lunes, 29 de junio de 2009

Reflexión para la acogida


La condición de abandono que muchos niños, alrededor del mundo, sufren día a día se ha convertido en una de las 04 principales emergencias humanitarias que la ONU ha declarado deben ser atendidas. Según las estadísticas de las que se dispone al respecto, aproximadamente en el mundo hay 145 millones de niños abandonados, fuera de una familia y que no conocen una representación física para las palabras mamá y papá.

Vemos niños abandonados, en la calle, todos los días: pidiendo limosna, subiendo a los buses a cantar y pedir una "colaboración", ofreciéndonos golosinas, etc. De más de un modo ellos buscan, pues, sostener el día a día ya que viven una terrible realidad: no tener quien los acoja al interior de una familia. Pero no menos triste es la realidad que cientos de niños y niñas viven en los albergues y casas hogares de acogida al menor abandonado que gestionan entes públicos y privados en el país. Menores que solamente conocen los desteñidos colores de los muros que cercan el espacio de acogida temporal en los que residen pero que esperan sentir el calor de una familia, de unos padres y unos hermanos que le hagan sentir, saber que es importante y que hay alguien que se preocupa de cuanto pueda pasarle. El transcurrir tantos años lejos de tan magnífico contexto, propicio para un auténtico desarrollo de su personalidad y de sus respectivas capacidades puede dejar en ellos un vacío que quizá ya nada en la vida, más adelante, podrá llenar. El abandono deja las más terribles cicatrices en el alma del niño no deseado por nadie.

Entonces, ¿hasta qué punto es válido preguntar de quién es la responsabilidad del abandono? ¿También nosotros que no somos padres, o que siéndolo no hemos abandonado, tenemos responsabilidad alguna? ¿Tenemos culpa en ello? Responder a estas preguntas reclama el debatir nuevamente un tema que debe cobrar cada día más actualidad hoy por hoy: responsabilidad social.

Yo, además, quisiera preguntar lo siguiente, y con ello invitar a la reflexión: ¿es peligroso no acoger un niño abandonado? Yo diría que sí, y a continuación explico el porqué.

Es fundamental leer el problema del abandono con los ojos de la sensibillidad social, la misma que va adelante, de la mano de la responsabilidad social, y van juntas siempre, porque quien se ve golpeado por las diversas problemáticas que debe vivir el mundo, no se queda de brazos cruzados sin hacer algo al respecto. Entre estos dos conceptos, los de la sensibilidad y responsabilidad hay un vínculo muy fuerte de carácter reflexivo: una se ve en la otra como si se mirara delante de un espejo. No tener esta responsabilidad social nos encierra en la cárcel del individualismo, y una sociedad que se precie de llamarse así no consigue sobrevivir si reconoce en su interior más que componentes aislados que no se ligan, que no se vinculan entre sí más allá de esas ligazones de carácter mercantil o jurídico-legal que puedan imponer entes como el mercado o el estado.

Desde siempre, uno de los objetivos de las sociedad ha sido sobrevivir. Lamentablemente, cada día parece que este objetivo se va quedando de lado conforme el hombre se olvida del otro y solamente se preocupa en alcanzar dos cosas: aumentar su ganancia y maximizar su consumo.

Sobre el fondo de toda esta problemática hay un argumento fundamental de la sociología, y es puntualmente, el del problema de la cohesión social, cómo es que la misma es posible y en virtud de qué se convierte en la verdadera garantía de los hombres-en-sociedad para alcanzar la supervivencia. Sirve de mucho hacer una lectura de sentido sistémico de la problemática abandono, que es la problemática de la falta de sensibilidad social, y además, la problemática de:

- No acoger la necesidad del otro.
- Dudar y con ello perder tiempo en decidir acoger la necesidad del otro.

Mana, brota entonces la cuestión ética: frente al abandono y no acogida de un menor abandonado, ¿soy culpable? Pareciera que sí! Soy culpable o un poco más o un poco menos, pero libre de culpa no estoy ante ello.

En el siglo XVIII, Inmanuel Kant, en su libro Fundamentación de la metafísica de las costumbres hablaba de un mandato autónomo autosuficiente capaz de regir el comportamiento humano en todas sus expresiones, nacido de la razón. Una obligación absoluta capaz de desplegarse en toda circunstancia. Esta obligación podría ser -resumida a propósito de cuanto hablado hasta ahora, propongo yo- "acoge al otro como quisieras que te acogieran".

Pero surge la interrogante: ¿qué es acoger? La mejor respuesta a esta pregunta la encontramos, con un definitivo sentido e impronta cristianos en el pasaje de la Biblia de Mateo 18, 5 cuando Jesús dice: "quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre me acoge a mí". Acoger es asistir, apoyar, sostener, soportar a alguien en tanto necesite de otro.

La acogida es un misterio. Es un sol inagotable que nos invita a explorar en él un significado que nunca termina de transmitir un mensaje y una lección. Quizá una clave para encontrar las respuestas requeridas esté en la frase de San Agustín que dejo a la reflexión:

creer para comprender...
comprender para creer...

1 comentario:

Omar dijo...

Ad Majorem Dei Gloriam