domingo, 20 de febrero de 2011

La música de la noche


You alone can make my song take flight...
Help me, make the music of the night...


El amor del fantasma que habita la Ópera Garnier de París por la joven solista Christine Daae le sumerge en un torbellino de sensaciones y sentimientos que le rescatan por un momento de la oscuridad en la que vive, de ese refugio lóbrego que es su hogar -las profundidades del teatro- y que lo salva de las miradas escrutadoras y desdeñosas de las personas que no soportarían ver su rostro deforme. Sus mejores compañeros son la inspiración y la creación artística que llenan sus días de emoción. Su espíritu turbado de contradicciones emocionales, que le lleva a atormentar al elenco de la ópera, creerá ver una luz en medio de esos infinitos claroscuros en los que se halla inmerso cuando sienta la proximidad de Christine y piense en la posibilidad de un futuro a su lado abandonando por fin las penumbras.

El fantasma de la ópera (2004) es una película dirigida por el director de cine estadounidense Joel Schumacher (1939) y musicalizada por el compositor inglés Andrew Lloyd Webber (1948) y que cuenta en su reparto con la notable actuación de Gerard Butler (el fantasma), Emmy Rossum (Christine) y Patrick Wilson (Raoul). Este film retoma la música compuesta por Webber en 1986 y que se basa en la novela homónima (Le fantome de l'opéra, 1910) del escritor francés Gaston Leroux (1868 - 1927). La trama se ambienta en París del siglo XIX, más precisamente en la Ópera Garnier la misma que según afirman sus empleados está encantada por la presencia de un espectro al que todos conocen como el fantasma de la ópera el cual provoca accidentes y asesinatos y chantajea a sus gerentes a darle dinero a cambio de no causarles perjuicios mayores. Sin embargo, el fantasma es el compositor de la mayoría de obras que se representan en el teatro con gran éxito y concurrencia del selecto público de la ciudad.

Christine Daae, la solista de la que el fantasma llega a enamorarse, no solamente lo cautiva por su belleza y buena voz sino por sus nobles sentimientos. Ella desde pequeña se ha sentido acompañada por un ángel de la música, guarda que le fuera prometido por su padre al morir. Christine confundirá este ángel, esta inspiración, con el fantasma de la ópera del que recibirá no solamente el estro necesario para actuar y cantar sino en el que encontrará el fin a la soledad de sus días y a la nostalgia por la pérdida del padre. Ella consigue alcanzar fama al reemplazar a la prima donna Carlotta, una soprano de coloratura con aires de diva que a causa de un accidente provocado por el fantasma se ve obligada a dejar la escena temporalmente. Cuando suba al escenario el joven vizconde Raoul de Chigny quedará enamorado de ella. Al volverla a ver tras comprar el teatro de la ópera la recordará como la amiga de la infancia de la que quedó prendado. Así, se establecerá un triángulo amoroso donde los eternos redimidos serán Christine y Raoul en tanto que el fantasma deberá a las finales escapar de la persecusión del pueblo y abandonar su esperanza de una vida al lado de su musa para volver a esconderse de todo y de todos en algún escondite secreto del que ya no tenemos referencia.

De los personajes que componen este triángulo amoroso es definitivamente el fantasma de la ópera el que más seduce y cautiva, no solamente por su aparentemente enajenado amor sino por la esperanza que tiene de poder vivir algún día un amor que le acompañe más allá de su fealdad física. La deformación de su rostro es una alegoría que habla de la insestabilidad emocional por la que pasa pero que no le impide soñar en la superación de la misma encontrando en una persona como Christine el alivio a tal malestar. Si bien es cierto que porta consigo un pasado doloroso él creerá ver en la joven cantante el estímulo que requiere para dejar atrás las penas pasadas. En tal sentido, es que podría decirse que es legítimo el reclamo que el fantasma le hace a Christine quien ha decidido amar a Raoul y no a él. Sin embargo, y como sobre el corazón no se puede mandar, finalmente el fantasma tendrá que dar un paso al costado y dejarlos vivir su idilio en tanto que él deberá sumar un nuevo dolor al hecho de ya saberse infeliz por su deformidad: quedarse solo.

No podríamos decir que la suya es una locura de amor en los términos que plantea Baumann en La sociedad individualizada, porque no busca digerir ni consumir el amor de Christine. El suyo es un amor desesperado, que teme la condenación de no encontrar otro cuerpo que amar y que ame, y así es que busca aferrarse a Christine. No podemos dejar de compadecernos del infortunado fantasma que en verdad tiene poco o casi nada, porque más allá de su increíble talento debe encontrar la inspiración en amores platónicos que no podrá vivir jamás en carne propia. Entonces, la verdadera víctima de una trama como ésta no es otra que el fantasma de la ópera que es el más preclaro personaje del melodrama que es su vida y que no puede escapar al hecho de tener que protagonizar el mismo de manera más que dramática como conmovedora. Es un melodrama que no escoge vivir y que no le consiente la posibilidad de resolverlo con un final feliz. Lo quiere eternamente doliente y así le hace trascender como prototipo de los atormentados amores imposibles que pudieran conocerse.

La música de esta obra en sin lugar a dudas bella, cala en la sensibilidad del espectador de manera delicada para luego descubrir toda una gama de vibraciones que reportan las sensaciones y sentimientos de nuestros protagonistas. Cada una de las arias, duetos y coros relucen por su musicalidad y la noble sencillez de su factura. El genio de Webber queda nuevamente comprobado al deleitarnos con cada una de las notas que se cantan a lo largo de la trama, cuando muchos años después de la tragedia que llevara a los gerentes del teatro a clausurarlo Raoul regresa a visitar la tumba de su esposa Christine y ve que ya alguien más se le ha anticipado dejando una rosa roja con un lazo negro y un anillo, el inconfundible sello del fantasma de la ópera.

Tantos años han pasado, las vidas de todos y de la ciudad han cambiado y en el otoño de sus vidas dos hombres recuerdan a una misma mujer: Raoul, cuyo amor por su esposa Christine trasciende la muerte de ésta y el fantasma de la ópera, que experimentando una particular devoción por ella, ya ha pasado a rendirle memoria y diciéndonos en silencio, y con tan solo una rosa roja con un lazo negro que sencillamente hay amores que duran para siempre.

domingo, 13 de febrero de 2011

Amor, amor... ¿Y tú me amas?...


Quien no conoce nada, no ama nada.
Quien no puede hacer nada, no comprende nada.
Quien nada comprende, nada vale.
Pero quien comprende también ama, observa, ve...
Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa,
más grande es el amor...

Paracelso (1493 - 1541).


Por tercer año consecutivo me he resuelto a escribir nuevamente sobre el amor, más aún estando a un día de la celebración del Día del amor -que según algunos otros pobres infelices también conmemora el día de la amistad.
Vuelvo a escribir sobre el amor porque lo considero uno de los temas más recurrentes en mi agenda personal de sensaciones y sentimientos, porque una vez más llegaré a este día solo (ello no quiere decir que ya sean tres años consecutivos sin haber conocido el amor, como ridículamente podría decirse). El amor -y siempre retorno sobre esto- es un tema capital para mí. Mi constante preocupación siempre ha girado en torno al establecimiento del vínculo amoroso, su naturaleza, la permanencia del estado de enamoramiento y el fracaso del mismo. Y es que alcanzar una compresión que quiere decirse plena sobre el amor y las miles de formas que puede adoptar no resulta algo fácil.

Mejor dicho, el amor nunca llega a ser un sentimiento fácil por más madurez y experiencia que se pueda contar en el mismo. El amor nos reta constantemente a escrutarlo y comprenderlo -o en el más antojadizo de los casos a comprenderlo sin consentir en que lo escrutemos- a lo largo de todas y cada una de las etapas de nuestra vida. De ahí que nunca vaya a ser posible establecer un concepto absoluto del amor vista su relatividad ontológica.
Retomando algunas de las últimas ideas del primer párrafo, en lo referente al éxito y fracaso del amor, deberíamos decir, pues, que éste -como bien lo anota Erich Fromm (1900-1980) en su libro El arte de amar- es en efecto un arte y por ello requiere conocimiento y efuerzo. Este post y los siguientes que escriba en el curso de las próximas semanas buscarán comentar algunas de las ideas fundamentales de este libro -cuya magnífica lectura agradezco a mi hermano Paul- y escudriñar el problema del amor que no es otra cosa que el problema de ser amado y cómo conseguir hacernos dignos de amor.

Las personas por lo general piensan que no tienen que aprender a amar, y así le dedican escasísimo tiempo a ejercitarse en un arte como éste. Es más, ni siquiera lo consideran como tal sino que prefieren asumir y enfrentar las cuestiones amorosas de manera espontánea y hasta lúdica. ¿Pero por qué se da esto? Sin querer darnos cuenta todos estamos sedientos de amor, y si no lo creemos veamos parte de lo que consumimos: películas de temática romántica que nunca dejamos de ver, o canciones diversas cuyas letras todas nos hablan de cómo se vive el amor. Sin embargo, ante esta fiebre de amor poco son los esfuerzos que se disponen para comenzar una empresa afectiva como ésta del mejor modo posible. Nuevamente, se vive la experiencia amorosa con espontaneidad ilusa y poco consistente dejándole paso al frenesí y a lo que el destino pueda deparar.

Como ya anoté, pensamos que enamorarnos es sencillo aunque sí coincidimos en que encontrar quien nos ame o amemos es una de las cosas menos ligeras que puedan existir. Y es que como bien escribe Fromm:

No existe ninguna otra empresa humana que comience con tantas esperanzas y expectativas y que fracase tan a menudo.

Esta situación está atravesada por la confusión que hay entre enamorarse y el estado permanente de estar enamorado. Después de los innumerables traspiés que sufrimos al andar el sendero del amor se hace necesario examinar las causas de este fracaso y estudiar el significado del amor. Fromm considera que dedicamos poco tiempo a aprender el arte del amor porque no proporciona dinero o prestigio aunque beneficie al alma. En ese sentido, el amor no nos resulta una actividad que proporcione ganancias muníficas -materialmente hablando- pero reconocemos su importancia espiritual al experimentar estados de bienestar cuando nos sabemos amados o amamos. Al establecer un vínculo amoroso no solamente buscamos unirnos a alguien que no es nosotros sino que asumimos el compromiso de trascender la propia vida individual y encontrar complementariedad en ese otro que vamos a amar. La respuesta preclara a ese deseo de fusión interpersonal es al amor.
Entender las tantas aristas del amor pasa por entender que esta fusión no suprime la individualidad de los dos componentes que forman la relación amorosa. Citando a Fromm:

En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.

Así, se afirma por enésima vez que el amor es fruto de la libertad y no puede ser resultado de compulsar violentamente estados de ánimo ni situaciones circunstanciales a fin de éste surja. Amor, entonces, no es obsesión ni presión. Es el fluir de dos voluntades que en su diferencia se complementan y consideran que unidas pueden andar. En la comprensión de la dinámica del amor está uno de los primeros pasos para encarar una actividad como ésta. Y hablar de la dinámica del amor comporta ver que el principal de todos sus movimientos está en dar y no en recibir. Fromm no puede ser más claro al decírnoslo:

El amor es una actividad y no un efecto pasivo; es un estar continuado, no un súbito arranque. En el sentido más general puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir.

En el dar se hace demostración de vitalidad. Dar es una declaración de la exuberancia del ser, desbordante, pródigo, vivo y dichoso. En medio de esa rutilancia del dar se cuida, respeta, se conoce y se toman cuidados en favor de lo que se ama. Nos preocupamos por la vida y crecimiento del ser amado y con ello damos un paso importante hacia la renuncia del egoísmo con el establecimiento de un vínculo solidario con quien nos complementa y enriquece.

Se ama aquello por lo que se trabaja
y se trabaja por lo que se ama.

domingo, 6 de febrero de 2011

Amigos para siempre



No se puede hablar del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha sin pensar en su fiel e incondicional escudero Sancho Panza. Éste es uno de aquellos duetos imposibles de no ser pensados como tal en el universo de la literatura. Un vínculo que une a dos personajes y que es el de la amistad, particular de acuerdo a la naturaleza de la relación que los une y fijo en el tiempo de las letras y de la poesía.

La amistad entre Quijote y Sancho no arranca desde que ambos se conocen o menos sino desde el momento que Sancho entra a ofrecer sus servicios a Quijote alistándose como su escudero en tanto que el primero ha abandonado el reposo de sus días y ha decidido perfilarse como un valeroso caballero. Asimismo, y en esta primerísima etapa, lo que los une es una relación de contraprestación, de utilidad y de interés visto que Quijote le promete a Sancho el gobierno de una ínsula a cambio de que le acompañe en sus aventuras. Sancho acepta y tiene presente el cobro de esta promesa el cual -conforme avance el desarrollo de la novela y se vaya enriqueciendo la unión entre ambos personajes- se irá redefiniendo hasta que podamos hablar de un lazo amical.

En efecto, entre ellos media un acuerdo material que deberá ser cumplido: hay la existencia de un contrato, o al menos de un acuerdo verbal que ambos quieren honrar con la palabra. La ganancia se presenta mutua como mutuos serán los esfuerzos a emprender. Sin embargo, más allá de lo inicialmente pactado ambos irán a dar más de sí conforme vivan diversos episodios. Teniendo en cuenta que a Sancho tocará ejercer el gobierno de una ínsula es que Quijote desempeñará un rol pedagógico que sirva a su menudo colaborador no bien gobierne esa ínsula que jamás gobernará. Sabemos que el poco juicio de Quijote es palpable, pero esto no lo exime ni le incapacita de poder aconsejar a Sancho sobre cómo cumplir con su imposible cargo. A este fin es que le hace saber que han de servirle entendimiento y valor para llevar a cabo un gobierno justo y productivo. Quijote depositará en Sancho todo un compendio de sabiduría popular y de tradición de gobierno imperantes en Occidente. Y este proceso de crecimiento de Sancho se entiende en un contexto netamente comunicativo donde impera el diálogo.

A continuación, y siempre tomando como referencia el libro de Ángel Pérez Martínez Deshaciendo agravios, La idea de justicia en el Quijote iremos comentando cómo es que "evoluciona" la relación entre Quijote y Sancho hasta poder hablar de un vínculo amical entre ellos.
a) El hidalgo y el labriego.-
Este es el primero de los tratos que conocemos se da en ambos personajes. Es un tato puntual basado en el respeto mutuo y en la eventual prestación de servicios que Sancho pudiera darle a Alonso Quijano y no a Quijote. Será en el segundo estadio que este vínculo recién naciente empezará a redefinirse. Ésta por ahora solamente es una relación de vecinos que apenas se conocen.

b) El caballero y el escudero.-
El tema de la caballería viene a fijarse como contexto dramático de interacción. Sancho consigue comprender los límites y obligaciones del mundo de la caballería y del rol que le asiste gracias a Quijote, que le transmite sus conocimientos recogidos de las lecturas de aquellos años de quietud como Alonso Quijano. Con todo, Sancho tendrá la mejor de las escuelas de caballería al lado de nuestro disparatado personaje.

Un hecho particular que le da un sello indeleble a este segundo estadio de su relación radica en que Sancho hable más de la cuenta, o simplemente que hable. A diferencia de los modelos de relación caballero-escudero de los que había leído Quijote, Sancho desborda en elocuencia. Tiene mucho que decir pese a su escasa formación, la misma que en ningún momento lo relega a la insensatez o la terquedad. Manteniendo a cada instante el respeto por su amo se acerca a éste y ello indefectiblemente a través del diágolo, que empieza a dejar ver que la única distancia que los va a separar será la de sus respectivas monturas. De otra parte, y conforme el trato crece y Sancho se percata de las fantásticas cosas que dice y hace Quijote, nuestro menudo amigo dejará de tomar al pie de la letra todo lo que le diga el Caballero de la Triste Figura. El cada vez mayor tiempo que comparten juntos y la cercanía que ya se da entre ambos le hace ver que Quijote no siempre reposa sus juicios de ser y de valor sobre la realidad.

c) El maestro y el discípulo.-
Este estadio de la relación refuerza algunos aspectos ya comenzados en el precedente. Sancho ha de necesitar una persona con conocimiento y buen tino que le aconseje sobre como ejercer el imposible gobierno de una ínsula. Aquí el rol primordial de Quijote es el de pedagogo, y en su afán porque Sancho comprenda lo que nunca habrá de hacer es que irremediablemente el vínculo se estrecha. Las distancias nuevamente son reducidas por la comunicación de ambos.

Entre los consejos que Quijote da a Sancho se cuentan algunos lo bastante interesantes como para referirlos ahora y que forman parte del imaginario de la época en que se escribió la novela. He aquí algunos de los consejos del alma:

- Temer a Dios.
- Gobernar con suavidad y prudencia.
- Compadecerse del pobre.
- Decir la verdad.
- Ser compasivo y piadoso.

Estos y muchos otros consejos más señalan las diferencias de las condiciones sociales de los tiempos de Cervantes. Además remarcan las tantas taras de la naturaleza humana y las sempiternas debilidades que los hombres tienen a la hora de sentarse a ejercer el gobierno. Del mismo modo, se inspiran en una lectura profunda de la cotidianeidad de la existencia de las personas.

d) Los amigos.-
A estas alturas el reclamo inicial de la promesa que Quijote alguna vez le hizo a Sancho queda definitivamente soslayado. Sancho está plenamente consagrado a la aventura y los peligros que pueda encontrar al lado de su amo. Se comprende cómo es que llegan a este nivel de proximidad gracias -nuevamente- al diálogo que siempre los acerca. En todo momento de la novela el mismo los estuvo aproximando cada vez más, hasta el momento en que Alonso Quijano recupere la cordura y muera no sin estar infinitamente agradecido por todo lo que Sancho hizo en su favor al seguirle en medio de su insanía.

El instaurador de una realidad así de posible fue desde el comienzo don Quijote, que se valió del diálogo para enseñar, precisar y escuchar. El diálogo propició que ambos se conocieran más y que llegaran a tenerse un afecto noble que ha quedado corroborado en las tantas veces que Quijote llama a Sancho "amigo". Sin embargo, claramente esto no basta para decir que hay un vínculo amical entre nuestros personajes. Tal amistad se ha ido configurando gracias al nivel de avanzado conocimiento que tienen el uno del otro, a la comprensión de las enajenciones ajenas y al reconocimiento de los buenos espíritus que tienen.

Por su parte Sancho, si bien no llama de "amigo" a Quijote -y esto no por considerar el desnivel social- le tiene como tal al reconocer en su amo la compañía y consejos dados como el arrojo y el valor que nunca han dejado de caracterizarlo. Sancho ha comprendido los procesos discursivos de su señor y la lógica que signa su lectura de la realidad y de las personas. Así es que llega a aceptarlo y a guardarle afecto.
Con esta novela, Cervantes presenta la dinámica y movimiento de una relación que deja de ser un convenio conmutativo para devenir una amistad profunda, remarcándose la imagen de Sancho como ejemplo de sensatez al haber respetado y escuchado a su amo a pesar de sus disparatados errores cometidos.
La amistad de Quijote y Sancho se hace finalmente universal e imprescriptible al ser esencialmente desigual luego de pensar que fueron desde el inicio tan solo señor y escudero respectivamente.

domingo, 30 de enero de 2011

El alma como un cántaro



Según Ángel Pérez Martínez, autor del libro Deshaciendo agravios. La idea de justicia en el Quijote el Caballero de la triste figura cree en una justicia distributiva y conmutativa que pasa por dar a cada uno lo que es suyo y le conviene. En el acto de justicia (o de eventual injusticia) los protagonistas pueden ser al menos tres: el agente que realiza la acción de justicia/injusticia, el sujeto que sufre la acción justa o injusta y el observador, que bien puede ser un juez que intercede para procurar el restablecimiento del estado de equidad.
De este cuadro es, pues, Quijote una suerte de juez que sale al mundo a restaurar la misma, abandonando su postura de mero observador para, dependiendo el contexto, convertirse en realizador de la justicia allí donde la ley presenta lagunas. Sienta así jurisprudencia al estar en contacto con la vida misma y sus diversas situaciones.

Como habíamos mencionado antes, Quijote se consagró a la lectura de novelas de caballería por muchos años, y cuando se resolvió a armarse caballero e ir por el mundo los ideales que encontró en las mismas le sirven de basamento ético y teórico para actuar y conducir sus actos. Es un convencido de que aquellos ideales terminan de realizarse en el mundo ordinario, ése al que todos pertenecemos y en el que se da nuestra vida cotidiana.
De todo ello se desprende el proyecto de una vida virtuosa orientada por el cumplimiento de la justicia. Es siempre una vida personal inspirada en la necesidad de la colectividad. El hombre con formación moral discierne sobre lo que debe y tiene que hacer y juzga cuáles han de ser sus acciones más correctas, las mismas que indefectiblemente tienen que ser consonantes con la verdad y el bien.

Ahora, para hacer un buen ejercicio de la justicia es menester tener capacidad de raciocinio, tener lucidez. Y como es menester tenerla lo es también no perder de vista la discreción y la prudencia. La suma de todas ellas fijan el perfil del hombre sabio, y pensemos por ejemplo en el rey Salomón de la Biblia que encarna de manera casi acabada tales valores. Lamentablemente Quijote no llega a ser el sabio que se esperaría: sus fantasías desbordadas que "retocan" la realidad le pre-disponen otra manera de intervenir en ella y consecuentemente alteran su interactuar con los demás.

Pero la locura del Quijote no es gratuita. A través de la misma Cervantes busca exponer una lectura del incumplimiento de ciertos parámetros éticos de su tiempo y presentar una mirada de los hechos que supere a los mismos. Cervantes a través de la locura del Quijote plantea una serie de injusticias consuetudinarias y que son asistidas por el hidalgo manchego a fin de resolverlas. Nuevamente el aspecto rico de la trama es su forma poco ortodoxa de darles solución, y es que está viendo las cosas, digámoslo así, desde otra óptica. He allí el detalle.
Con el Quijote se denuncia el incumplimiento de ciertos convencionalismos de una época así como los vacíos de los mismos que en excepcionales ocasiones le impiden a la persona abocarse a la ley y a las costumbres de su tiempo. Ante tales vacíos el Quijote es jurisperito.

Quijote tiene una lectura de la realidad y de sus sucesos que se halla limpia de prejuicios; las situaciones que contempla con sus ojos son iluminadoras. Un ejemplo de ello es el pasaje de la novela en que el labriego Juan Haldudo azota al joven infante Andrés por haber perdido sus ovejas. Aquí interviene el hidalgo manchego abogando por el joven infante, más que nada por no considerar justo que se le haga pagar su falta con semejante castigo físico, muy aparte de que el labriego quiera defender la pertinencia de los maltratos propinados contra su subordinado.
Quijote en primera instancia exhorta a Haldudo a liberar a Andrés, luego le reta a un enfrentamiento, pero Haldudo se niega y ofrece su "palabra" de liberarlo inmediatamente a fin de evitar mayores problemas. Quijote se fía de su palabra y se marcha satisfecho de haber resuelto tal situación. Sin embargo, momentos después de su partida, Haldudo vuelve a escarnecer al infante por el motivo expuesto al inicio de este párrafo.

Como se ve, a Quijote solamente le bastó su palabra para dar por concluído el episodio. No pide las garantías del caso ni busca asegurarse de que Haldudo cumpla con lo que dice. En nuestros días sería imposible pensar en un sistema de justicia al que solamente le valga la palabra de las personas para dar por terminada su intervención y retirarse, confiada en que la buena sensatez de éstas habrá de restablecer el orden primero de las cosas. Nadie toma por verdadera ni valida la primera palabra de otro sin antes pre-juzgar o pre-teorizar sobre la naturaleza de su actuación o discurso. Dejar de hacerlo sí es una locura.

domingo, 23 de enero de 2011

El caballero del sol

Pablo Picasso (1881 - 1973). Don Quijote (1955).

Para don Quijote la justicia es una de las virtudes más deseadas, el ideal más explícito que le mueve a salir en aventura y cuyo significado lo tiene claro: dar a cada uno lo que le pertenece. Antes de abandonar su sedentaria vida de hidalgo, Alonso Quijano había leído muchos libros de caballería, libros que entendían la misma como las valerosas hazañas del caballero hechas en nombre de Dios o de un rey o emperador al que se le tributase reverencia.

Quijote marca, pues, la diferencia: sale al mundo y se aventura en él pero no para tributar lealtad ni dar homenaje a ningún soberano o deidad -como por ejemplo sí lo hace el Cid Campeador. Quijote sale al mundo a deshacer agravios y enderezar tuertos. La suya es una misión netamente social. Hay todo un mundo con abusos que mejorar y deudas que satisfacer.

Quijote se ha fijado restablecer los desequilibrios de su sociedad y las razones que lo orillan son bastante claras: aumentar su honra, servir a su patria, ejercitarse en el arte de la caballería, deshacer todo género de agravios, ganar eterno nombre y fama y ponerse en todo tipo de peligros. Y Quijote entiende el honor como una institución social necesaria y reconocida que es vista como una condición inherente al hombre pero también respaldada por la sociedad entera que da testimonio de la misma.

Así, si bien es cierto que todas las personas podemos aspirar al honor no menos lo es que el mismo conseguirá forjarse gracias a la opinión que los demás tengan sobre uno. De este modo la cuestión no queda restringida a nuestra mera voluntad. El consenso social determina el reconocimiento que se nos pueda dar, y Quijote lo busca en base a emprender múltiples hazañas de las que pueda salir valeroso y le den un nombre.

El honor, luego, trae la fama y los hechos que permiten granjearse la misma se enmarcan en la lucha del bien contra el mal. No olvidemos que un personaje como el Quijote maneja un código ético y moral bastante bien cimentado de modo que no puede vacilar a la hora de alcanzar el bien y desterrar el mal. Este basamento formal es la principal herramienta que nuestro caballero del sol tiene para hacer que la justicia se abra paso en medio de la confusión y el abuso o la ilegalidad. Quijote tiene claro que el mundo está necesitado de un hombre justiciero, y él se ofrece como tal consiguiendo con ello elevarse a la categoría de héroe.

A este nuevo tren de vida que asume Quijote se contrapone aquel otro que deja atrás y en el cual había estado sumergido por casi 50 años hasta el día que decide salir al mundo. Fueron 50 años en los que Alonso Quijano no había logrado sentir emoción por la vida. Todo este tiempo madura con las lecturas de caballería hasta el día que abandona su apacible vida de hidalgo, toma una armadura, le pone nombre a un caballo y se busca un fiel escudero. En esta nueva empresa hay sin lugar a dudas la motivación de vivir una vida más plena y que realice, y eso es lo que le faltaba a Alonso Quijano. Encontrarla ciertamente ya lo hace feliz.

Es por esto y muchas otras cosas más que el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha se vuelve un ícono universal de la consecusión de los más altos ideales y del emprendimiento de un proyecto de vida anhelado por tiempo y que se decide llevar a cabo movido nuevamente por ideales excelsos y sin parangón: justicia, amor, honor, fama y felicidad estan conjugados en cada una de las aventuras de este personaje universal, que más allá de su aspecto magro y semblante triste puede llegar a seducir y a inspirar todavía hoy como pocos personajes del mundo de las letras que jamás se hayan concebido por autor alguno.


* Notas tomadas del libro Deshaciendo agravios. La idea de justicia en el Quijote de Ángel Pérez Martínez.

domingo, 16 de enero de 2011

El hidalgo y el honor



¿Es posible consagrar una vida a la búsqueda del honor, máximo reconocimiento ganado en base al cumplimiento de ciertos decálogos morales tanto individuales como sociales que nos granjean el mismo conforme pasan los años? Estamos hablando de honor como aquella condición por la cual no solamente se goza de fama sino también de prestigio moral -repito- donde más de uno puede dar fe de que una persona ha sabido obrar de acuerdo a sus parámetros de vida ética -y siempre moral- sumándole a ello la expresa voluntad de hacer el bien. ¿Cuántos de nosotros hoy por hoy buscamos el honor? Sí, buscamos dinero, reconocimiento, fama, ¿pero el honor?... ¿Se nos hace indispendable llegar a tenerlo? Yo creo que no.

Buscar hacer el bien en toda la extensión de la palabra y enfrentar los convencionalismos sociales y las dobles morales que surcan las relaciones cotidianas de las personas en su interactuar del día a día no es una empresa fácil de acometer. Querer proceder bien es, pues, tener el coraje de darle cara a ciertos individuos, estructuras de poderes y nuevamente convencionalismos sociales con los cuales definitivamente no va a ser fácil luchar. Apegarse a un código moral y pretender cumplirlo, difundirlo y procurar que los demás lo cumplan encierra ciertamente un aura de dogma efervescente queriendo difuminarse que el que menos lo impele viendo la defensa febril que se le quiera hacer. Es que el problema -si bien es cierto que no está del todo en querer difundirlo, socializarlo- radica en que más de uno -cosa justa y lógica- tiene sus propios códigos de ética que de buenas a primeras no va a querer cambiar, por más convincente que puedan sonar nuevas propuestas de cómo conducir la vida moral en una sociedad siempre cambiante y desacralizadora.

Con todo ello se corre el riesgo de ser tildado de loco, y de pasar esto último, el discurso del loco queda si no del todo basurizado, al menos sí bastante soslayado como para querer ser nuevamente escuchado, por más que no todas las ideas que compongan el mismo puedan estar del todo cuadriculadas y tener cierta cuota de sensatez y de utilidad. Otra cosa igualmente lamentable es que el discurso del loco no solamente pueda parecer peligroso. El caso más o menos extremo es que pueda ser tomado como risible, y solamente en este caso se le busque escuchar porque divierte y ameniza. En ambos casos no se considera en toda su extensión la valía que pueda tener ni se detiene ya a reflexionar su contenido.

El Quijote de la Mancha consagró su vida a la práctica de la justicia entendiendo ésta como la máxima de las virtudes que el ser humano pudiera conocer y que en efecto debiera poner en práctica para hacer su vida más digna y apreciada por los demás.
Ángel Pérez Martínez (Madrid, 1971) en su libro Deshaciendo agravios. La idea de justicia en el Quijote toma la iniciativa de reivindicar al caballero de la triste figura revisando la tensión antropológica -según sus propias palabras- que atraviesa la búsqueda de este valor y su puesta en práctica. Según el autor, la virtud es la única aspiración del protagonista de la célebre novela de Cervantes, y el entendimiento de la misma por el Quijote reposa en los basamentos de la filosofía griega que consideran la misma como equilibrio y salud sin que ello le haga un héroe homérico cual Ulises.

El Quijote, así, es la toma de un distanciamiento con el cánon clásico de presentación de la figura heróica. Como se sabe éste es descrito por Cervantes como un hombre de complexión física magra y de semblante triste. A primera vista no habría armonía, no sincronizarían su vigoroso espíritu del cumplimiento de la justicia con su endeble resistencia corporal. Pero he aquí la novedad planteada por el autor español de querer romper con aquella práctica de sinonimizar fortaleza moral con fortaleza física.

El amor que el Quijote le profesa a la justicia como concepto puro y a su práctica le acarrea -como ya se mencionó antes- los riesgos de acometer una empresa por la cual se le termina tildando de loco, más temprano que tarde. Los embates de la incomprensión y el ser tildado de desequilibrado son cuestiones a asumir y superar por quien se adentra en las procesolas aguas de una de las aventuras más inflamadas que puedan conocerse. Y es que para el Quijote la justicia es la virtud del alma y condición para la felicidad, por lo que no solamente es querida por sí misma y su carácter utilitario sino por el placer que produce.
La práctica de la justicia requiere asimismo de un discernimiento preciso sobre lo que es justo y lo que es injusto y así saber obrar cual rey Salomón en la vida diaria.

Así, más allá de la justicia se encuentra el amor por el género humano, que se ve enriquecida por la misericordia como condición por la cual se perdona al contemplar la ignorancia y debilidad de los seres humanos al actuar. En el perdón del acto fallido del otro hay amor indudablemente. ¿Pero cuántos de nosotros sabemos perdonar? Perdonar no es solamente verbalizar una frase benevolente que pretende liberar al otro de su culpa. Es disipar el rencor que siempre se escurre por nuestras manos como el agua que no permite ser asida.
Y con la práctica de la justicia y la obtención del amor puede haber placer y felicidad, pero difícilmente hemos paladeado estos manjares en la vida.

domingo, 9 de enero de 2011

Aquí sí hay poesía



Cuando tenía 16 años, edad en la que tomé mayor contacto con la literatura y todos sus géneros, empecé a escribir poemas y cuentos diversos, destinados a varias personas e inspirados por sucesos particulares que conmovían mi vida. En ese entonces escribir ya era para ní una delicia, más aún porque lo hacía sin premuras ni presiones externas. Escribía cuando quería, más o menos como lo hago ahora, y escribía un poco de todo.

Hace unos días le pedí a mi madre que sacara del baúl de los recuerdos aquellos poemas que le escrbiera cuando era un adolescente enamoradizo y soñador. De entre los muchos poemas que desempolvó para mí pude encontrar los que a continuación publico. Lo hago a manera de salvar del olvido aquellas líneas que en un momento de mi vida se escribieron en tanto que yo soñaba con castillos en el aire y con la princesa de mis sueños. El traer a la actualidad estos poemas también significó recordar pasajes de una vida, la mía, que ya no volverán y que con este gesto se fijan todavía más en mi memoria, y así afirman la existencia de una pasado que fue lindo y que siempre permanecerá en mi mente, como una fotografía que no pierde color con el paso inexorable del tiempo, o como una melodía y su partitura, siempre con las notas bien escritas sobre el pentagrama y esperando revivir con una nueva reposición de su línea musical.


Para recordar

Sea la fe lo último que pierdas,
mira que con ella mueves montañas.
No claudiques ante una empresa a iniciar
que los grandes movimientos no se forjan
de la noche a la mañana.
Pero con fe, paciencia y esperanza
todo es posible conseguir.
Tu corazón no se encuentra solo,
nos tienes aquí, junto a ti
que te queremos y no te abandonaremos.

Procura llevar bien esta jornada,
con buen tino y sin errar.
Mira que este mundo es camino para el otro
que es morada sin pesar.
No devuelvas el cambio con mala moneda
y ten en cuenta que el Eterno administrador
pasará revisión de sus obreros
viendo quién supo hacer lo correcto
en su empresa que es la Vida.


No hay tiempo adverso

El tiempo puede parecer adverso
pero yo a manera de verso
te haré ver lo contrario.
Son cuántos los que a diario
nada que comer tienen en la mesa
y usted a Dios le reza
pidiéndole modere su castigo.
Pues, deje que me coma un higo
ante baladí tontería.

Mira que me caso con mi tía
en contra de tal estupidez.
¡Vamos!, a dejar la tosudez
y a mirar de manera positiva.
Sabes que Dios nos aviva
a seguir adelante.
Seamos como el poeta, Dante
y vamos a escribir un verso
que no hay tiempo adverso.


Valen las gracias

¡No sabes cómo doy gracias a Dios
por tener una madre tan abnegada
que con su amor, cariño y besos
cubre a sus hijos cuando hay marejada!

¡Quién como tú que jamás podrá fallar!
¡Quién igual a ti, comparación no se puede hacer!
Porque como tú mujer no podrá haber,
una similar no se podrá encontrar.

Con tu esfuerzo y ardua dedicación
estáte segura que ingratos no te seremos...
Nos formaremos en valores y educación.

Porque muy bien sabes que te queremos
y al oído te susurraremos una oración
y con amor en nuestros brazos te estrecharemos.


Otro soneto para mi madre

Madre, la palabra más sublime que un hijo pueda pronunciar
cuando por ejemplo el calendario marca el Día de la madre
o cuando por alguna causa especial a celebrar
se le conmemora por su doble esfuerzo de madre y padre.

Madre, palabra sublime que jamás se debe denostar
y ¡ay! de aquel que temerario se crea y lo haga,
ganado el castigo tendrá por haber querido osar
faltar a una madre, forma celeste y del hijo maga.

Madre, palabra sublime que muchos no pudieron pronunciar
porque la vida, severa y rigurosa impidióles...
O porque otros, malditos hijos, se negaron a querer.

Pero la conciencia es una voz que no se puede apagar
y porque mañana, al ir a sus funerales
verán a la madre que por tercos no pudieron aprovechar.