miércoles, 30 de diciembre de 2009

Año nuevo, ¿vida nueva?



Pues no, sabemos muy bien que la llegada de un año nuevo no necesariamente comporta el advenimiento de una vida nueva, no obstante la tradición dicte que lo que se deba desear -para así poder esperar- sea, en efecto, una de este tipo: una vida nueva.

Y es que es válido hacer esta pregunta, pese a que la misma intente velar con poco éxito un cierto hálito de pesimismo -o en el mejor de los casos, de suspicacia- respecto de lo que el 2010 ad portas traerá consigo. Estos sentimientos poco conmovedores, poco esperanzadores, se van generando en uno conforme el tiempo en sí pasa y pasa, y se vive. Y conforme se vive se aprehende más, se llega a conocer más y hasta se llega a saber más. Cuando yo era un niño quizá alguna vez pasara por mi cabeza que Papá Noel dejaba los regalos al pie del árbol de Navidad que mi madre y mi tía armaban con tanto esmero, y que volvían a arreglar cuando mi hermano y yo nos poníamos a jugar cerca de éste y terminábamos por traérnoslo abajo más de una vez. Pero conforme fui creciendo en edad, en cuerpo y espíritu, y adquirí conocimientos y saberes "más objetivos" no tardé en caer en cuenta que ello era tan sólo un cuento, que no existía el dichoso Papá Noel y que eran mis padres quienes compraban los regalos. Claro, mi hermano y yo éramos de lo más felices cuando los abríamos y encontrábamos no únicamente lo que necesitábamos, sino también lo que queríamos. Esto seguramente era lo que más gozo daba a nuestras almas.

Poco a poco, y conforme fueron pasando los años, llegué a la universidad y empecé a estudiar sociología -una disciplina a la que le debo tanto y que tan poco me debe a mí- reforcé más ciertas convicciones, juicios y prejuicios, y otros tantos empezaron a derruirse para mí, sobre todo aquellos que provenían de la religión católica que cuando niño profesé con increíble fervor, un fervor que en los primeros años de la asdolescencia me hizo tan siquiera considerar con mediana seriedad la posibilidad de ingresar al Seminario y hacerme sacerdote. ¡Qué ironía! Hoy por hoy, esa misma Iglesia que me habría acogido con los brazos abiertos de par en par simplemente me rechazaría al verme tan distanciado de ella, por diversísimos motivos que no es mi interés enumerar en este momento, pero lo haría.

Entre los tantos motivos que la Iglesia, que Dios me dio para alejarme de ellos, estuvo la separación de mis padres. En tanto casados no fuimos la familia ideal que siempre soñé -y que aún hoy sueño para mis hijos. Por más intentos que hubo siempre de parte de mi madre, la relación con mi padre jamás pudo recomponerse en tanto estuvieron juntos.
Alguna vez, para la festividad de la Sagrada Familia, a nosotros (mi padre, mi madre, mi hermano y yo) el padre párroco de la que era nuestra Iglesia nos pidió que nos acercáramos al altar mayor llevándole la Biblia, y todo para poder representar a la Sagrada Familia de Jesús. No niego que fue una experiencia bonita, pero por más que le pedí a Dios ellos no permanecieron juntos -bajo un mismo techo quiero decir- muchos años más.

Empero, años más tarde y tras la dolorosa separación, mis padres aprendieron a ser amigos, y con esto me devolvieron muchos años de felicidad. Vernos reunidos en casa, todo juntos -incluida mi tía Ely, mi única tía- y contemplar esos cuadros familiares tan irrepetibles me llenaron de inmensa dicha. Hoy, volverlos a tener ya no es posible del todo porque mi padre ha muerto, y para aliviarme por su pérdida sé que hay toda una retórica de lo más ampulosa que explica los alambicados caminos por los cuales nos lleva la vida, hasta constreñirnos a tomar decisiones que no siempre son las mejores, lo sé. Pero no las quiero oír nuevamente, y mucho menos ahora, en estos días, que ando algo susceptible. Prefiero estar solo, hablar solo, mirarme al espejo y sonreirle a mi reflejo y saber que, después de todos y de todo, él me basta.

El año pasado participé de los mismos rituales: pedir a la vida, a Dios por mí, por los míos; porque no falte salud, dinero y amor, etcétera, etcétera. Sé que al llegar la primera hora del 01 de enero volveré a repetir esta petición, y sé que lo haré con mucho respeto y esperanza, deseando por sobre todas las cosas, no perder nuevamente otro ser querido.

Ahora, yo deseo que todas las personas que lean este post reciban un buen año 2010, y que éste les sea propicio. Y que si no alcanzan las metas anheladas, por lo menos que cada vez estén más cerca de ellas. Yo les dejo, por fin de año, y por ser éste mi último post del 2009, el siguiente soneto de Francesco Petrarca, Benedetto sia'l giorno e'l mese e l'anno. Encuentro que es la forma menos terrena, aunque ascéptica, de celebrar el año entrante.


Benedetto sia'l giorno e'l mese e l'anno
la stagione e'l tempo e l'ora e'l punto
e'l bel paese e'l loco ov'io fui giunto
da'duo begli occhi che legato m'ànno;

E benedetto il primo dolce affanno
ch'ì ebbi ad esser con Amor congiunto,
e l'arco e le saette ond'ì fui punto,
e le piaghe che'nfin al cor mi vanno.

Benedette le voci tante ch'io
chiamando il nome de mia donna ò sparte,
e i sospiri e le lagrime e'l desio;

e benedette sian tutte le carte
ov'io fama l'acquisto, e'l pensier mio,
ch'è sol di lei; si ch'altra non v'à parte.

2 comentarios:

Jose H. dijo...

Poco puedo decir en relación a tu post porque la experiencia de cada uno, el ámbito subjetivo que se labra a partir de ellas, yo no lo he vivido. Solo consigo bivrar en la empatía del texto callado, entre lineas, que se desprende de tus palabras, y desearte, en la medida en que la distancia y el desconocimiento permitan, que te venga un año bueno. Y si Petrarca ilumina las últimas horas del 2009 ya has consiguido mucho. Un abrazo

Rolando dijo...

gracias nuevamente jose. agradezco el tiempo que te tomas en leer lo que humildemente escribo, pero además, y creo yo sea lo más interesante que haya por decir, felicito esa sensibilidad tuya para atender mis palabras y escuchar mis silencios.
un cordial abrazo y feliz año 2010!