
Espacio de culto a la palabra, a su capacidad de expresar las emociones y sentimientos más íntimos del ser humano y de dar referencia del entorno que a éste le rodea
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Año nuevo, ¿vida nueva?

miércoles, 23 de diciembre de 2009
En Navidad deseo...

sábado, 21 de noviembre de 2009
Amigos y rivales

sábado, 14 de noviembre de 2009
Palabras saciadas de vacío

Y es que cada día que pasa me pregunto: ¿qué de nuevo puedo decir hoy?, y al responder a esta interrogante diciendo que nada tengo que decir ya digo algo. Digo que me siento poco motivado a decir algo que en verdad lo considere importante y digno de ser narrado. ¿Qué me pasa? Busco diversas fuentes en las cuales encontrar un poco de inspiración para decir algo, y sin embargo nada me conmueve lo suficiente como para decir “de esto quiero hablar”. ¡No!
Quizá esté pasando por un momento en el cual, sin quererlo, he llegado a caer en la cuenta de que no tengo un horizonte claro bajo el cual quisiera caminar por el resto de mis días, que sigo pensando serán breves. Pero considero que empieza a sonar burdo el tomar como tema recurrente de mis post el aún no probado hecho de que viviré poco. Quizá quiera llamar la atención, ¿pero qué raro, ni siquiera yo mismo llego a asustarme tanto por esta posibilidad? Definitivamente, estoy procurando un drama con tan poco talento como para hacerlo parecer verídico. Sin embargo, en el pasado creo haber sido un buen actor que fingía emociones y sentimientos que jamás tuvo. ¿Estuvo mal que procediera así? En verdad eso tampoco lo sé a ciencia cierta hoy por hoy. Y ello también es lamentable porque a estas alturas ya debería tener la más mínima certeza de que obre mal, y no obstante, sigo pensando que fue lo más correcto fingir, mentir, para sentirme menos solo, en esos corrosivos momentos en que la soledad no era mi amiga sino mi más cruenta antagonista y no había descubierto que, negociando adecuadamente con ella, ésta habría podido llegar a ser mi más leal cómplice, sí, la cómplice de aquellas aventuras clandestinas de placer y espera eterna de algo que quizá nunca vendrá, pero que de todas maneras seguiré esperando, creyendo que el día de mañana será mejor y el sol brillará con un poquito más de fuerza, dejándose ver tras esas nubes demasiado grises y groseras que lo opacan todo y que tiñen de color tristeza la vida cotidiana de muchas personas como yo que quizá no sé llamen Rolando pero que son muy humanos como él, como yo.
Con cada amanecer cuento los días para que llegue el verano. Yo nací en verano, un 23 de enero, y no creo que eso haya sido coincidencia. El verano es la estación del sol, del mar que luce aún más espléndidas sus olas; la estación que nos ilumina mejor las cosas, la realidad, la vida, y nos saca por tres meses de aquella idea errónea de que todo es opaco y que sólo puede presentarse a nuestros ojos recurriendo a una maldita escala de grises que nos hace pensar que no hay más colores con los cuales nuestros ojos puedan deleitarse un sábado por la mañana en que provoca no pensar mucho en qué vas a vestir ese día, sino en tomar un poco de dinero e ir a almorzar a gusto en algún restaurante cercano, claro, gozando de una excelente compañía. Así, sí vale la pena vivir, porque sabes que una ocasión como esa se va a repetir.
domingo, 8 de noviembre de 2009
En mi consentida soledad

domingo, 18 de octubre de 2009
Este cuerpo no es mío

domingo, 11 de octubre de 2009
A ti a-sido
domingo, 4 de octubre de 2009
Quien fue el primero

Para mí, Comte era más actual que ninguno. Comte había sido el primero...
jueves, 1 de octubre de 2009
sábado, 26 de septiembre de 2009
Paul, mi hermano
domingo, 20 de septiembre de 2009
La exposición de un alma

Entre este grupo de canciones de salón está, pues, Vorrei morir, que canta el deseo del poeta de querer morirse un día, al atardecer, y siendo primavera, en medio de un cielo sereno y calmo que lo vea partir, coronado por el vuelo de las golondrinas y engalanado aún más por las bellas flores de los campos. Solamente así uno podrá entregar su alma a Dios. Pero si llegada la hora de partir, el día fuese nublado, oscuro, y a los árboles las hojas les faltasen (claramente se describe en esta parte de la canción la estación otoñal) entonces así, cualquiera tendría miedo de morir. Un contexto así de lóbrego no prometería, según el poeta, una trascendencia feliz hacia un mundo bello más allá de este terreno. A veces uno recurre a canciones como ésta no porque se esté feliz, sino porque se está triste, y yo, hace unos días cuando me encontraba pasando un estado de ánimo similar no encontré otra canción más melancólica que Vorrei morir. A veces pienso que, por más problemas que podamos tener en la vida, y en ese momento deseemos que llegué el fin de nuestros días, la muerte -si es piadosa- sólo nos recogerá, pasará por nosotros, una vez hayamos resuelto nuestros más variados asuntos, o por lo menos los más importantes. Más o menos así también quiero ver las cosas gracias a Vorrei morir.
Yo, en verdad, no quisiera vivir mucho, y quizá diga esto por vanidad, simple y pura vanidad. Desde pequeño, las dos más importante mujeres de mi vida, mi madre y mi tía Ely, me hicieron sentir un niño bonito. Crecí preocupándome por verme siempre bien, por estar bien peinado, bien lavado y aseado, bien vestido y arreglado. No podía verme mal. A todas estas cosas siempre se sumó la pretendida belleza que tuve desde niño (¿Pero qué niño no es bello, por Dios?). Recuerdo que cuando aún no pasaba los primeros años de nacido, y se me llevaba a controles médicos y otros chequeos, siempre le decían a mi madre, por mí, algo así como ¡Qué bonita la nena! Ella sonreía, agradecía el saludo y corregía inmediatamente que era un niño.
Ha sido así que el ansia de satisfacer mi necesidad de ser bello, que me persigue hasta hoy (y ojo, con esto no quiero decir que soy en verdad bello, sino que siempre he querido serlo y he encontrado impulso para acometer tal empresa gracias a los halagos de mi madre y mi tía que me decían y me dicen que lo soy) no me ha abandonado. Sí, pues, soy muy vanidoso, y es esa vanidad la que desde ahora me dice que no podré soportar los años otoñales, cuando mi pretendida belleza se vaya o termine por irse, no lo sé... No quiero llegar a viejo porque no quiero verme cansado, resignado a no poder hacer ciertas cosas, o porque no quiero ver en el espejo un rostro que dé testimonio de mis años ya vividos.
Por esta y muchas cosas más es que no quiero morirme ahora, pero tampoco quiero vivir mucho, no para ver cómo me marchito y cómo me voy quedando solo, porque si de otra cosa también estoy más o menos seguro es que no vendrá ya nadie más "especial" a mi vida vendrá. ¿Estaré, y ahora sí me lo pregunto en serio, viviendo un proceso de depresión? ¿Mis pocas ambiciones personales aún existentes, el encerrarme en mi vanidad y los temores que amenzan mi supuesta belleza, y el no poder desear otra cosa más que no sea morir después de que mi madre lo haga, no terminarán siendo, a las finales, síntomas de cuán mal me encuentro espiritual y emocionalmente? Sin embargo, ¿quién podrá venir a salvarme si mi problema no sale a la superficie? ¿O quizá ya lo hizo y yo aún no me he dado cuenta?... ¿O son los otros los que no han caído en la cuenta de que me está pasando algo? ¿O, en todo caso, y en medio de mi perturbación, tengo aún las fuerzas para no turbar más a los míos con los problemas existenciales de un muchacho que se llama Rolando?
De todas maneras, y como dice una canción de la cantante mexicana Lucero (1969) "sobreviviré, claro que sí... ya lo verás"... A quienes lean este post les pido que no se preocupen por mí (si es que me tienen estima porque nada malo les he hecho): no pienso suicidarme o hacer algo que atente contra mi integridad. Le temo al castigo que la Biblia dice se les depara a los suicidas... Yo, mientras tanto, prefiero con calma esperar el final...
jueves, 17 de septiembre de 2009
Vorrei morir!

Quando sul prato dormono le viole
lieta farebbe a Dio l'alma ritorno
A primavera e sul morir del giorno
Vorrei morir....
http://www.youtube.com/watch?v=kWfk8UizyE4
domingo, 6 de septiembre de 2009
Los usos de la memoria
El olvido le da espacio a nuestra memoria para almacenar nuevos recuerdos, quizá aún más importantes que evocar después, como el nacimiento de un hijo. No es ni bueno ni útil saturar la memoria con cosas tan baladíes como la mencionada en el párrafo precedente.
Es un desorden de la memoria caracterizado por la ilusión de recordar cosas y situaciones que se viven por primera vez. El caso contrario es sentir que las cosas familiares son vistas por primera vez. Algunos investigadores indican que podría haber alguna conexión entre la paramnesia y la epilepsia al ver que los efectos de la primera ocurren antes de una convulsión propia de la segunda patología mencionada. Pero, tomando la primera parte de esta definición que se refiere a la ilusión de recordar lo que se vive por primera, en el caso de que uno no esté tan paramnésico como se podría pensar, el simular que se recuerda algo que se vive por primera vez tendría la particularidad de apreciarse, según la espontaneidad del sujeto, como un gesto de cortesía y cordialidad, como fingimiento o hipocresía, o simplemente como vergüenza a hacer el ridículo. ¿Cómo así?
Si es la primera vez que voy a cenar a un lujoso restaurante junto con otras personas que no son mis amigos, pero a los cuales quiero impresionar, y quiero aparentar ante ellos que tengo costumbre de hacerlo, entonces fingiré que estoy familiarizado con una práctica de este tipo, pese a que sea la primera vez que la vivo. Así, ¿qué tanto podemos hablar de que la persona que recurre a este engaño, a este autoengaño, no tiene un desorden, si no de la memoria, de la personalidad? ¿O si visitamos un asentamiento humano por primera vez y, para salvar un poco las enormes distancias sociales fingimos cortesmente saber de los problemas por los que pasa su población y estar al tanto de escenarios como aquel? ¿Somos parmnésicos? No.
domingo, 30 de agosto de 2009
Vivir quiero contigo

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!