domingo, 3 de enero de 2010

La esperanza cifrada en un nombre

En la foto: el barítono italiano Leo Nucci (Rigoletto)
y la soprano rusa Ekaterina Siurina (Gilda)


Rigoletto es la decimoséptima ópera compuesta por el italiano Giuseppe Verdi (1913-1901), estrenada en el teatro La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1851. Su partitura se compone en 3 actos y el tema, según libreto de Francesco Maria Piave, se basa en el drama histórico Le roi s’amuse de Víctor Hugo. El título de la ópera debía haber sido La maledizione, pero Venecia, donde había de estrenarse, estaba ocupada por los austriacos y la censura de los invasores prohibió el título como “ofensivo a la moral”, así como la presentación de la ópera, por ser el protagonista un rey disoluto y ocioso. Verdi se negó a cambiar el título, pero un comisario del gobierno austriaco, el italiano Marcetto, fue quien tuvo la idea de sustituir el rey por un duque imaginario, y el nuevo título de la ópera fue Rigoletto.
En la obra de Víctor Hugo, el personaje se llama Triboulet, nombre que italianizado se volvió triboletto y finalmente Rigoletto, derivado del francés rigolo, que significa alegre, divertido.
Rigoletto es el bufón del duque de Mantua, que es odiado por los cortesanos por ser hombre de corazón duro y lengua viperina. Durante una fiesta en el palacio del duque, el deforme bufón hace burla del conde Monterone, cuya hija fue seducida por el duque. El padre indignado maldice a Rigoletto, que se conmueve puesto que también es padre: su hija Gilda se mantiene escondida para que no caiga en las redes de ningún seductor. Este hecho no permanece más tiempo oculto, ya que Marullo advierte de ello a Monterone, quien para castigar al bufón por sus burlas, rapta a la joven pensándola amante de Rigoletto. Gilda será secuestrada momentos después de haberse encontrado secretamente con el duque, el mismo que ya venía cortejándola desde hace un tiempo, pero lo hace sin revelarle su identidad. Únicamente le dice que se llama Gualtier Maldé, estudiante y pobre, y que la ama profundamente.
Cuando Rigoletto se percata del rapto, corre al palacio, pero ya es tarde. Los secuaces de Monterone le pintan al bufón la escena falsa de que Gilda ha sido secuestrada y posteriormente seducida por el duque, cuando lo que verdaderamente ha ocurrido es que toda la noche el duque estuvo angustiado ante la noticia del secuestro de Gilda, afán que se apacigua cuando los cortesanos llegan con la joven que supuestamente habían encontrado.

Rigoletto arde en deseos de venganza, y contrata los servicios de Sparafucile, un sicario que atrae al libertino a su hostería, valiéndose de los encantos de Maddalena, su hermana, de la cual se ha enamorado ahora el duque.
Gilda se halla sumida en su dolor al ver que lo que se decía del duque era cierto, comprobando la infidelidad de este, pero sin dejar de amarlo. Rigoletto pacta con Sparafucile que al amanecer le entregue el cadáver del duque metido en un saco, pero Maddalena, ahora fascinada con su nuevo pretendiente, le ruega a su hermano que le perdone la vida, y para no romper con el compromiso acordado con el bufón, mate a la primera persona que se hospede en la hostería al caer la medianoche.

Cuando Rigoletto recibe el saco con el cuerpo contenido en éste, y se marcha de la hostería satisfecho de que se haya cumplido el trato, al disponerse a lanzarlo al río, se paraliza al oír la célebre y cínica copla del duque La donna é mobile. Horrorizado, abre el macabro envoltorio y encuentra a su hija moribunda, que fue voluntariamente a la muerte para salvar al hombre que amaba. Implorando el perdón del padre, y pidiéndole a su difunta madre que la espere en el cielo, expira. Rigoletto, víctima del dolor que en ese momento le embarga, y horrorizado profundamente ante el camino trágico, fatal, que tomó su vida y la de su hija Gilda a causa de sus diatribas y sus malos deseos, se hunde en la más absoluta desesperación y clama: "Ah, la maledizione”, recordando las acérrimas palabras del conde de Monterone y presenciando el último suspiro de su única hija.

Con Rigoletto, Verdi, presenta una creación donde las acciones humanas más variadas se muestran en su máxima totalidad, intensas y desbordadas, y donde sus personajes consiguen reflejar de modo tan acabado cuanto sienten que es imposible dejar de encontrar similitudes propias con los mismos. En esta ópera, la figura femenina principal, Gilda, recoge en sí la estructuración del imaginario colectivo de una época en la que la mujer se forma para ser sumisa, dócil y fiel, postergando sus deseos y reprimiendo su subjetividad. Simultáneamente, es presa del afán del hombre y de la sobreprotección del padre, quienes a fin de cuentas procuran ejercer o ejercen el dominio y la imposición de sus valores y esquemas de interpretación de la realidad y de la vida sobre la protagonista, conduciéndola por la vida con unas pautas conductuales y actitudinales que en ese momento se tenían como las más oportunas, convenientes y dignas, y que se expresan precisamente en la educación que encamina su comportamiento, cincelada por el padre (Rigoletto) y cuya debilidad percibe el hombre libre (el duque de Mantua) que así se apresta a aprovecharse de ella, a tomar su juventud y virginidad, para darse el festín de su doncellez.

En el desarrollo de este drama, tanto Gilda como Rigoletto son los mayores perjudicados, ello debido a que, o bien se exponen demasiado, muestran excesivamente sus debilidades, sus emociones más íntimas y puras, sus ilusiones y el deseo vivo de amar -sentimiento que genera dependencia siempre a algo, o a alguien (a la vida, a un ser que se ama)- como es el caso de Gilda, o que bien esconden los tramados más profundos de su ser, esas emociones y sentimientos que bien pueden ser considerados puros y bellos para armarse de una coraza que custodie los mismos, evitando su exposición y así adoptando otro repertorio, otro registro conductual en la esfera social que calce con el escenario, con sus características y peculiaridades, como es el caso de Rigoletto.

Pero, ¿cómo reconocemos tal estado de emociones y subjetividades en nuestros personajes? ¿A qué fuente tenemos que recurrir directamente para poder palpar, si se quiere, la constitución de estas personalidades, cada una diversa pero igualmente interesante y digna de un análisis detenido, socio-literario específicamente? Sin duda alguna debemos remitirnos al texto que cantan, aunado al desenvolvimiento escénico que realizan, que despliegan, y sumando las características vocales, que terminan por imprimir el definitivo carácter a los personajes y a su rol, y que desde el aspecto artístico–musical es el más valioso, elemento que define por antonomasia este género lírico–dramático donde la vocalidad, técnicamente hablando, es la suprema protagonista.

Sin embargo, en esta ocasión sólo abordaremos a Gilda, la protagonista femenina principal de la ópera que hoy nos concita, pero más precisamente revisaremos algunas fragmentos de la partitura que canta, en especial lo que nos dice cuando canta el aria Caro nome. Más adelante continuaremos alcanzando más entregas respecto de los otros personajes que compnen el mundo de esta obra.
Gilda, poco antes de que finalice el primer acto canta el aria Caro nome:


Gualtier... Maldè...
Nome di lui sì amato
Ti scolpisci nel cor inamorato...
Caro nome che il mio cor
Festi primo palpitar.
Le delizie dell’amor
Mi dei sempre rammentar.
Al pensier il mio desir
A te sempre volerà
E fin l’ultimo sospir
Caro nome il tuo sarà:
Gualtier Maldè...


Gilda, tras su dulce pero breve encuentro con el duque de Mantua -quien no le ha revelado su identidad, diciéndole únicamente que se llama Gualtier Maldè- se queda pasmada, meditativa. El amor tiene nombre de hombre, y se llama Gualtier Maldè. Traduciendo lo que canta Gilda en su respectiva aria, notamos cuán profundo es ese enamoramiento, cuán sincero es su sentimiento y cuán dispuesta está a entregarse al hombre que la ha cautivado, a darlo todo, incluso hasta la muerte, todo esto en el marco de la reflexión y meditación profundas de tan solo un nombre, el de Gualtier Maldè, en el que cifra su esperanza de una vida bella y feliz; sin embargo es falso.


Es decir, Gilda, demostrando una inocencia que linda con la ingenuidad, se ha dejado impactar con la primera impresión. ¿Por qué? Porque confía en las personas, porque no ha salido al mundo aún y se ha topado con que tanto mujeres como hombres podemos mentir, maquillar situaciones para conseguir objetivos, fines -algunos más nobles. Empero, ella no se haya en grado de prever todo este estado de cosas porque ha vivido durante mucho tiempo en una campana de vidrio, aislada del mundo y de sus avatares. Sin experiencia alguna, su espíritu se entrega con facilidad a las idealizaciones. Todo ello es producto de la sobreprotección del padre, de Rigoletto, que ha querido preservarla de la maldad mundana, de la sordidez de la gente, de esos enemigos que son los otros, y salvaguardar su pureza. Pero al hacerlo la dejaba expusta e inerme a los embates emocionales y sentimentales de la vida y sus pruebas de lo más diversas. Todo esto es corroborable en las palabras propias de Gilda cantadas en Caro nome: Gualtier Maldè, nombre del ser amado, grábate firmemente en mi corazón. Con tu solo nombre palpitó mi corazón. Las delicias del amor hazme siempre vivir. Que a ti vuele siempre mi dulce pensamiento, mi dulce deseo, y que cuando tenga que morir, mi último suspiro sea para ti, Gualtier Maldè.


Hacia el final de la ópera, lo único que le quedará a Gilda será el haber fracasado en aquel proyecto inherente a todo ser humano: vivir una vida en la que se pueda llegar a saber qué es la felicidad. Gilda paga un alto costo por preservar la vida de quien ama, aunque ello requiera el hecho de ponerle fin a su propia existencia. Se condena voluntariamente a tal suerte, a tal destino y así condiciona su vida al más triste de los perjuicios: el morir por un amor no correspondido.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

Año nuevo, ¿vida nueva?



Pues no, sabemos muy bien que la llegada de un año nuevo no necesariamente comporta el advenimiento de una vida nueva, no obstante la tradición dicte que lo que se deba desear -para así poder esperar- sea, en efecto, una de este tipo: una vida nueva.

Y es que es válido hacer esta pregunta, pese a que la misma intente velar con poco éxito un cierto hálito de pesimismo -o en el mejor de los casos, de suspicacia- respecto de lo que el 2010 ad portas traerá consigo. Estos sentimientos poco conmovedores, poco esperanzadores, se van generando en uno conforme el tiempo en sí pasa y pasa, y se vive. Y conforme se vive se aprehende más, se llega a conocer más y hasta se llega a saber más. Cuando yo era un niño quizá alguna vez pasara por mi cabeza que Papá Noel dejaba los regalos al pie del árbol de Navidad que mi madre y mi tía armaban con tanto esmero, y que volvían a arreglar cuando mi hermano y yo nos poníamos a jugar cerca de éste y terminábamos por traérnoslo abajo más de una vez. Pero conforme fui creciendo en edad, en cuerpo y espíritu, y adquirí conocimientos y saberes "más objetivos" no tardé en caer en cuenta que ello era tan sólo un cuento, que no existía el dichoso Papá Noel y que eran mis padres quienes compraban los regalos. Claro, mi hermano y yo éramos de lo más felices cuando los abríamos y encontrábamos no únicamente lo que necesitábamos, sino también lo que queríamos. Esto seguramente era lo que más gozo daba a nuestras almas.

Poco a poco, y conforme fueron pasando los años, llegué a la universidad y empecé a estudiar sociología -una disciplina a la que le debo tanto y que tan poco me debe a mí- reforcé más ciertas convicciones, juicios y prejuicios, y otros tantos empezaron a derruirse para mí, sobre todo aquellos que provenían de la religión católica que cuando niño profesé con increíble fervor, un fervor que en los primeros años de la asdolescencia me hizo tan siquiera considerar con mediana seriedad la posibilidad de ingresar al Seminario y hacerme sacerdote. ¡Qué ironía! Hoy por hoy, esa misma Iglesia que me habría acogido con los brazos abiertos de par en par simplemente me rechazaría al verme tan distanciado de ella, por diversísimos motivos que no es mi interés enumerar en este momento, pero lo haría.

Entre los tantos motivos que la Iglesia, que Dios me dio para alejarme de ellos, estuvo la separación de mis padres. En tanto casados no fuimos la familia ideal que siempre soñé -y que aún hoy sueño para mis hijos. Por más intentos que hubo siempre de parte de mi madre, la relación con mi padre jamás pudo recomponerse en tanto estuvieron juntos.
Alguna vez, para la festividad de la Sagrada Familia, a nosotros (mi padre, mi madre, mi hermano y yo) el padre párroco de la que era nuestra Iglesia nos pidió que nos acercáramos al altar mayor llevándole la Biblia, y todo para poder representar a la Sagrada Familia de Jesús. No niego que fue una experiencia bonita, pero por más que le pedí a Dios ellos no permanecieron juntos -bajo un mismo techo quiero decir- muchos años más.

Empero, años más tarde y tras la dolorosa separación, mis padres aprendieron a ser amigos, y con esto me devolvieron muchos años de felicidad. Vernos reunidos en casa, todo juntos -incluida mi tía Ely, mi única tía- y contemplar esos cuadros familiares tan irrepetibles me llenaron de inmensa dicha. Hoy, volverlos a tener ya no es posible del todo porque mi padre ha muerto, y para aliviarme por su pérdida sé que hay toda una retórica de lo más ampulosa que explica los alambicados caminos por los cuales nos lleva la vida, hasta constreñirnos a tomar decisiones que no siempre son las mejores, lo sé. Pero no las quiero oír nuevamente, y mucho menos ahora, en estos días, que ando algo susceptible. Prefiero estar solo, hablar solo, mirarme al espejo y sonreirle a mi reflejo y saber que, después de todos y de todo, él me basta.

El año pasado participé de los mismos rituales: pedir a la vida, a Dios por mí, por los míos; porque no falte salud, dinero y amor, etcétera, etcétera. Sé que al llegar la primera hora del 01 de enero volveré a repetir esta petición, y sé que lo haré con mucho respeto y esperanza, deseando por sobre todas las cosas, no perder nuevamente otro ser querido.

Ahora, yo deseo que todas las personas que lean este post reciban un buen año 2010, y que éste les sea propicio. Y que si no alcanzan las metas anheladas, por lo menos que cada vez estén más cerca de ellas. Yo les dejo, por fin de año, y por ser éste mi último post del 2009, el siguiente soneto de Francesco Petrarca, Benedetto sia'l giorno e'l mese e l'anno. Encuentro que es la forma menos terrena, aunque ascéptica, de celebrar el año entrante.


Benedetto sia'l giorno e'l mese e l'anno
la stagione e'l tempo e l'ora e'l punto
e'l bel paese e'l loco ov'io fui giunto
da'duo begli occhi che legato m'ànno;

E benedetto il primo dolce affanno
ch'ì ebbi ad esser con Amor congiunto,
e l'arco e le saette ond'ì fui punto,
e le piaghe che'nfin al cor mi vanno.

Benedette le voci tante ch'io
chiamando il nome de mia donna ò sparte,
e i sospiri e le lagrime e'l desio;

e benedette sian tutte le carte
ov'io fama l'acquisto, e'l pensier mio,
ch'è sol di lei; si ch'altra non v'à parte.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

En Navidad deseo...



Finalmente llegó Navidad. Nuevamente nos vemos imbuidos en la preparación de la tradicional cena navideña que congrega a la familia y a los amigos más cercanos y queridos, en la compra de los regalos para los nuestros, en decorar nuestras casas con las infaltables luces de colores para el árbol navideño, etc. Sí, es Navidad, y aunque parezca ya cansado el decirlo, una fecha como esta nos debe mover a pensar un momento sobre qué hemos hecho durante estos 12 meses con nuestras vidas y cómo nos hemos actuado con los demás. Navidad, creo yo, debería ser siempre una ocasión induscutible para ajustar cuentas en tal sentido, ajustárlas con uno mismo y con los demás, y procurar en buena medida alcanzar metas aún mayores que las ya habidas durante el año siguiente, pero sobre todo, evitar cometer los mismos errores de un año que está por irse y que, aunque suene a afirmación de sentido común, no volverá más.
Pero, ¿qué tan conveniente es desear que el tiempo vivido en un año regrese o, por el contrario, no vuelva a repetirse? ¿Qué hace que de ahora en adelante tengamos añoranza por re-vivir los días de un 2009 que acabará a la medianoche del 31 o, en cambio, esperar que el 2010 sea -si no total y plenamente distinto al año viejo que muere- por lo menos cualitativamente mejor?

Bueno, la respuesta se comprende de acuerdo al análisis y repaso de las experiencias vividas en el arco de tiempo transcurrido a evaluar. Por ejemplo yo, este año perdí a mi padre y el año pasado, antes del arrivo del 2009, esperaba que éste fuera en verdad un buen año, pero no fue así. Sin embargo, ya he asimilado su partida, pero luego de largas noches de sueños interrumpidos a las 3 am, luego de haber comprendido que no había ninguna otra presencia no corpórea en mi habitación y que pudiera responder al alma de mi difunto padre que me iba a visitar, y también luego de haber recapacitado y visto que no hay voces que susurran a mi oído mi propio nombre, que es el nombre de mi padre. Él ya partió, y parte de las lecciones que tenemos que aprender cuando vivimos es saber dejar ir a las personas, cosa que pasa por no aferrarnos demasiado a ellas. Tarde o temprano se irán.

¿Pero cómo no hacerlo? ¿Cómo no acostumbrarte a quien te acompaña, te llena con su presencia, con su palabra, y te hace sentir especial al momento de tomar contacto físico contigo? Debo reconocer que este año, emocionalmente hablando, no ha sido mi año.
He podido notar un considerable descenso de mis ganas de hacer las cosas, de emprender nuevos proyectos personales y de mantenerlos. He leído menos, he dejado el canto bastante de lado, he escrito con menos interés y riqueza más de un post que sólo hablaba de mi desolación. Todos estos fatales estados de ánimo -que no le deseo a nadie, es ahora que lo digo- no solamente los he podido probar por la ausencia de mi padre. Ha habido también otra ausencia: la del ser amado al que no sabría si llamarlo así porque a las finales parece que no lo amé tanto como habría debido y como se lo merecía. En todo caso, quizá deba referirme a él como el ser que amaba, y me amaba a mí. Pero usar estas palabras hastiadas de ser dichas ya no son poéticas hoy por hoy, además de no ser del todo explicativas de un tipo de relación humana que hubo entre nosotros y que yo acabé por inmadurez.


Sí, debo ser justo conmigo, pero sobre todo aquel ser, con G (la inicial de su nombre) y decirle...

No, decirte que sí, me has hecho falta. Me ha hecho falta saber que tenía que verte, que teníamos que vernos, con la asiduidad con la que lo hacíamos. Me ha hecho falta estar a tu lado, saber que me esperabas e ir a tu encuentro, y reposar en tu cama y que dijeras mi nombre en diminutivo y reprobaras con un movimiento de cabeza hacia los costados mi comportamiento tan inestable, y desearas que yo cambiara, que fuera menos prejuicioso y cruel, más espontáneo, sencillo y sincero.

Me ha hecho falta un espacio como el de tu casa, sí, aunque ni tú hayas podido sentirte a gusto cuando teníamos nuestros encuentros amatorios allí. Me ha hecho falta la cordialidad de tu madre, que desde que te conocí y conocí a tu familia, fue la que con mayor cordialidad me abrió los brazos y me dio la bienvenida. Asimismo, me han hecho falta nuestras conversaciones, que casi siempre terminaban en discusiones sin un justo punto final a la hora de tomar mi carro en el paradero (hasta ahí nos acompañábamos, me acompañabas) y tras el vidrio empañado te dejaba con una carita desencajada, porque no sabías qué rumbo habría podido tomar lo nuestro al día siguiente, te jodía mucho no tener las certezas sobre lo nuestro que te eran necesarias para saber que yo te quería. No te las di jamás. No sabes cuánto lo lamento.

He extrañado sentir tu cuerpo junto al mío, tu inteligencia para saber qué puntos tocar y así hacerme sentir especial. He extrañado el encontrarnos en mi universidad, que mis amigas te vieran, que todo el mundo me viera junto a ti. Aunque tarde, sé ahora que ello era un orgullo para mí, porque no eras cualquiera, era una persona inteligente y culta. Lo sigues siendo hoy por hoy. Y así, podría seguir enumerando tus virtudes, pero más que otra cosa, lo que quiero ahora es poder reconciliarme con tu recuerdo y que éste me sea del todo grato. Quizá no me llegue a reconciliar jamás contigo, y cómo, si te hice lo que te hice luego de que hasta lo último, incluso en la muerte de mi padre, estuviste conmigo. Pero tuviste que hacer lo que hiciste... ¿por qué G?, ¿por qué? Lo habríamos podido hablar, pero lo hiciste para ofuscarme, para vengarte, lo sé. ¿Pero acaso no habíamos quedado como amigos? Tus últimas llamadas telefónicas me hicieron creer que algunas de nuestras comunes heridas se habrían podido cerrar, y que tras nuestra historia vivida nos quedaba una amistad, o algo parecido a ella, pero no fue así.

Ahora, sólo quiero que sepas que me pesa profundamente haber actuado como lo hice aquella vez, nuevamente con una reacción sobredimensionada a una acción inicial por parte tuya. Con ella te terminé de alejar de mí, y desde entonces, no ha habido alguien que ocupe el espacio que dejaste, el espacio que te obligué a dejar y del cual te expulsé, prácticamente hablando.
No sé si llegues a leer estas líneas, sí aún te asomes por mi blog a leer qué estoy haciendo y qué estoy pasando, como yo aún lo hago contigo. No sé si luego de leer esto decidas finalmente perdonarme, y si lo haces, entonces me lo hagas saber de alguna manera para así hayar el sosiego que me falta. Y mucho menos sé si después podamos pensar tan remotamente en retomar al menos una amistad o algo parecido a ello, y si para cuando llegue ese día -que podría ser dentro de mucho tiempo- yo aún siga con vida. Es que sé que no viviré mucho, por eso te lo digo, no lo sé...

Yo, en todo caso, deseo que estés bien -no sólo ahora que es Navidad y sé que no la celebras- sino siempre. Y si nunca llegaras a leer estas líneas, al menos, con este ejercicio de escritura he podido descargar mi alma de tanta culpa, pero en parte.Esto no basta ni bastará jamás.
Hoy, yo mismo he querido hacerte justicia, y aunque no lo haga diciendo tu nombre y tan sólo diga la inicial del mismo, quiero que se sepa que me pesa hondamente el haberte fallado. Y que los que conocieron nuestra historia lean y sepan que sí llegaste a ser importante en mi vida. Pero más que por ellos, esto lo he hecho por ti, G, por ti, que escribiste un importante capítulo de mi vida, lástima que tú nunca vayas a poder decir lo mismo respecto de mí.

Algún día G... algún día...

sábado, 21 de noviembre de 2009

Amigos y rivales



Nuevamente, el ya manoseadísimo tema de nuestro sempiterno conflicto con la hermana república de Chile ya ha acaparado la agenda política del país, y no hay quien no comente, o con un poco de desinterés o con cargada colerina, que nuestro vecino una vez más ha dado claras muestras, si no de envidiarnos, por lo menos de no poder conciliar el sueño sin que antes de ir a la cama piense qué nuevas armas comprará para asustarnos, o quizá en qué otros ramos de la economía peruana insertará sus abundantes capitales para, según verborrea de más de un antichileno (ojo que no digo "rojo" o "izquierdoso"), continúe su imparable proceso de sometimiento y dominación contra nosotros a través de acaparar el mercado interno con sus jugosos capitales que dan más trabajo a más peruanos. En verdad, yo tampoco puedo dejar de pensar que Chile siempre, pero siempre, se acuerda de nosotros y no para exaltar nuestras virtudes como nación, sino para esbozar mecanismos y estrategias de velada liquidación, que puedan perjudicarnos, desde dañar nuestra integridad moral de país hasta, y ya materialmente hablando, adueñarse de nuestros mercados, pero anulando, y muy inteligentemente, cualquier resquicio de comentario sedicioso, con sueldos medianamente bien pagados con los cuales, bueno pues, ya ni ganas nos queda de alzar la voz contra su silente invasión.

De entre toda esta nueva campaña de aniquilamiento moral que Chile ha retomado contra nosotros, debo confesar que hay cosas que me sorprenden del vecino país del sur, y que me causan cierta admiración. Una de ellas es la unidad que toda su clase política ha asumido en estos días, dando un contundente y celero respaldo a su clase gobernante, exasperada porque "injustamente" se le ha acusado de pagarle a un espía peruano a cambio de que le venda información clasificada de nuestros operativos militares. Sí, sabemos que es un disparate que se sonrojen por algo que es palmariamente cierto, pero lo que no debe dejar de llamar la atención es que, incluso a la hora de mentir, se unen, y asimilan tan bien su "cuento" que hasta llegan a pensar que en verdad somos nosotros quienes odiamos a Chile. Es risible, sí, pero la convicción con la que mienten sorprende. Mentir sería el medio para alcanzar un fin: la unión de todos los chilenos y su clase política. Con ellos sí recita de maravillas aquella voz que dice el fin justifica los medios, mal atribuída a Macchiavello. No puedo decir que se me escarapela la piel al ver cómo se aplica este imperativo conductual y actitudinal porque yo también alguna vez me regí, con mayor o menor intensión, bajo este imperativo. Sin embargo. ¿cuán valedero es, éticamente hablando, que se recurra a este imperativo, para conseguir un fin, pese a que el mismo llegue a conseguirse con mediano éxito?

De otra parte, y sí lo lamento, es que nuestro excelentísimo presidente, una vez más, haya sido presa inconsciente de su incontinencia verbal, y se haya expresado como lo hizo de la benemérita república chilena. Llamar "republiqueta" a la nación más pendeja de Sudamérica no es para nada justo. Chile es una país grande (bueno, largo, y también bastante estrecho, geográficamente hablando) que ha sabido conjurar esfuerzos en contra de un país tan emprendedor como el Perú, y lo digo sin afán de joder ni automenospreciarme como peruano. El Perú, desde hace buenos años, ha emprendido una magnífica campaña que apuesta por exponer nuestras más grandes riquezas en todo el mundo, y hoy por hoy no hay rincón del orbe-mundo que no se exprese bien de nuestro país, pese a sus siempre endémicos problemas de contaminación ambiental, disparejo desarrollo urbano, pobreza extrema, racismo, etc. De igual modo, contamos con notabilísimos exponentes del arte, la cultura y el deporte que fungen de inmejorables embajadores nuestros en cada rincón del planeta. Quizá ello sí despierte la envidia de Chile, que se regodearía enormente al ver que Perú no avanza ni progresa como ellos. Así sea en términos de la dogmática económica del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, la cuestión es que paulatinamente estamos dejando el subdesarrollo, sí, aunque la palabra esté manoseada hasta la indecencia. Esto sí me molesta como peruano: que no se nos permita ocupar un sitial de lujo en los mercados internacionales y en los más glamorosos ámbitos culturales de Europa, Asia y Norteamérica.

Tenemos derecho a crecer económica y socialmente. Ambos pasos se están dando, aunque pueda que el primero con más determinación que el segundo, pero ahí vamos, y no se me hace justo que Chile, habiéndonos ganado la guerra de 1879, y tras hacer suyo el Huáscar y pavonearse con él como trofeo de guerra muy para imperecedera vergüenza de nosotros, aún maquine y urda planes contra el Perú, que en la persona de Grau, por ejemplo, supo demostrar hidalguía al entregra el cadáver de Prat a su mujer. Habría podido arrastrarlo y trajinarlo por algún campo de batalla (en este caso los mares), como hiciera Aquiles con el cuerpo sin vida de Héctor, pero no lo hizo. Haberlo hecho no habría cambiado en nada el curso de la historia del Perú, pero sí habría enlodado nuestro nombre, al no respetar una muerte que inunda un cuerpo ya vacío de vida.

Sabemos que en la guerra el aprecio a la vida queda relegada a un segundo plano; de no ser así las guerras jamás cobrarían tantos muertos, ok. Pero si la vida no es respetada de manera irresctricta, ello por los usos "naturales" de la guerra, ¿entonces a la muerte, al menos, no se la debería respetar? Grau hizo así y escribió una noble página para nuestra historia.

Sé que Chile seguirá con su ánimos exacerbados contra nosotros, sé que seguirá reclamando mayor posesión sobre nuestro mar diciendo que es suyo, sé que seguirá insertando espías, sé que seguirá comprando armas para intimidarnos y declarando a viva voz que el Suspiro a la limeña es creación de la culinaria mapocha y que el recientemente fallecido Zambo Cavero nunca fue peruano sino "roto", y yo, sé que en circunstancias como ésta, nuevamente me sentiré orgulloso de ser peruano, pese al caos que hay en las calles de Lima, pero recordaré que Lima no es el Perú -como recitaba Valdelomar- (El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, etc...), y sé que por más hastiado de mi país que en algunas ocasiones me muestre, volveré a recordar la primera vez que estuve fuera del Perú y escuché por televisión entonar el himno nacional, pudiendo sentir cómo las lágrimas se asomaban por mis ojos, y yo de a poquitos me llevaba la mano al pecho porque la más excelsa melodía que tiene nuestro país empezaba a tocar sus acordes iniciales.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Palabras saciadas de vacío



Ante mí la hoja vacía de palabras que con su implacable blancura espera verse colmada de palabras que al menos digan algo interesante, y no creo ser capaz de conseguir decir nada interesante. Me pasa una vez más: siento que toda inspiración me ha abandonado y que no seré capaz de expresar nada porque simplemente nada tengo que decir. Es en verdad frustrante esta sensación de solamente poder expresar la imposibilidad de no poder expresar, y con esto ya hay una palmaria contradicción que de todas maneras prueba que ya estoy diciendo algo. La ironía de la palabra, que tiene un poder más contundente que el que creemos cotidianamente tiene. Pasa siempre así: expresamos más de lo que decimos y casi nunca nos percatamos de ello, sí, del discurso entre líneas de nuestras innumerables alocuciones. Yo, esta vez, por una fortuna del destino, quiero decirlo así, he conseguido no poder irme en esta ocasión sin darme cuenta que ya estoy diciendo algo.

Y es que cada día que pasa me pregunto: ¿qué de nuevo puedo decir hoy?, y al responder a esta interrogante diciendo que nada tengo que decir ya digo algo. Digo que me siento poco motivado a decir algo que en verdad lo considere importante y digno de ser narrado. ¿Qué me pasa? Busco diversas fuentes en las cuales encontrar un poco de inspiración para decir algo, y sin embargo nada me conmueve lo suficiente como para decir “de esto quiero hablar”. ¡No!
Quizá esté pasando por un momento en el cual, sin quererlo, he llegado a caer en la cuenta de que no tengo un horizonte claro bajo el cual quisiera caminar por el resto de mis días, que sigo pensando serán breves. Pero considero que empieza a sonar burdo el tomar como tema recurrente de mis post el aún no probado hecho de que viviré poco. Quizá quiera llamar la atención, ¿pero qué raro, ni siquiera yo mismo llego a asustarme tanto por esta posibilidad? Definitivamente, estoy procurando un drama con tan poco talento como para hacerlo parecer verídico. Sin embargo, en el pasado creo haber sido un buen actor que fingía emociones y sentimientos que jamás tuvo. ¿Estuvo mal que procediera así? En verdad eso tampoco lo sé a ciencia cierta hoy por hoy. Y ello también es lamentable porque a estas alturas ya debería tener la más mínima certeza de que obre mal, y no obstante, sigo pensando que fue lo más correcto fingir, mentir, para sentirme menos solo, en esos corrosivos momentos en que la soledad no era mi amiga sino mi más cruenta antagonista y no había descubierto que, negociando adecuadamente con ella, ésta habría podido llegar a ser mi más leal cómplice, sí, la cómplice de aquellas aventuras clandestinas de placer y espera eterna de algo que quizá nunca vendrá, pero que de todas maneras seguiré esperando, creyendo que el día de mañana será mejor y el sol brillará con un poquito más de fuerza, dejándose ver tras esas nubes demasiado grises y groseras que lo opacan todo y que tiñen de color tristeza la vida cotidiana de muchas personas como yo que quizá no sé llamen Rolando pero que son muy humanos como él, como yo.

Con cada amanecer cuento los días para que llegue el verano. Yo nací en verano, un 23 de enero, y no creo que eso haya sido coincidencia. El verano es la estación del sol, del mar que luce aún más espléndidas sus olas; la estación que nos ilumina mejor las cosas, la realidad, la vida, y nos saca por tres meses de aquella idea errónea de que todo es opaco y que sólo puede presentarse a nuestros ojos recurriendo a una maldita escala de grises que nos hace pensar que no hay más colores con los cuales nuestros ojos puedan deleitarse un sábado por la mañana en que provoca no pensar mucho en qué vas a vestir ese día, sino en tomar un poco de dinero e ir a almorzar a gusto en algún restaurante cercano, claro, gozando de una excelente compañía. Así, sí vale la pena vivir, porque sabes que una ocasión como esa se va a repetir.

Es poco probable que sólo vaya a darse una única vez. Son pocos los eventos de la vida que solamente acaecen una vez y ya nunca más se vuelven a repetir. Así como algunos males de nuestra vida se producen y retornan a nuestros días posteriormente, cuando pensamos que ya se habían ido del todo, así también las cosas más gratas y dulces de la vida regresan para reavivar nuestro gusto por ellas y para decirnos que hay más colores en la paleta de prueba del pintor eterno que no sean los infelices grises, sino también el rojo, el azul, el verde y sobre todo el negro, que no es luctuoso, unánimemente, como se podría pensar. También es el complemento perfecto para los demás colores que sin él no podrían terminar de tener armonía y adecuado equilibrio.

Y es que necesitamos de un tercero, por más independientes y suficientes que nos sintamos, para poder avanzar, o también para retroceder, y saber que no vamos solos. La soledad no augura la llegada de la paz, hay que dejar esto bien en claro, pero el tumulto no propicia el sosiego definitivamente, así que a buscar el término medio, y para ello, para esta tarea específica, yo procuro encontrar los elementos en medio de una habitación silenciosa que solamente me dice cuán bella es Vieni sul mar en la voz de Andrea Bocelli. Y la paz, a su vez, aunque menos improbablemente, puede ser garante de la llegada de la felicidad. En todo caso, no motiva con más ánimo a pensar que esté cerca y que finalmente sabremos qué es, pero la ansiedad, sin quererlo, nos hace abandonar tal estado de paz, de calma también, y así perdemos el sendero hacia ese muy anhelado deseo que hombres y mujeres de todas las generaciones y desde todos los confines de la tierra han deseado alcanzar y hacer suyo.

Hay quien dice que soñar no cuesta nada, y con ello miente: cuesta tiempo, dedicación y sobre todo muchas energías, las que al ir agotándose se llevan la juventud, la mucha o poca que podamos tener, y esto de acuerdo a la hora en que nos hayamos decidido empezar a soñar, ¿y qué hora fue esa?

domingo, 8 de noviembre de 2009

En mi consentida soledad



Soledad es mi segundo nombre, aunque suene risible. Pero no me podría llamar así a efecto de reconocer que no tengo a nadie a mi alrededor puesto que tengo a mi familia (mi madre, mi tía, mi hermano, incluso mi padre pese a que ya no esté conmigo desde hace 06 meses). Tampoco conozco la soledad por tener que trabajar solo ya que en mi espacio laboral cuento con un grupo de compañeros estupendos con los cuales he podido establecer una muy buena empatía, y eso me satisface, porque siempre es necesario contar con un escenario de trabajo ameno, afable y cálido para poder producir de acuerdo a los estándares de productividad y calidad que a uno se le exige.
Y entonces, ¿por qué es que me siento solo? O en todo caso, ¿por qué diría, no con poca ironía mal velada, que mi segundo nombre podría ser Soledad, sabiendo que la soledad es la carencia de compañía?

Desde hace algún tiempo, un par de meses más o menos, rehúso verme con mis amigos. Bueno, no quiero dármelas de petulante al hablar de mis "amigos". No me puedo jactar de tener un millón de ellos como dice la canción de Roberto Carlos. Mis amigos son pocos pero son. Sin embargo, es tiempo ya que no los veo, y no quiero verlos aún. ahora, si son mis amigos, ¿por qué siento que no me hacen falta y prefiero andar solo? Me preocupa saber de ellos, eso es innegable, de unos más que de otros, pero de ahí a verlos con cierta frecuencia... No.
Es que pasa que me siento tan cómodo estando solo que he llegado a un cierto punto de mi vida en que estar solo es una necesidad casi vital. El placer de oír solamente el eco de mis palabras, de mis risitas burlonas sobre todo y sobre todos me es un bien insustituíble para vivir y seguir adelante. Sé estar solo y no me deprime... del todo... Salvo en algunas ocasiones cuando me digo que sería bello tener otra persona, además de mi familia y de mis compañeros de trabajo, para compartir con ella mis más exaltados júbilos. Y es que sé que una cuarta opinión como esa que no pocas veces he buscado es, sin duda, igualmente necesaria. Cuando no la he encontrado mi soledad se ha curtido más, y he podido reflexionar que no necesito de nadie más que no sean al menos los míos para seguir mi camino en la vida (¡Dios, qué cursi suena esto!) merced de su "aprobación" a mis actos. Así, la soledad es un estado personal que me caracteriza muy bien.

Ir por la calle viendo la gente pasar a mi costado, siempre enfrascada en sus propias preocupaciones, ver los autos cómo contaminan sin piedad el medio ambiente y no les interesa, ver lo poco estética que es nuestra gran ciudad de Lima, con contrastes urbanos y arquitectónicos tan marcados que sin lugar a dudad merecen ser fotografiados o por un antropólogo (para fines de estudio) o por un turista extranjero (para hacerle ver a sus compatriotas lo subdesarrollado que se encuentra nuestro país). Sigo mi marcha por la calle, camino pausadamente, viendo que Lima sigue siendo una ciudad en construcción gracias a nuestras autoridades municipales, y nada me hace desear tener una compañía en ese momento. Marcho feliz, la mayoría de las veces comiendo un helado, y sintiéndo el frío de la noche danzar por mi cara. Sólo sustituiría una caminata como esa por otra ciudad que no fuera Lima, a la que no odio, pese a todos sus problemas, pero por la que tampoco siento ningún afecto. Y es que soy así: pocas son las cosas y las personas que me generan un auténtico compromiso hacia ellas. Nunca termino de preguntarme porqué es que tengo esta actitud hacia las mismas que, valga la aclaración, no llego a calificar de indiferencia. Dar un diagnóstico como este me parecería de lo más burdo y simplista. He sabido jugármela por algo y por alguien cuando lo he querido, y también cuando el momento lo ha ameritado. Pero solo así y entonces, después no. Ya tengo suficiente pensando qué será de mi vida dentro de 05 años, por ejemplo.

Gozo mi soledad, pero le temo al paso inexorable del tiempo, que como ya lo dijera en reiteradas oportunidades, siempre me parece que, para mí, va en celera cuenta regresiva. Mi más grande temor es que cuando haya terminado de encontrar la pasión de mi vida, el motor y motivo para la misma, el cronómetro esté por marcar el término de mi tiempo, y allí será el llanto y rechinar de dientes porque mi hora ya habrá acabado. Sé que no me hace bien vivir así, pero es una preocupación existencial que no puedo postergar de mi agenda diaria. Ella, y ver mi novela favorita por internet a la hora del almuerzo, son dos cosas de marcada relevancia para mí.

Difícilmente cambiaré, eso lo saben quienes me han conocido -y o me odian, me ignoran o me aman-. También lo saben aquellos que me conocen -y que sorprendentemente me siguen queriendo, y lo sabrán los que me conozcan dentro de poco -y que tendrán que padecerme con consentimiento propio. Yo no soy de la clase de personas que va por el mundo derrochando carisma (¡Dios me libre de ser el amigo elegido de otros!). Sé, igualmente, que no paso desapercibido, pero esto ya no me causa mucho orgullo, digámoslo así. Ahora prefiero camuflarme en la opacidad de una vida cotidiana por la cual transitamos todos y todas, y salir de ella sólo cuando quiero para hacer algo medianamente ingenioso y polémico. He aprendido a controlar mis ambiciones, pero siguen ahí, siempre entre el sueño y la vigilia, como si estuvieran en un constante despertar. Las voy materializando poco a poco, quizá a paso paquidérmico, pero firme, y no al ritmo de las pariciones de los roedores, que siempre son frecuentes y numerosas, y porqué no decirlo también, gregarias.

No estoy solo porque terceros me hayan dejado. Estoy solo porque los he dejado, y lamento que esto tenga un cierto trazo egocéntrico, pero es así. También debo decir que me apena en una minúscula medida el no poder ser más tolerante con la gente, como también me apena que cuando encuentro personas que consiguen impactarme, n número de condiciones adversas me separen de ellas, pero no significa que nos dejemos, que me dejen o que las deje. Simplemente hacemos sobre nuestros sitios un giro de 180º y retomamos la marcha. ¡Eso jode! Hay tanta gente inocua que podría no estar a mi lado para cederle el espacio a aquellos con quienes sí me sentiría a gusto... Pero no, una vida así de perfecta como esa solo podría estar cercana a ser un ligerísimo remedo de la gloria que algún día los humanos probaremos cuando lleguemos al Paraíso.
Hacer un ejercicio como este me era necesario, pero han tenido que pasar algunas semanas desde que escribiera mi último post para encontrar el estro que requería y volcarme todo sobre estas líneas. Lo he conseguido en alguna medida, y sé que así, en medio de esta consetida soledad que refiero ahora puedo comprender más cuán complejo soy, y por tanto, quererme más, porque esa persona "sola" soy yo, y no puedo hacer otra cosa que no sea enorgullecerme de ella, también porque no es tan repulsiva como podría creerse. Lo inexplicable sería que admirara a otro y dejara siquiera de prodigarme un poco de respeto y amor propio. Pero sé que eso solo en una realidad alterna llegaría a suceder.

domingo, 18 de octubre de 2009

Este cuerpo no es mío



La pasada semana nuestro medio local -y porqué no decirlo también el nacional- se ha visto asaltado por la polémica generada en torno al proyecto de ley que promueve la despenalización del aborto eugenésico y por violación sexual. Inmediatamente hemos visto cómo dos clásicos opositores en este asunto (los grupos liberales y feministas de un lado y la Iglesia Católica y algunos conservadores inveterados, por otra parte) han empezado a declarar la conveniencia de la puesta en práctica del mismo, así como cuán poco ético y criminal sería permitir aquél y los precedentes que éste sentaría en una sociedad tan adolescente como la nuestra en cuanto se refiere a apertura mental, tolerancia y mayor comprensión de la otredad de nuestros coetáneos, sean estos hombres, mujeres, niños, ancianos, etc.
Estoy de acuerdo, pero a medias, en lo que ambos bandos alegan al respecto. Si bien es cierto que la mujer tiene derecho pleno a decidir sobre su vida y su cuerpo de manera plena, no menos cierto es que ninguna atribución de este tipo tendría sobre la vida y cuerpo del niño que pudiera llevar en el vientre y al cual definitivamente no desearía, de pensar en abortarlo, claro está. Ahora, es más o menos claro porqué una mujer podría rechazar a su hijo nonato:

a) Porque no planificó su concepción, así de simple (pero sobre este punto no llega a aterrizar la propuesta de las feministas y los liberales, aún...).
b) Porque podría tratarse de un caso de severa malformación de la criatura y/o de complicación del embarazo que pudieran comprometer la hora del parto y la vida y salud de ambos, tanto de madre como de hijo.
c) Porque lo "vería" como producto de una violación sexual. Es aquí donde las feministas y los liberales han concentrado sus mayores pertrechos para sostener la idoneidad de la promulgación de una ley como la que ahora se ventila.

Pero vamos por partes. Si una mujer no planificó la concepción de un hijo, y éste fue producto de la casualidad, el descuido o la negligencia, jamás tendrá ni la más mínima razón para quererlo abortar. Por ahora quienes apoyan esta propuesta de despenalización del aborto no han centrado sus argumentos de apoyo al mismo desde este cariz del asunto. Pero podría apostar que, de aprobarse el aborto, del tipo que éste fuese, quizá dentro de algún par de años (no más de 10, pienso) saldrían al frente a decir que la mujer también tiene derecho a abortar un hijo no planificado y con esto legitimar su pleno derecho a decidir sobre sí, sobre sus cuerpos, lo que implicaría de una u otra forma el poder enmendar los "errores cometidos", incluso los de cama y que por el frenesí del momento arrojan como resultado la pronta llegada de un niño lamentablemente no esperado.

De otro lado, y refiriéndome al punto b, no porque el niño, ya desde el vientre, presente algún tipo de "malformación", tan sólo para "salvarle de una vida dura", merezca ser abortado, librándolo así de un futuro de pesares y complicaciones de diverso tipo. Sabemos que las personas diversamente hábiles, hoy por hoy, han demostrado poder insertarse a la dinámica sociopoductiva de la sociedad con bastante éxito. En todo caso, es la persona con habilidades diferentes la que -en la edad adulta y en pleno uso de sus facultades mentales y en irrestricto ejercicio de sus derechos- deberá decidir si, pese a sus limitaciones psicofísicas, desea seguir viviendo o no, si resiste un mundo hecho para gente "sana" y "normal" aún con la siempre paulatina y en aumento incorporación de distintos mecanismos operativos que procuran hacer de su vida lo más llevadera posible. Aprobar, por ejemplo, el aborto eugenésico, aún cuando también la vida de la madre esté comprometida durante el proceso del embarazo y la hora del parto, sólo deja como mensaje subliminal -y es en verdad lo más alarmante de este aspecto- que se debe exterminar todo lo que no sea "sano" o no cumpla con las expectativas de un determinado paradigma de vida.

Finalmente, y respecto del aborto por violencia sexual, puedo decir lo siguiente: sí, condeno del modo más rotundo el hecho que una persona sea víctima de otra por un tipo de violencia de este tipo, la misma que me parece muy digna de recibir el castigo respectivo por lo altamente execrable que es. Sin embargo, debemos todavía poner más atención en que la mujer violada es una mujer que necesita la ayuda necesaria para superar el trauma de la violación sexual; requiere el adecuado soporte psicológico y psiquiátrico que la ayude a retomar el cuso de su vida. Pero no por ello, y en la confusión de la experiencia vivida, se le va a permitir "decidir" que lo mejor, tanto para ella como para el niño que ya lleva en el vientre, sea darle muerte a éste a través del aborto y así aminorar sus "problemas". Me parece de la mayor de las insanías el querer traspasar la violencia recibida en el propio cuerpo a un tercero, sobre todo si éste es por antonomasia inocente de todos y de todos, como sólo lo podría ser un niño, y creer ver en él un cuerpo sucio per sé que merece ser exterminado para borrar la memoria de un trauma.

Seamos sensatos: ese niño no puede ni siquiera decidir si querrá vivir o no al saber que fue "producto" de una violación sexual. ¿Quién dice si éste, cuando en pleno reconocimiento de su ser y del entorno que le rodea, opta por replantear esta condición de "producto del uso y del abuso" por una oportunidad de vida que merezca la pena ser asumida?

Lo que también me preocupa es que, de aprobarse una propuesta de ley como la que nos concita ahora, vayamos a asistir a una especie de reactualización de la Ley del Talión (ojo por ojo y diente por diente), la misma que en ningún sentido propicia ni garantiza la supervivnecia de una sociedad a través de la adecuada cohesión de sus integrantes por obra y gracia de las normas sociales que le dan su debido espacio vital a cada uno de ellos.

No podemos volver a la premisa del homo homini lupus (el hombre es el lobo para el hombre) que con cierta suspicacia sostuviera allá por el siglo XVII el filósofo Thomas Hobbes (1588-1679) y establecer la guerra sempiterna de unos contra otros con tal de hacer prevalecer el interés propio. La ley de despenalización del aborto y su impulso por parte de los sectores liberales y feministas es falaz y sumamente engañoso porque, si bien persigue legitimar el derecho de la mujer a decidir sobre su vida y sobre su cuerpo, lo hace atropellando inevitablemente el derecho de otro a también poder decidir sobre su propia vida y sobre su propio cuerpo. Ese otro es el niño, ¿y quién piensa en él y en su interés superior a la vida y a una familia?

Si la madre biológica no lo quiere junto él, que no lo aborte y que espere que nazca para "librarse" de él y lo dé en adopción. Seguramente no le faltará quien lo quiera, lo haga sentir valioso y le dé una familia.

No debemos olvidar que nuestros derechos terminan donde comienzan los del otro. Lamentablemente, ésta es una lección de escuela que aún no terminamos de aprender ahora que somos adultos. ¿Si esta lección no la tenemos bien asimilada ahora que ya estamos grandecitos -y es bastante elemental, digámoslo así- cuántas otras más no tendremos lo suficientemente seguras como para andar por la vida atropellando a los demás? ¡El solo pensarlo me aterra!