martes, 8 de enero de 2013

Las implicancias del método comparativo




Introducción.-
Comparar es una actitud de vida. Constantemente estamos comparando las cosas, las personas, los lugares e incluso los tiempos. Decir, por ejemplo, que cualquier tiempo pasado fue mejor significa establecer una comparación entre el hoy y el ayer. Parece que comparar es una práctica innata en la persona. En esta  inherencia se encontraría parte de la justificación de su siempre insaciable deseo de querer más.
Compara el hombre porque nunca nada le basta- porque necesita más, o en el menos ambicioso de los casos- porque necesita saber si lo que tiene, lo que ve o lo que le toca vivir es mejor o peor que otras situaciones que podría vivir él u otras personas no necesariamente inmersas en su mismo contexto espacio-temporal. Sea como fuere, necesita comparar. Y más en tiempos frenéticos como los actuales es que  prácticamente se puede decir que comparar ha adquirido un carácter compulsivo, que se entiende aún más y mejor cuando se la considera dentro del marco de una cultura globalizante y consumista.
En los más diversos campos del saber, comparar es igualmente válido y legítimo. No se acrecientan los conocimientos ni se suman aportes a los cuerpos del saber del hombre y de la vida sin recurrir a procesos investigativos que empleen la comparación como forma de calibrar si dichos saberes y conocimientos son mejores o peores que los que se alcanzaron ayer, o si son igualmente aplicables y válidos en un contexto como en otro.
La disciplina sociológica, en su afán de un marco cada vez mayor de entendimiento de la acción humana y social también recurre a la comparación, sólo que no lo hace con mecanismos rudimentarios y deleznables. Emplea más bien un procedimiento especializado, metódico. Valga la redundancia, recurre a un método, el método comparativo, que con sus diversos instrumentos le permite obtener informaciones específicas con el afán de permitirle al hombre la realización de un sueño que desde el inicio de lo conocido le ha sido afín: transformar la naturaleza e intervenir en la sociedad.

Definición.-
Por método comparativo debe entenderse el procedimiento científico-lógico que va a concentrar su atención en dos o más unidades macro-sociales con la finalidad de encontrar relaciones de semejanzas y diferencias entre las mismas. A tal fin se vale del despliegue de unos procesos sistemáticos y ordenados que le permiten examinar dichas unidades macro-sociales para así extraer un número de conclusiones que amplíen el campo de entendimiento de los fenómenos que tienen lugar al interior de éstas.
Un primer paso para el desenvolvimiento del método comparativo radica en la realización de observaciones puntuales y a profundidad de aquellas entidades macro-sociales, llámense países, culturas, sociedades, economías. En virtud de ello el investigador social no solamente debe optar por la revisión de la literatura existente sino que habrá de verse obligado a trasladarse a los contextos geográficos que son materia de su estudio a fin de poder tomar un real contacto con aquello que le demanda interés científico.

Curso del método.-
Para el método comparativo la investigación de las semejanzas y diferencias entre diferentes casos es una cuestión fundamental. Precisamente es lo que le da razón de ser, es su ratio. La premisa aquí es muy sencilla: no hay dos cosas idénticamente iguales en la naturaleza, mucho menos en el universo social. Al confrontar las mismas es que se cae en la cuenta de las propiedades que una tiene y que otra no tiene. En el esfuerzo por entender porqué una sí las presenta y la otra no es que radica la génesis de este proceso.
El paso consistente en la observación es imprescindible, con miras a reconocer regularidades que necesariamente deben ser explicadas. Deben ser explicadas justamente por el infinito afán del hombre por conocer el motivo de las cosas y la razón de su presencia. Del reconocimiento de estas regularidades es que eventualmente podrá pensarse en la implementación de acciones para la resolución de problemas, por ejemplo, o en la posibilidad de realizar intervenciones específicas en el universo social.
A estas alturas, el método científico ya puede ofrecer una interpretación de la realidad, exponiendo la lógica de su diversidad, la riqueza o pobreza de la misma, la complejidad o aparente simpleza de determinados procesos sociales, culturales, políticos o económicos que tienen lugar en dos o más escenarios.
Posteriormente, se podrán comprobar hipótesis de carácter explicativo que brinden una posibilidad de entendimiento del despliegue de estos fenómenos. Del mismo modo, se procederá al descarte de otras hipótesis que no consigan entrar en una lógica sincrónica de comprensión de dichos fenómenos, las cuales serán dejadas de lado por no haber podido englobar la complejidad de los mismos.
El gran aporte del método comparativo llegará, así, cuando pueda explicar la complejidad de las diversas relaciones causales que permiten el aparecer del fenómeno que se estudia, dando el importante salto hacia el establecimiento de generalizaciones y recurrencias afines a los casos, para finalmente asistir al nacimiento, a la construcción de una teoría.
Como se ha podido apreciar, la vinculación íntima que se establece entre el método y su proximidad a la realidad es bastante especial, particular y única, por decir lo menos. Lo es en el sentido que propicia un trabajo de campo que se perfila como una práctica necesaria e inteligente para llegar a un conocimiento más a profundidad de aquella realidad o realidades que interesa conocer. Llegar a saber por qué se producen unos procesos sociales, económicos y culturales tan particulares en un país, por ejemplo, y cómo los mismos podrían encontrar otros similares en un punto geográfico diferente.
La asunción de una empresa como ésta definitivamente está atravesada por las debidas consideraciones históricas del caso. Sería ingenuo dejar de lado los procesos históricos que han ido estructurando la complejidad de los fenómenos sociales y no darle su oportuno valor explicativo-comprensivo. Un determinado estado de las cosas ha podido llegar a nosotros y a nuestros días pasando por diversas consolidaciones, modificaciones o transformaciones a lo largo del tiempo histórico. Poder ubicarlas puntualmente en cada momento de este tiempo histórico contribuye al proceso de entendimiento de las mismas.
Empero, estas mismas consideraciones históricas podrían acarrear algunos escepticismos desde el momento que se pretende arribar a leyes o grandes generalizaciones de lo social a partir de la asociación de fenómenos y circunstancias, las mismas por las que hay que tener en cuenta que su carácter irrepetible y la particularísima conjunción de situaciones y circunstancias únicas. En resumidas cuentas, éste escepticismo no pasaría de ser tal ante la ambición de la empresa sociológica y las posibilidades del método comparativo por ofrecer un mayor conocimiento del universo social.

En qué casos se debe recurrir al método comparativo.-
Se debe recurrir al método comparativo toda vez que sea necesario establecer un mayor conocimiento de dos o más entidades macro-sociales (países, culturas, economías, etc.) con la finalidad de intervenir en ellas y propiciar algún tipo de cambio o de mejora de la distribución de los recursos y riquezas.
Igualmente, se debe recurrir al método comparativo con la intención de fijar leyes o grandes generalizaciones que permitan un entendimiento más amplio de la cuestión social, de la vida de las personas, de sus prácticas, pautas y hábitos así como de la dinámica de los grandes conglomerados sociales humanos y sus más complejas tramas de organización a escala política, cultural, económica.
Debe recurrirse al método comparativo cuando se tenga la necesidad académica de saber sobre aquello que es desconocido, o en el mejor de los casos de lo que poco se sabe y sobre lo que se necesita profundizar a fin de realizar intervenciones específicas (como por ejemplo las señaladas en el primer párrafo de esta página) orientadas a una mayor estado de bienestar de las personas.
Del mismo modo, se debe recurrir al método comparativo siempre que se pretenda dotar a la disciplina sociológica de nuevos conocimientos, des-cubriendo situaciones y procesos que de otra forma, ante la ausencia de la investigación y el estudio, quedarían irresueltas o suspendidas en un limbo enigmático. A tal fin se señalarían nuevos conocimientos o se resaltarían los ya conocidos. 
Con el método comparativo se puede controlar, verificar o falsificar cuerpos teóricos o grandes generalizaciones dependiendo de la especificidad con la cual se aplique a los mismos.

Aplicación práctica del método comparativo.-
Para las ciencias sociales -y en lo específico para la disciplina sociológica- la posibilidad de aplicar el método comparativo alcanza suma importancia, por ejemplo, para confrontar la vida política o la vida social de un país.
Cada país busca crecimiento económico sostenido basado en políticas de producción y comercialización de bienes y servicios y la consiguiente distribución de las riquezas que se obtengan de las mismas, favoreciendo el establecimiento de un estado de bienestar y de justas condiciones de la competencia para todos los individuos. Sin embargo, en la práctica esta concepción ideal del desenvolvimiento de los procesos económicos no se da en estricta atención al concepto expuesto. Se verifican estados de injusta distribución de las riquezas, de las ganancias, de los recursos y de las posibilidades de competencia, las cuales ocasionan estados de malestar de diversa índole, expresados en condiciones de pobreza, enfermedad, postergación, etc.
Dicho estado de las cosas adquiere una particularidad en consideración atenta del marco histórico-geográfico en el que se encuentra inmerso. Todavía, para entender cuán particular es tal estado de las cosas así como su carácter irrepetible, es que se salta a la apreciación de casos similares que tienen lugar en otros puntos del orbe-mundo. La pregunta, entonces, que orienta el interés es saber cómo se despliega la vida económica en otros países y el grado de malestar que puede generar la injusta distribución de las riquezas y de los recursos.
Igualmente, orienta el interés el saber qué medidas fijan los Estados extranjeros para la solución de esta problemática y si las mismas son replicables al caso propio. En todo ello el papel del método comparativo para poder absolver estas interrogantes es decisivo desde el momento que va a permitir escrutar complejos engranajes y tramados de relaciones que dan oportunidad de surgimiento a un fenómeno como el expuesto, desentrañando su multiplicidad de causas y alcanzando explicaciones consistentes.
Hacia el final de un trayecto como éste, los Estados tienen mayor conciencia de sus carencias y posibilidades así como de los procesos que podrían aplicar con innovación (o replicarlos) inspirados en las experiencias vecinas ocurridas en otros países.
A todo ello se llegaría por el método comparativo y su esfuerzo de contraste entre diferentes situaciones. Luego, queda claro que el método comparativo ofrece aplicarse a diferentes problemas de importancia con miras a desarrollar explicaciones comprensivas. Sus principales áreas de interés las encontraría en la política, por mencionar un ejemplo, para enfrentar situaciones de coyuntura que afectan un país y ofreciendo propuestas de crecimiento.
  
Los modelos ideales en la investigación comparativa.-
El establecimiento de un modelo ideal en la investigación comparativa comportaría una interesante ayuda por la cual se podrían fijar parámetros de medición para los fenómenos en estudio. Esto consistiría en la construcción de conexiones que orientaran el estudio de unas realidades específicas, aportando pautas de estudio para desentrañar el complejo tramado de los fenómenos sociales, de aquellas macro-estructuras de las que se viene hablando hasta ahora.
No se piense que con fijar parámetros de medición se someterá estrictamente la diversidad de los fenómenos en estudio a la presunta rigidez de la misma. Todo lo contrario, aquellos aspectos que el mismo fenómeno pueda aportar al ensanchamiento de los márgenes de aplicabilidad de un modelo ideal de investigación serían oportunos y deseables para dotar al investigador social de herramientas más sofisticadas con las cuales escrutar la cuestión social.
Con la presencia de un modelo ideal, igualmente se aportaría a la formación de hipótesis en su calidad de medios para representar la realidad, los mismos que sucesivamente, y merced de más ambiciosas investigaciones, serían corroboradas o refutadas de acuerdo a su alcance explicativo-comprensivo.
El modelo ideal, como su mismo nombre lo refiere, irá a contener aquello que debe ser, aquello que es esencial de tomar en consideración dado su valor permanente. El modelo ideal, en una segunda etapa, es aplicado y alcanza al investigador aquellos insumos científico-lógicos que coadyuvan a la dación de un marco teórico o de grandes generalizaciones. Como tal, el modelo ideal estaría nutrido de parámetros tomados de diversas experiencias, extraídas de las mismas precisamente por su carácter recurrente, tras haber traspasado la particularidad de un contexto, de una situación.
En resumen, la invitación a emplear el método comparativo se extiende en la medida de los alcances del mismo, de sus ambiciones teórico-prácticas y de su utilidad para dar al investigador mayores luces sobre la cuestión social. Si comparar es una práctica inherente al hombre, el método comparativo sería el método por excelencia de toda disciplina científica, donde se abandona la falsa confianza de creer que todas las cosas son iguales  y que están ya dichas, por lo cual no sería necesario confrontarlas entre sí. Nada más falso que esto.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El constructivismo estructuralista de Pierre Bourdieu




La sociología de nuestros días, aquella que nos complacemos en llamar contemporánea -y bien hacemos puesto que refiere un número de estudios que tienen como referente el actual momento de la vida social, política, económica y cultural de las más diversas sociedades extendidas a lo largo y ancho de la Tierra- no puede ser pensada sin nombrar con justicia a aquellos científicos sociales que trabajan por enriquecerla como disciplina. La lista de sociólogos que ya tiene un lugar fijo en el universo del saber producido por el hombre y para el hombre cuenta entre sus filas a un investigador de procedencia francesa, quizá el más nombrado y leído de los últimos 50 años: Pierre Bourdieu.

Con una propuesta teórica alambicada cuanto inteligente Pierre Bourdieu se ha perfilado como uno de los teóricos cuyo esfuerzo de investigación es considerado dentro de los mejores y mayores esfuerzos por conciliar instancias teóricas presuntamente antagonistas (aquellas heredadas para la ciencia sociológica desde los aportes de Marx, Weber o Durkheim) para llegar al establecimiento de un cúmulo teórico ambicioso encaminado a ofrecer lecturas todavía más profundas y reveladoras del espacio social, de sus actores y de sus dinámicas de interacción. Ciertamente, no se puede hablar de teoría sociológica sin que el nombre de Pierre Bourdieu venga a la mente de cualquier persona mínimamente formada en esta disciplina.

El constructivismo estructuralista.-

La propuesta de Bourdieu denominada constructivismo estructuralista debe entenderse por la consideración de la existencia de unas estructuras sociales inasibles e independientes de la conciencia y voluntad de las personas que ejercen sobre las mismas un poder capaz de constreñir y orientar sus prácticas sociales a determinados fines, de las cuales difícilmente pueden salir a menos que renuncien a la idea de una vida en sociedad regida por específicos convencionalismos que organizan su decurso. Sumando a ello, debe igualmente tomarse en cuenta los patrones de percepción, pensamiento y acción que se constituyen como inigualable carta de presentación de los individuos al momento de llevar a cabo sus diversas interacciones sociales, de las cuales se puede esperar un cierto margen de innovación en la medida de la creatividad de los agentes y de los estímulos que los lleven a re-significar o al menos a reconsiderar sus prácticas. Del planteamiento de este concepto es que entonces surge el concepto de campo.

En ambas premisas, ciertamente, se asiste a uno de los más notables intentos por ofrecer una conjunción de lo objetivo (las estructuras sociales, a las cuales el autor terminará concediendo primacía) y lo subjetivo (la construcción por parte de los actores) que no se limite a los discursos teóricos clásicos que muchas veces han caído en antagonismos presuntamente irreconciliables y que sin duda han encontrado sendos tributarios, los mismos que han aportado a establecer esencialismos teóricos generadores de la confrontación que poco han sumado a favor de una perspectiva analítica y comprensiva todavía más profunda y que abarque aquellos resquicios de la vida social que podían quedar inalcanzables para las tradiciones sociológicas pre-existentes. Del planteamiento de este otro concepto se entiende así el concepto de habitus.

Dos momentos del constructivismo estructuralista.-

  De lo expuesto se participa claramente en dos momentos de la teoría de Bourdieu: una primera de corte objetivista, donde el elemento base para la asimilación de esta propuesta es el reconocimiento de unas estructuras objetivas estudiadas por el científico social y en las cuales reposan las representaciones subjetivas de los actores (o agentes para ser más precisos). Tales estructuras son vistas como el principal constreñimiento a la práctica de los agentes y el cuadro de despliegue de sus diferentes pulsiones y lógicas. El segundo momento de la propuesta de Bourdieu tiene un corte subjetivista, donde las representaciones de los actores cobran un cariz altamente dinámico y hasta propositivo, al punto de ofrecer la posibilidad nada desdeñable de un intento de transformación de esas estructuras sobre las que descansan y que ciertamente les permiten su extensión. Asistiendo a este proceso, a este momento de la comprensión es que se aprecian los esfuerzos tanto individuales como colectivos por repensar, reformar o reformular -y hasta revolucionar- estas estructuras condicionantes del impulso social de los actores, o en el menos afortunado de los casos, simplemente dejarlas fijas tal y como ya estaban desde un principio.

  Es con particular atención a este segundo momento donde se inscribe una explicación historicista sobre el principio de acción de los actores, por la cual los mismos asumen una empresa que se confronta con la sociedad misma. En ello los individuos, los agentes, no proceden siendo entendidos como una instancia externa a la estructura ni tampoco como una cosa que reside en la conciencia de las cosas sino en la íntima relación de ambos estados. He aquí el carácter relacional de unos procesos históricos que han conseguido objetivación en las cosas (las diversas formas de instituciones sociales) y, de otra parte, de aquellos mismos procesos históricos que han recaído en la corporalidad de los agentes y que perfilan sus prácticas, o lo que para Bourdieu es el habitus.  

Del despliegue de ambos componentes explicativos es que se puede comprender la producción y re-producción del mundo social, donde sus agentes llevan inscritos en el cuerpo unos procesos históricos gracias a los cuales aparece entendible su desenvolvimiento social, a la par que aquella misma historia ha ido a encallar en un marco rígido como son las instituciones sociales y que le ofrecen a los agentes los senderos por los cuales desplazarse en salvaguarda de su integridad y para la perpetuación de un orden a todos conveniente.

Interiorización y exteriorización.-

  Para Bourdieu esta compleja dinámica acarrea un doble movimiento constructivista, a saber el de la interiorización de aquellas estructuras inasibles y que constriñen, como de exteriorización de aquellas pulsiones e innovaciones que se perfilan como propuesta de replanteamiento y cambio de las mismas o simplemente de validación de su existencia y perdurabilidad. Esa interiorización de las estructuras se da gracias a los diferentes procesos de socialización que comienzan desde los primeros años de existencia del individuo y que después vienen afianzados gracias a la acción de las agencias de socialización (familia, escuela, por nombrar las más saltantes) que se encargan de dotar a los agentes de los insumos relacionales básicos para su desenvolvimiento en sociedad. Posteriormente, con el paso de los años, los agentes participan en el afianzamiento de dichas estructuras al tributarles validez y legitimidad, necesarias para el normal decurso del conjunto de la vida de todos ellos en los más variados campos que se puedan reconocer.

Sin embargo, en el segundo momento entendido como la exteriorización de un bagaje subjetivo -llámense patrones de percepción, pensamiento y acción- los agentes tienen a su disposición la posibilidad de re-crear ese férreo marco que marca el compás de sus pautas conductuales y actitudinales. No llegan a este momento sin haber asimilado debidamente estos constreñimientos y posteriormente haber llevado a cabo un escrutinio en profundidad de su lógica de producción y re-producción. Al des-cubrirse ante sus ojos este alambicado engranaje dan rienda suelta a su creatividad e innovación para ofrecer alternativas que hagan de sus vidas unas vidas más vivibles que encuentren una mejor satisfacción a sus siempre incesantes necesidades.

El habitus.-

Retomando lo hasta ahora visto, participamos de la definición del habitus como concepto que permite entender la subjetividad perfilada por estas estructuras sociales mediante un infaltable proceso histórico. Un habitus que como insumo de un mayor cuerpo teórico va a dar cuenta de esas instituciones sociales que se graban en la mente de los agentes y que son reconocibles en sus pautas de desenvolvimiento. En este sentido Bourdieu alcanza una iniciativa teórica interesante que no sólo refiere a actores que se desplazan por los espacios sociales motivados por unas pulsiones que únicamente partirían de sus propias subjetividades, sino que éstas están respondiendo a cuanto asimilado y labrado en sus mentes y cuerpos. No serían, pues, estos actores, entes autónomos en un sentido pleno e irrefutable que simplemente han optado por disponer unas pautas conductuales y actitudinales a libre albedrío.

De manera acorde con el principio de acción histórica, el habitus irá a contener una explicación de la singularidad de cada uno de los agentes, cuyas prácticas han sido perfiladas en base a muy particulares experiencias de vida dadas en unos espacios geográficos igualmente particulares que suman a la definición de las mismas de manera irrepetible. Para Bourdieu, los agentes aportan respuestas a las diferentes situaciones sociales de la vida cotidiana a través del habitus, y la respuesta frente a las mismas estará intrínsecamente ligada a todas aquellas pautas de pensamiento y acción de las que puedan disponer los agentes, éstas a su vez nutridas por unas experiencias que calan en la sensibilidad de los mismos y que ya disponen una serie de condicionantes para sus posteriores interacciones.

El campo.-

El campo es visto por Bourdieu como aquellos escenarios donde las instituciones sociales cobran despliegue y dinamismo, albergando el despligue de los agentes y sus modos de socialización, de interacción y de intercambio material y simbólico. En el campo cobran vida las distintas relaciones de los agentes, sean éstas de tipo político, cultural o económico que los confrontan ya sea de modo individual como colectivo y de acuerdo a ciertos intereses que se defienden en determinados escenarios de confrontación. Para Bourdieu cada campo está signado por unas fuerzas, por unas tensiones que precisamente le dan su carácter de espacio de confrontación. De esto no es difícil colegir que tales tensiones obedecen a una desigual distribución de los recursos (no solamente de riquezas) y que perfila unos detentadores de los mismos, al punto de llegar a considerarse el establecimiento de monopolios de la legítima distribución y empleo de los mismos.
Surgen con ello las figuras de los dominantes y los dominados, que como concepto explicativo es en verdad poco novedoso pero que, valgan verdades, responde a una configuración histórica de la lucha por el poder que es tan antigua como la presencia misma del hombre sobre la faz de la tierra. ¿Qué se espera que resulte de esta confrontación sempiterna? Pues nada menos que la reformulación de la distribución de los recursos y de la capacidad de detentar los mismos, hecho que a su vez traerá aparejados nuevos poderes idealmente más justos y equitativos. Esta correlación de fuerzas, de experimentar la posibilidad de reformulación de su configuración, no se dará de la noche a la mañana sino que deberá pasar por toda una serie de etapas que la marcarán como proceso. 

En tal sentido es que se desplegarán diversos esfuerzos por arribar a un momento como éste y en el que los agentes nuevamente deberán dar cuenta de sus márgenes de creatividad, innovación, originalidad e ingenio para lograr tan ansiada posibilidad. Tales capacidades se orientan a enfrentar los mecanismos específicos de los que se valen los dominantes del campo para hacer una capitalización de los recursos, sean estos de tipo cultural, político o los hartamente conocidos de tipo económico.

La dimensión del orden social.-

En la aventura por conseguir la anhelada mejor distribución de los mismos es que los agentes entran en una competencia ardua en la que buscan justificar su legítimo derecho a través de la factura de su producción, es decir, la calidad de la que están hechos los productos que pueden ofrecer a beneficio del campo y de su crecimiento como espacio de interacción y significancia social. En la teoría del constructivismo estructuralista se piensa el universo social como un infinito espacio de representación de diversos campos -tanto autónomos como signados por tensiones, enfrentamientos y competencias- en donde los agentes dan rienda suelta a sus prácticas sociales e igualmente inician procesos de intercambio de recursos tanto materiales como culturales que en alguna medida contribuyen a la satisfacción de sus intereses.

Tales campos son tan variados e infinitos y dependerán en la medida que existan recursos que capitalizar y detentadores de los mismos preparados a dictar normas de acceso y goce a los mismos, de los cuales indudablemente puedan obtener un margen de ganancia y beneficio. Son campos que irán a establecer quienes detentan autoridad en materia de producción de saberes y extensión de dinámicas, a la par que restringirán las posibilidades de alcance de reconocimiento a los nuevos productores del campo, que bajo legítima aspiración buscarán el mismo a través de la producción de nuevos conocimientos o técnicas útiles a la “naturaleza” y pretensiones del campo.

Valoración de la propuesta de Pierre Bourdieu.-

El constructivismo estructuralista ha sido posible gracias a un específico trabajo de investigación que Bourdieu ha llevado a cabo, el cual comienza con una labor de observación sobre la acción de los agentes. Este punto no deja de ser esencial en todo momento del planteamiento teórico. Gracias al despliegue de los esfuerzos de los agentes es que se comprende su avance hacia el análisis del campo y de las estructuras que lo rigen y que les dan coerción. Frente a ellas los agentes actúan con premura visto que se hayan interpelados por las mismas constantemente.

Como ya se había anotado, los agentes ofrecerán respuestas a tales interpretaciones a partir del bagaje cognoscitivo y empírico del que dispongan en un momento dado. De los insumos extraídos de la experiencia es que se fijan conocimientos que orientan las respuestas de los agentes, seguramente unas más eficaces que otras, pero que indefectiblemente se validan conforme van demostrando ser útiles y funcionales a la satisfacción de necesidades y conservación de la integridad de los agentes. Cuando se llega a este nivel de utilización de una serie de respuestas es que se habla de un sentido práctico, donde concretamente se activan fórmulas ya validadas, si se quiere, que economizan la reflexión -incluso la energía que conlleva a la misma- encaminadas a la resolución de problemas prácticos que se suelen presentan en la vida cotidiana así como en diversas esferas de la vida social de los agentes, ciertamente requeridos de alternativas eficaces y eficientes.

Este sentido práctico se halla inscrito en el cuerpo de los agentes, en sus movimientos, en sus diferentes desenvolvimientos corporales, los cuales se activan ante la particularidad de la situación enfrentada. Dicho sentido práctico sería otro modo más de interiorización de aquellas estructuras sociales que, pese a sus constreñimientos por momentos asfixiantes, dotan a los agentes de pautas útiles que les permiten surcar los mares más procelosos de la vida social. En mundo cada vez más convulso y sensacionalista, demandante de acciones rápidas, un concepto como el del sentido práctico da luces sobre esto que durante todas estas líneas se ha venido hablando: la práctica de los actores, que no solamente se limitarían a re-producirlas sino que buscarían la posibilidad de reformular las estructuras en las cuales se mueven. De todo esto, se asiente que hay una intrínseca dialéctica entre el establecimiento de una estructura social y sus márgenes de coerción y los desplazamientos de los agentes, reproductores e innovadores según su particular proceso biográfico.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Las pequeñas grandes victorias de un niño bonito



Ha de quedar claro que de aquí en adelante el niño bonito al cual me voy a referir en este post indubitablemente soy yo.

Este post lo escribo para celebrar las pequeñas grandes victorias de un niño, bueno como todo niño, y que hoy por hoy -aunque ya ha dejado de ser niño- definitivamente sigue siendo bonito.

Secundariamente, escribo este post para dar cuenta de las buenas prácticas que -juiciosamente inculcadas durante la infancia- perduran a través de los años, forjando los buenos espíritus de las personas especiales, ésas que injustamente la gente vulgar, ignorante e insensible no consigue comprender en todo su esplendor.

Ir a la escuela (en este caso a la escuela primaria, para darnos un contexto y marco que acoja el presente relato) fue una experiencia particular -por decir lo menos- para ese niño bonito. Era fácil por el hecho de ir a aprender muchas cosas en un espacio diferente al de la casa, al del propio hogar. Era fácil e interesante porque aquellas cosas nuevas que se iba a aprender eran impartidas por otras personas -no las del contexto familiar ciertamente- y que ofrecían una gran variedad de conocimientos, de manera libre y espontánea.

En cambio fue difícil por el hecho de tener que convivir, de compartir espacios, con otros niños y niñas muchas veces torpes, distraídos y poco dispuestos a aprender. Claro, no todos. Seguramente debe haber habido al menos uno o dos con las mismas predisposiciones intelectuales que las del niño bonito para hacer de la escuela un espacio tolerable. En medio de todos ellos, resplandecía el niño bonito. Y esto no era fácil: en un mundo de gente mediocre, destacar es un riesgo, cuyo costo consagrado es la soledad. O al menos lo fue para el niño bonito.

Aquel niño bonito se granjeó el reconocimiento de sus profesores y la envidia de sus compañeros. De entre aquellos 10 ó 15 niños y niñas de la clase, asumió el compromiso de forjarse un criterio en base a la asimilación de diversos conocimientos. posteriormente, puso en práctica lo que sabía, todo con tal de ir preparándose desde aquel entonces para el largo camino que habría de recorrer y que se llamaba vida. 

Pero, como ya lo mencioné, aquella noble consagración del niño bonito le granjeó la envidia de sus compañeros y compañeras, que no terminaban de entender porqué no prefería dedicarse al juego o a la gratuita pérdida de tiempo bien -consentida en los infantes- y preferir sus estudios, los cuales indefectiblemente lo llevaban a destacar. Sobresalir, entonces, le costó un aislamiento que no pidió pero al que se fue acostumbrando con el paso de los años.

Se trataba de una envidia dirigida a aquel niño bonito -que además de ser aplicado y de tener unos padres pendientes de él- colmaba estas buenas virtudes y posibilidades con el hecho de ser agraciado, físicamente agradable. Era demasiado para aquellas pequeñas mentes prematuramente perversas pero a las cuales se enfrentó gracias a una indomable fuerza de voluntad y carácter que le evitaban caer en un estado lastimero por el cual tan siquiera pudiese pensar en permitirse cambiar lo provechoso (sus estudios) por un grupito de amigos insulsos.

Ese niño bonito ya tomaba sus elecciones a sus tiernos 8 ó 9 años. En medio de tantos compañeritos idiotas, ese niño bonito había decidido hacerle saber a los demás que era buen mozo y que así ganaba simpatías -si no en sus coetáneos al menos en las personas mayores. 
Ese niño bonito era bonito porque además de ser físicamente bonito se peinaba correctamente y llevaba bien puesto el uniforme (y limpio, obviamente). Ese niño bonito preparaba sus útiles y tareas para el día siguiente, repasaba las lecciones, estudiaba a conciencia y rendía buenos exámenes. Este esfuerzo se veía premiado en las excelentes notas que llevaba a casa y que hacia el final del año le ganaban los diplomas y reconocimientos al mejor rendimiento escolar del año. A todo este dechado de virtudes se sumaba lo cortés y respetuoso que era, manteniendo en todo momento un buen comportamiento y desenvolviéndose con educación y buenos modales en los diferentes espacios a los que asistía.

Nada de esto habría sido posible si el niño bonito no hubiese crecido en un adecuado contexto familiar. En tal había sido afortunado. Había recibido de la vida el privilegio de ser amado por sus padres y demás familiares, tener la debida atención de ellos antes sus situaciones y problemas, el cuidado esmerado y la palabra de enseñanza oportuna. Todo esto se reflejaba lógicamente en un adecuado desarrollo personal del niño bonito, pero que lamentablemente era visto con recelo y envidia por sus compañeros de escuela. Estos le ofrecían una burla descarnada a una buena actitud que consideraban propia de un nerd (y ciertamente se expresaban así por el niño bonito les caía antipático). En respuesta a ello, el niño bonito les ofrecía su desprecio y después su indiferencia, regodeándose en sus pequeñas grandes victorias. Ciertamente digo grandes porque para un niño de 8 ó 9 años ya lo es bastante: adaptarse a las normas, respetarlas y en la medida de sus posibilidades buscar destacar, sobresalir. Esto ya hablaba con grandilocuencia de un compromiso por adherirse a un orden en el que veía el camino al progreso.

No rodearse de amigos sino de conocimientos significó para el niño bonito una de las mejores oportunidades de crecimiento personal por la forja de una mayor amplitud de mente y espíritu que muchos años más tarde, al llegar a la universidad, habría de concretar con sus estudios superiores.Ya desde este momento asistimos a la génesis de una soledad que habría de caracterizar al niño bonito. ¡¿Pero qué le vamos a hacer?! ¡Son elecciones! Y ese niño bonito ya tuvo que tomar a esa tierna edad y de las mismas decidió no separarse jamás.Fue entonces cuando supo que no había nacido para caerle bien a todo el mundo, que jamás sería popular ni que jamás ganaría la elección del mejor amigo por su imposible carisma y simpatía.

Ese niño bonito es hoy en día un adulto, pero sigue siendo igualmente bonito, inteligente, educado y respetuoso. A ello ha sumado grandes dosis de lúcida ironía que lo distingue, imprimiendo este indeleble sello personal en todo lo que dice y hace. Claro, ser así hace que caiga mal -ya quedó claro- pero a estas alturas de su vida eso casi nada le importa. Tiene claro que fuera de él lo demás es ciertamente postergable.

jueves, 8 de noviembre de 2012

En aquel rincón onírico



Carolina sonó con el mar...

Carolina soñó con el mar y todas sus olas aquella noche. Se veía extasiada ante la llegada de cada una de ellas, cada cual más grande y amenazante que la otra. Por un momento pensó que alguna de ellas la habría podido llevar lejos de las rocas donde se encontraba, hacia algún punto desconocido del que no podría regresar jamás. Y aún así no sentía ni el más mínimo deseo de ponerse a buen recaudo. Ciertamente la sola idea de dejar su orilla la embargaba de expectativa.

Carolina estaba sola en aquel sueño. A su alrededor no había otras personas que, como ella, pudiesen contemplar el espectáculo que se descubría ante sus ojos. Eran entonces ella y el mar. Ella tan frágil y orgullosa frente al mar cada vez más bravío que la retaba a capitular. En virtud de ese orgullo, Carolina seguía firme y no se iba. En ese solo momento no podía recordar haber vivido alguna experiencia todavía más excitante.

Carolina estaba sola pero no se preguntaba porqué lo estaba. Es más, jamás consideró seriamente la idea de interrogarse por algo como esto. No era una cuestión fundamental para Carolina estar al lado de alguien o no ante un espectáculo ofrecido por un mar indómito. Sabía que le bastaba estar allí, sola, consigo mismo, para darse por satisfecha y halagada. Pocas veces la naturaleza le revelaba una de sus mayores exuberancias, y en aquella oportunidad había escogido a Carolina... Era dichosa...

Carolina sí pensó en el instante en que despertaría de aquel sueño. Quizá solamente en ello es que pudo reconocer alguna pizca de temor. Temor porque una soledad tan íntima como la que estaba teniendo fuese a acabar para verse de nuevo rodeada de todos aquellos que se habían ido y que le habían dejado las migajas de sus presencias. Carolina aborrecía tener que recordarlos, tener que volver a ver pasar por su mente la imagen de los hombre y mujeres con los que alguna vez había reído, llorado, hablado y cantado y ahora ya no estaban. Se habían ido un día, o una noche quizá, y no le dijeron siquiera un hasta pronto, Carolina. Simplemente desaparecieron.

Carolina ahora los detestaba, y detestaba aún más tener que detestarlos. Detestaba tener que pensar en detestarlos no bien despertara y regresara al mundo real, abandonando aquel rincón onírico en el que se sentía tan soberbia y espléndida. Carolina pensaba que ésta era una de las más grandes injusticias que la vida tenía: no poder permitirle al ser humano difuminarse por aquellos espacios y tiempos remotos, fuera de este mundo, donde las personas presuntamente podían conseguir su realización. Poco a poco, Carolina dejaba de sentirse dichosa.

Carolina regresó de aquel paraje perdido por los meandros más insondables de su mente. Despertó, abrió los ojos y se vio sobre su cama, mirando hacia el techo. Faltaba todavía mucho para que amaneciera, o al menos eso era lo que presumía por el color aún profundamente negro de aquella noche de noviembre. En medio de ese retorno forzado, sonrió. Carolina deseaba ver el mar y pasear por la playa, de noche y sintiendo la fuerte brisa marina acariciando sus mejillas, despeinando sus cabellos y susurrándole lo única que era.

Carolina confirmó que debía volver al mar, a charlar con la eternidad y a renovar una vez más un compromiso que habría de ser imprescriptible en tanto poblase este mundo y no aquel rincón onírico del que había regresado: ser feliz. Tenía claro que sólo a eso estaba destinada...

viernes, 2 de noviembre de 2012

Truco o treta...



El 31 de octubre no es un día cualquiera en el Perú, o al menos en Lima que es donde yo vivo. A la importada celebración de Halloween (que valgan verdades cada vez da menos miedo y al contrario causa más hilaridad) la patriotería peruana opone con gran fervor la celebración del día de la Canción Criolla. A ello necesaria y tristemente hay que agregar que el peruano promedio -y que alrededor de no una sino dos o tres o hasta una caja de cerveza puesta lo mismo puede celebrar el día de la Canción Criolla que Fiestas Patrias, por decir- conoce poco o casi nada de tan rico bagaje musical. 

En efecto, cuando se le habla de la Canción Criolla la primera imagen que le viene a la mente es la de la compositora Chabuca Granda, y la piensa como artista fundacional de este género hoy por hoy en buena medida reivindicado pero poco conocido y así escasamente apreciado en toda su riqueza y vastedad de notas.

Ahora, cuando se piensa en Chabuca Granda tampoco se crea que se viene a la mente todo su repertorio melódico, todas sus canciones del ayer que vienen a nuestro hoy. Generalmente se piensa en La flor de la canela, un casi segundo himno nacional para los peruanos y que ciertamente ha dado la vuelta al mundo. La flor de la canela es para el Perú lo que el Alma llanera para Venezuela o Granada para España. 

Y no se ha hecho mal puesto que no  solamente esta canción sino todas las que componen el acervo musical de esta compositora son dignas de mantener un sitial privilegiado dentro del patrimonio inmaterial de la humanidad. Más allá, sin embargo, de estos desconocimientos de base, es plenamente legítimo querer lo propio en detrimento de lo foráneo, aunque no deje de ser cierto que elecciones de este tipo a veces puedan cobrar ribetes chauvinistas tan inelegantes como repulsivos. 

Días atrás me preguntaban qué habría celebrado, si Halloween o el día de la Canción Criolla. Yo decía que ninguno de los dos porque francamente no me interesan. Me interesan menos ahora que mi mal llamada "vida social" se está extinguiendo. Pero si hubiese tenido que escoger por una de estas dos celebraciones, me habría inclinado por Halloween. Las cosas que uno puede llegar a decir...

La música criolla, como ya lo dije líneas arriba, es attraente, partiendo por considerar su historia, sus espacios y tiempos de producción para luego pasar a su factura musical, su línea melódica, su gran lirismo. Cuando pienso en la música criolla y su notable belleza me es imposible pensarla con otros compases, sugiriendo otras imágenes o lugares. Es entonces cuando compruebo que ha sabido capturar algo que los huachafos llaman "esencia": la esencia de lo que somos como peruanos (o al menos algunos peruanos) o lo que podría ser lo mismo pero dicho de otra forma, la idiosincrasia de un pueblo (otra palabra bastante manoseada). Sin embargo, son los textos de todas estas canciones las que en algunas ocasiones no me convencen. Canciones que generalmente expresan sentimientos de tristeza, de dolor, de pérdida. 

Ya que hablamos de Chabuca Granda, leamos un poco qué dicen algunas de sus más emblemáticas canciones:
  
¡Qué hermoso que es mi chalán!
¡Cuán elegante y garboso!
Sujeta la fina rienda de seda,
que es blanca y roja.

¡Qué dulce gobierna el freno
con sólo cinta de seda,
al dar un quiebro gracioso
al criollo bere-bere!

José  Antonio,  José  Antonio,
¿Por qué me dejaste aquí?
Cuando te vuelva a encontrar
que sea junio y garúe.

Me acurrucaré a tu espalda,
bajo tu poncho de lino,
y en las cintas del sombrero,
quiero ver los Amancaes,

que recoja para ti,
cuando a la grupa me lleves
de ese tu sueño logrado,
de tu caballo de paso.

¡Aquel del paso peruano!


En este extracto de la célebre José Antonio (http://www.youtube.com/watch?v=RRaBe-hzhY0), la compositora canta a la gallarda figura de José Antonio, desplegando nobles palabras a favor de su portentosa estampa, pero a la vez expresa congoja por su  necesaria partida, la misma que parece alimentarse con el ansia del retorno del amado. 

Como ésta -pero con las tintas más cargadas- tenemos Pero regresa, inmortalizada por Lucha Reyes:

 Te estoy buscando porque mis labios 
extrañan tus besos de fuego. 
Te estoy llamando y en mis palabras 
tan tristes mi voz es un ruego. 

Te necesito porque mi vida sin verte 
no tiene sentido y van 
y van por el mundo mis pasos perdidos, 
buscando el camino de tu comprensión. 

Apiádate de mí si tienes corazón, 
escucha en sus latidos la voz de mi dolor. 

Pero regresa para llenar el vacío 
que dejaste al irte, regresa, regresa 
aunque sea para despedirte, 
no dejes que muera sin decirte adiós...

Pero regresa (http://www.youtube.com/watch?v=76gtXa3iEY0es la más preclara manifestación de todo el dolor que se puede experimentar por la ausencia del ser amado. La canción expresa de manera acabada esa impresionante ligazón de dependencia que puede existir entre la presencia de quien se ama y la posibilidad de mantener con vida a quien tributa ese amor, una posibilidad que le otorga sentido a una existencia y le da aliento para seguir. 

Finalmente, una canción que no tiene corte amoroso pero que igualmente expresa sufrimiento. Hablo de Una carta al cielo (http://www.youtube.com/watch?v=JsLaq6Y921w), también conocida por la voz de Lucha Reyes:

La autoridad pregunta,
dime carita sucia
si es cierto lo que dice
y cesa de llorar.

El niño le responde,
es cierto mi sargento,
robé un ovillo de hilo
para así hacer llegar.

A mi blanca cometa
hacia el azul del cielo,
allá donde se ha ido
mi adorada mamá

No ve en ella una carta,
prendida a mi juguete,
perdóneme si en ella
yo quise preguntar.

¿Por qué mamita linda?
¿Por qué te fuiste lejos?
Dejándome tan solo
con mi pobre papá.



En esta canción el dolor que embarga es todavía mayor. Se trata de la pena que siente un niño por la muerte de su madre, una pena que sumergida en la inocencia lleva al menor a pensar que puede hacerle llegar a su madre su pedido de volver con ella. Es sobre todo este factor, el de la inocencia del niño, el que impacta más en quien se toma unos minutos para escuchar Carta al cielo

Y así podría seguir nombrando otras canciones del acervo criollo igual de plañideras. Ante ello entonces preferiría unirme a una celebración plástica como la de Halloween que si bien poco aporta como valores ciertamente se cierne en el imaginario de las personas. Una celebración donde se puede ser un zombie o un vampiro o el hombre lobo, dependiendo del disfraz que se lleve puesto, y que por algunos instantes puede alejarnos de los problemas de la vida cotidiana, creando para nosotros una atmósfera de cuento, de narración extraordinaria donde podemos vivir emociones diferentes, al menos por una noche. Si en ello podemos encontrar algún alivio a los pesares diarios y transportarnos a mundos fantásticos entonces bienvenido Halloween.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El globo



¡Lo solté!
Lo dejé irse por los aires
sabiendo que ya no volvería a mí...
Le di la libertad
pero sabía que no le duraría mucho...
Vi cómo ascendía
y en medio del cielo, ya lejos,
el globo reventó.

Lamenté
que ya no estuviese conmigo
y me llamé estúpido por haberlo hecho...
Y cuando lo tuve
asido a mis manos
pensaba con ansia en la idea
de dejarlo ir... ¡Ay, mi globo!

¿Por qué 
teniéndolo conmigo no sabía
qué hacer?, y ahora
que no lo veo más 
pienso en todo 
lo que habríamos podido hacer...

Como ese globo
mis deseos, uno a uno
comienzan a irse por los aires
y me queda la gana loca
de recuperar el tiempo que ya se fue...

lunes, 1 de octubre de 2012

El valor de la vida



 ¿Quién no se ha quedado sorprendido con la repentina muerte de la joven peruana Ruth Thalía Sayas, la primera concursante de El valor de la verdad? Quizá su muerte ya se veía venir al saber de su misteriosa desaparición, pero lo cierto es que más de uno lamenta que una mujer tan joven y seguramente con un futuro prometedor (con más razón ahora que había ganado 15 mil soles por ir a decir sus "verdades" al programa de Beto Ortiz) vea interrumpido el curso de su vida por la enajenación de un hombre misérrimo y digno de infinita lástima como lo es Bryan Romero, su ex pareja sentimental.

Ruth Thalía alcanzó una notoriedad mediática que si aún contara con vida la lamentaría. Estar en boca de todos, que todos sepan de uno, es ciertamente un arma de doble filo. Ello se hace todavía más patente si aquello por lo que se salta a la palestra no son precisamente cosas buenas, virtudes que los demás elogien, sino llanamente tu vida misma, tus secretos e intimidades conocidas por todos y todas a condición de ganar dinero. Lo lamentable es que es poco probable que ante un lastimoso evento como su muerte alguien vaya a dejar de pensar que ir a desnudarse -metafóricamente hablando- por una cantidad de buenos billetes sea algo malo o deshonesto. Acá está el punto: cada vez son más quienes piensan que son menos las cosas que deben conservarse puras (digamos así) o inalcanzables por los demás, o simplemente invendibles.

La televisión peruana asistió a un nuevo episodo luctuoso, triste y deplorable en el que seguramente tuvo una participación más que culposa. Después de la pérdida de esta joven quedó claro que para su asesino, Bryan Romero, la vida no vale nada. En cambio para Ruth Thalía, la vida valía 15 mil soles. ¿Cómo así? ¿Es que la necesidad -del tipo que sea- puede ser tan fuerte como para arriesgar lo que más valor debería tener para nosotros mismos, la vida? Esto no lo supo del todo Ruth Thalía, y hoy es tarde.

Ese pobre infeliz que fue su ex compañero sentimental no la mató por ser pobre o por ambicionar la pequeña fortuna que había ganado. La mató porque no tenía nada que perder en caso de ser encontrado culpable. Así pasó y aún así no perdió nada: no podemos decir que perdió 15 mil soles porque esos jamás fueron suyos. Tampoco perdió una vida -entendida como proyecto de vida, valga la redundancia. ¿Acaso su vida era digna de ser vivida? Un hombre como él, viviendo sin entender un significado para su propia existencia, carente no sólo de recursos materiales sino de recursos espirituales que le ofrecieran una garantía de que valía la pena vivir, desprovisto de un sentido para sus días, es totalmente sujeto de la más inifinita compasión que se pueda tener, más allá de poder decir que bien se merece una fuerte condena por su repugnante crimen.

El fondo de todo esto es que se está perdiendo el valor de la vida como centro organizador de nuestro desenvolvimiento social. La vida, no sólo como entidad orgánica sino como concepto espiritual e insumo moral, está perdiendo su amplio significado. Éste se volatiliza cada vez más, se relativiza al punto de saber que pueden haber hombres que matan a sus compañeras sentimentales simplemente porque tienen celos de que los estén engañando, o que algún ladronzuelo con arma en mano pueda cejar el aliento de una persona con tal de robarle menos dinero del que jamás habría pensado. Este desplazamiento de la vida y su valor primero es parte de la desacralización del mundo, un mundo en el que sin lugar a dudas impera una lógica mercantil donde todo, cosas y personas, pueden ser compradas y vendidas. Prácticamente todo es susceptible de recibir una valorización económica, tras lo cual podrá ser ofertado y eventualmente adquirido.

Bryan Romero recibirá la cárcel como castigo a su crimen. Ruth Thalía no recobrará la vida por más que las personas concentren su odio sobre el asesino inicuo. La televisión peruana seguirá ofreciéndonos la basura a la cual estamos acostrumbrados y por más censura que se haga no dejará de ser eso: televisión peruana, híbrida y grotesca como ninguna. Más de un cretino le endilgará buena parte de la culpa a Beto Ortiz y El valor de la verdad para después sentarse imperturbable ante la llamada caja boba y seguir como si nada.  Y es que la televisión es una tentación de la que pocos consiguen escapar.

Tentaciones como ésta las hay por doquier. El punto en medio de todo esto radica en darle el justo valor a las cosas, y en medio de ellas, darle el justo valor a la vida. Un valor que de ninguna manera podrá expresarse jamás en una cifra, por más ceros que tenga. Debería ser ésta la lección marco para entender que como hay cosas que no podemos comprar, también hay otras que difícilmente podemos vender.