer, y lo hacen precisamente fungiendo de contestatarias de aquellas que pensara el sociólogo francés.

Finalmente, su postulado de que todo es relativo, he aquí el único principio absoluto recoge una idea puntual per sé: la realidad no está dada de una vez y para siempre. Por tanto, la actividad cognoscitiva no se agota, es eterna, y si lo es (como que efectivamente lo es) entonces su referente empírico, su correlato material también está en permanente dinamismo e imparable reconfiguración. Siendo de este modo, la sociología que Comte funda ve venir todo un largo camino de trabajo científico por delante, predispuesta a combatir el dogma. Quizá la debilidad de Comte haya sido no haber sabido que decía más de lo que decía, y así no se percatarse de ello como para seguramente haber escrito un buen número de tratados más que, sin menos "pasión" y con un clima de trabajo más propicio para la producción intelectual, le habrían granjeado hoy por hoy -sin lugar a que asomara la más mínima suspicacia- su merecido puesto en el palco de los clásicos de la Sociología, liberando a algunos como yo de la tarea de, cada cierto tiempo, recordar la actualidad de su pensamiento, y de hacer ver que para la disciplina sociológica Comte fuera el primero en estucturar un saber social que no se asemejara a la filosofía.

jueves 1 de octubre de 2009

Mi hermano y yo

(de izquierda a derecha: Paul, mi hermano, y yo)


Es bueno saber que en mi hermano tengo también un amigo
Es raro... Hasta ayer tuve que esperar para saberlo...

sábado 26 de septiembre de 2009

Paul, mi hermano


Ayer, 25 de setiembre, Paul, mi único y menor hermano cumplió un año más de vida, y hoy quisiera escribir algunas líneas que me hagan recordar todo el tiempo que hasta hoy nos venimos acompañando y que, obviamente, dicha compañía espero se prolongue por aún muchos años más.

Semanas atrás recordaba junto a mi madre a aquel niño blanquiñoso y de ojos verdes que de pequeño había hecho del llanto espontáneo y fingido uno de sus deportes favoritos. Bueno, en realidad a veces tal llanto no era tan simulado, podía ocasionarlo yo y en no pocas ocasiones, pero de que conseguía impresionar a mi madre hasta el punto de llegar a regañarme, de eso sí no hay duda. Paul, además, cuando niño también solía golpearse con cierta frecuencia, o tener caídas aparatosas que asustaban ostensiblemente a mi madre y a mi tía, las que en el acto no vacilaban en llevarlo inmediatamente al hospital a hacerlo ver. Y es que Paul era un maestro en hacerse daño sin quererlo. Así, recuerdo la ocasión en que saltando en la cama fue a darse de frente con el filo de la ventana, o la vez en que ambos jugabamos en la azotea de la casa con nuestros carritos de juguete y él decidió pasar unos de estos sobre la luna del tragaluz. Se había apoyado tanto sobre la misma que aquélla terminó por romperse, cayendo Paul aparatosamente al fondo del mismo y alarmando a toda la casa nuevamente. Y ni qué decir de cuando ya más grandecito, y por motivo de uno de sus cumpleaños -no recuerdo ahora cuál- pidió que le regalaran unos patines. Mi mamá se los compró, y no tardó en salir a jugar con los mismos y con sus amigos, hasta ir a la urbanización que queda detrás de la nuestra y probar bajar una pendiente semipronunciada empleando su juguete nuevo. Claro, él, todavía patinador inexperto, bajo la pendiente en patines pero no llegó al final de la misma incólume sino bastante lastimado por las varias heridas que le había causado su nueva caída. Hasta hoy sigo pensando que ha sido un milagro que después de haber tenido tantas no haya quedado idiota.

Paul, a diferencia mía, nunca se cuidó tanto de ensuciarse la ropa o de salir levemente herido a la hora de jugar. A él no le interesaba si el polo o el short se le manchaban, o si jugando fútbol se lastimaba. Él simplemente disfrutaba el momento con los amigos. Mucho menos daba importancia al hecho de despeinarse o de transpirar. Esas premuras nunca fueron con él, por lo menos hasta que se hizo un joven más centrado y prudente.

Ah!, también recuerdo que de niño Paul no era muy aplicado a los estudios, y a diferencia mía descuidaba un poco el cumplimiento de sus tareas y demás obligaciones. Mi madre siempre tenía que estar seguiéndolo muy de cerca a fin de que cumpliera, y a mí me dejaba proceder con un poco más de autonomía viendo en mí un mayor grado de responsabilidad. Paul, además, era de los niños que cuando regresaba del colegio, no ordenaba el uniforme, y si rara vez lo hacía, no lo hacía bien, a diferencia mía que dejaba el mío casi planchado nuevamente. A él mi madre le ordenaba el suyo y le ponía de ejemplo mi caso.

Pero Paul poco a poco empezó a tomar conciencia de que debía aplicarse a los estudios de similar manera a como yo lo hacía. En cierta ocasión mi tía Ely le regaló unas pantuflas pero le pidió que se esmerara un poco más y que no permitiera que el tiempo fuese haciendo incorregible una actitud suya de negligencia hacia uno de los aspectos más fundamentales que hay en la vida: la propia formación. Paul comprendió, y seguramente después habría lamentado el que una día, cuando de visita en casa otros tíos -que solían dejar generosísimas propinas cada rara vez que nos veían- mostró casi con orgullo un 07 que había obtenido en un examen, en tanto que yo, orondo, mostraba una muchísimo mejor nota. El gesto siempre espontáneo de mi hermano arrancó más de una sonrisa en los presentes. ¡Paul era así, es así! No tenía reparo en mostrar que, sí, pues, en aquella ocasión no había rendido lo suficiente, pero sabía que el potencial lo tenía, y que era cuestión de tiempo para que llegara a demostrar de cuánto era capaz. Y así lo iría haciendo con el trancurrir del tiempo.

Ya en los años de la escuela secundaria, Paul llegó a alcanzar los primeros puestos del cuadro de mérito como yo lo hiciera algunos años antes. Llegó a destacar bastante y a ser bien considerado por los profesores. Claro, esto indefectiblemente no habría pasado si mi madre no hubiese estado a su lado, y al lado mío también. Omar, como le conocían en el colegio (su primer nombre), era ese chico alto y, ya para esos últimos años de colegio, de anteojos, que sobresalía en las principales materias, excepto en las matemáticas, y en eso sí coincidimos plenamente ambos pues era evidente que no teníamos ni tendremos jamás mayor talento para esa rama del saber en la que otros compañeros nuestros sí brillaban, resolviendo ecuaciones, logaritmos y polinomios que ni él ni yo éramos capaces de hacer, ni siquiera con ayuda de profesor particular. Sin embargo, hemos debido habernos dado buena maña para salvar esos obstáculos molestos.

Pero Paul tuvo una recaída en los años sucesivos. Ya cuando hacía la preparación preuniversitaria en la academia Trilce, los amigos y la enamorada le consiguieron distraer del que en ese tiempo debía ser su objetivo único: aprender para pasar el examen de admisión de la San Marcos. Lamentablemente las cosas no ocurrieron como mejor se esperaba y aquella vez no ingresó. Lágrimas de por medio, Paul había aprendido cómo jode no ganar en la vida, y qué mal puede llegar a sentirse uno al verse derrotado, digamos. Pero es sabido que cuando se cae más fuerzas puede ganar uno para levantarse, retomar la marcha y seguir adelante. Paul así lo hizo.

Dejo a los amigos y amigotes y no volvió a contactarlos en tanto empezó una segunda preparación universitaria, y también abandonó a su enamorada sin darle mayores explicaciones del distanciamiento entre ambos. La pobrecita lo llamó más de una vez. Él se hizo negar, estaba ofuscado y todos lo comprendíamos. Pasaron los meses y finalmente ingresó a la universidad. Nuevamente había demostrado que si algo se proponía, lo conseguía. Nunca le perdimos la fe.

Al día de hoy, Paul es un chico empeñoso, comprometido con su propia formación, y además responsable y trabajador. Yo, como su hermano, estoy muy orgulloso de compartir con él los vínculos de sangre que nos unen por nuestros padres, y deseo de corazón que le siga yendo bien en la vida. Este año, por cierto, ha sido muy favorable para él (con la excepción de la muerte de nuestro padre). Ha empezado a dar sus primeros pasos sea laboral que académicamente hablando (cursa ya el 4ª año de Turismo en La Cantuta), y sé que mayores logros le esperan conforme siga su marcha personal. Yo, como hermano suyo que soy, no puedo hacer otra cosa que estar a su lado y darle la mano de manera incondicional cuando él recurra a mí, como sé, sin ninguna duda, que él lo seguirá haciendo conmigo, cuando los tiempos sigan pasando y las cosas continúen variando.

¡Feliz cumpleaños Paul!

domingo 20 de septiembre de 2009

La exposición de un alma


Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

Rubén Darío. Canción de otoño en primavera (Fragmento).

En esta ocasión quiero justificar de alguna manera el post precedente que se intutula Vorrei morir. La primera vez que escuché esta canción fue cantada por el italiano Andrea Bocelli (1958) -que en abril de este año estuviera en nuestro país para ofrecer un recital lírico- y que junto a otras más, la mayoría de la autoría del compositor italiano Francesco Paolo Tosti (1846-1916), forma parte del álbum Sentimento (Sugar, 2002), el que fuera producido con la asistencia y dirección de Lorin Maazel (1930), director de orquesta, violinista y compositor estadounidense de ascendencia francesa. Por aquel entonces, cuando por vez primera me deleité con las agudas notas del violín sumado a la voz de tenor -un binomio muy de moda por inicios del pasado siglo XX- yo tenía aproximadamente 17 años y era el año 2003, y desde hacía un buen tiempo había abandonado las baladas que por las tardes, después del colegio y a la hora de hacer las tareas, escuchaba en radio Ritmo Romántica, si no es que también en Radio A, y ya no eran Laura Pausini, Miriam Hernández, Franco de Vita, Ricardo Montaner, entre otros y sólo por citar algunos, los que me conmovían con sus voces y sus temas siempre lastimeros. Luego de haber escuchado a Andrea Bocelli cantar el tema de entrada de la novela Vivo por Elena (Televisa, 1998), a dúo con Martha Sánchez, había quedado seducido por su voz, y prácticamente de la mano de este cantante invidente fui adentrándome al maravilloso e imparangonable mundo de la ópera. Y en el trayecto, entre arie, romanzas y chansons, conocí lo que se conoce en el mundo de la música erudita como le romanze da salotto, canciones para canto y piano (o violín, instrumento con el cual Maazel y Bocelli innovan en Sentimento) cuyos textos la mayoría de las veces estaban escritos por poetas de exquisita vena literaria, como Gabriele D'Annunzio (1863-1938), entre otros, y que se interpretaban por las más selectas voces de la época, habiendo encontrado en cantantes como Enrico Caruso (1873-1921) o Giuseppe di Stefano (1921-2008) a sus primeros recitadores.
Estas romanze da salotto -lo supe desde el primer momento que las escuché, y cantadas por Bocelli- no las habría podido olvidar jamás, sobre todo porque siempre habría encontrado en ellas pasajes de mi vida musicalizados que en un futuro habría podido volver a evocar, como asimismo retazos de una vida que nunca habría podido ser mía y que de todas maneras habría ansiado vivir con frenesí.

Entre este grupo de canciones de salón está, pues, Vorrei morir, que canta el deseo del poeta de querer morirse un día, al atardecer, y siendo primavera, en medio de un cielo sereno y calmo que lo vea partir, coronado por el vuelo de las golondrinas y engalanado aún más por las bellas flores de los campos. Solamente así uno podrá entregar su alma a Dios. Pero si llegada la hora de partir, el día fuese nublado, oscuro, y a los árboles las hojas les faltasen (claramente se describe en esta parte de la canción la estación otoñal) entonces así, cualquiera tendría miedo de morir. Un contexto así de lóbrego no prometería, según el poeta, una trascendencia feliz hacia un mundo bello más allá de este terreno. A veces uno recurre a canciones como ésta no porque se esté feliz, sino porque se está triste, y yo, hace unos días cuando me encontraba pasando un estado de ánimo similar no encontré otra canción más melancólica que Vorrei morir. A veces pienso que, por más problemas que podamos tener en la vida, y en ese momento deseemos que llegué el fin de nuestros días, la muerte -si es piadosa- sólo nos recogerá, pasará por nosotros, una vez hayamos resuelto nuestros más variados asuntos, o por lo menos los más importantes. Más o menos así también quiero ver las cosas gracias a Vorrei morir.
Yo no quisiera marcharme de este mundo sin haber concluído algunos proyectos personales que, valgan verdades, cada vez son menos (debo estar algo depre´ quizá...). Tengo todavía algunas metas que alcanzar, algunos sentimientos que vivir, algunos lugares que visitar, algunas personas que conocer y a otras tantas con las cuales reconciliarme antes de morir. Tengo asimismo que demostrar a los demás -y demostrarme a mí mismo- algunos talentos que no se me conocen muy bien, superar algunos temores que no me dejan vivir como quisiera y des-cubrir algunas verdades que reposan en silencio en los intersticios de mi alma. Una vez cumplidas estas tareas podré morir, y espero sea también en un día bello que me augure que me espera todavía un mundo mejor que podré compartir al lado de mis padres, de mi tía Ely y de mi hermano. Sólo así podré morir.

Cuando tenía 16 años y rezaba fielmente todos los días a la hora de acostarme, le pedía a Dios, entre otras tantas cosas, que me permitiera vivir hasta los 85 años, recuerdo bien la cifra. Hoy por hoy, no deseo vivir más allá de los 50 años, porque no quiero conocer la soledad de la vejez, ni pasarme los días extrañando las horas presentes que ahora vivo, ni deseando más haber vivido otra historia personal que no me fue dada. Como sé que no llegaré a tener hijos -bueno, en realidad más o menos lo intuyo- no tendré por quien vivir ni desear prolongar mis días, y ya para ese entonces quizá dos de los tres últimos seres queridos más queridos que me quedan en este mundo (mi madre y mi tía Ely) ya habrán ido a darle el alcance a mi padre en el cielo. En tanto mi hermano Paul seguirá viviendo la vida con ese peculiar estilo que siempre le voy a envidiar: no dándole más importancia a las cosas de lo que éstas lo merecen.

Dentro de poco (en enero del próximo año) estaré llegando, en el mejor de los casos, a la mitad de mi vida -claro, si es que no me muero antes, y espero que no sea así, no tanto por mí como por mi madre que se moriría, literalmente hablando, de vivir un fatídico evento como el que propongo. Por ella es que aún no me puedo ni quiero morir. A ella me une una ligazón profundamente fuerte, porque conozco cuánto ha hecho por mi hermano y por mí, y a cuántas cosas ha renunciado por nosotros. Si mañana yo me muero no me moriré tranquilo, porque mi muerte seguramente será la causa del último de sus dolores, y darle una tamaña pena no sería el gesto más agradecido que un hijo pueda hacerle a su madre. Así, confío -aunque mínimamente- en que Dios, o el destino, etc., sabrán hacer su trabajo y serán nobles y justos, y no permitirán que se dé una sucesión de aciagos eventos como los descritos líneas arriba. Yo aún confío en la sabiduría del Dios, o del destino, etc., sobre cómo hará que se suceda el devenir.
Cuando mi madre haya partido, yo sabré que en cualquier momento deberé estar preparado para partir. Desde pequeño he tenido sueños en los que, o me despido de mi madre (porque sé que se va a morir), o en los que ya no vuelvo a saber nada más de ella. Siempre que se los he contado ella me ha dicho que cuando se sueña a una persona querida ésta vive más. Aún hoy la vuelvo a soñar alejándose de mí y cuando ya no puedo más, empiezo a llorar y mi madre acude a despertarme y a tranquilizarme, y a decirme que ya no pasa nada y que todo va a estar bien, y yo le quiero creer.

Yo, en verdad, no quisiera vivir mucho, y quizá diga esto por vanidad, simple y pura vanidad. Desde pequeño, las dos más importante mujeres de mi vida, mi madre y mi tía Ely, me hicieron sentir un niño bonito. Crecí preocupándome por verme siempre bien, por estar bien peinado, bien lavado y aseado, bien vestido y arreglado. No podía verme mal. A todas estas cosas siempre se sumó la pretendida belleza que tuve desde niño (¿Pero qué niño no es bello, por Dios?). Recuerdo que cuando aún no pasaba los primeros años de nacido, y se me llevaba a controles médicos y otros chequeos, siempre le decían a mi madre, por mí, algo así como ¡Qué bonita la nena! Ella sonreía, agradecía el saludo y corregía inmediatamente que era un niño.

Ha sido así que el ansia de satisfacer mi necesidad de ser bello, que me persigue hasta hoy (y ojo, con esto no quiero decir que soy en verdad bello, sino que siempre he querido serlo y he encontrado impulso para acometer tal empresa gracias a los halagos de mi madre y mi tía que me decían y me dicen que lo soy) no me ha abandonado. Sí, pues, soy muy vanidoso, y es esa vanidad la que desde ahora me dice que no podré soportar los años otoñales, cuando mi pretendida belleza se vaya o termine por irse, no lo sé... No quiero llegar a viejo porque no quiero verme cansado, resignado a no poder hacer ciertas cosas, o porque no quiero ver en el espejo un rostro que dé testimonio de mis años ya vividos.

Por esta y muchas cosas más es que no quiero morirme ahora, pero tampoco quiero vivir mucho, no para ver cómo me marchito y cómo me voy quedando solo, porque si de otra cosa también estoy más o menos seguro es que no vendrá ya nadie más "especial" a mi vida vendrá. ¿Estaré, y ahora sí me lo pregunto en serio, viviendo un proceso de depresión? ¿Mis pocas ambiciones personales aún existentes, el encerrarme en mi vanidad y los temores que amenzan mi supuesta belleza, y el no poder desear otra cosa más que no sea morir después de que mi madre lo haga, no terminarán siendo, a las finales, síntomas de cuán mal me encuentro espiritual y emocionalmente? Sin embargo, ¿quién podrá venir a salvarme si mi problema no sale a la superficie? ¿O quizá ya lo hizo y yo aún no me he dado cuenta?... ¿O son los otros los que no han caído en la cuenta de que me está pasando algo? ¿O, en todo caso, y en medio de mi perturbación, tengo aún las fuerzas para no turbar más a los míos con los problemas existenciales de un muchacho que se llama Rolando?

De todas maneras, y como dice una canción de la cantante mexicana Lucero (1969) "sobreviviré, claro que sí... ya lo verás"... A quienes lean este post les pido que no se preocupen por mí (si es que me tienen estima porque nada malo les he hecho): no pienso suicidarme o hacer algo que atente contra mi integridad. Le temo al castigo que la Biblia dice se les depara a los suicidas... Yo, mientras tanto, prefiero con calma esperar el final...