domingo, 21 de noviembre de 2010

¡Enciéndeme una luz que no me quiero quedar a oscuras porque tengo miedo!



El domingo de la semana pasada fui al cine con mi amigo Christian. Aprovechamos que se celebraba el Día del cine y nos dimos cita en Larcomar para ver Actividad paranormal 2, una película que recomiendo porque se luce con brillo propio como film de suspenso y de terror. Es una de esas películas que -sin llegar a ser una pieza maestra en este rubro de películas- consigue captar la atención del espectador de principio a fin, hasta hacer que uno brinque en su asiento de lo impresionado que puede quedar con ver el desarrollo de los hechos que la misma cuenta.
Más allá de entrar a comentar el argumento o la calidad dramática de sus actores, lo que quiero en esta ocasión es comentar un poco la importancia de tener miedo.

El miedo es uno de esos estados de ánimo que la mayoría de las personas no deseamos pasar. Bueno, en mi caso es una sensación que siempre he repelido con el mayor de mis esfuerzos. Siempre he conocido el miedo, y sobre todo, el miedo a lo que me es desconocido y no me es posible conocer. De pequeño era un niño miedoso, muy a diferencia de mi hermano que más de una vez se sonreía cuando le pedía a mi madre que se acostara a mi lado y que no se marchara hasta que me hiciera dormir. Le tenía miedo a dos cosas: a la noche -o lo que es más o menos lo mismo- a la oscuridad y a quedarme solo. Siempre he odiado la soledad, aunque con el paso de los años me he ido acostumbrando a ella. Pese a ello, aún no me es fácil estar solo. No digo que ahora tenga miedo a quedarme solo, pero ante ello muestro temor -que no es lo mismo a tener terror.
¿Por qué las personas podemos llegar a tener miedo? ¿Son nuestros miedos o temores similares? ¿Y de qué sirve tener miedo o temor? ¿Hay alguna utilidad práctica en llegar a pasar por un estado de ánimo de esta naturaleza? Precisamente lo que comento sobre el miedo que sentía cuando niño puede responder en alguna forma a estas preguntas. ¿Quién más que un niño para estremecerse de modo tal ante lo que no conoce, o ante lo que conoce y no desea que venga? El temer como un niño puede alcanzarnos remembranzas de esa etapa de nuestras vidas que no volverá más: la niñez. No somos más niños, y en efecto, ¡cuánto bien podría hacernos volver a serlo por tan siquiera unos instantes y recordar miles de cosas bellas y buenas que nos acompañaron durante aquellos años! Volver a actuar sin interés por lo que se nos va a dar a cambio de lo que hagamos, dejar de pensar mal de las personas o de que éstas van a hacernos daño, ver con inocencia el mundo, y a través de esa inocencia leer la vida y su pureza con claridad y sin tantos velos que son los múltiples convencionalismos sociales que nos marcan la pauta de desenvolvimiento personal y social.

Y cuando tenemos miedo, o tememos algo, solamente deseamos que tales sensaciones desagradables se vayan y que regrese la calma, la tranquilidad... El sosiego.
¿Cuánto sabemos de él? La mayoría de nosotros pasa buena parte de su vida deseando vivir en paz, pero en verdad son pocos quienes piden para sí mismos el sosiego. ¿Por qué pasa esto? ¿Es que hay una diferencia entre ambos?
En tanto que desear la paz comporta un estado de armonía que más de uno puede compartir con otro a la vez, el sosiego es un placentero estado de ánimo que se perfila como un goce muy personal, un goce que halla su réplica en la contemplación de la propia alma que no se ve invadida por la desolación, la ansiedad, la duda o la incertidumbre ni por turbación alguna. Cuando esto pasa se conoce el sosiego. Así, pues, unir esfuerzos por materializar cualquier proyecto de paz debe necesariamente pasar por alcanzar una armonía interior que es por excelencia la base para encaminar un proyecto mayor, más ambicioso y comunitario como es el de conseguir la paz entre los hombres y mujeres que pueblan esta tierra.

¿Y acaso cuando niños no deseamos alguna vez vivir en paz, y tomarnos de la mano con nuestros semejantes sin pensar en guerras ni enfrentamientos? Quizá hoy por hoy ya hayamos postergado un anhelo como este porque vivimos enfrascados en las preocupaciones de la vida cotidiana, que nos absorben sobremanera y que nos ponen como agenda otras preocupaciones menos etéreas. Pero cuán importante sería poder actualizar un deseo como éste, y así poder volver a sentirnos niños de nuevo.
Es siempre más bello revivir lo bueno que alguna vez fue. Ello, -como más o menos he querido mostrarlo- mejora la vida.

domingo, 7 de noviembre de 2010

La música de los sentimientos


La Bohéme es la ópera que más amo.
Es probablemente la primera ópera
que escuché completa cuando era niño.
Su historia es real y contemporánea.
Rodolfo y Mimí son muy humanos.
Ellos no son símbolos o héroes
sino personas sencillas:
aman, trabajan, luchan,
como muchos de nosotros hacemos.
Indudablemente, la música de Puccini
es la música de los sentimientos,
de las sensaciones, la pasión y las lágrimas.

Andrea Bocelli (1999).


No creo que compositor alguno jamás haya creado una obra tan inmensamente bella y triste como lo es La Bohéme (1896) de Giacomo Puccini (1858-1924) que a diferencia de Madame Butterfly o de Tosca no cuenta con antagonistas. En La Bohéme es solamente el destino el que no les permite a Rodolfo y a Mimí ser felices. Un destino que conocen día a día al ver su pobreza, una pobreza que -por ejemplo a Mimí- le impide acceder a los medicamentos que podrían curarle la tisis que padece, salvarla y permitirle realizar un sueño de vida al lado del pobre poeta que un día se enamora de ella. Así, ¿cómo luchar contra lo ya predeterminado, contra ese hado fatal que termina arrancándole a Rodolfo esa poesía que encuentra en la joven modista Mimí? ¿Es que no se puede más? Parece que no. La muerte arrebata de este mundo a Mimí simplemente por ser pobre, nada más. De haberse podido comprar las medicinas que necesitaba para su enfermedad no se habría muerto, y habría podido contar una vida llena de poesía al lado de Rodolfo. Sin embargo, La Bohéme da cuenta con estremecedor realismo de cuán implacable puede ser el destino, la vida, al llevarse a gentes sencillas que en medio de su humildad solamente tienen la osada aspiración de ser felices, como Rodolfo y Mimí.

Sabemos más quiénes son nuestros personajes por boca de ellos mismos, cuando hacia el primer acto de la ópera consiguen encontrarse y conocerse. Este acto atesora las dos arias más famosas que Puccini haya compuesto para las voces del tenor y la soprano: Che gelida manina que canta Rodolfo y Sì, mi chiamano Mimì que canta ella. En su canto no encontramos el relato de grandes hazañas, sino la descripción de los momentos que constituyen sus vidas cotidianas: unas vidas ordinarias en las que saben encontrar la belleza de la vida a través de la apreciación y valoración de los instantes sublimes y pequeños que efectivamente tienen ocasión de vivir.

Rodolfo es un poeta pobre que derrocha rimas e himnos de amor; Mimí es una modista que teje flores que no tienen olor y que teje en memoria de aquellas otras reales que le deleitan la vista cada primavera. Los dos están unidos por ese afecto por la estación más romántica que tiene el año europeo. No solamente la esperan cada término de invierno por permitirse una satisfacción estética que como pocas pueden darse el lujo de tener. La esperan también porque es el término de los días fríos, días que con su implacable condición gélida les arrancan las pocas fuerzas que tienen para trabajar, y entonces vivir. Más adelante, y cuando opten por separarse, lo harán poco antes de recibir esa primavera, que de una u otra manera les da la oportunidad de repensar sus tiempos y espacios venideros. Saben que no es fácil, pero saben que más difícil es no pensarlo.

Rodolfo y los otros bohemios, sus amigos Marcello, Colline e Schaunard también tienen inclinaciones artísticas: son pintor, filósofo y músico respectivamente, y en la expresión de su arte encuentran la bondad de vivir. Esta escena bohemia sorprende precisamente por cómo sus personajes consiguen demostrar que la vida puede ser más bella de lo que parece cuando se hacen las cosas que a uno le gustan, por más que las mismas no acarreen la fama y la fortuna. A su vez Mimí y Musetta hacen lo propio: la una con sus flores de tela y la segunda con el derroche de su coquetería cada vez que va por la calle y la gente la mira. Ella, cuando canta ese famoso vals del segundo acto Quando me'n vo da una lección que podría escaparse a la vista del espectador poco atento: Musetta celebra la belleza que le dio la vida, y eso ya le es bastante como para permitirle compensar su pobreza. Entonces ¿escogerá pasar su vida lamentándose por lo que no tiene cuando se sabe y la saben una mujer bonita? ¿Es eso ya poco? Indudablemente que no.

Pero como se habla de la vida se habla de la muerte. No podemos pensar en las cosas sin que a nuestra mente acuda su contraparte. Mimí no puede celebrar la vida que ama sin ignorar que la muerte le ronda todas las noches y le interrumpe el sueño cuando consigue hacerla toser. En La Bohéme la muerte es la inevitable antagonista, y decirlo no termina de sorprenderme. ¿Acaso no lo es para todos nosotros, y sin embargo no partimos de esta tierra tan solo por el hecho de considerar este aspecto, o de que la muerte aparezca un día cuando menos lo imaginamos? Este es un hecho aparentemente sencillo pero más complejo de lo que parece. En medio de su enfermedad y de sus dolores, Mimí desea dormir para ya no padecer más su mal. Es solamente durante las horas de sueño que consigue alivio. Y así, el destino quiere que salga de escena: durmiendo es que finalmente muere. Que Rodolfo grite con desesperación el nombre de Mimí -para su triste suerte- no la va a aferrar a la vida.

Los acordes finales de la ópera son los mismos que canta Mimí instantes antes de morir en Sono andati? fingevo di dormire. Así, la obra quiere perennizar la figura de una mujer sencilla, que vivió, pasó por este mundo sin que el resto de sus millones de habitantes se dieran cuenta, y aunque sin mayor fortuna material, no se fue de él sin saber lo que es amar.
Comparto el siguiente link que recoge la escena final de la ópera, con la muerte precisa de Mimí, interpretada por la soprano italiana Mirella Freni, y como Rodolfo, viéndola morir, el también italiano Luciano Pavarotti.

domingo, 31 de octubre de 2010

El canto de un ave


Nell'ora del dolor
perché Signor
perché me ne rimuneri cosí?

(En la hora del dolor
¿porqué me pagas así, Señor?...)


Es parte del reclamo que la cantante Floria Tosca le eleva a su Dios tras encontrarse en la severa encrucijada de salvar al hombre que ama matando a quien le persigue, o no mancharse las manos de sangre y presenciar la muerte de su amado, el pintor Mario Cavaradossi. La prueba es difícil y tiene que escoger. La elección es aparentemente fácil, pero acarrea un gran sacrificio de parte de esta bella mujer que solamente -como lo dice cuando canta el aria Vissi d'arte- vivió para el arte y el amor, no haciéndole daño a nadie. Es parte de la ironía del destino darle a los inocentes pruebas que les exigen grandes disposiciones de ánimo y de actitud, y Tosca se encuentra viviendo un momento así de difícil. Elige matar al barón Scarpia, perseguidor acérrimo de Cavaradossi y obstinado en poseer a la bella cantante. Scarpia quiere liberar el camino que la lleva hacia ella justamente liquidando al pintor, pero no lo llegará a conseguir, aunque más allá de la muerte que le cause Tosca, éste conseguirá hacerle ver su fiero rostro al arrebatarle al hombre que ama en medio de una escena que se pensaba una comedia.

Giacomo Puccini (1858-1924) compuso Tosca (1900) y desde su estreno esta ópera alcanzó la trascendencia esperada, al contar como principal protagonista a una mujer resuelta cuanto sensible y amante de la belleza de la vida, a la cual decide tributarle agradecimiento mediante su canto, la mejor de sus oraciones para el Todopoderoso. Ama a Cavaradossi, hombre al que cela, pero Tosca no tiene nada que temer ya que el pintor solamente encuentra inspiración en los profundos ojos negros de la cantante, ojos que le inspiran los mejores cuadros.

En el camino de ambos se interpone el barón Scarpia, que tras el rastro de un político sedicioso, Angelotti, llega a Cavaradossi al saber que éste le presta ayuda en su intento de esconderse de las fuerzas del orden. Así, y tras conocer a Tosca, Scarpia se empecinará en hacerla suya, y para limpiar el camino que la lleva hacia ella usará como excusa la amistad de Cavaradossi con Angelotti para acusarle de conspirador, poder apresarle y así no encontrar óbice alguno que le permita someter a la cantante a su pasión enajenada.
En efecto, Scarpia conoce a Tosca y ya no consigue tener mayor juicio que aquel único que le asegure que la hará suya, tal como se lo escuchamos hacia el final del primer acto de la ópera cuando -en el contexto de una misa y Te Deum- se compromete a poseerla, confesando con ardor febril Tosca, mi fai dimenticare Iddio (Tosca, tú haces que olvide que existe un Dios).

Apresado Cavaradossi, Scarpia le da a escoger a Tosca entre la vida o la muerte del pintor: la vida se la salva si ella accede a acostarse con él. Tosca presuntamente acepta, pero en el momento que éste se le acerca con la intensión de tocarla ella le da muerte clavándole un puñal en el corazón. Así, Tosca le hace ver cuán fiera puede ser con tal de defender su integridad y salvar las distancias de la justicia, aunque ello le cueste mancharse las manos de sangre. Mancha sus manos con sangre pero éstas en ningún momento dejan de ser dulces, tal como se lo canta Cavaradossi en la arietta O dolci mani:

O dolci mani mansuete e pure
o mani ellete a bell'opre pietose
a carezzar fanciulli, a coglier rose
a pregar giunte per le sventure.

Dunque, in voi fatte dall'amor sicure
Giustizia le sue sacre armi depose?
Voi deste morte, o man vittoriose
O dolci mani mansuete e pure.

Esas mismas manos que cejaron la vida de Scarpia acariciarán por última vez el cuerpo inerte de Cavaradossi cuando éste caiga fusilado. Tosca, pensando que aquel fusilamiento sería ficticio, enloquecerá de horror al ver el engaño y la venganza ulterior de Scarpia, que superando las distancias de la propia muerte regresará para terminar de separar a los amantes. Ante tanta desgracia, Tosca paga la vida que quitó con la suya propia, lanzándose desde las altas terrazas del Castel Sant'Angelo de Roma, pero jurando verse de nuevo las caras con Scarpia y ante ese Dios Todopoderoso que pareció nunca estar a favor del amor de Tosca y Cavaradossi al permitirles un desenlace aciago.

A continuación dejo el siguiente link que lleva a la escena final de la ópera, el instante más dramático y conmovedor de la misma. Para esta grabación participan la pareja de esposos Roberto Alagna, tenor francés, en el papel de Mario Cavaradossi y la soprano rumana Angela Gheorghiu como Floria Tosca. Excelente producción.

sábado, 23 de octubre de 2010

El vuelo de la mariposa



El 17 de febrero de 1904 el compositor italiano Giacomo Puccini (1858-1924) estrenó en el Teatro alla Scala di Milano una de las óperas que le llevarían a la inmortalidad musical, Madame Butterfly, compuesta en 03 actos y con libreto de Luigi Illica (1857-1919) e Giuseppe Giacosa (1847-1906), dos de sus colaboradores artísticos más fieles. Esta ópera, junto a La Bohéme (1896) y Tosca (1900) conforman la más famosa tríada operática de Puccini, imperecedera y fija a lo largo de ya más de un siglo.

Madame Butterfly cuenta la triste historia de Cio Cio San, una joven geisha que un día decide morir con honor ya que no pudo vivir con honor. Ambientada en Nagasaki, Japón, hacia finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, esta ópera nos presenta el fracaso de un bello idilio, el de Cio Cio San, que no consigue alcanzar la felicidad al lado del hombre que ama y que pensó que alguna vez la amó, el oficial de marina estadounidense B.F. Pinkerton, que a bordo de un navío yanqui llega a su país con ánimos de emprender algo más que una travesía.

Por intermedio de un viejo casamentero de la ciudad, Goro, pacta con éste un matrimonio ficticio con la geisha. Para Pinkerton esto no es más que una aventura ahora que está lejos de su patria, pero para Cio Cio San este matrimonio es una unión de por vida. Al casarse con Pinkerton y defender su amor por él solamente conseguirá el repudio de su familia, que la maldice por traicionar sus costumbres. Pese a esto, Cio Cio San sigue firme en su decisión porque cree estar unida a Pinkerton por los mismos sentimientos. Sin embargo, un aciago final le espera.

Terminada la misión de Pinkerton en Nagasaki, éste se marcha prometiendo regresar. En su ausencia, Cio Cio San lo aguarda fiel, pero ya no lo hace sola sino al lado del niño que le ha nacido, fruto de su unión con el oficial norteamericano. Cio Cio San confía en la palabra del hombre que ama y espera, hasta el día que Pinkerton regresa de la mano de su esposa Kate. Pinkerton no tiene la más mínima intensión de dejar a su legítima esposa; todo lo contrario, junto a ésta optan por pedirle a Cio Cio San que les entregue al niño para criarlo en los Estados Unidos y darle una vida prometedora y más ventajosa. Ante este duro desengaño. Cio Cio San accede a darles a su hijo, de quien se despide afectuosa y dramáticamente. Momentos después comete haraquiri.

Uno de los momentos más celebres de esta ópera lo conforma el dúo que cantan hacia el final del primer acto Cio Cio San y Pinkerton Bimba dagli occhi pieni di malia que contextualiza de manera muy bien lograda todas las promesas que se intercambian los protagonistas de esta historia. El dúo es tan conmovedor y bello como falaces son las palabras de Pinkerton e ingenuas las esperanzas de Cio Cio San. Su candidez contrasta con la belleza que le caracteriza, que no pasó desapercibida a los ojos del oficial de marina Pinkerton, y que le merecieron a la joven geisha el sobrenombre de Butterfly. Sin embargo, nada de esto basta para conseguir que Pinkerton pueda verla como algo más que una simple aventura. Su poder de seducción es tal que obtiene en la primera noche con Butterfly lo que buscaba: despojarla de su doncellez. Ella se la entrega porque lo ama y porque cree que él la ama. Por un error tan grande como éste terminará pagando con su propia vida.

Hacia el segundo acto de la ópera, es igualmente desgarrador oír el canto que entona Butterfly con el aria Un bel dì vedremo dejando libre al viento su más ardiente exclamación de querer volver a ver al hombre que un día le dijo que la amaba. En lo más profundo de su corazón cree que vendrá a hacerla feliz. Ella saldrá a darle el encuentro no bien vea que su navío llega al puerto, y ansiosa esperará que él diga su nombre a lo lejos: Butterfly. Ella no vacilará en recibirlo, aunque tímida, con el corazón a poco por detenerse ante la emoción de saberlo nuevamente con ella, recordando todas las bellas palabras y nombres de amor que le daba cuando le decía que la amaba. Ella lo espera.

Lamentablemente para Butterfly esto no pasa: Pinkerton regresa al lado de Kate, su verdadera esposa, y así ella termina de abrir los ojos y apreciar en toda su magnitud la gran mentira que vivió. La sensación de sentirse indigna de todo, de todos y de ella misma la llevan a no poner obstáculos ante el pedido de Pinkerton de querer llevarse al niño que les ha nacido de su unión carnal. El dejar partir a su hijo significará preservarlo del descrédito que podría esperarle luego de muerta la madre. Butterfly lo despide con Tu, piccolo iddio y a este punto ya no hay palabras para expresar la conmoción que se puede sentir por la escena tan dramática que se tiene ante los ojos. Butterfly muere para que su hijo pueda irse, sin que mañana más tarde él pueda sentir remordimientos por el abandono de ésta. Es una separación difícil: Butterfly ya es madre y solamente le pide a su hijo -en ese momento- que conserve en su memoria un ligero rastro de su rostro, del rostro de la madre que ya no tendrá más.
El intento de intervención de Pinkerton llega tarde, y la muerte arrebata de este mundo a Butterfly, que en su afán por respetar la última de sus tradiciones, opta por morir con honor al reconocer que no pudo vivir con honor.

Solamente para graficar esta última escena paso el siguiente link http://www.youtube.com/watch?v=Uv3iYSwlz-M con la interpretación de la soprano búlgara Raina Kavaivanska (1934) en el papel de Butterfly.

viernes, 8 de octubre de 2010

Vargas Llosa, premio Nóbel de Literatura 2010



Mario Vargas Llosa: premio Nóbel de Literatura 2010...

Bueno, ya había tardado mucho el jurado de la Real Academia de Suecia en conceder este prestigioso galardón a nuestro escritor peruano. Debo confesar que alguna vez pensé que Vargas Llosa se moriría sin recibir el Nóbel, pero para mi satisfacción personal esto no ha llegado a pasar. No se le ha mezquinado a un novelista del talento de Vargas Llosa un premio que a mi modesto parecer se merecía desde hace muchos años. Sin embargo, el hecho que lo reciba a sus 74 años le llena aún más de gloria. El veterano escritor recibirá este magnífico premio el próximo 10 de diciembre en la sede de la Real Academia de Suecia de manos del rey de este país, y que está dotado de alrededor de 1 millón de euros.

El Nóbel para Vargas Llosa no es solamente un orgullo para el Perú sino para toda Latinoamérica. Vargas Llosa, como miembro ilustre del famoso Boom de la Literatura Latinoamericana de los años 60, de la mano de otros insignes novelistas como García Márquez, Cortázar o Fuentes, ha terminado de consagrarse como uno de los más grandes escritores y novelistas del siglo XX y de lo que va del presente siglo XXI. En lo que respecta estrictamente a la literatura peruana, una vez más se confirma aquella lectura crítica de que la misma podría ser estudiada en dos etapas bien definidas: la literatura peruana antes de Vargas Llosa y después de Vargas Llosa.

Y es que es así: nunca antes hubo un novelista con tanta riqueza temática como él, que a la vez que abordaba diversos aspectos de la vida del individuo, de gentes de por aquí y por allá, consiguiera desarrollar tanto el carácter político y social de una literatura de calidad -que sin renunciar a su fin primero de permitirle al lector expandir sus horizontes y lectura del mundo, la vida, los hombres y uno mismo- pudiera configurar este arte como uno de los más preclaros bastiones de lucha por las libertades individuales de las personas, y por el auténtico e inalienable derecho de éstas a vivir sus vidas y ser dueños de sus destinos.

Recuerdo mis primeras lecturas de adolescente, cuando con fruición devoraba libros de libros y cada término de lectura de los mismos era experimentar un placer inigualable al haber podido penetrar -a través del recorrido de pasajes de líneas escritas de manera fija y espléndida- en el imaginario de diversos poetas, novelistas y ensayistas que deleitaron aquellos años de mi vida. Y Vargas Llosa estuvo ahí para presentarme ese alambicado mundo de las relaciones de poder que se traslada a la vida cotidiana y que estructura el modo de pensar y de actuar de los individuos de a pie. Su brillante forma de trazar los bifurcados senderos de las relaciones de dominación y subordinación que se experimentan día a día en los más diversos y disímiles contextos del desarrollo de nuestras vidas me dejaba fascinado. Lo ejemplifican de manera única novelas como Conversación en La Catedral, o La fiesta del chivo, que dan como un martillo en las conciencias de todo aquel que se sabe presa de una alambicada red de poder de la que no se puede liberar.

Además, su renovación de la forma misma de hacer novela y de escribir, con técnicas que terminó de pulir tras un trabajo ascético y disciplinado de más de 50 años, así como su constante trabajo de documentación le valen hoy este galardón, y uno no puede ya hacer más que ponerse de pie y aplaudir a Vargas Llosa. Esto se comprende cuando uno lee Pantaleón y las visitadoras, o La tía Julia y el escribidor, y encuentra un fabuloso divertimento gracias a la literatura y al genio de quien puede escribirla. ¿Y el hedonismo, dónde queda? Vargas Llosa también se dio tiempo para ello y escribió Elogio de la madrastra, una lectura que simplemente hechiza y que afecta las susceptibilidades de muchos pacatos.

Sin querer queriendo, los ojos del mundo vuelven a concentrarse en nuestro país, que ya puede ostentarle a naciones como Colombia o Chile el tener un hijo suyo con un Nóbel en las manos. Luego de celebrar este acontecimiento nos queda desear que vengan muchos premios Nóbel más a nuestro país. Vargas Llosa ha ganado un premio Nóbel, y los premios Nóbel han ganado la ocasión de contar entre los suyos a un pensador de la talla de este peruano que solamente hizo lo único que siempre quiso hacer en esta vida: escribir.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Bad girl


Stefani Germanotta (New York, 1986) es más conocida en todo el mundo como Lady Gaga, una artista estadounidense completa en todo el sentido de la palabra, que deslumbra por su canto, su baile y su talento para la composición musical. Lady Gaga y su muy particular estilo tanto de canto como de baile y de presentación de los mismos es una suma de influencias de otros artistas que le precedieron en la escena, de la talla de Michael Jackson o Madonna.

Lady Gaga comenzó su carrera hacia mediados del año 2008 e inmediatamente consiguió el éxito esperado, llegando a vender alrededor de 12 millones de copias de su álbum debut titulado The fame, que causó furor con singles como Just dance y Poker face. Más tarde, hacia finales del 2009 lanza una segunda producción bajo el título The fame monster, con otros singles de gran éxito y calidad musical y visual como lo son Bad romance, Telephone y Alejandro, todos y cada uno de ellos devenidos sencillos nº1 en los rankings musicales de diversos países del mundo.

En lo que respecta a la producción y difusión de su imagen y estilo musical, podemos decir que Lady Gaga es una artista que se siente llamada a dejar con la boca abierta a propios y extraños: cada uno de sus videoclips y presentaciones así nos lo dice. Los peinados, maquillajes y vestuarios tan extravagantes y enigmáticos perfilan a Lady Gaga como un festival ambulante y perpetuo de contenidos y símbolos de lo que es, de lo que no es y de aquello que está por ser o dejar de ser. Detenerse a verla y a escucharla cantar es una invitación a pensar realmente en qué está queriendo decir. Es en verdad un desafío a encontrar las mismas imágenes que la artista vio y sintió a la hora de componer sus canciones y de elaborar una propuesta visual tan rica y alambicada con la que suele dejar pasmados a sus miles de aficionados y seguidores.

Es esto lo que me gusta de Lady Gaga: que encarna la excentricidad que miles de simples mortales como yo no podemos darnos el lujo de tener por vernos asidos a numerosos convencionalismos sociales que muchas veces no nos permiten elevar el tono de voz y denunciar aquello que "no está bien". En este sentido, Lady Gaga también ha hecho noticia al declararse mujer de causas filantrópicas, lo que la ha llevado a apoyar a diversas organizaciones y causas benéficas, entre cuyos protagonistas se cuentan las víctimas del terremoto de Haití y las mujeres que viven con VIH-SIDA. Asimismo, es abanderada preclara de la defensa de los derechos y las libertades de las mal llamadas minorías sexuales. Todo ello, sumado a sus cualidades artísticas la han consagrado como la cantante pop más exitosa de los últimos tiempos.

Respecto al contenido lírico de las canciones, Lady Gaga consigue abordar con singular maestría y originalidad temas que conciernen el sentir y pensar cotidiano de las personas, y expone las propias sensaciones y sentimientos de modo tal que más de uno puede caer en la cuenta que similares estados de ánimo alguna vez ha vivido. Por ejemplo, su canción bandera y principal caballito de batalla, Bad romance, nos habla precisamente de un romance malo que de todas maneras se quiere y se persigue. A lo largo del videoclip la artista canta el dolor de vivir un amor malo (si se quiere) y pese a ello buscarlo; pese a reconocer que es incluso un amor feo y descompuesto, lo reconoce como el amor. Al final tanto es su deseo de este amor que termina consumiendo en llamas al amante que la hace desdichada.

Es por todo ello y por muchas cosas más que Lady Gaga llama poderosamente mi atención. Por el momento ya no lo hacen artistas como Juan Diego Flórez o Andrea Bocelli, aunque no con ello pueda decir que he abandonado el género lírico que tanto sigo apreciando. Sin embargo, una semejante emoción de furor o de nostalgia me puede inspirar Bad romance de Lady Gaga que Chi'l bel sogno di Doretta de La rondine de Puccini cantada por Angela Gheorghiu. Es cuestión de modular el oído y escuchar contenidos similares expresados con estilos y palabras diferentes.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Por el arte

Sebastiano Ricci (1659-1734). Alegoría del arte


Hablar del arte y procurar definirlo es siempre la iniciación de una de las polémicas más acaloradas que puedan establecerse, no solamente por la pasión con la que sus interlocutores eruditos puedan comenzar y mantener la misma, sino por la naturaleza misma que los reúne a discutir. El arte, al no ser una ciencia -como la literatura- se deja asir menos por quienes buscan darle una conceptualización (ahora que lo pienso, ni siquiera la ciencia misma hoy día alcanza una conceptualización fija e imperecedera como la que se buscaba para ésta en los alberes de la Modernidad). Sin embargo, el arte continúa un decurso propio gracias a las manos y el talento de miles de hombres y mujeres alrededor del mundo que siguen trabajando por él y para él, y en tanto lo hacen van alcanzando las palabras justas para acercarse a una definición de lo que es su trabajo: el arte.


En la actualidad el número de artes se ha incrementado, dejando de ser un reducido grupo de solamente 05 de ellas (arquitectura, escultura, pintura, música y arquitectura) sino que las mismas, con la aparición de las nuevas tecnologías de la comunicación y el diseño se han reinventado y fusionado, hasta poder fijar nuevas artes, artes aún más artificiales que las que ya se conocían, y todas, absolutamente todas (aunque unas más que otras) pugnando por no dejar de ser reconocidas como tales. Conseguir una academia o instituto de crítica erudita de las mismas las termina de consagrar como tales, como superiores, precisamente porque en torno a las mismas se ha establecido todo un estudio y crítica institucionalizada de las mismas que las perfilan como componentes vitales de la cultura de nuestros días. Cuando no se habla de alguna de ellas es porque simplemente, o no existen o no vale la pena que se hable de éstas. Difícilmente hoy se deja de hablar de lo que el hombre produce y llama arte. Así, ¿qué es el arte?


Yo solamente diré en esta ocasión que si hay algo que pueda definir al arte es su capacidad de poder permitir que la persona que trabaja por él pueda expresar todo aquel mundo que contiene en su interior, en su alma, en su mente, y que le motiva a decir las cosas que siente y cómo ve el mundo, la vida, su interacción con las personas y cómo se lee a sí mismo. Producir arte no es una tarea fácil, empero. No me puede bastar saber pintar o componer una página musical para decir que hago arte, o para pretender que con ello se me llame artista. El arte implica una lectura y re-lectura del todo la cual pueda leerse y comprenderse a través de lo que el artista produzca, y que a su vez pueda permitir que los demás -con la lectura de la misma- al menos se sientan "conmovidos" con el mensaje que se intenta transmitir, lo recepten, asimilen y reproduzcan, tomando de dicho mensaje las palabras vivas del artista y de su batalla incesante con la búsqueda de valores como la verdad, la bondad y la belleza. Hacer arte como el que se conoce es también una forma de filosofar, de preguntarse por el todo y de comunicar las respuestas generadas al interrogar a ese todo.


El arte de la producción del arte demanda constancia, paciencia y entrega a la búsqueda de aquello por lo que buscamos una respuesta. No se trata de hacer arte por hacer arte, porque quizá el rsultado de una labor como aquélla no necesariamente lo produzca (es más, no creo que lo haga). El artista que no lucha por encontrar respuestas a sus preguntas es porque simplemente no se plantea interrogantes, y entonces es solamente un mero reproductor de formas llamadas estéticas y gratas a los sentidos. El artista, como el filósofo o el pensador social nunca está contento con lo que se le dice del mundo, la vida, las personas y de sí mismo. Necesita vencer esa suerte de ilusión de la transparencia que enmohece la realidad, su espacio, y que le engaña al hacerle ver que todo ya está dicho y que las cosas se entienden porque se entienden. El espíritu escéptico le domina, y reflexiona sobre lo que le rodea, lo cual implica todo un arte de pensar por el arte. Un compromiso desde el arte que requiere el arte del compromiso que definitivamente no muchos tienen, o que algunos tienen menos desarrollado que otros.


Soy un convencido que parte del rol del artista es comunicar lo que piensa, transmitir las respuestas a sus preguntas sobre el mundo de la vida, y que dé a conocer éstas porque -al conseguir mejor visión del todo- es generoso y concede a los simples mortales las herramientas para que vean lo mismo que él ve, o para que siquiera se hagan las mismas preguntas que él se hace, y por cuyas respuestas trabaja a través de su obra. No obstante, hay una especie de convención entre los artistas por la cual estos se reservan el derecho de admisión de los simples mortales al mundo de su producción de significados y significantes, confinando su obra a espacios como los museos en los que no comunican con el mejor de los lenguajes los hallazgos alcanzados. De esta forma, el museo deviene un espacio esotérico ¿Cómo así?


El simple mortal que visita un museo (y que lo hace con la mejor de las intensiones) pueda que no conozca lo que allí encuentre, que le sea difícil acceder a los significados de las obras en exposición, pero podría valerle su deseo de conocer (como de hecho le vale). Si antes no ha podido nutrirse del arte ¿por qué, en un museo por ejemplo, no encuentra la ocasión de hacerlo? ¿Debe dar media vuelta sobre su sitio y salir del museo rumbo a una academia de enseñanza superior del arte para estudiar y acceder a todo aquello que los museos encierran? Las puestas de arte en muchas ocasiones no dicen lo que el artista vio al crear su obra, y en el mejor de los casos emplean un lenguaje difícil y abstracto. Es que hablar en difícil da siempre una especie de marca de élite, suerte de carné que los otros miembros de tu élite te piden a ti, amigo artista, para que sigas perteneciendo a su selecto club. ¿Por qué, si los contenidos de aquellas obras son de valor (partimos de esta premisa), yo como simple mortal no tengo la oportunidad de acceder a ellos? ¿Mi ignorancia y la falta de oportunidades de estudio deben condenarme y resignarme por siempre a no acceder a tantísimos saberes, contenidos y significados que de poder "leerlos" harían más digna mi vida, digámoslo así?


Está bien, no tengo los conocimientos para acceder, ¿pero no podría ser parte del rol del artista enseñar sobre el arte a la vez que intenta producirlo? ¿Necesariamente el artista tiene que renegar de la pedagogia y mostrarse arrogante exponiendo una obra que solamente sus colegas eruditos entienen? ¿Por qué lo hace? ¿Por conseguir las palmas de estos? ¿El artista permitiría que yo, simple mortal, no acceda a los contenidos de valor que expresa en su obra, contenidos que podrían hacer que mi vida se vuelva más libre de prejuicios y de lecturas cuadriculadas del todo, más amplia de visión sobre el mundo, la vida, las personas y sobre mí mismo? Acceder a tal contenido podría reconciliarme con todo ellos, reconociliarme conmigo mismo. Aún así, ¿el artista consentiría que pierda todo esto simplemente por vanidad y por condenarme irremediablemente a ser ignorante por ser ignorante?


Las enseñanzas del arte caminan de la mano con el arte de enseñar, y en este sentido el artista puede ser un colaborador social que desde su puesto consagrado de trabajo contribuya a que en el mundo hayan menos personas dominadas no solamente por los estados, los mercados y el dinero, sino también dominadas por los fantasmas de sus temores y sus sobreexpectativas, de los pasos no caminados y de los senderos invisibles deseados que nunca se recorrerán. Si el arte se comprendiera y difundiera así más personas, desde la opacidad de sus vidas, lo buscarían, y comprendiendo el arte de esta forma, el artista podría dormir aún más plácido en la calidez de su taller fungiéndole de dormitorio una noche de madrugada en la que hasta tarde se quedó trabajando... Y todo, todo por el arte.