sábado, 8 de agosto de 2009

La celebración de la pasión




La traviata, ópera en tres actos del compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) conoció las mieles de la gloria tributada por un público por primera vez el 06 de marzo de 1853 en el teatro La Fenice de Venecia, no solamente gracias a la virtud del talento musical del operista italiano, siempre prolífico en cuanto a composición melodramática se hable, sino también por contar con un libreto estupendo, conmovedor y descarnado que, a la vez que cautiva por la triste nobleza de la historia que narra, también perturba al dejar entre uno de sus mensajes finales el hecho que a veces nuestros más caros anhelos, sobre todo los de índole emocional y sentimental, no siempre consiguen recalar en buen puerto, sino que por el contrario, la ruina de los mismos enmarcados en determinados proyectos personales y de vida traen aparejada la actualización de una lectura desacralizada del mundo, donde soñar con las delicias de la vida, más que un bien, pueden causarnos un terrible mal.

En efecto, Francesco Maria Piave (1810-1876) consiguió para Verdi un magnífico libreto basado en la no menos inmortal La dama de las camelias (1848), quizá la única más trascendente producción literaria de Alejandro Dumas hijo (1824-1895), que narra la imposible historia misma del escritor con una cortesana, Marie Duplessis, idilio que no alcanzara la aprobación de su afamado padre, del mismo nombre, autor de El conde de Montecristo, y que frustrara enormemente a Dumas hijo, desazón que solamente terminaría por amargarle más la vida aunada a la muerte anunciada de su feliz amada.

La traviata, forma en femenino singular del participio pasado del verbo traviare, significa la extraviada, la perdida, y eso es lo que, entre otras cosas es Violetta Válery, el personaje principal de la ópera de Verdi, de gran complejidad interpretativa no solamente por la línea vocal -que por ejemplo en el primer acto de la ópera reclama la recitación de una soprano de coloratura, ello por la necesidad de atacar melódicamente la pirotécnica aria Sempre libera- y que después, conforme avanza la trama, va requiriendo una línea de canto más adusta, solicitando para el segundo acto una soprano lírica y para el tercero otra de tipo lírico-dramática. Lo curioso es que una sola intérprete debe reunir todo este potencial de canto para hacerse del papel de la prima donna verdiana.

A su vez, el joven Alfredo Germont se ha enmorado de ella al conocerla en una fiesta suntuosa de las que suele dar la cortesana en su casa, y luego de frecuentarla y exponerle sus sinceros sentimientos la convencerá de abandonar esa vida alegre que ha llevado hasta entonces, pero los inoportunos oficios del padre de Alfredo, Giorgio, acabarán por separarlos. El padre resguarda el buen nombre de una hija, a la que indirectamente le afecta la relación de los jóvenes amantes. Ante el ruego de Giorgio Germont, Violetta cede, y para ocultar su cambio de actitud, finge haber retomado la necesidad de vivir siempre libre y no poder hacer otra cosa más que vivir, gozar de la vida, por lo que deja a Alfredo, contra su aténtica voluntad, sumido en una honda tristeza, la misma de éste sólo sabrá aplacar aprovechando una ocasión en la que humilla a Violetta y le hace patente su condición de dama de compañía al arrojarle, en el marco de otra fiesta, un puñado de monedas, queriendo representar con ello su escaso valor como mujer.

Trascurrido el tiempo, y Violetta, retirada de la vida gozosa a causa de una terrible tisis, recibe un día la inesperada visita de Alfredo que se entera de la verdad, de la intromisión del padre en los proyectos de amor que ambos fijaran en el pasado. Pero ya es tarde: por más que ambos quieran, ya era tarde para una segunda oportunidad sobre esta tierra. La muerte de Violetta finalmente llega y sus sueños de una vida bella, juntos, terminan de evaporarse en medio de la frustración que les causa el no haber podido concretar una felicidad tan deseada.

Repasando el argumento de La traviata intento pensar en los momentos de abandono y enfermedad que habría pasado Violetta, olvidada por Alfredo. En aquellas horas de obligada reflexión Violetta ha debido confirmar lo que que creía -hacia el primer acto- al cantar el pasaje

E' strano... Ah!, fors'é lui... Sempre libera, pensando que el amor de Alfredo era como el que seguramente otros, antes, le habían proclamado: un amor volátil que se desvanecía con el primer obstáculo que la vida ponía entre ella y algún pasajero admirador y amante.

Esta amargura que así prueba Violetta es una de las que más podrían conmover, y que sí, pues, conmueven, cuando Violetta canta hacia el final de la ópera su melancólica Addio, del passato...

Pero es necesario insertar ahora el texto de lo que nuestra protagonista canta para entenderla mejor. En el primer acto Violetta reflexiona sobre el amor que le clama Alfredo, pero no parece muy convencida, aún, del mismo, y dice, entre otras cosas, en E' strano... Ah!, fors'é lui... lo siguiente:

¡Qué raro... Quizá es él
a quien el alma reconoce en medio del tumulto...
Una nueva fiebre ha encendido en mí
despertándome al amor...
Es un amor que en mí palpita...


Pero inmediatamente sale de esa fascinación que le origina el acercamiento del amor. Es como si pensara en éste como un estado de desazón, que perturba, y entonces prefiere acorazarse en su frivolidad, tras de la cual siempre se ha escondido el deseo de amar:

¡Locuras digo! ¡Vivo un vano delirio!
En medio de tantos vivo sola...
No me engaña esta alegría...
Entonces, ¿para qué esperar lo que no va a venir?
¿Qué debo hacer?... ¡Gozar!, ¡Vivir!
las delicias de la vida y del amor...


Pero no son las delicias del amor las que Violetta buscará perseguir. Son las de la pasión aquellas que suplantarán las emociones que aquel noble sentimiento, cree, nunca le podrán dar. En medio de su aparente convicción, Violetta es una mujer confundida, necesita asirse como pueda a la vida, aunque convulsa y sensacionalista, y ello por su espíritu inquieto y dispuesto a aprehender de la misma los más intensos momentos que le pueda dar al ser humano, los mismos que sólo se viven una vez.

Así, Violetta canta:

Siempre libre
quiero pasar de alegría en alegría,
quiero que mi vida transcurra
por los senderos del placer.
Cuando nazca el día y cuando muera el día
¡que siempre libre se me encuentre!
Que mi pensamiento vuele siempre libre
hacia nuevos goces del vivir


¡¿Qué puta que es Violetta, no?! es lo que de primera intensión se podría decir de ella sin conocer -o intentar hacerlo tan siquiera- lo que verdaderamente vivencia en medio de su inmensa soledad. Este es su testimonio más impactante de lo que la ópera no nos dice del pasado de Violetta, un pasado de desventuras amorosas, y que ahora parece no querer reconciliarse con su presente y permitirle vivir un amor en los términos como se los expone Alfredo Germont.


Quedan, a este propósito, dos alternativas que Violetta seguramente reconoce: si el amor es un sentimiento que hace sufrir, mejor no sentir más, nada más, por el resto de los días. Así, se ofrece como posibilidad el aislarse del tumulto de los salones de baile y fiesta que vivía para refugiarse en la quietud de algún claustro conventual o cabaña de campo. La otra alternativa es seguir sintiendo, pero no las emociones propias que el amr pueda brindar, sino las que vengan aparejadas con la pasión y el frenesí. Violetta escoge, y escoge la segunda opción. La reclama su espíritu deseoso de sentir.

Rodeada de amantes temporales, al menos Violetta sigue sintiéndose viva y lejana a la perturbación del amor, que ciertamente genera dependencia y reclama el creer a ciegas en el que se ama. Pero ese cheque en blanco no lo firma Violetta, prefiere una negociación de emociones en términos mejor planteados y todavía más escrutables y fáciles de monitorear. De una u otra forma Violetta se ha cosificado, racionalizando su proceder conductual y actitudinal, en este sentido, a un punto en que sólo la celebración de la pasión, sí, esa pasión fugaz de quizá al menos una sola noche, le pueda dar, y no la coloque en la delicada posición de tener que sufrir por amor.

Así, para Violetta -únicamente desde que viviera un pasado que la ópera no dice y que aquí conjeturo, hasta conocer a Alfredo y vivir con él la historia que ya se ha contado- el amor es un sentimiento que para ella ha perdido la sacralidad que una sociedad como la nuestra aún se empeña en auspiciar, difundir y proclamar como la más alta elevación de la motivación humana jamás conocida sobre la faz de la tierra.




He querido ilustrar este post con una foto de la actriz venezolana Gabriela Spanic, que hacia 1998 interpretara a la fascinante Paola Bracho en La Usurpadora, telenovela producida por Televisa de México porque me parece se acerca en algo a lo que he querido hablar en esta ocasión.

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