jueves, 1 de octubre de 2009

Mi hermano y yo

(de izquierda a derecha: Paul, mi hermano, y yo)


Es bueno saber que en mi hermano tengo también un amigo
Es raro... Hasta ayer tuve que esperar para saberlo...

sábado, 26 de septiembre de 2009

Paul, mi hermano


Ayer, 25 de setiembre, Paul, mi único y menor hermano cumplió un año más de vida, y hoy quisiera escribir algunas líneas que me hagan recordar todo el tiempo que hasta hoy nos venimos acompañando y que, obviamente, dicha compañía espero se prolongue por aún muchos años más.

Semanas atrás recordaba junto a mi madre a aquel niño blanquiñoso y de ojos verdes que de pequeño había hecho del llanto espontáneo y fingido uno de sus deportes favoritos. Bueno, en realidad a veces tal llanto no era tan simulado, podía ocasionarlo yo y en no pocas ocasiones, pero de que conseguía impresionar a mi madre hasta el punto de llegar a regañarme, de eso sí no hay duda. Paul, además, cuando niño también solía golpearse con cierta frecuencia, o tener caídas aparatosas que asustaban ostensiblemente a mi madre y a mi tía, las que en el acto no vacilaban en llevarlo inmediatamente al hospital a hacerlo ver. Y es que Paul era un maestro en hacerse daño sin quererlo. Así, recuerdo la ocasión en que saltando en la cama fue a darse de frente con el filo de la ventana, o la vez en que ambos jugabamos en la azotea de la casa con nuestros carritos de juguete y él decidió pasar unos de estos sobre la luna del tragaluz. Se había apoyado tanto sobre la misma que aquélla terminó por romperse, cayendo Paul aparatosamente al fondo del mismo y alarmando a toda la casa nuevamente. Y ni qué decir de cuando ya más grandecito, y por motivo de uno de sus cumpleaños -no recuerdo ahora cuál- pidió que le regalaran unos patines. Mi mamá se los compró, y no tardó en salir a jugar con los mismos y con sus amigos, hasta ir a la urbanización que queda detrás de la nuestra y probar bajar una pendiente semipronunciada empleando su juguete nuevo. Claro, él, todavía patinador inexperto, bajo la pendiente en patines pero no llegó al final de la misma incólume sino bastante lastimado por las varias heridas que le había causado su nueva caída. Hasta hoy sigo pensando que ha sido un milagro que después de haber tenido tantas no haya quedado idiota.

Paul, a diferencia mía, nunca se cuidó tanto de ensuciarse la ropa o de salir levemente herido a la hora de jugar. A él no le interesaba si el polo o el short se le manchaban, o si jugando fútbol se lastimaba. Él simplemente disfrutaba el momento con los amigos. Mucho menos daba importancia al hecho de despeinarse o de transpirar. Esas premuras nunca fueron con él, por lo menos hasta que se hizo un joven más centrado y prudente.

Ah!, también recuerdo que de niño Paul no era muy aplicado a los estudios, y a diferencia mía descuidaba un poco el cumplimiento de sus tareas y demás obligaciones. Mi madre siempre tenía que estar seguiéndolo muy de cerca a fin de que cumpliera, y a mí me dejaba proceder con un poco más de autonomía viendo en mí un mayor grado de responsabilidad. Paul, además, era de los niños que cuando regresaba del colegio, no ordenaba el uniforme, y si rara vez lo hacía, no lo hacía bien, a diferencia mía que dejaba el mío casi planchado nuevamente. A él mi madre le ordenaba el suyo y le ponía de ejemplo mi caso.

Pero Paul poco a poco empezó a tomar conciencia de que debía aplicarse a los estudios de similar manera a como yo lo hacía. En cierta ocasión mi tía Ely le regaló unas pantuflas pero le pidió que se esmerara un poco más y que no permitiera que el tiempo fuese haciendo incorregible una actitud suya de negligencia hacia uno de los aspectos más fundamentales que hay en la vida: la propia formación. Paul comprendió, y seguramente después habría lamentado el que una día, cuando de visita en casa otros tíos -que solían dejar generosísimas propinas cada rara vez que nos veían- mostró casi con orgullo un 07 que había obtenido en un examen, en tanto que yo, orondo, mostraba una muchísimo mejor nota. El gesto siempre espontáneo de mi hermano arrancó más de una sonrisa en los presentes. ¡Paul era así, es así! No tenía reparo en mostrar que, sí, pues, en aquella ocasión no había rendido lo suficiente, pero sabía que el potencial lo tenía, y que era cuestión de tiempo para que llegara a demostrar de cuánto era capaz. Y así lo iría haciendo con el trancurrir del tiempo.

Ya en los años de la escuela secundaria, Paul llegó a alcanzar los primeros puestos del cuadro de mérito como yo lo hiciera algunos años antes. Llegó a destacar bastante y a ser bien considerado por los profesores. Claro, esto indefectiblemente no habría pasado si mi madre no hubiese estado a su lado, y al lado mío también. Omar, como le conocían en el colegio (su primer nombre), era ese chico alto y, ya para esos últimos años de colegio, de anteojos, que sobresalía en las principales materias, excepto en las matemáticas, y en eso sí coincidimos plenamente ambos pues era evidente que no teníamos ni tendremos jamás mayor talento para esa rama del saber en la que otros compañeros nuestros sí brillaban, resolviendo ecuaciones, logaritmos y polinomios que ni él ni yo éramos capaces de hacer, ni siquiera con ayuda de profesor particular. Sin embargo, hemos debido habernos dado buena maña para salvar esos obstáculos molestos.

Pero Paul tuvo una recaída en los años sucesivos. Ya cuando hacía la preparación preuniversitaria en la academia Trilce, los amigos y la enamorada le consiguieron distraer del que en ese tiempo debía ser su objetivo único: aprender para pasar el examen de admisión de la San Marcos. Lamentablemente las cosas no ocurrieron como mejor se esperaba y aquella vez no ingresó. Lágrimas de por medio, Paul había aprendido cómo jode no ganar en la vida, y qué mal puede llegar a sentirse uno al verse derrotado, digamos. Pero es sabido que cuando se cae más fuerzas puede ganar uno para levantarse, retomar la marcha y seguir adelante. Paul así lo hizo.

Dejo a los amigos y amigotes y no volvió a contactarlos en tanto empezó una segunda preparación universitaria, y también abandonó a su enamorada sin darle mayores explicaciones del distanciamiento entre ambos. La pobrecita lo llamó más de una vez. Él se hizo negar, estaba ofuscado y todos lo comprendíamos. Pasaron los meses y finalmente ingresó a la universidad. Nuevamente había demostrado que si algo se proponía, lo conseguía. Nunca le perdimos la fe.

Al día de hoy, Paul es un chico empeñoso, comprometido con su propia formación, y además responsable y trabajador. Yo, como su hermano, estoy muy orgulloso de compartir con él los vínculos de sangre que nos unen por nuestros padres, y deseo de corazón que le siga yendo bien en la vida. Este año, por cierto, ha sido muy favorable para él (con la excepción de la muerte de nuestro padre). Ha empezado a dar sus primeros pasos sea laboral que académicamente hablando (cursa ya el 4ª año de Turismo en La Cantuta), y sé que mayores logros le esperan conforme siga su marcha personal. Yo, como hermano suyo que soy, no puedo hacer otra cosa que estar a su lado y darle la mano de manera incondicional cuando él recurra a mí, como sé, sin ninguna duda, que él lo seguirá haciendo conmigo, cuando los tiempos sigan pasando y las cosas continúen variando.

¡Feliz cumpleaños Paul!

domingo, 20 de septiembre de 2009

La exposición de un alma


Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

Rubén Darío. Canción de otoño en primavera (Fragmento).

En esta ocasión quiero justificar de alguna manera el post precedente que se intutula Vorrei morir. La primera vez que escuché esta canción fue cantada por el italiano Andrea Bocelli (1958) -que en abril de este año estuviera en nuestro país para ofrecer un recital lírico- y que junto a otras más, la mayoría de la autoría del compositor italiano Francesco Paolo Tosti (1846-1916), forma parte del álbum Sentimento (Sugar, 2002), el que fuera producido con la asistencia y dirección de Lorin Maazel (1930), director de orquesta, violinista y compositor estadounidense de ascendencia francesa. Por aquel entonces, cuando por vez primera me deleité con las agudas notas del violín sumado a la voz de tenor -un binomio muy de moda por inicios del pasado siglo XX- yo tenía aproximadamente 17 años y era el año 2003, y desde hacía un buen tiempo había abandonado las baladas que por las tardes, después del colegio y a la hora de hacer las tareas, escuchaba en radio Ritmo Romántica, si no es que también en Radio A, y ya no eran Laura Pausini, Miriam Hernández, Franco de Vita, Ricardo Montaner, entre otros y sólo por citar algunos, los que me conmovían con sus voces y sus temas siempre lastimeros. Luego de haber escuchado a Andrea Bocelli cantar el tema de entrada de la novela Vivo por Elena (Televisa, 1998), a dúo con Martha Sánchez, había quedado seducido por su voz, y prácticamente de la mano de este cantante invidente fui adentrándome al maravilloso e imparangonable mundo de la ópera. Y en el trayecto, entre arie, romanzas y chansons, conocí lo que se conoce en el mundo de la música erudita como le romanze da salotto, canciones para canto y piano (o violín, instrumento con el cual Maazel y Bocelli innovan en Sentimento) cuyos textos la mayoría de las veces estaban escritos por poetas de exquisita vena literaria, como Gabriele D'Annunzio (1863-1938), entre otros, y que se interpretaban por las más selectas voces de la época, habiendo encontrado en cantantes como Enrico Caruso (1873-1921) o Giuseppe di Stefano (1921-2008) a sus primeros recitadores.
Estas romanze da salotto -lo supe desde el primer momento que las escuché, y cantadas por Bocelli- no las habría podido olvidar jamás, sobre todo porque siempre habría encontrado en ellas pasajes de mi vida musicalizados que en un futuro habría podido volver a evocar, como asimismo retazos de una vida que nunca habría podido ser mía y que de todas maneras habría ansiado vivir con frenesí.

Entre este grupo de canciones de salón está, pues, Vorrei morir, que canta el deseo del poeta de querer morirse un día, al atardecer, y siendo primavera, en medio de un cielo sereno y calmo que lo vea partir, coronado por el vuelo de las golondrinas y engalanado aún más por las bellas flores de los campos. Solamente así uno podrá entregar su alma a Dios. Pero si llegada la hora de partir, el día fuese nublado, oscuro, y a los árboles las hojas les faltasen (claramente se describe en esta parte de la canción la estación otoñal) entonces así, cualquiera tendría miedo de morir. Un contexto así de lóbrego no prometería, según el poeta, una trascendencia feliz hacia un mundo bello más allá de este terreno. A veces uno recurre a canciones como ésta no porque se esté feliz, sino porque se está triste, y yo, hace unos días cuando me encontraba pasando un estado de ánimo similar no encontré otra canción más melancólica que Vorrei morir. A veces pienso que, por más problemas que podamos tener en la vida, y en ese momento deseemos que llegué el fin de nuestros días, la muerte -si es piadosa- sólo nos recogerá, pasará por nosotros, una vez hayamos resuelto nuestros más variados asuntos, o por lo menos los más importantes. Más o menos así también quiero ver las cosas gracias a Vorrei morir.
Yo no quisiera marcharme de este mundo sin haber concluído algunos proyectos personales que, valgan verdades, cada vez son menos (debo estar algo depre´ quizá...). Tengo todavía algunas metas que alcanzar, algunos sentimientos que vivir, algunos lugares que visitar, algunas personas que conocer y a otras tantas con las cuales reconciliarme antes de morir. Tengo asimismo que demostrar a los demás -y demostrarme a mí mismo- algunos talentos que no se me conocen muy bien, superar algunos temores que no me dejan vivir como quisiera y des-cubrir algunas verdades que reposan en silencio en los intersticios de mi alma. Una vez cumplidas estas tareas podré morir, y espero sea también en un día bello que me augure que me espera todavía un mundo mejor que podré compartir al lado de mis padres, de mi tía Ely y de mi hermano. Sólo así podré morir.

Cuando tenía 16 años y rezaba fielmente todos los días a la hora de acostarme, le pedía a Dios, entre otras tantas cosas, que me permitiera vivir hasta los 85 años, recuerdo bien la cifra. Hoy por hoy, no deseo vivir más allá de los 50 años, porque no quiero conocer la soledad de la vejez, ni pasarme los días extrañando las horas presentes que ahora vivo, ni deseando más haber vivido otra historia personal que no me fue dada. Como sé que no llegaré a tener hijos -bueno, en realidad más o menos lo intuyo- no tendré por quien vivir ni desear prolongar mis días, y ya para ese entonces quizá dos de los tres últimos seres queridos más queridos que me quedan en este mundo (mi madre y mi tía Ely) ya habrán ido a darle el alcance a mi padre en el cielo. En tanto mi hermano Paul seguirá viviendo la vida con ese peculiar estilo que siempre le voy a envidiar: no dándole más importancia a las cosas de lo que éstas lo merecen.

Dentro de poco (en enero del próximo año) estaré llegando, en el mejor de los casos, a la mitad de mi vida -claro, si es que no me muero antes, y espero que no sea así, no tanto por mí como por mi madre que se moriría, literalmente hablando, de vivir un fatídico evento como el que propongo. Por ella es que aún no me puedo ni quiero morir. A ella me une una ligazón profundamente fuerte, porque conozco cuánto ha hecho por mi hermano y por mí, y a cuántas cosas ha renunciado por nosotros. Si mañana yo me muero no me moriré tranquilo, porque mi muerte seguramente será la causa del último de sus dolores, y darle una tamaña pena no sería el gesto más agradecido que un hijo pueda hacerle a su madre. Así, confío -aunque mínimamente- en que Dios, o el destino, etc., sabrán hacer su trabajo y serán nobles y justos, y no permitirán que se dé una sucesión de aciagos eventos como los descritos líneas arriba. Yo aún confío en la sabiduría del Dios, o del destino, etc., sobre cómo hará que se suceda el devenir.
Cuando mi madre haya partido, yo sabré que en cualquier momento deberé estar preparado para partir. Desde pequeño he tenido sueños en los que, o me despido de mi madre (porque sé que se va a morir), o en los que ya no vuelvo a saber nada más de ella. Siempre que se los he contado ella me ha dicho que cuando se sueña a una persona querida ésta vive más. Aún hoy la vuelvo a soñar alejándose de mí y cuando ya no puedo más, empiezo a llorar y mi madre acude a despertarme y a tranquilizarme, y a decirme que ya no pasa nada y que todo va a estar bien, y yo le quiero creer.

Yo, en verdad, no quisiera vivir mucho, y quizá diga esto por vanidad, simple y pura vanidad. Desde pequeño, las dos más importante mujeres de mi vida, mi madre y mi tía Ely, me hicieron sentir un niño bonito. Crecí preocupándome por verme siempre bien, por estar bien peinado, bien lavado y aseado, bien vestido y arreglado. No podía verme mal. A todas estas cosas siempre se sumó la pretendida belleza que tuve desde niño (¿Pero qué niño no es bello, por Dios?). Recuerdo que cuando aún no pasaba los primeros años de nacido, y se me llevaba a controles médicos y otros chequeos, siempre le decían a mi madre, por mí, algo así como ¡Qué bonita la nena! Ella sonreía, agradecía el saludo y corregía inmediatamente que era un niño.

Ha sido así que el ansia de satisfacer mi necesidad de ser bello, que me persigue hasta hoy (y ojo, con esto no quiero decir que soy en verdad bello, sino que siempre he querido serlo y he encontrado impulso para acometer tal empresa gracias a los halagos de mi madre y mi tía que me decían y me dicen que lo soy) no me ha abandonado. Sí, pues, soy muy vanidoso, y es esa vanidad la que desde ahora me dice que no podré soportar los años otoñales, cuando mi pretendida belleza se vaya o termine por irse, no lo sé... No quiero llegar a viejo porque no quiero verme cansado, resignado a no poder hacer ciertas cosas, o porque no quiero ver en el espejo un rostro que dé testimonio de mis años ya vividos.

Por esta y muchas cosas más es que no quiero morirme ahora, pero tampoco quiero vivir mucho, no para ver cómo me marchito y cómo me voy quedando solo, porque si de otra cosa también estoy más o menos seguro es que no vendrá ya nadie más "especial" a mi vida vendrá. ¿Estaré, y ahora sí me lo pregunto en serio, viviendo un proceso de depresión? ¿Mis pocas ambiciones personales aún existentes, el encerrarme en mi vanidad y los temores que amenzan mi supuesta belleza, y el no poder desear otra cosa más que no sea morir después de que mi madre lo haga, no terminarán siendo, a las finales, síntomas de cuán mal me encuentro espiritual y emocionalmente? Sin embargo, ¿quién podrá venir a salvarme si mi problema no sale a la superficie? ¿O quizá ya lo hizo y yo aún no me he dado cuenta?... ¿O son los otros los que no han caído en la cuenta de que me está pasando algo? ¿O, en todo caso, y en medio de mi perturbación, tengo aún las fuerzas para no turbar más a los míos con los problemas existenciales de un muchacho que se llama Rolando?

De todas maneras, y como dice una canción de la cantante mexicana Lucero (1969) "sobreviviré, claro que sí... ya lo verás"... A quienes lean este post les pido que no se preocupen por mí (si es que me tienen estima porque nada malo les he hecho): no pienso suicidarme o hacer algo que atente contra mi integridad. Le temo al castigo que la Biblia dice se les depara a los suicidas... Yo, mientras tanto, prefiero con calma esperar el final...

jueves, 17 de septiembre de 2009

Vorrei morir!


El compositor italiano Francesco Paolo Tosti (1846-1916), compuso, hacia 1915 aproximadamente, una de las canciones más bellas que jamás haya podido escuchar: Vorrei morir, que junto a otras igualmente célebres por la belleza de su factura, como Malia, L'ultima canzone, Ideale, etc., me conmueven una vez más, y más, cada vez que regreso a ellas. Son canciones que han sabido atrapar muy bien los diversos estados de ánimo del ser humano, y ésta cuyo texto ahora comparto con ustedes, Vorrei morir, es en estos momentos una de las que con más entrega y compromiso quisiera poder cantar...


Vorrei morir nella stagion dell'anno
quando è tiepida l'aria e il ciel sereno
Quando le rondinelle il nido fanno
Quando di nuovi fior s'orna il terreno
Vorreri morir...

Vorreri morir quando tramonta il sole
Quando sul prato dormono le viole
lieta farebbe a Dio l'alma ritorno
A primavera e sul morir del giorno
Vorreri morir...

Ma quando infuria il nembo e la tempesta
Allor che l'aria si fa scura, scura
Quando ai rami una foglia più non resta
allora di morire avrei paura
Vorrei morir...

Vorreri morir quando tramonta il sole
Quando sul prato dormono le viole
lieta farebbe a Dio l'alma ritorno
A primavera e sul morir del giorno
Vorrei morir....


Para mayores fines ilustrativos, les paso el siguiente link para que escuchen la intepretación de esta sublime partitura en la voz del tenor español Alfredo Kraus (1927-1999), aunque considero que la que hace el italiano Andrea Bocelli (1958) en su cd Sentimento es mil veces mejor y más coinvolgente:

http://www.youtube.com/watch?v=kWfk8UizyE4

domingo, 6 de septiembre de 2009

Los usos de la memoria

Salvador Dalí. La persistencia de la memoria


La memoria es la capacidad mental de conservar y evocar cuanto se ha vivido. Es un fenómeno muy complejo en el que entran en juego el psiquismo elemental (rastros que las sensaciones dejan en el tejido nervioso), la actividad nerviosa superior (creación de nuevas conexiones nerviosas por repetición, es decir, reflejos condicionados) y el sistema conceptual o inteligencia propiamente dicha. Es una actividad específicamente humana en cuanto comporta el reconocimiento de la imagen pasada como pasada. Así define http://www.psicoactiva.com/ a la memoria, brindando un concepto breve pero consistente de todos los elementos psicofísicos que juegan un papel decisivo en el establecimiento y permanencia de la memoria y la evocación de sucesos ya vividos que, en el momento de ser reproducidos ya son sólo recuerdos.

Y sí, gracias a la memoria continuamos teniendo algún tipo de conexión con el pasado que hemos vivido y que nosotros mismos, sin lugar a dudas, hemos protagonizado, habiendo podido desempeñar un rol feliz o no, cómico o trágico, etc. Asimismo, el poder de nuestra memoria y la recurrencia de sus recuerdos es directamente proporcional a la intensidad de las sensaciones, emociones y sentimientos experimentados en un determinado momento, espacio y circunstancia de nuestras vidas. A cada uno de esos corresponde uno de los anteriores, y es que no vivimos por vivir: no hay relación humana dada en un determinado espacio y mediando alguna circunstancia que no consiga impactar nuestra subjetividad, para generarnos a la postre un recuerdo que nuestra memoria atesorará. Tenemos recuerdos de familia al lado de nuestros seres queridos, de los compañeros de la escuela, los amigos de la universidad, de la relación con nuestros vecinos, de los amores alcanzados como también de aquellos otros frustrados que definitivamente, con un trazo contundente -como también podría serlo pálido- han ido a grabarse en la memoria, y de cuando en vez se reactualizan como lo que son, recuerdos, de acuerdo a nuestra expresa voluntad de evocarlos -en el caso de que tengamos un adecuado dominio sobre nuestra psiquis.

¿Pero qué hacemos cuando no son recuerdos gratos sino dolorosos los que consiguen filtrarse a nuestro pensamiento actual y turban el desenvolvimiento de nuestra vida? ¿Qué nos salva de un fantasma que habita en los corredores de nuestra mente y que, en la mayoría de los casos, sólo nosotros podemos ver? Es un combate que lidiamos solos contra ese recuerdo gelatinoso que no se deja asir por nuestras manos, ávidas de aniquilarlo por el dolor que nos ocasiona. Es en este punto que las diversas patologías de la memoria hacen una aparición en escena casi milagrosa que termina redimiendo engañosamente a la persona atormentada. Entre estas tenemos las siguientes:

La amnesia.-

Es la pérdida parcial o total de la memoria que puede deberse a causas emocionales u orgánicas, o a la combinación de ambas. La amnesia nos impide la evocación de hechos específicos, no solamente de los dolorosos, también de aquellos felices. En el caso de que sean, como referíamos líneas arriba, sucesos dolorosos los que se pierdan en el dédalo del olvido, la persona habrá podido ganar una serenidad que de seguro le hacía falta, al verse atormentada por los mismos, pero ¿cuál será el costo a asumir por ello? Cuando un problema como la amnesia se presenta, puede que se lleve recuerdos dolorosos -ese es el lado positivo- pero por lo general barré con los recuerdos de un sólo tirón, llevándose desafortunadamente también los buenos. Y es que esto se comprende porque nuestra vida es una sucesión de experiencias felices y no tan felices que se intercalan unas con otras a lo largo de nuestros días. La amnesia lamentablemente no es una patología selectiva que procede con un mecanismo de elección de lo que va a llevarse, a la vez que esté en pacto con quien la sufra, a fin de aliviarle la carga gnósica (por gnosis=conocimiento. Hay que considerar que el recuerdo es también conocimiento de algo, alguien). No, si fuera así no se le consideraría como una patología sino como un proceso de autorregulación que la mente despliega para salvaguarda de la estabilidad psíquico-neurológica del ser humano.

La persona amnésica es una persona menos completa en tal sentido, vulnerable y tristemente vacía, así como insegura en relación a los eventos sucesivos que esté por protagonizar. Entre otras complicaciones, y de acuerdo a la edad en que la amnesia se dé, en la buena parte de los casos hay que repetir el proceso de socialización para estar al día con el entorno y las personas que rodean al paciente. Además, el pasado no es sólo fantasmas grises que se ciernen sobre nuestra tranquilidad, amenazándola. Son también buenos momentos hechos recuerdos que afloran en el presente y que, a la hora de tomar decisiones o de enfrentar nuevas experiencias y situaciones de vida, nos sirven como una especie de feedback insustituíble del que así nomás no podemos prescindir.

Imagimenos que no supieramos que meter los dedos en el enchufe de la pared nos va a causar una pequeña descarga de corriente eléctrica: al intentar hacerlo -y luego, en efecto, hacerlo- sabremos que ya no más tendremos que intentar semejante cosa (a menos que nos guste recibir descargas de corriente eléctrica a escala controlada), y mucho menos intentar hacerlo con las manos mojadas (a no ser que se esté buscando una manera de morir). De la misma manera, y sirviéndome de este prosaico ejemplo, ¿cuántas cosas en la vida tendría que experimentar nuevamente la persona amnésica que ya aprendió y vivenció antes, como salir sola a la calle, interactuar con las personas, etc.?

La hipermnesia.-

Fenómeno de exaltación de la memoria producido en estado de trance y por personas con facultades de agudizar el psiquismo, hasta recordar con los más precisos detalles hechos y conocimientos perdidos en la memoria del tiempo. El paciente que sufre esta patología recuerda todo lo que ha hecho cada instante de su vida al punto de poder presentar un reporte detallado de los mismos. Las personas con este "talento" no son abundantes en este planeta sino todo lo contrario, son muy escasas, siendo 03 los casos que se refieren en todo el mundo según http://noticiasinteresantes.blogcindario.com/2008/08/01258-hipermnesia-o-la-enfermedad-de-recordar-todo-lo-que-has-hecho-cada-instante-de-tu-vida.html

El mencionado portal también refiere que las personas con esta patología no viven ésta como un don, ya que presentan dificultades de abstracción, siendo incapaces de generar categorías. En tal sentido, hay una imposibilidad para generalizar, por lo que el paciente se detiene en la evaluación de elementos particulares sin ser capaz de extraer de cada uno de ellos las cualidades comunes. ¿Pero podría ser un problema recordar, entonces, más de lo que normalmente las personas suelen recordar? La mente también podría ser -como expresara José Baquíjano y Carrillo (1751-1817), precursor de la independencia del Perù cuando dijo del mismo- como un resorte que ajustado más de lo que permite su elasticidad termina por saltar de la mano de quien lo contiene. No se le puede dar a la memoria más recuerdos de los que normalmente ésta almacena. El olvido y sus mecanismos, así, pues, juega un rol necesario porque nos ayuda a eliminar recuerdos que, simplemente, no sirven. ¿Qué de trascendental puede tener el que, a la vez que se recuerda un pasado evento personal, importante y trascendente, se recuerde también que, por ejemplo, ese mismo día se casó la hija del primer ministro de Andorra? ¿Si algo así se olvida, la vida de uno se verá perjudicada en lo más mínimo? O a la inversa, ¿si esto mismo se recuerda, mejora en algo nuestra vida? Definitivamente que no.

El olvido le da espacio a nuestra memoria para almacenar nuevos recuerdos, quizá aún más importantes que evocar después, como el nacimiento de un hijo. No es ni bueno ni útil saturar la memoria con cosas tan baladíes como la mencionada en el párrafo precedente.

La paramnesia.-

Es un desorden de la memoria caracterizado por la ilusión de recordar cosas y situaciones que se viven por primera vez. El caso contrario es sentir que las cosas familiares son vistas por primera vez. Algunos investigadores indican que podría haber alguna conexión entre la paramnesia y la epilepsia al ver que los efectos de la primera ocurren antes de una convulsión propia de la segunda patología mencionada. Pero, tomando la primera parte de esta definición que se refiere a la ilusión de recordar lo que se vive por primera, en el caso de que uno no esté tan paramnésico como se podría pensar, el simular que se recuerda algo que se vive por primera vez tendría la particularidad de apreciarse, según la espontaneidad del sujeto, como un gesto de cortesía y cordialidad, como fingimiento o hipocresía, o simplemente como vergüenza a hacer el ridículo. ¿Cómo así?

Si es la primera vez que voy a cenar a un lujoso restaurante junto con otras personas que no son mis amigos, pero a los cuales quiero impresionar, y quiero aparentar ante ellos que tengo costumbre de hacerlo, entonces fingiré que estoy familiarizado con una práctica de este tipo, pese a que sea la primera vez que la vivo. Así, ¿qué tanto podemos hablar de que la persona que recurre a este engaño, a este autoengaño, no tiene un desorden, si no de la memoria, de la personalidad? ¿O si visitamos un asentamiento humano por primera vez y, para salvar un poco las enormes distancias sociales fingimos cortesmente saber de los problemas por los que pasa su población y estar al tanto de escenarios como aquel? ¿Somos parmnésicos? No.

Pero si hablamos de la paramnesia en su estricto sentido clínico, ¿tiene ésta alguna ventaja para la persona que la experimenta? Pensemos en que muchas veces las personas necesitamos "recordar" lo que vivimos por primera vez porque así hayamos sosiego para nuestras atormentadas conciencias, y descartamos por un momento que sólo hasta ese momento hemos podido llegar a tener contacto con ese algo o alguien que desde hacía tiempo queríamos alcanzar, pero que en el pasado quizá diversas dificultades que coparon nuestro camino hacia nuestro ansiado fin nos impidieron hacerlo. Acaso es doloroso tomar conciencia, en el presente, de que lo que estamos viviendo ahora, lo que estamos gozando ya, nos costó mucho tiempo y sacrificio, mucha renuncia y desvelos. Por supuesto que si llegamos a paladear un momento gozoso de este tipo -una meta a la que se llega con un historial de sacrificios asentado en nuestras espaldas- inexorablemente se harán presentes los recuerdos de malestar asociados al camino que fue menester recorrer para llegar a éste. Entonces, para suprimir la sensación dolorosa es que decidimos "olvidar" los sucesos previos y simular que el instante llegado no es novedoso sino que ya se esperaba, más aún, que ya se estaba familiarizado con el mismo, y que en el momento de ser vivido por primera vez solamente se lo está recordando.

Pero entonces quizá esto ya no sea paramnesia sino una forma de re-crear momentos de nuestra vida que nunca tuvieron lugar, y hacer como que si se recordaran los mismos: lo que nunca pasó y que pensamos sí pasó, y todavía decimos recordar. Una tía mía solía decir que a su papá (o sea a mi abuelo) le encantaba que ella le pusiera música de Roberto Carlos. Ese es el testimonio de mi tía, y al haberla oído "recordar" esto, ella misma se conmovía. Lo cierto es que, según el relato de terceros, a mi abuelo jamás le gustó Roberto Carlos, ni nunca se llevó bien con mi tía, por lo que nunca habría podido pedirle cosa semejante. ¿Quién miente? ¿Este falso recuerdo sigue siendo paramnesia o ya es locura?

¿En qué momento dejamos que sea más nuestro subconsciente o inconsciente el que juegue un papel más decisivo que nuestra conciencia a la hora de asimilar las diversas vivencias de la vida cotidiana, para luego dar testimonio de las mismas con la respectiva evocación de aquéllas? ¿Somo conscientes, por ejemplo en el caso del falso recuerdo, de que nos estamos engañando a nosotros mismos con tal de hallar la calma que necesitamos? Pero entonces una calma como la que se quiere alcanzar solamente llegaría si en un cierto punto dejamos de ser conscientes del autoengaño para ya simplemente evocar el recuerdo de algo que jamás se vivió. Ese es el pacto que hacemos con nuestra memoria: tenemos que creer nuestras propias mentiras para luego defender con ardorosa fe nuestras falsas verdades.

domingo, 30 de agosto de 2009

Vivir quiero contigo



Como espectadores atentos hemos podido ver desde hace aproximadamente 02 meses cómo los medios de comunicación han invadido de la manera más grotesca y ofensiva posible la vida privada e íntima de figuras públicas que, sí, pueda que se deban a determinadas audiencias, a determinados seguidores -ello en virtud de la actividad profesional o artística que puedan realizar- pero que en ningún momento justifica que sus secretos mejor guardados sean ventilados y dados a conocer a propios y extraños tan sólo esgrimiendo como argumento para esto la mera pretensión de la búsqueda de "la verdad" que, a su vez, pueda esclarecer otros hechos todavía más trascendentes.

Medios de comunicación como prensa, tv y radio han blandido los titulares más sórdidos que hasta ahora hayamos podido leer y escuchar, siempre valiéndose para este fin de aquella falacia no formal que enseña la Lógica, llamada falacia del énfasis, y que básicamente consiste en buena parte en descontextualizar las afirmaciones del declarante y extraer de ellas la frase que más "sensación" pueda causar, generando así la atención de miles de lectores y espectadores. O también, sin que haya de por medio las declaraciones de un particular -y tan sólo el relato de un "hecho"-simplemente se coloca como titular al menos una palabra que, en la mayoría de las veces por su cualidad polisémica, pueda prestarse a más de una interpretación por parte del receptor del mensaje, en este caso, de la "noticia".

En efecto, "noticias" como las del asesinato de la cantante Alicia Delgado, del homicidio del estilista Marco Antonio o del supuesto parricidio de la millonaria Miriam Fefer deberían constreñirnos a hacer una reflexión que, creo, hasta ahora nadie ha intentado hacer de modo sensato y coherente: el papel de los medios de comunicación y su radio de acción con relación a los espacios privado e íntimo de las personas. ¿Son lo suficientemente legibles las fronteras, los límites de estos últimos para impedir la intromisión de los primeros, resistiendo a su supuesta tarea de "encontrar la verdad" que se oculta tras la confusión fáctica y discursiva de las personas?

En medio de todo este festín carnicero de "noticias" no se puede dejar de mencionar a un actor trascendental en la vida de los peruanos que consigue pasar piola día a día: ¡papá Gobierno! Sí, pues, la agenda de gobierno del partido aprista actualmente en el poder, y su respectivo seguimiento por parte de todos los peruanos, queda soslayada porque se le da más atención a aspectos como si Alicia Delgado previamente antes de morir tuvo relaciones sexuales o no con su amante, o si Marco Antonio tenía Sida y por eso se merecía una execrable muerte como la que le dio su joven pareja de turno, o si Miriam Fefer era una madre homofóbica y avara y así ameritaba ser asesinada de la manera tan indigna como en efecto murió. Día a día se comprueba el estrecho y gozoso contubernio que enlaca a Gobierno con medios de comunicación, que claro, haciendo uso de su "independencia y veracidad", sin querer queriendo le salvan el día a los compañeros apristones que cada vez son más en el gabinete de Álan. Recuerdo a Sinesio López -que fuera profesor mío hasta por tres veces cuando estudiaba sociología en la San Marcos- que bromeaba con todos los alumnos respecto del presidente aprista y su camarilla de adictos diciendo que Álan se levantaba tempranísimo todos los días y pensaba en una nueva cortina de humo que concentrase la atención de los peruanos y les desviara de atender las principales problemáticas sociales, económicas y políticas del país.

Pero, dentro de este grupillo de medios de "comunicación", sin duda, el que sigue encabezándolos cual adalid infame, es ciertamente la televisión, con su infaltable instumento de captura silenciosa de atenciones que es el televisor, sí, la caja boba. La televisión tiene todavía un poder más sorprendente si se le confronta con la radio o con el periódico, que reposa en el hecho de transformar la imagen en el mensaje per sé. De aquí que se hable simplonamente de que una imagen vale más que mil palabras, cuando se recurre a la supresión del texto y su consistencia comunicativa para dar paso al despliegue de una plena cultura visiográfica de la confusión visual, al sembrar imágenes que, sin un referente escrito, podrían emanar más de un significado, distorsionado el buen número de las veces, como también y simplemente no decir más nada de lo que contienen. Pero esta prostitución visiva es la que ocasiona el sensacionalismo que canaliza la atención del espectador de manera extremadamente polémica a un hecho por cual se busca concentre una específica atención. Así, ya entre líneas leemos dos cosas: primero, que el hecho probablemente no pueda existir sino hasta el momento en que se filtra y/o enuncia explícitamente la existencia del mismo, la cual solamente consigue concretarse con la atención que va a recibir -y que le dará en ese momento vida- de quienes están ávidos de tomar conocimiento de aquélla, sin saber que en ese instante aún no es tanto acto cuanto potencia, aristotélicamente hablando, claro está.

Segundo, que hay definitivamente un interés que media en este afán de capturar la atención de un buen número de decenas de miles de espectadores. Asistimos a la creación de un hecho que, por irradiar tanta "importancia" y así reunir a su alrededor las atenciones de las personas, termina por invisibilizar otros hechos que -probablemente, de atraer hacia ellos un capital de atención similar al anterior, podrían ser cuestionados por su gravedad y así rescatados del rincón gris en que aparentemente reposan. Otros hechos y otras "verdades" que como la Rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer se encuentran como...


Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!


Así, caemos en la cuenta del enorme poder realizador que los medios de comunicación tienen, y sobre todo la telvisión a través de la imagen como arsenal básico para crear y re-crear "hechos" e insertalos en una realidad tan variopinta y colorida como la nuestra. Entonces, una vez liberada la "noticia" sobre el "hecho" en cuestión, y concentrada la atención de las personas sobre el mismo, éstas inocentemente se sienten preparadas para "expresar" una opinión al respecto, la misma que correspondería a los medios de comunicación recoger y difundir. En efecto, los mismos se suelen arrogar la facultad de "expresar" el sentir de la gente, pero esto en el suspicaz caso de ser cierto sólo acontecería en una segunda instancia, cuando -en la tarea de recoger las opiniones de la ciudadanía, del público, o como se le quiera llamar- lo único que estarían haciendo es cosechar lo que se cultivó. Así, y atendiendo a esta génesis del surgimiento y divulgación del "hecho noticioso" lo que los medios de comunicación estarían haciendo no es tanto expresar como generar las apreciones de la gente.

¿Y la tarea de instruir, de formar de la cual los medios de comunicación no están exentos dónde empieza, dónde queda? Es un cariz pedagógico olvidado lamentablemente. Si ya es decir que no informan bien, debidamente, es verdaderamente escandaloso que ni siquiera puedan formar al lectorado que les hace ganar cientos de miles de soles. No basta, por ejemplo, que lancen mensualmente promociones por adquisición de libros, etc., con la compra del periódico y el llenado de un respectivo cupón para dar por consumada una tarea del tipo que aquí se anota, de ninguna manera.

De cara a toda esta bacanal de la "información" la imperiosa necesidad de saber elegir qué se lee, qué se ve, qué se consume al respecto nos lleva a reconocer que, en tiempos como los que hoy por hoy vivimos, el problema de la información va por establecer si ésta está al alcance de las personas o no, porque de hecho que lo está. Vale decir, no creo que haya al menos un peruano que no esté al tanto de noticias como las tres que me han servido de ejemplo para este post. ¡¿Que levante la mano quien no ha oído de las mismas desde hace dos meses?! Hasta la persona con menos posibilidades adquisitivas puede comprar, desde s/. 0.50 céntimos de sol un diario de los llamados chicha e "informarse" sobre cuanto ocurre en nuestro país. Así, el problema es de elección de la fuente de información que nos pondrá al tanto de determinados hechos. Sin embargo, aquí surge el problema que, por ejemplo en el caso de los periódicos, no todos aquellos que cuentan con una estimada credibilidad son posibles de ser adquiridos al precio que se venden, y todos los días, por todos los peruanos. No sin poca desilusión asistimos al despliegue de dos relaciones directamente proporcionales, engañosas eso sí, como son:

alta calidad=alto precio
baja calidad=bajo precio

... que terminan constriñendo, a quien no tiene dinero, a consumir basura informativa, y al qué si tiene medios para hacerlo, a paladearse con reportes noticiosos detallados y comentados por los más ilustres profesionales de la información, analistas y entendidos varios, etc., que informan tanto como opinan, pero de manera un poco más elaborada. ¿Es justo esto?

Finalmente, ¿qué hacemos nosotros para censurar la intromisión de los medios de comunicación en la vida de terceros? ¿Qué hacemos para que estos retomen una agenda pedagógica olvidada y si no, mal atendida? Lo que hacemos es seguir consumiendo lo que nos venden, es la triste verdad. Es que nuestro morbo es uno de los elementos fundamentales a los que apelan los medios de comunicación. Saben que nos interesa espectar las propias experiencias íntimas y privadas que en la vida cotidiana bien podríamos tener pero protagonizadas por terceros. Sí, que sean terceros los que nos hagan ver y recordar cómo vamos al baño, cómo tenemos intimidad con nuestra pareja y cómo la engañamos, cómo no siempre somos tan dignos y decentes como decimos ser a la hora de transgredir nustros códigos éticos de conducta y dejar que las más variadas pulsiones de nuestra psiquis nos dominen. Eso genera a la vez que indignación un placer casi masoquista, como tan sólo que podamos estar llamados por la simple curiosidad, y siguiéndola, ya hacemos mucho.

Cuando el joven cantante David del Águila vio su intimidad asaltada por unas fotos y unos videos en los que aparecía practicando sexo oral a su pareja, y después desnudo mostrando su anatomía, ¿eso a quién le interesaba? ¿Había necesidad de proclamar eso a los cuatro vientos? Definitivamente que no. No hay justificación, creo yo, de ningún tipo para hacer público algo que le pertenece a una persona y que, de no ser contraria su voluntad, debe respetarse y dejarse únicamente y exclusivamente para ese fuero tan restringido como lo es la intimidad. Y si es un secreto de dos, basta que una de las partes se niegue a hacerlo público para que continúe descansando en la reserva de la vida íntima y privada. ¡Nada más!

No podemos dejar que los medios de comunicación vivan con nosotros ni vivan nuestra intimidad, ni mucho menos dejar que permitan que la misma sea vivida por terceros. Siempre será la censura y su poder de cohersión la que le pondrán el mejor coto a los avances perversos de los mismos. Es una necia pretensión el querer fungir de detectives en busca del develamiento de la verdad.

Somos dueños de nuestras palabras y de nuestros actos, de nuestros dioses y de nuestros demonios, y si queremos seguir combatiendo contra los mismos desde nuestra soledad nadie tiene derecho a conminarnos a hacer lo contrario, porque hay verdades que hacen la vida de las personas más llevadera y feliz cuando descansan ocultas e inaccesibles como un arpa, silenciosa y cubierta de polvo, quizá olvidada, en algún ángulo oscuro del gran salón de nuestra psicología.

sábado, 22 de agosto de 2009

La voz a ti de-vida

Euterpe, la musa de la música


El próximo 23 de agosto, el recién descubierto cantante inglés Paul Potts se presentará en nuestra capital para ofrecer un recital lírico que seguramente concentrará un buen número de aficionados a la ópera -y hablando con más propiedad, aficionados a la música lírica. Pero también será la ocasión para que más de un crítico de canto, curioso, pueda corroborar sus apreciaciones personales sobre este todavía novel cantante, y quizá, después de oírlo, las críticas no sean las más favorables que se podrían esperar, no por el hecho de que no a todo el mundo podemos gustarle y caerle bien, sino porque las imperfecciones técnico-vocales de la emisión sonora de Potts no dejan de percibirse conforme marcha la línea de canto.

Sin embargo, yo, estudiante de canto asimismo, sé lo que es apreciar cada segundo en que se está delante de otros y cantar. Sé del placer inenarrable que se experimenta al emitir cada una de las notas de una melodía, y que en frente nuestro hayan dos o tres personas que se deleitan con nuestro canto. Esa experiencia es hermosa, única y la que más conforto y serenidad le da al alma, al alma ansiosa de expresarse, de comunicar y de ser escuchada. Es en este mismo sentido que aprecio el sueño de Paul Potts y la maravillosa posibilidad que hoy tiene de poder viajar por el mundo y que las personas paguen por verlo comunicar.

Al repasar la breve carrera de Potts y apreciar el aún escaso registro fílmico del cantante, no puedo dejar de ver en su mirada una opacidad que me llama poderosamente la atención, una opacidad que no mengúa ni siquiera con el aplauso del público que lo escucha y aplaude después de cada interpretación. Esa ausencia de brillo en sus pupilas me conmueve. Ahora, en este arrebato de subjetividad que tengo puedo decir que Potts tiene en los ojos la opacidad del artista que no sabía que la gloria algún día le llegaría, y más aún: es la ausencia de brillo propia de quien considera que lo que vive es un sueño y teme despertar en cualquier momento, no viviendo, por ende y a mil cada instante en que el mismo le es dado, cual manjar, a paladear. Es la belleza de un sueño que se ve empañada tristemente por la suspicacia, una suspicacia que vela ese mismo sueño pero que aún así no le quita belleza a éste, aportando un trazo triste y melancólico cautivante.

Pero hablo de una melancolía no solamente generada por lo que se perdió o lo que nunca se tuvo, sino también producida por lo que bien se puede perder y por lo que de todas maneras nunca llegará. Es una maldita melancolía que toma buenos minutos de nuestra agenda emocional y nos desvía del placer de vivir el sueño lo más que uno pueda. Bella y maldita melancolía!... Bella en tanto maldita y maldita en tanto bella!... Y con todo, excelsa, sí, excelsa melancolía porque al menos nos ubica en un punto específico de nuestra realidad, la que por tanto, más que nada, se padece.

Los aplausos y, en general, el reconocimiento, pues, no dan la felicidad. La felicidad es, así, un proyecto cultural ideado por los infames convencionalismos sociales para mantener siempre motivados a los individuos a afanarse por alcanzarla como máximo objetivo de vida, y rendirlos productivos a determinados y específicos intereses de terceros. Lo peor de todo es que por más indicios que día a día hallamos de que la misma casi siempre nos será esquiva, seguimos empeñados en asirla como quien toma con las manos un libro y lo lee. La felicidad está cosificada a tal punto que tenemos toda una hoja de ruta ya ideada para llegar a ella, y quizá, la misma sea tan esquiva porque no le gusta que la busquen, sino que prefiere encontrar al que menos piense en ella. Todo esto irremediablemente me lleva una vez más a pensar en aquel famoso tópico horaciano que es el Beatus ille (Vida apacible del pastor), y que Fray Luis de León, uno de mis más recordados y favoritos poetas del Siglo de Oro español retoma con verso acabado y musical en Oda a la vida retirada, cantando, en efecto, la vida libérrima de quien no ocupa su mente en afanes que muchas veces no hacen más que desgastar nuestros días al envolvernos en el proyecto de querer materializarnos y hacerlos nuestros.

Aquí un extracto de Oda a la vida retirada:


Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.


Quizá lo que debamos aprender es que la felicidad no lo es todo en la vida, aunque esta afirmación suene risible. Quizá si no se está destinado a ser feliz, si se piensa que se está destinado a ser infeliz, de una experiencia de vida tan marcada por el desasosiego como está, alguna lección productiva y rica se pueda sacar. En tal sentido, creo yo que hablaría de un gran talento creador el saber y poder obtener de la desesperación existencial los recursos necesarios para hacerle frente a la misma y liberar demonios enquistados en los meandros más íntimos de la mente a través, por ejemplo de la actividad creadora. Esa actividad creadora que re-crea graciosamente (con gracia, quiero decir) una determinada manifestación de la sensibilidad que, según el canal material por el cual halla decurso, nos permite hablar de arquitectura, escultura, pintura, música o literatura, todas ellas expresiones artísticas. Para el presente caso, un cantante, cualquiera que este sea, consigue esto mismo pero a través del canto y la música que le recuerdan que está vivo, aunque hacer esto, recordar, cause dolor, pero una vez más sea necesario sentirlo para no olvidar que aún estamos siendo interpelados por nosotros mismos (¡qué irónico suena esto después de todo!) a hacer algo especial que, al morir, nos haga persisitir en la memoria de los otros, con lo cual tantos días vividos y tanto sufrimiento no habrán sido en vano.