domingo, 11 de octubre de 2009

A ti a-sido



No es exagerada la propuesta de situar a César Vallejo como uno de los más altos exponentes de la poética peruana en lo que va de nuestra historia. Su obra tiene tal vigencia, que despierta, como lo hizo en su tiempo, el asombro de propios y extraños respecto de una producción de no sólo dice mucho de la forma a la que recurre para expresarse, sino que el contenido que alberga es marcadamente comunicativo, expresivo, el cual se despliega en base al continuo proceso de comunicación que se establece, y que indefectiblemente se consigue a través de la lengua, la que propicia el contacto entre los individuos.

Dicha carga expresiva consigue posibilitarse mediante el signo lingüístico y su relación con el lector, al darle a saber las cosas que tiene el autor para comunicar, para dar a conocer esas interioridades que a Vallejo lo asaltan, y que son propias de la condición humana. Y todo ello mediante el signo lingüístico, que logra contacto con la individualidad y a su vez con la colectividad humana, de la que el poeta busca ser insigne portavoz. Se entabla así un contacto comunicativo con fuerte relación intersubjetiva, donde las situaciones presentadas por Vallejo tiene un gran sentido social, que se ve precisado en la natura especial de la significación. Aquí se descubre que aquélla es una poética definitivamente realizativa, con actos lingüísticos que constantemnte dicen y hacen algo, y que no por esto pueden ser calificados de verdaderos o falsos. En este proyecto de poesía realizativa se recurre a un tiempo específico (en el caso de Vallejo juegan un rol importante los tiempos indicativo y presente así como los adverbios), el acto verbal desliza la temporalidad, que precisa el contexto y la emisión/intensión de su autor, que no describe ni informa, únicamente dice y hace.

El resultado es la respuesta del lector y el compromiso al que desde ese entonces se ve sujeto, dándose a notar en lo que lee y cómo lo interpreta, cómo lo reconoce y luego cómo lo reproduce. De este modo, se establece una complicidad texto-interlocutor a partir de la correcta articulación del primero de ambos componentes, sin obviarse jamás el significado. Por otro lado, la producción vallejiana está dotada de un hondo humanismo, que prefigura la acción social del hombre, establece un marco comunicativo, una relación poderosamente emocional y una fuerte identificación personal que nace al sentir la angustia de Vallejo, sus anhelos y frustraciones de un mundo mejor y más propicio para todos. Todas estas características de tal humanismo son viables sí y sólo si se sostienen en la función simbólico-social de la lengua, que genera comunicación, diálogo y acuerdo.

En definitiva, la poesía de César Vallejo parte de la existencia humana y de la meditación filosófica de ésta. No es un producto abstracto ni cerebral. Es la consecuencia de un análisis comprometido con la sociedad y especialmente con quienes sufren en la opacidad de sus vidas. Definitivamente que las subjetividades fluyen cuales aguas de un río caudaloso, aunque lo subjetivo nunca llegue a chocar con lo colectivo. Por el contrario, se armoniza con el mismo y de paso se enriquece con la individualidad. Asimiso, la renovación artística, el paso de un Vallejo modernista a uno vanguardista, no va por la forma entendida como un elemento puro, sino por el contenido que pretende sensibilizar e impresionar al lector, moviéndolo a pronunciarse sobre el acontecer social y político que vive, recurriendo siempre al análisis meditativo sobre los hechos, análisis que también hace Vallejo. Y es que Vallejo tiene grandes reflexiones sobre la vida, la sociedad, la libertad, etc. que en conjunto delatan una suerte de imagen de la modernidad, donde estos tres conceptos se han visto replanteados, reconfigurados. No queda otra alternativa que el análisis de consecuencias y el planteamiento de soluciones.

El poeta verá como solución de la injusticia social al marxismo, que se volverá motor de su poesía y generará así una estética auténtica, naciendo poemas donde la imagen de una vida signada por el sufrimiento tiene una luz al final del túnel: la esperanza. De lo anteriormente dicho, se desprende que el lenguaje de Vallejo busca ser dialéctico, un lenguaje que se adapte a su visión de un mundo convulso, en movimiento, plagado de antítesis, de apariencias y contradicciones, que necesariamente tienen que resolverse, para lo cual es de vital importancia el lenguaje, que por su efecto comunicativo establece y mantiene las relaciones sociales, úniéndose esfuerzos a fin de satisfacer deseos y empeños comunes, que en palabras del crítico peruano Miguel Ángel Huamán se traduce como: lenguaje, única vía que nosotros los humanos tenemos para sobrevivir.

domingo, 4 de octubre de 2009

Quien fue el primero



Desde los primeros días que frecuenté la facultad de Ciencias Sociales en San Marcos pude escuchar que, entre tantas lecciones que distinguidos profesores -todos ellos muy duchos en sus respectivas disciplinas aunque a la hora de impartir sus enseñanza carecían de mayor metodología de enseñanza- pedían que nosotros, futuros investigadores sociales, abandonásemos cualquier tipo de "actitud positivista" respecto de cómo leer los hechos sociales, la realidad y la dinámica de los individuos. Yo, y lo recuerdo muy bien, desde ese momento sentí un ansia ingente por conocer el positivismo y tener mayor proximidad con sus padres fundadores, pero sobre todo, con el francés Auguste Comte (1798-1857), quien le había dado nombre a la rama de la ciencia que muchísimos otros, en diversos puntos del orbe, me han precedido en su estudio. Comte sería desde entonces una figura recurente en mi vida académica, a la que nunca habría podido dejar de tomar en cuenta y por la que no pocas veces habría sentido cierta lástima por saber -o mejor dicho por oír- que su pensamiento ya estaba caduco y por lo tanto carecía de vigencia en nuestros días presentes. Yo, por el contrario, negaba esta impostura soberbia, porque para mí Comte siempre estuvo vigente, porque al volver a su teoría primera encontraba una muy analítica forma de observar el mundo y el hombre que se me presentaba producto de un análisis de no pocas horas y proveniente de una mente erudita que se forjara tras horas y horas de lectura e investigación en medio de un escenario personal ciertamente difícil y que a cualquiera -excepto a Comte en esta ocasión- habría conducido a la depresión o a la locura.
Para mí, Comte era más actual que ninguno. Comte había sido el primero...

Muchos temas de base trabajados por Comte y que al parecer han caído en el olvido según la ortodoxia que domina la escena contemporánea de la sociología académica, han archivado, por así decirlo, la importancia de los primerísimos planteamientos de este pensador francés, colocándolo tan sólo como ejemplo de un pensamiento inveterado y caduco del que ya no se pueden extraer más lecciones útiles. Así, Comte no podría ser un clásico al lado de otras mentes igual de brillantes y célebres como las de Durkheim, Marx o Weber por el hecho falaz de que la vuelta a su lectura no podría poducir ninguna nueva manera de ver la realidad e intervenir en ella. Si bien es cierto que esa "filosofía del dato" que enarbola el positivismo en el plano epistemológico es por demás infértil, pueto que recusa el intento de formular explicaciones causales de los hechos mismos por considerarlos devaneos metafísicos -aspecto comprensible para el contexto sociohistórico en el que se desarollara la obra comtiana, perfil de un noble proyecto fundador y forjador de los primeros pasos de la ciencia moderna que luego, con el transcuso de los siglos, se haría grande, prolija y alambicada, hasta ver estructurado un cúmulo de saberes que la sociedad académica llamaría con respeto y pudencia Teoría sociológica siglos más tarde- para su momento histórico rompía con una larga tradición de siglos de labor filosófica profusa que se había dedicado a ver el mundo "como debía ser" y no como era.

La potencia de la lectura histórica de la humanidad preclaramente ilustrada en su famosa Ley de los tres estados descubre un conocimiento profundo de la realidad social, económica e histórica de su tiempo, y de cómo se ha dado la evolución de la misma, como por ejemplo lo hace al reconocer la dualidad de las ideas como fenómenos individuales y sociales, colectivos, ligados estos inexorablemente a las condiciones de existencia del ser, del ser social, aunque con ello, la metafísica, que su teoría expulsara por la puerta -como nos solía repetir el simpre brillante profesor César Germaná en más de una de sus clases en la facultad- terminara reintroduciéndose por la ventana. Empero, Comte tiene el gran logro de haber sembrado la necesidad de acción de la disciplina sociológica y su sempiterna praxis, cuando -según críticos como el español Julián Marías- plantea ver para prever y prever para proveer.

Desde el principio, Comte institucionaliza la premisa de conocer para transformar tanto la naturaleza como la sociedad. De esta manera, no es únicamente necesaria una filosofía de la historia -que pese a impelerla termina haciéndola- como también un dominio preciso del pasado de los pueblos para entender el devenir de sus problemáticas y poder darles solución. Lamentablemnte, Comte no pofundiza en los lineaminetos estratégicos que deben elaborarse para acometer tal empresa. Serán sus sucesores quienes de una u otra manera tratarán de hacerlo.

La verdadera importancia de Comte, entonces, está en que generaciones venideras (Durkheim, Marx, Weber, etc.) dialogarán con Comte y su obra. En tal sentido, es Comte el detonante de toda una retahíla de propuestas teóricas que luego habrán de aparecer, y lo hacen precisamente fungiendo de contestatarias de aquellas que pensara el sociólogo francés.

Finalmente, su postulado de que todo es relativo, he aquí el único principio absoluto recoge una idea puntual per sé: la realidad no está dada de una vez y para siempre. Por tanto, la actividad cognoscitiva no se agota, es eterna, y si lo es (como que efectivamente lo es) entonces su referente empírico, su correlato material también está en permanente dinamismo e imparable reconfiguración. Siendo de este modo, la sociología que Comte funda ve venir todo un largo camino de trabajo científico por delante, predispuesta a combatir el dogma. Quizá la debilidad de Comte haya sido no haber sabido que decía más de lo que decía, y así no se percatarse de ello como para seguramente haber escrito un buen número de tratados más que, sin menos "pasión" y con un clima de trabajo más propicio para la producción intelectual, le habrían granjeado hoy por hoy -sin lugar a que asomara la más mínima suspicacia- su merecido puesto en el palco de los clásicos de la Sociología, liberando a algunos como yo de la tarea de, cada cierto tiempo, recordar la actualidad de su pensamiento, y de hacer ver que para la disciplina sociológica Comte fuera el primero en estucturar un saber social que no se asemejara a la filosofía.

jueves, 1 de octubre de 2009

Mi hermano y yo

(de izquierda a derecha: Paul, mi hermano, y yo)


Es bueno saber que en mi hermano tengo también un amigo
Es raro... Hasta ayer tuve que esperar para saberlo...

sábado, 26 de septiembre de 2009

Paul, mi hermano


Ayer, 25 de setiembre, Paul, mi único y menor hermano cumplió un año más de vida, y hoy quisiera escribir algunas líneas que me hagan recordar todo el tiempo que hasta hoy nos venimos acompañando y que, obviamente, dicha compañía espero se prolongue por aún muchos años más.

Semanas atrás recordaba junto a mi madre a aquel niño blanquiñoso y de ojos verdes que de pequeño había hecho del llanto espontáneo y fingido uno de sus deportes favoritos. Bueno, en realidad a veces tal llanto no era tan simulado, podía ocasionarlo yo y en no pocas ocasiones, pero de que conseguía impresionar a mi madre hasta el punto de llegar a regañarme, de eso sí no hay duda. Paul, además, cuando niño también solía golpearse con cierta frecuencia, o tener caídas aparatosas que asustaban ostensiblemente a mi madre y a mi tía, las que en el acto no vacilaban en llevarlo inmediatamente al hospital a hacerlo ver. Y es que Paul era un maestro en hacerse daño sin quererlo. Así, recuerdo la ocasión en que saltando en la cama fue a darse de frente con el filo de la ventana, o la vez en que ambos jugabamos en la azotea de la casa con nuestros carritos de juguete y él decidió pasar unos de estos sobre la luna del tragaluz. Se había apoyado tanto sobre la misma que aquélla terminó por romperse, cayendo Paul aparatosamente al fondo del mismo y alarmando a toda la casa nuevamente. Y ni qué decir de cuando ya más grandecito, y por motivo de uno de sus cumpleaños -no recuerdo ahora cuál- pidió que le regalaran unos patines. Mi mamá se los compró, y no tardó en salir a jugar con los mismos y con sus amigos, hasta ir a la urbanización que queda detrás de la nuestra y probar bajar una pendiente semipronunciada empleando su juguete nuevo. Claro, él, todavía patinador inexperto, bajo la pendiente en patines pero no llegó al final de la misma incólume sino bastante lastimado por las varias heridas que le había causado su nueva caída. Hasta hoy sigo pensando que ha sido un milagro que después de haber tenido tantas no haya quedado idiota.

Paul, a diferencia mía, nunca se cuidó tanto de ensuciarse la ropa o de salir levemente herido a la hora de jugar. A él no le interesaba si el polo o el short se le manchaban, o si jugando fútbol se lastimaba. Él simplemente disfrutaba el momento con los amigos. Mucho menos daba importancia al hecho de despeinarse o de transpirar. Esas premuras nunca fueron con él, por lo menos hasta que se hizo un joven más centrado y prudente.

Ah!, también recuerdo que de niño Paul no era muy aplicado a los estudios, y a diferencia mía descuidaba un poco el cumplimiento de sus tareas y demás obligaciones. Mi madre siempre tenía que estar seguiéndolo muy de cerca a fin de que cumpliera, y a mí me dejaba proceder con un poco más de autonomía viendo en mí un mayor grado de responsabilidad. Paul, además, era de los niños que cuando regresaba del colegio, no ordenaba el uniforme, y si rara vez lo hacía, no lo hacía bien, a diferencia mía que dejaba el mío casi planchado nuevamente. A él mi madre le ordenaba el suyo y le ponía de ejemplo mi caso.

Pero Paul poco a poco empezó a tomar conciencia de que debía aplicarse a los estudios de similar manera a como yo lo hacía. En cierta ocasión mi tía Ely le regaló unas pantuflas pero le pidió que se esmerara un poco más y que no permitiera que el tiempo fuese haciendo incorregible una actitud suya de negligencia hacia uno de los aspectos más fundamentales que hay en la vida: la propia formación. Paul comprendió, y seguramente después habría lamentado el que una día, cuando de visita en casa otros tíos -que solían dejar generosísimas propinas cada rara vez que nos veían- mostró casi con orgullo un 07 que había obtenido en un examen, en tanto que yo, orondo, mostraba una muchísimo mejor nota. El gesto siempre espontáneo de mi hermano arrancó más de una sonrisa en los presentes. ¡Paul era así, es así! No tenía reparo en mostrar que, sí, pues, en aquella ocasión no había rendido lo suficiente, pero sabía que el potencial lo tenía, y que era cuestión de tiempo para que llegara a demostrar de cuánto era capaz. Y así lo iría haciendo con el trancurrir del tiempo.

Ya en los años de la escuela secundaria, Paul llegó a alcanzar los primeros puestos del cuadro de mérito como yo lo hiciera algunos años antes. Llegó a destacar bastante y a ser bien considerado por los profesores. Claro, esto indefectiblemente no habría pasado si mi madre no hubiese estado a su lado, y al lado mío también. Omar, como le conocían en el colegio (su primer nombre), era ese chico alto y, ya para esos últimos años de colegio, de anteojos, que sobresalía en las principales materias, excepto en las matemáticas, y en eso sí coincidimos plenamente ambos pues era evidente que no teníamos ni tendremos jamás mayor talento para esa rama del saber en la que otros compañeros nuestros sí brillaban, resolviendo ecuaciones, logaritmos y polinomios que ni él ni yo éramos capaces de hacer, ni siquiera con ayuda de profesor particular. Sin embargo, hemos debido habernos dado buena maña para salvar esos obstáculos molestos.

Pero Paul tuvo una recaída en los años sucesivos. Ya cuando hacía la preparación preuniversitaria en la academia Trilce, los amigos y la enamorada le consiguieron distraer del que en ese tiempo debía ser su objetivo único: aprender para pasar el examen de admisión de la San Marcos. Lamentablemente las cosas no ocurrieron como mejor se esperaba y aquella vez no ingresó. Lágrimas de por medio, Paul había aprendido cómo jode no ganar en la vida, y qué mal puede llegar a sentirse uno al verse derrotado, digamos. Pero es sabido que cuando se cae más fuerzas puede ganar uno para levantarse, retomar la marcha y seguir adelante. Paul así lo hizo.

Dejo a los amigos y amigotes y no volvió a contactarlos en tanto empezó una segunda preparación universitaria, y también abandonó a su enamorada sin darle mayores explicaciones del distanciamiento entre ambos. La pobrecita lo llamó más de una vez. Él se hizo negar, estaba ofuscado y todos lo comprendíamos. Pasaron los meses y finalmente ingresó a la universidad. Nuevamente había demostrado que si algo se proponía, lo conseguía. Nunca le perdimos la fe.

Al día de hoy, Paul es un chico empeñoso, comprometido con su propia formación, y además responsable y trabajador. Yo, como su hermano, estoy muy orgulloso de compartir con él los vínculos de sangre que nos unen por nuestros padres, y deseo de corazón que le siga yendo bien en la vida. Este año, por cierto, ha sido muy favorable para él (con la excepción de la muerte de nuestro padre). Ha empezado a dar sus primeros pasos sea laboral que académicamente hablando (cursa ya el 4ª año de Turismo en La Cantuta), y sé que mayores logros le esperan conforme siga su marcha personal. Yo, como hermano suyo que soy, no puedo hacer otra cosa que estar a su lado y darle la mano de manera incondicional cuando él recurra a mí, como sé, sin ninguna duda, que él lo seguirá haciendo conmigo, cuando los tiempos sigan pasando y las cosas continúen variando.

¡Feliz cumpleaños Paul!

domingo, 20 de septiembre de 2009

La exposición de un alma


Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

Rubén Darío. Canción de otoño en primavera (Fragmento).

En esta ocasión quiero justificar de alguna manera el post precedente que se intutula Vorrei morir. La primera vez que escuché esta canción fue cantada por el italiano Andrea Bocelli (1958) -que en abril de este año estuviera en nuestro país para ofrecer un recital lírico- y que junto a otras más, la mayoría de la autoría del compositor italiano Francesco Paolo Tosti (1846-1916), forma parte del álbum Sentimento (Sugar, 2002), el que fuera producido con la asistencia y dirección de Lorin Maazel (1930), director de orquesta, violinista y compositor estadounidense de ascendencia francesa. Por aquel entonces, cuando por vez primera me deleité con las agudas notas del violín sumado a la voz de tenor -un binomio muy de moda por inicios del pasado siglo XX- yo tenía aproximadamente 17 años y era el año 2003, y desde hacía un buen tiempo había abandonado las baladas que por las tardes, después del colegio y a la hora de hacer las tareas, escuchaba en radio Ritmo Romántica, si no es que también en Radio A, y ya no eran Laura Pausini, Miriam Hernández, Franco de Vita, Ricardo Montaner, entre otros y sólo por citar algunos, los que me conmovían con sus voces y sus temas siempre lastimeros. Luego de haber escuchado a Andrea Bocelli cantar el tema de entrada de la novela Vivo por Elena (Televisa, 1998), a dúo con Martha Sánchez, había quedado seducido por su voz, y prácticamente de la mano de este cantante invidente fui adentrándome al maravilloso e imparangonable mundo de la ópera. Y en el trayecto, entre arie, romanzas y chansons, conocí lo que se conoce en el mundo de la música erudita como le romanze da salotto, canciones para canto y piano (o violín, instrumento con el cual Maazel y Bocelli innovan en Sentimento) cuyos textos la mayoría de las veces estaban escritos por poetas de exquisita vena literaria, como Gabriele D'Annunzio (1863-1938), entre otros, y que se interpretaban por las más selectas voces de la época, habiendo encontrado en cantantes como Enrico Caruso (1873-1921) o Giuseppe di Stefano (1921-2008) a sus primeros recitadores.
Estas romanze da salotto -lo supe desde el primer momento que las escuché, y cantadas por Bocelli- no las habría podido olvidar jamás, sobre todo porque siempre habría encontrado en ellas pasajes de mi vida musicalizados que en un futuro habría podido volver a evocar, como asimismo retazos de una vida que nunca habría podido ser mía y que de todas maneras habría ansiado vivir con frenesí.

Entre este grupo de canciones de salón está, pues, Vorrei morir, que canta el deseo del poeta de querer morirse un día, al atardecer, y siendo primavera, en medio de un cielo sereno y calmo que lo vea partir, coronado por el vuelo de las golondrinas y engalanado aún más por las bellas flores de los campos. Solamente así uno podrá entregar su alma a Dios. Pero si llegada la hora de partir, el día fuese nublado, oscuro, y a los árboles las hojas les faltasen (claramente se describe en esta parte de la canción la estación otoñal) entonces así, cualquiera tendría miedo de morir. Un contexto así de lóbrego no prometería, según el poeta, una trascendencia feliz hacia un mundo bello más allá de este terreno. A veces uno recurre a canciones como ésta no porque se esté feliz, sino porque se está triste, y yo, hace unos días cuando me encontraba pasando un estado de ánimo similar no encontré otra canción más melancólica que Vorrei morir. A veces pienso que, por más problemas que podamos tener en la vida, y en ese momento deseemos que llegué el fin de nuestros días, la muerte -si es piadosa- sólo nos recogerá, pasará por nosotros, una vez hayamos resuelto nuestros más variados asuntos, o por lo menos los más importantes. Más o menos así también quiero ver las cosas gracias a Vorrei morir.
Yo no quisiera marcharme de este mundo sin haber concluído algunos proyectos personales que, valgan verdades, cada vez son menos (debo estar algo depre´ quizá...). Tengo todavía algunas metas que alcanzar, algunos sentimientos que vivir, algunos lugares que visitar, algunas personas que conocer y a otras tantas con las cuales reconciliarme antes de morir. Tengo asimismo que demostrar a los demás -y demostrarme a mí mismo- algunos talentos que no se me conocen muy bien, superar algunos temores que no me dejan vivir como quisiera y des-cubrir algunas verdades que reposan en silencio en los intersticios de mi alma. Una vez cumplidas estas tareas podré morir, y espero sea también en un día bello que me augure que me espera todavía un mundo mejor que podré compartir al lado de mis padres, de mi tía Ely y de mi hermano. Sólo así podré morir.

Cuando tenía 16 años y rezaba fielmente todos los días a la hora de acostarme, le pedía a Dios, entre otras tantas cosas, que me permitiera vivir hasta los 85 años, recuerdo bien la cifra. Hoy por hoy, no deseo vivir más allá de los 50 años, porque no quiero conocer la soledad de la vejez, ni pasarme los días extrañando las horas presentes que ahora vivo, ni deseando más haber vivido otra historia personal que no me fue dada. Como sé que no llegaré a tener hijos -bueno, en realidad más o menos lo intuyo- no tendré por quien vivir ni desear prolongar mis días, y ya para ese entonces quizá dos de los tres últimos seres queridos más queridos que me quedan en este mundo (mi madre y mi tía Ely) ya habrán ido a darle el alcance a mi padre en el cielo. En tanto mi hermano Paul seguirá viviendo la vida con ese peculiar estilo que siempre le voy a envidiar: no dándole más importancia a las cosas de lo que éstas lo merecen.

Dentro de poco (en enero del próximo año) estaré llegando, en el mejor de los casos, a la mitad de mi vida -claro, si es que no me muero antes, y espero que no sea así, no tanto por mí como por mi madre que se moriría, literalmente hablando, de vivir un fatídico evento como el que propongo. Por ella es que aún no me puedo ni quiero morir. A ella me une una ligazón profundamente fuerte, porque conozco cuánto ha hecho por mi hermano y por mí, y a cuántas cosas ha renunciado por nosotros. Si mañana yo me muero no me moriré tranquilo, porque mi muerte seguramente será la causa del último de sus dolores, y darle una tamaña pena no sería el gesto más agradecido que un hijo pueda hacerle a su madre. Así, confío -aunque mínimamente- en que Dios, o el destino, etc., sabrán hacer su trabajo y serán nobles y justos, y no permitirán que se dé una sucesión de aciagos eventos como los descritos líneas arriba. Yo aún confío en la sabiduría del Dios, o del destino, etc., sobre cómo hará que se suceda el devenir.
Cuando mi madre haya partido, yo sabré que en cualquier momento deberé estar preparado para partir. Desde pequeño he tenido sueños en los que, o me despido de mi madre (porque sé que se va a morir), o en los que ya no vuelvo a saber nada más de ella. Siempre que se los he contado ella me ha dicho que cuando se sueña a una persona querida ésta vive más. Aún hoy la vuelvo a soñar alejándose de mí y cuando ya no puedo más, empiezo a llorar y mi madre acude a despertarme y a tranquilizarme, y a decirme que ya no pasa nada y que todo va a estar bien, y yo le quiero creer.

Yo, en verdad, no quisiera vivir mucho, y quizá diga esto por vanidad, simple y pura vanidad. Desde pequeño, las dos más importante mujeres de mi vida, mi madre y mi tía Ely, me hicieron sentir un niño bonito. Crecí preocupándome por verme siempre bien, por estar bien peinado, bien lavado y aseado, bien vestido y arreglado. No podía verme mal. A todas estas cosas siempre se sumó la pretendida belleza que tuve desde niño (¿Pero qué niño no es bello, por Dios?). Recuerdo que cuando aún no pasaba los primeros años de nacido, y se me llevaba a controles médicos y otros chequeos, siempre le decían a mi madre, por mí, algo así como ¡Qué bonita la nena! Ella sonreía, agradecía el saludo y corregía inmediatamente que era un niño.

Ha sido así que el ansia de satisfacer mi necesidad de ser bello, que me persigue hasta hoy (y ojo, con esto no quiero decir que soy en verdad bello, sino que siempre he querido serlo y he encontrado impulso para acometer tal empresa gracias a los halagos de mi madre y mi tía que me decían y me dicen que lo soy) no me ha abandonado. Sí, pues, soy muy vanidoso, y es esa vanidad la que desde ahora me dice que no podré soportar los años otoñales, cuando mi pretendida belleza se vaya o termine por irse, no lo sé... No quiero llegar a viejo porque no quiero verme cansado, resignado a no poder hacer ciertas cosas, o porque no quiero ver en el espejo un rostro que dé testimonio de mis años ya vividos.

Por esta y muchas cosas más es que no quiero morirme ahora, pero tampoco quiero vivir mucho, no para ver cómo me marchito y cómo me voy quedando solo, porque si de otra cosa también estoy más o menos seguro es que no vendrá ya nadie más "especial" a mi vida vendrá. ¿Estaré, y ahora sí me lo pregunto en serio, viviendo un proceso de depresión? ¿Mis pocas ambiciones personales aún existentes, el encerrarme en mi vanidad y los temores que amenzan mi supuesta belleza, y el no poder desear otra cosa más que no sea morir después de que mi madre lo haga, no terminarán siendo, a las finales, síntomas de cuán mal me encuentro espiritual y emocionalmente? Sin embargo, ¿quién podrá venir a salvarme si mi problema no sale a la superficie? ¿O quizá ya lo hizo y yo aún no me he dado cuenta?... ¿O son los otros los que no han caído en la cuenta de que me está pasando algo? ¿O, en todo caso, y en medio de mi perturbación, tengo aún las fuerzas para no turbar más a los míos con los problemas existenciales de un muchacho que se llama Rolando?

De todas maneras, y como dice una canción de la cantante mexicana Lucero (1969) "sobreviviré, claro que sí... ya lo verás"... A quienes lean este post les pido que no se preocupen por mí (si es que me tienen estima porque nada malo les he hecho): no pienso suicidarme o hacer algo que atente contra mi integridad. Le temo al castigo que la Biblia dice se les depara a los suicidas... Yo, mientras tanto, prefiero con calma esperar el final...

jueves, 17 de septiembre de 2009

Vorrei morir!


El compositor italiano Francesco Paolo Tosti (1846-1916), compuso, hacia 1915 aproximadamente, una de las canciones más bellas que jamás haya podido escuchar: Vorrei morir, que junto a otras igualmente célebres por la belleza de su factura, como Malia, L'ultima canzone, Ideale, etc., me conmueven una vez más, y más, cada vez que regreso a ellas. Son canciones que han sabido atrapar muy bien los diversos estados de ánimo del ser humano, y ésta cuyo texto ahora comparto con ustedes, Vorrei morir, es en estos momentos una de las que con más entrega y compromiso quisiera poder cantar...


Vorrei morir nella stagion dell'anno
quando è tiepida l'aria e il ciel sereno
Quando le rondinelle il nido fanno
Quando di nuovi fior s'orna il terreno
Vorreri morir...

Vorreri morir quando tramonta il sole
Quando sul prato dormono le viole
lieta farebbe a Dio l'alma ritorno
A primavera e sul morir del giorno
Vorreri morir...

Ma quando infuria il nembo e la tempesta
Allor che l'aria si fa scura, scura
Quando ai rami una foglia più non resta
allora di morire avrei paura
Vorrei morir...

Vorreri morir quando tramonta il sole
Quando sul prato dormono le viole
lieta farebbe a Dio l'alma ritorno
A primavera e sul morir del giorno
Vorrei morir....


Para mayores fines ilustrativos, les paso el siguiente link para que escuchen la intepretación de esta sublime partitura en la voz del tenor español Alfredo Kraus (1927-1999), aunque considero que la que hace el italiano Andrea Bocelli (1958) en su cd Sentimento es mil veces mejor y más coinvolgente:

http://www.youtube.com/watch?v=kWfk8UizyE4

domingo, 6 de septiembre de 2009

Los usos de la memoria

Salvador Dalí. La persistencia de la memoria


La memoria es la capacidad mental de conservar y evocar cuanto se ha vivido. Es un fenómeno muy complejo en el que entran en juego el psiquismo elemental (rastros que las sensaciones dejan en el tejido nervioso), la actividad nerviosa superior (creación de nuevas conexiones nerviosas por repetición, es decir, reflejos condicionados) y el sistema conceptual o inteligencia propiamente dicha. Es una actividad específicamente humana en cuanto comporta el reconocimiento de la imagen pasada como pasada. Así define http://www.psicoactiva.com/ a la memoria, brindando un concepto breve pero consistente de todos los elementos psicofísicos que juegan un papel decisivo en el establecimiento y permanencia de la memoria y la evocación de sucesos ya vividos que, en el momento de ser reproducidos ya son sólo recuerdos.

Y sí, gracias a la memoria continuamos teniendo algún tipo de conexión con el pasado que hemos vivido y que nosotros mismos, sin lugar a dudas, hemos protagonizado, habiendo podido desempeñar un rol feliz o no, cómico o trágico, etc. Asimismo, el poder de nuestra memoria y la recurrencia de sus recuerdos es directamente proporcional a la intensidad de las sensaciones, emociones y sentimientos experimentados en un determinado momento, espacio y circunstancia de nuestras vidas. A cada uno de esos corresponde uno de los anteriores, y es que no vivimos por vivir: no hay relación humana dada en un determinado espacio y mediando alguna circunstancia que no consiga impactar nuestra subjetividad, para generarnos a la postre un recuerdo que nuestra memoria atesorará. Tenemos recuerdos de familia al lado de nuestros seres queridos, de los compañeros de la escuela, los amigos de la universidad, de la relación con nuestros vecinos, de los amores alcanzados como también de aquellos otros frustrados que definitivamente, con un trazo contundente -como también podría serlo pálido- han ido a grabarse en la memoria, y de cuando en vez se reactualizan como lo que son, recuerdos, de acuerdo a nuestra expresa voluntad de evocarlos -en el caso de que tengamos un adecuado dominio sobre nuestra psiquis.

¿Pero qué hacemos cuando no son recuerdos gratos sino dolorosos los que consiguen filtrarse a nuestro pensamiento actual y turban el desenvolvimiento de nuestra vida? ¿Qué nos salva de un fantasma que habita en los corredores de nuestra mente y que, en la mayoría de los casos, sólo nosotros podemos ver? Es un combate que lidiamos solos contra ese recuerdo gelatinoso que no se deja asir por nuestras manos, ávidas de aniquilarlo por el dolor que nos ocasiona. Es en este punto que las diversas patologías de la memoria hacen una aparición en escena casi milagrosa que termina redimiendo engañosamente a la persona atormentada. Entre estas tenemos las siguientes:

La amnesia.-

Es la pérdida parcial o total de la memoria que puede deberse a causas emocionales u orgánicas, o a la combinación de ambas. La amnesia nos impide la evocación de hechos específicos, no solamente de los dolorosos, también de aquellos felices. En el caso de que sean, como referíamos líneas arriba, sucesos dolorosos los que se pierdan en el dédalo del olvido, la persona habrá podido ganar una serenidad que de seguro le hacía falta, al verse atormentada por los mismos, pero ¿cuál será el costo a asumir por ello? Cuando un problema como la amnesia se presenta, puede que se lleve recuerdos dolorosos -ese es el lado positivo- pero por lo general barré con los recuerdos de un sólo tirón, llevándose desafortunadamente también los buenos. Y es que esto se comprende porque nuestra vida es una sucesión de experiencias felices y no tan felices que se intercalan unas con otras a lo largo de nuestros días. La amnesia lamentablemente no es una patología selectiva que procede con un mecanismo de elección de lo que va a llevarse, a la vez que esté en pacto con quien la sufra, a fin de aliviarle la carga gnósica (por gnosis=conocimiento. Hay que considerar que el recuerdo es también conocimiento de algo, alguien). No, si fuera así no se le consideraría como una patología sino como un proceso de autorregulación que la mente despliega para salvaguarda de la estabilidad psíquico-neurológica del ser humano.

La persona amnésica es una persona menos completa en tal sentido, vulnerable y tristemente vacía, así como insegura en relación a los eventos sucesivos que esté por protagonizar. Entre otras complicaciones, y de acuerdo a la edad en que la amnesia se dé, en la buena parte de los casos hay que repetir el proceso de socialización para estar al día con el entorno y las personas que rodean al paciente. Además, el pasado no es sólo fantasmas grises que se ciernen sobre nuestra tranquilidad, amenazándola. Son también buenos momentos hechos recuerdos que afloran en el presente y que, a la hora de tomar decisiones o de enfrentar nuevas experiencias y situaciones de vida, nos sirven como una especie de feedback insustituíble del que así nomás no podemos prescindir.

Imagimenos que no supieramos que meter los dedos en el enchufe de la pared nos va a causar una pequeña descarga de corriente eléctrica: al intentar hacerlo -y luego, en efecto, hacerlo- sabremos que ya no más tendremos que intentar semejante cosa (a menos que nos guste recibir descargas de corriente eléctrica a escala controlada), y mucho menos intentar hacerlo con las manos mojadas (a no ser que se esté buscando una manera de morir). De la misma manera, y sirviéndome de este prosaico ejemplo, ¿cuántas cosas en la vida tendría que experimentar nuevamente la persona amnésica que ya aprendió y vivenció antes, como salir sola a la calle, interactuar con las personas, etc.?

La hipermnesia.-

Fenómeno de exaltación de la memoria producido en estado de trance y por personas con facultades de agudizar el psiquismo, hasta recordar con los más precisos detalles hechos y conocimientos perdidos en la memoria del tiempo. El paciente que sufre esta patología recuerda todo lo que ha hecho cada instante de su vida al punto de poder presentar un reporte detallado de los mismos. Las personas con este "talento" no son abundantes en este planeta sino todo lo contrario, son muy escasas, siendo 03 los casos que se refieren en todo el mundo según http://noticiasinteresantes.blogcindario.com/2008/08/01258-hipermnesia-o-la-enfermedad-de-recordar-todo-lo-que-has-hecho-cada-instante-de-tu-vida.html

El mencionado portal también refiere que las personas con esta patología no viven ésta como un don, ya que presentan dificultades de abstracción, siendo incapaces de generar categorías. En tal sentido, hay una imposibilidad para generalizar, por lo que el paciente se detiene en la evaluación de elementos particulares sin ser capaz de extraer de cada uno de ellos las cualidades comunes. ¿Pero podría ser un problema recordar, entonces, más de lo que normalmente las personas suelen recordar? La mente también podría ser -como expresara José Baquíjano y Carrillo (1751-1817), precursor de la independencia del Perù cuando dijo del mismo- como un resorte que ajustado más de lo que permite su elasticidad termina por saltar de la mano de quien lo contiene. No se le puede dar a la memoria más recuerdos de los que normalmente ésta almacena. El olvido y sus mecanismos, así, pues, juega un rol necesario porque nos ayuda a eliminar recuerdos que, simplemente, no sirven. ¿Qué de trascendental puede tener el que, a la vez que se recuerda un pasado evento personal, importante y trascendente, se recuerde también que, por ejemplo, ese mismo día se casó la hija del primer ministro de Andorra? ¿Si algo así se olvida, la vida de uno se verá perjudicada en lo más mínimo? O a la inversa, ¿si esto mismo se recuerda, mejora en algo nuestra vida? Definitivamente que no.

El olvido le da espacio a nuestra memoria para almacenar nuevos recuerdos, quizá aún más importantes que evocar después, como el nacimiento de un hijo. No es ni bueno ni útil saturar la memoria con cosas tan baladíes como la mencionada en el párrafo precedente.

La paramnesia.-

Es un desorden de la memoria caracterizado por la ilusión de recordar cosas y situaciones que se viven por primera vez. El caso contrario es sentir que las cosas familiares son vistas por primera vez. Algunos investigadores indican que podría haber alguna conexión entre la paramnesia y la epilepsia al ver que los efectos de la primera ocurren antes de una convulsión propia de la segunda patología mencionada. Pero, tomando la primera parte de esta definición que se refiere a la ilusión de recordar lo que se vive por primera, en el caso de que uno no esté tan paramnésico como se podría pensar, el simular que se recuerda algo que se vive por primera vez tendría la particularidad de apreciarse, según la espontaneidad del sujeto, como un gesto de cortesía y cordialidad, como fingimiento o hipocresía, o simplemente como vergüenza a hacer el ridículo. ¿Cómo así?

Si es la primera vez que voy a cenar a un lujoso restaurante junto con otras personas que no son mis amigos, pero a los cuales quiero impresionar, y quiero aparentar ante ellos que tengo costumbre de hacerlo, entonces fingiré que estoy familiarizado con una práctica de este tipo, pese a que sea la primera vez que la vivo. Así, ¿qué tanto podemos hablar de que la persona que recurre a este engaño, a este autoengaño, no tiene un desorden, si no de la memoria, de la personalidad? ¿O si visitamos un asentamiento humano por primera vez y, para salvar un poco las enormes distancias sociales fingimos cortesmente saber de los problemas por los que pasa su población y estar al tanto de escenarios como aquel? ¿Somos parmnésicos? No.

Pero si hablamos de la paramnesia en su estricto sentido clínico, ¿tiene ésta alguna ventaja para la persona que la experimenta? Pensemos en que muchas veces las personas necesitamos "recordar" lo que vivimos por primera vez porque así hayamos sosiego para nuestras atormentadas conciencias, y descartamos por un momento que sólo hasta ese momento hemos podido llegar a tener contacto con ese algo o alguien que desde hacía tiempo queríamos alcanzar, pero que en el pasado quizá diversas dificultades que coparon nuestro camino hacia nuestro ansiado fin nos impidieron hacerlo. Acaso es doloroso tomar conciencia, en el presente, de que lo que estamos viviendo ahora, lo que estamos gozando ya, nos costó mucho tiempo y sacrificio, mucha renuncia y desvelos. Por supuesto que si llegamos a paladear un momento gozoso de este tipo -una meta a la que se llega con un historial de sacrificios asentado en nuestras espaldas- inexorablemente se harán presentes los recuerdos de malestar asociados al camino que fue menester recorrer para llegar a éste. Entonces, para suprimir la sensación dolorosa es que decidimos "olvidar" los sucesos previos y simular que el instante llegado no es novedoso sino que ya se esperaba, más aún, que ya se estaba familiarizado con el mismo, y que en el momento de ser vivido por primera vez solamente se lo está recordando.

Pero entonces quizá esto ya no sea paramnesia sino una forma de re-crear momentos de nuestra vida que nunca tuvieron lugar, y hacer como que si se recordaran los mismos: lo que nunca pasó y que pensamos sí pasó, y todavía decimos recordar. Una tía mía solía decir que a su papá (o sea a mi abuelo) le encantaba que ella le pusiera música de Roberto Carlos. Ese es el testimonio de mi tía, y al haberla oído "recordar" esto, ella misma se conmovía. Lo cierto es que, según el relato de terceros, a mi abuelo jamás le gustó Roberto Carlos, ni nunca se llevó bien con mi tía, por lo que nunca habría podido pedirle cosa semejante. ¿Quién miente? ¿Este falso recuerdo sigue siendo paramnesia o ya es locura?

¿En qué momento dejamos que sea más nuestro subconsciente o inconsciente el que juegue un papel más decisivo que nuestra conciencia a la hora de asimilar las diversas vivencias de la vida cotidiana, para luego dar testimonio de las mismas con la respectiva evocación de aquéllas? ¿Somo conscientes, por ejemplo en el caso del falso recuerdo, de que nos estamos engañando a nosotros mismos con tal de hallar la calma que necesitamos? Pero entonces una calma como la que se quiere alcanzar solamente llegaría si en un cierto punto dejamos de ser conscientes del autoengaño para ya simplemente evocar el recuerdo de algo que jamás se vivió. Ese es el pacto que hacemos con nuestra memoria: tenemos que creer nuestras propias mentiras para luego defender con ardorosa fe nuestras falsas verdades.