lunes, 28 de enero de 2013

Características de las migraciones internas en el Perú en los últimos 50 años




Introducción.-
En nuestros días, la migración se entiende como un proceso casi natural por el que las personas dejan sus lugares de nacimiento y de vivienda para trasladarse a otros en los que presumiblemente encontrarán mayores oportunidades de desarrollo. Ante la expectativa de vivir experiencias, diferentes a las que las personas están acostumbradas, y poder entrar en contacto con aquello que el mundo de hoy ofrece, las personas abandonan aquellos sitios que los vieron nacer o donde pasaron algunos años de sus vidas, para salir en busca de nuevas oportunidades y de nuevas sensaciones.
Se migra para ir a buscar cosas que vivir y que ver, que le permitan al individuo acrecentar su conocimiento sobre sí mismo, sobre los demás, sobre la vida. Más allá de anhelar mejores condiciones materiales de crecimiento, al cambiar de  lugar se va a la búsqueda de un replanteamiento de la propia vida desde nuevas experiencias, ricas y vitales, que doten de sentido a los actuales días y que permitan un mejor repaso de los años previos vividos en la tierra que se deja.

El inicio de las migraciones internas.-
Para entender las migraciones internas ocurridas en los últimos 50 años en el Perú se debe tomar en consideración la evaluación de 02 procesos sociales que afectaron la configuración y modernización del país:
a)      El proceso de urbanización.
b)      El crecimiento demográfico.
Por el primero de ellos debemos entender que, a medida que el Perú pasaba por procesos de crecimiento y expansión económica, el aparato estatal comenzó a ampliar su llegada y a robustecer su presencia en todos los puntos del territorio nacional. Economía y política de la mano permitieron el surgimiento de espacios urbanos que paulatinamente fueron postergando el ámbito rural.
Allí donde sólo había concentraciones humanas y un tramado conformado por básicas relaciones sociales de producción e intercambio que posibilitaban la vida es que el Estado implanta sus grandes ciudades. Toda una maquinaria modernizadora acompaña el establecimiento de estos nuevos núcleos urbanos, expresado en casas de material noble, en edificios para las diversas dependencias del poder del Estado, en redes de agua y alcantarillado, luz y teléfono, en escuelas y centros de atención médica. El Perú, así, estaba demostrando que comenzaban nuevas épocas de crecimiento, en medio de un contexto mundial históricamente inolvidable que económicamente le favorecía.
De su parte, por el incremento de la población es que se entiende la migración del campo hacia la ciudad. Los espacios rurales quedan relegados ante las innovaciones modernas que se van concentrando en los nacientes y soberbios espacios urbanos. Miles de peruanos que habían pasado sus vidas en los campos, regentados por una organización latifundista, dejan la comunidad de origen y se embarcan en una aventura diferente, prometedora de nuevas y mejores oportunidades de vida.
Sin embargo, llegar a las grandes ciudades no significó en ningún momento el hallazgo de un paraíso. Parecía que estas nuevas concentraciones urbanas no estaban pensadas para foráneos, gente proveniente de otras partes del país portadoras de pautas sociales y culturales diferentes. Ante ello, los miles de migrantes optan por apropiarse de las áreas libres en estas ciudades, dando paso al surgimiento de lo que conocemos como barrios, barriadas o asentamientos humanos, alternativa que les fue obligada a tomar a modo de solucionar su problema de vivienda.
Estas ciudades aparecían tentadoras a los ojos de estos migrantes, de estos campesinos que hacía poco habían dejado un régimen duro y explotador en el campo, en el latifundio. Estas ciudades se perfilaban como espléndidos polos de desarrollo en continuo florecimiento, pero que como estructura de organización social de las personas no estaba contemplada para quienes no habían crecido en ellas. En virtud de ello, migrantes y campesinos deciden no tirar por la borda el enorme esfuerzo que les había demandado dejar el propio terruño, por lo que se asientan en las áreas libres y con el paso de los años van consolidando una notable presencia, superando los embates de una nueva vida lejos de “casa” y adaptándose con astucia a los diferentes procesos de modernización que después se sucedieron.
Esta migración, de carácter espontáneo evidentemente, puso bajo cuestionamiento el poder del Estado y su capacidad de satisfacer las necesidades de todos los peruanos a lo largo y ancho del territorio nacional. Permitió repensar las oportunidades de vida y desarrollo que a todos ellos se les brindaba lejos de la imponente Lima. Asimismo, fue la ocasión de evaluar qué medidas se debían tomar en torno a este “asalto” a las ciudades y su floreciente modernización y cómo reencauzar un fenómeno social de esta magnitud. Se tiene, entonces, a un Estado cuya autoridad se ve cuestionada y del otro lado a unos sectores populares migrantes que establecen un propio orden y organización social, que dista de la que oficialmente se impone desde los diversos aparatos burocráticos del Estado peruano.
Vemos así que la actitud de estas clases “emergentes” es contestataria, recusa las leyes (ya desde el momento mismo que decide asentarse en espacios libres sin optar por los regulares mecanismos de población de un espacio geográfico) y enfrenta a las instituciones y los dispositivos legales que regulan la vida social por aquellos años. Se asiste, pues, al nacimiento de un nuevo orden que desde esos años hasta la actualidad se va a conocer como informal.

Causas de la migración.-
Los últimos 50 años del siglo pasado de la historia peruana nos presentan el auge de una institución económica férrea como lo fue la gran hacienda, detentadora del monopolio de grandes extensiones de tierra, de las que se extraía sus recursos merced de la aplicación de mecanismos de explotación en perjuicio de campesinos y comuneros, en los que se encontraba una mano servil y mal recompensada. La hacienda era regentada por un hacendado que concentraba en sí un poder político de carácter regional y que se hallaba intrínsecamente ligado a un poder mayor, central, como lo era el gamonalismo.
No solamente se desplegaba una maquinaria político-económica abusiva sino que en términos culturales postergaba la riqueza de las prácticas milenarias provenientes de la cultura andina y del bagaje de su infinito universo de significados sobre el hombre y su fuerte y noble ligazón con la tierra. Pese a este contexto desfavorable, los hombres y mujeres del ande consiguieron mantener a salvo dicha riqueza cultural a través de una práctica silenciosa que consiguió llegar hasta nuestros días.
Fuera del Perú, el mundo experimentaba un importante crecimiento mundial después de haber vivido una infausta II Guerra Mundial. De ello el Estado peruano se había beneficiado gracias a las importaciones de materias primas y de insumos destinados a la actividad bélica, que en buena medida daban cuenta del final del auge de aquellos espléndidos años del auge del guano y del salitre.
Nuestro Estado comenzaba a verse robustecido por grandes préstamos privados y ambiciosas inversiones extranjeras que dotaron de desarrollo a las zonas de la costa norte y central del Perú, a través del establecimiento de enclaves de petróleo y azúcar. Lo propio ocurrió en la sierra pero en términos de actividad minera. En medio de este marco comenzó la expansión comercial que hizo posible el surgimiento de grupos de poder económico y político que van a participar en la toma de las más importantes decisiones para el país en las próximas décadas.
Todos estos procesos modernizadores dieron lugar a un Estado nuevo, acorde con su momento histórico y que paulatinamente estaba dejando atrás aquellos fuertes rezagos coloniales que hasta los primeros 50 años del siglo XX todavía existían y encontraban presencia no solamente en las haciendas y latifundios sino en toda la organización de la vida social por la vida económica.
Se tiene así un país con nuevas capas populares que cada vez más toman parte en la vida política del país y a las que los diferentes partidos políticos habrán de dirigirse, precisamente al ver su carácter dinámico y pujante. Entonces, del extranjero no solamente llegará esta modernización que se traduce en movimiento económico, en negociaciones comerciales o en compra de maquinarias sofisticadas. También llegarán las ideas de justicia social, equidad y participación política que imperaban por aquel entonces en Europa y que con algunos años de retraso conseguirán eco en el Perú.
Muchas de estas ideas serán canalizadas a liberar el campo del abuso latifundista todavía existente aunque ya sin el esplendor de los años pasados. Lo que se conoció como alcanzar la libertad del indio y la reivindicación del obrero serán dos de los temas que con mayor fuerza estarán presentes en la agenda de los partidos políticos, algunos de los más saltantes de esos años como el Partido Aprista Peruano o el Partido Comunista.

Las situaciones desfavorables.-
Se entiende el proceso migratorio del análisis de las difíciles condiciones de vida que tienen lugar en el campo, y por extensión, en todo el mundo rural. Partiendo de la existencia de las grandes haciendas y latifundios que entonces se erigían como entidades absolutas de la dominación territorial se comprende la férrea concentración monopólica de la misma como espacio no solamente para el ejercicio de un abuso de tipo social y económico sino también político.
Las comunidades campesinas se ven así condenadas a vivir en la pobreza y en el escaso o casi nulo acceso a recursos que posibiliten una vida más digna. Obviamente no hay una distribución de riquezas ni se da el debido valor a la figura del campesino o del comunero, que presta su mano de obra servil para un trabajo arduo del cual no se verá justamente gratificado. A la par, la población de estas comunidades irá incrementándose y estará aparentemente condenada a vivir en espacios reducidos e inadecuados.
Todas estas tensiones sociales se pueden resumir en marginación política y social, que trae aparejada la invisibilización del campesino, de la ausencia de sus derechos y de las debidas instancias legales a las cuales pueda dirigirse para reclamar mejores y más justas condiciones de vida que le permitan subsistir y que le garanticen un futuro digno para su descendencia. Carentes de una voz, de una representación y de los adecuados canales de expresión de sus necesidades optarán por abandonar aquel contexto de abuso, maltrato y dominación en busca de una oportunidad de crecimiento, entonces ofrecido por las grandes ciudades y su dinámica económica.

Las alternativas.-
Ante el panorama desolador arriba expuesto se presentan 02 alternativas bien definidas. De una parte está el imposible reordenamiento a profundidad de la tenencia de la tierra, del arreglo de  las relaciones económicas y sociales a través de la intervención del Estado en cuestiones de organización del agro. Esta alternativa acarreaba unos costos y unos esfuerzos que la desidia de un Estado peruano como el de aquellos años -empachado del flujo de capitales e inversiones- no permitió canalizar hasta la llegada del primer gobierno del presidente Juan Velasco Alvarado.
La otra posibilidad era emprender un éxodo del campo a la ciudad que aliviara todas las tensiones hasta ahora expuestas y que con ello no incurría en la modificación de las estructuras de dominación imperantes en el mundo campesino. Definitivamente esta segunda posibilidad fue la que entró en vigor por su viabilidad y sus menores costos sociales. De aquí en adelante estos migrantes encontraron un camino de acceso inmediato hacia las grandes ciudades, y sobre todo hacia Lima, gracias a recursos como las redes viales, que facilitaron su traslado y que por aquellos años se encuentran extendidas por casi todo el territorio nacional, merced de la política de modernización emprendida durante aquellos años (hablamos de finales de la década de los 40 e inicios de la década de los 50).
Todas estas transformaciones económicas favorecieron la migración provinciana hacia la costa. Puntualmente, la bonanza de las exportaciones, la expansión industrial a nivel internacional y las grandes políticas organizadoras de los gobiernos de turno (General Manuel A. Odría) permitieron el incremento de inversiones gubernamentales en obras públicas. De ello que un reflejo nítido de este proceso se haya visto en las redes viales y carreteras que como rutas de penetración facilitaban la intercomunicación de los pueblos.
Otras grandes inversiones se apreciaron en planes de vivienda urbana, mejora de la infraestructura educativa y de salud, creación de fuentes y puestos de trabajo por el auge de las exportaciones. Ante todos estos fenómenos económicos es que se entiende la aparición de las tendencias migratorias, las cuales de esta forma consolidan su proceso.
El siglo XX se cerrará con la el definitivo establecimiento de grandes contingentes de migrantes en Lima metropolitana, a la par que el Estado peruano ya habrá cobrado presencia en todo el territorio, interactuando con las diferentes regiones y pueblos del país, ya incluidos en la vida nacional y en la toma de decisiones políticas.
Estos nuevos sectores populares, consolidados en barriadas o asentamientos humanos, después de haber ocupado casi todas las área libres disponibles, comenzarán a poblar los cerros, a implementar una economía informal como parte de una actitud contestataria y manteniendo vivas su lengua, su cultura y sus formas de vida. Sus tradiciones, creencias y usanzas que se constituirán en un rico bagaje simbólico que les dotará de una presencia inconfundible en medio de la Lima de cemento cada vez más sumergida en una vorágine social, política y económica incesante.
  
Tendencias hacia el año 2021.-
El año 2021 se cumplirán 200 años del nacimiento del Perú a la vida independiente. Sin embargo, el anhelado sueño de igualdad y libertad para miles de peruanos y peruanas sigue aún en proceso de construcción. La aún poco justa distribución de los recursos y de las riquezas permite la aparición de clases sociales dispares, donde unas conocen mejor los conceptos de bienestar y seguridad social, y donde otras todavía esperan una oportunidad de reivindicación, una hora de surgimiento y la esperanza de un mañana que ofrezca mejores posibilidades de vida y de desarrollo personal y comunitario.
El proceso de migraciones internas no ha se ha dado como un fenómeno gratuito. Todo lo contrario: ha respondido a urgentes e impostergables necesidades que el Estado peruano no ha sabido responder en el curso de más de un siglo, necesidades que aún hoy sigue empeñado en resolver y que hablan igualmente de un Estado en proceso de crecimiento. Hay lecciones todavía no aprendidas, como la de la igualdad de oportunidades y equitativa repartición del capital -no solamente económico sino también cultural- que no han sido asimiladas del todo, y que constriñen a miles de peruanos a vivir todavía en situación de pobreza y pobreza extrema, de marginación y postergación que no son atendidas con un interés más decidido y con la oportuna disposición de inversiones.
El Estado habrá podido extender una importante red de carreteras y rutas de penetración a lo largo del territorio nacional, pero el estado de bienestar y de igualdad de oportunidades es sin lugar a dudas la cuestión de fondo que no se termina de resolver con grandes y suntuosas inversiones, depredadoras muchas de ellas de los recursos naturales de las regiones. El crecimiento económico y social como tal seguirá pareciéndole a muchos peruanos una mera ilusión en tanto no se tomen medidas concretas que auspicien el surgimiento de sus pueblos, de sus comunidades y regiones partiendo del respeto de su diversidad y de una sensata disposición de sus recursos para encaminar un proceso de producción y desarrollo sostenibles.
De cara al 2021, el fenómeno migratorio, de un lado, podrá reforzarse hacia la capital y otras grandes ciudades de la costa y sierra en tanto las mismas continúen siendo el principal foco de inversión no sólo para el Estado sino para las empresas extranjeras y poderosas transnacionales. De otro lado, estas mismas inversiones extranjeras podrán poner su atención en diferentes puntos del país aún vírgenes al proceso productivo colmados de recursos naturales, en donde se pueda establecer unos espacios de desarrollo económico respetuoso del paisaje e inclinado a no alterar su configuración, al punto de acabar no solamente con su belleza como atractivo turístico sino con la posibilidad de permitir el desarrollo de una vida social y su respectiva organización.
La misma sierra peruana todavía puede ofrecer muchos puntos geográficos que canalicen la migración interna, haciéndola desistir de la capital como alternativa para ofrecer otras igualmente prometedoras e incluso menos convulsas y turbulentas, que igualmente podrían poner a disposición de sus habitantes las ventajas que actualmente se encuentran en las grandes ciudades.
Sin embargo, para ello será necesario que el Estado inicie un importante proceso de inversión que rescate de la postergación a estas ciudades, alcanzando auténticas posibilidades de un desarrollo adecuado y de transformación. Sólo así se encontrarán alternativas a la migración que no necesariamente pasen por considerar en grado único a Lima metropolitana.
Finalmente, la selva peruana se haya lamentablemente poco promocionada como vasto espacio geográfico que pueda acoger los procesos migratorios y su lógica social. Si se evidencia un poco o escasa inversión en las diferentes ciudades de la sierra, en la selva dicha inversión prácticamente no es un tema serio en la agenda de los gobiernos de turno. Retomando este aspecto y dotando a la selva peruana de oportunidades de crecimiento es que la misma podría constituirse en alternativa a los futuros éxodos que el Perú todavía seguirá registrando de aquí a unos años.
Pensar en la selva peruana y en su estratégica ubicación geopolítica, que la hace próxima a grandes países del continente sudamericano (entre ellos y definitivamente el Brasil) podría ser un factor a explotar de cara al 2021, a cuya consideración se sumen sus innumerables atractivos turísticos que bien podrían perfilarla como polo de desarrollo alternativo y entonces esperanza de un rápido enriquecimiento, partiendo del hecho de verla como la garantía de llegar al término del siglo XX merced de ser fuente de recursos todavía insuficientemente explotados.

viernes, 18 de enero de 2013

Una aplicación del interaccionismo simbólico




Premisa.-
A continuación se planteará un caso de investigación recurriendo al interaccionismo simbólico como marco teórico que posibilite la comprensión del mismo.
Se valorará dicho enfoque teórico por dar prioridad al mundo social como escenario marco de comprensión de las experiencias sociales, recurriendo a la explicación de la conducta del individuo en función del grupo que le rodea y al cual indefectiblemente pertenece.

A tales efectos es que se retomarán sus postulados básicos, a saber:

a)    Los seres humanos están dotados de capacidad de pensamiento.
b)   La capacidad de pensamiento está modelada por la interacción social.
c) Las personas aprenden los significados y los símbolos que les permiten ejercer su capacidad de pensamiento distintivamente humana.
d)   Los significados y los símbolos permiten a las personas actuar e interactuar.
e)    Las personas son capaces de modificar o alterar los significados y los símbolos que usan en la acción y la interacción sobre la base de su interpretación de la situación.

Igualmente, otro insumo base será la estricta consideración de la anterioridad del todo a las partes, tal como es que lo entiende el interaccionismo simbólico, concepción que posibilita la acción del individuo inicialmente estimulado por un entorno y otros como él, igualmente susceptibles de respuesta ante un entorno que repercute en ellos.

Es gracias a la interpelación del entorno que el individuo conseguirá desarrollar una mente individual, con lectura lógica de las cosas y de las personas. Es decir, por la existencia de un entorno es que se comprende el establecimiento de unos estados mentales en el individuo y su desarrollo, tanto por el curso histórico de su vida como por el mantenimiento de una confrontación dialéctica con dicho espacio.

 Antecedentes.-
Se quiere entender la dinámica de juego de un grupo de niños y niñas que viven en condición de institucionalización, esto es, residen en lo que comúnmente se conoce como albergues o casa hogar, espacios de acogida temporal para menores en situación de abandono o riesgo moral/material, privados de la debida atención y cuidados de sus padres/parientes.

Se entiende por dinámica de juego a los momentos del día en que los niños y niñas tienen oportunidad de desarrollar actividades de carácter lúdico-recreativo como medida para el desarrollo de sus condiciones psicosociales. Del mismo modo, es por medio del juego que la sociedad refuerza en el niño los patrones de socialización y los eventuales roles que puede asumir una vez que se haya incorporado a ella con el consecuente despliegue de dinámicas específicas en relación a su entorno y los demás.

Formulación del marco de investigación.-
La institucionalización como fenómeno por el cual un niño, niña o adolescente se ve constreñido a crecer y vivir fuera de un contexto familiar, ideal para su correcto desarrollo psicológico y social conlleva la aparición de diferentes problemáticas -siempre a nivel personal- que pueden presentarse en el menor a cualquier edad y acompañarle durante el curso de sus posteriores años de vida.

 Dependiendo de la complejidad del caso particular de cada menor, la condición de institucionalización puede repercutir considerablemente en sus procesos de socialización, reprimiendo su capacidad de expresión, de exteriorización y verbalización de sus sensaciones y sentimientos, al punto de generarle un estado de aislamiento que le impida estar acorde con las dinámicas y prácticas de su espacio.

Uno de estos procesos sociales por los que pasa el individuo durante sus primeros años de vida está marcado por la iniciación en el juego y el reconocimiento de posibilidades de acción en sociedad a través del mismo, que se basa en representaciones simuladas de casos que eventualmente pueden tener lugar en la vida real.

La condición de abandono y consiguiente institucionalización, entonces, puede repercutir sobremanera en los ya mencionados procesos de socialización del menor, impidiéndole incluso el libre y sano derecho del disfrute al juego, por lo que ve afectado su acceso a los mecanismos de sano esparcimiento y expresión de la espontaneidad y creatividad de los que dispone, para estimulación y desarrollo tanto de su psiquis como de sus prácticas sociales.

Justificación e importancia.-
Todo niño tiene, en primer lugar, derecho a crecer rodeado del amor de un padre y de una madre que les prodigue las mayores atenciones y cuidados, propicios para su crecimiento espiritual, mental y corporal. Asimismo, tiene derecho al pleno disfrute de su infancia, de los momentos, compañías y experiencias que puedan forjar en él una personalidad estable, que desde una temprana edad, puedan prepararlos para interacciones y convivencias de mayor intensidad propios de la vida en sociedad, como lo son los que puede encontrar en ambientes como la escuela o el trabajo, entre otros.

Entender en qué medida se ven afectados los procesos de socialización, y en particular las dinámicas lúdico-recreativas del niño, por los efectos de la institucionalización es determinante para compulsar sus posibilidades de adecuada inserción social y de reconocimiento de sus instituciones.

Del problema de la vida fuera de una familia es que se originan otras problemáticas para el niño, las mismas que de no ser atendidas en su momento oportuno, devienen en potencial condición de perjuicio para el adulto que años después será, tornándolo un individuo con problemas de adaptación a su escenario social, de reconocimiento de las leyes y las prácticas sociales, de valoración de los demás y respeto a sus derechos. Y a ello, el problema de un auténtico y propio reconocimiento de sus habilidades personales, poco desarrolladas por la carencia de un adecuado estímulo familiar.

Aplicación del marco teórico.-
El juego, como práctica lúdico-recreativa y de reforzamiento de las  pautas conductuales y actitudinales que la sociedad implanta en el individuo desde los primeros años de su existencia, puede ser leído a través del marco teórico propuesto por el interaccionismo simbólico como uno de tantos actos que le son propios.

Así, todo juego, que vamos a entender como acto estaría dado por las siguientes fases o etapas:
a)    Impulso: el acto del juego sería llevado a cabo por el niño en virtud de ser invitado a desarrollar el mismo o porque vería a otros de sus coetáneos tomar parte del mismo. Así, en el primero de los casos una tercera persona le aproximaría e iniciaría en el mismo. En otro, procedería por imitación.
b)   Percepción: como respuesta al momento precedente, el niño reacciona al estímulo (ser animado a jugar o jugar por ver a los demás hacerlo) y elige jugar tras percibir la dimensión del mismo y considerar siquiera algún grado de competencia para desarrollar el mismo.
c)    Manipulación: el niño entra en contacto con los medios, los recursos que posibilitan el despliegue de la actividad lúdico-recreativa. A través de sentidos como la vista y el tacto el niño refuerza su conciencia de la existencia de la actividad que esta por realizar, tomando conocimiento de los alcances y dimensiones de ésta. A ello se puede añadir que si la actividad emprendida no se está dando por primera vez, entonces el niño puede retomar experiencias pasadas de relación con la misma y aplicar lo ya aprendido en este nuevo momento.
d)    Consumación: es el acto de jugar, propiamente dicho.

El proceso anteriormente descrito es el que debería darse como condición ideal por la que el niño tiene la oportunidad de dar rienda suelta a su libre espontaneidad y creatividad, valiéndose del juego para exteriorizar sensaciones y sentimientos así como canalizar y liberar su energía, consiguiendo posteriormente satisfacción en la actividad que despliega.

Sin embargo, no todos los niños pueden gozar del momento del juego y de sus posibilidades de esparcimiento mental y espiritual debido a condicionantes, de tipo emocional, que le reprimen y constriñen esa espontaneidad propia del menor debidamente estimulado y funcional al desarrollo de sus facultades, creciendo rodeado de sus principales figuras de referencia, como lo son un padre y una madre. El anterior es el marco ideal y esperado para su crecimiento. Sin embargo, en un contexto fuera de una familia, no es igualmente factible esperar que dicho desarrollo se dé a plenitud en el menor, que privado de un contexto de amor y cuidados, crece sintiéndose solo y sin necesidad de exteriorizar ni manifestar nada por nadie. En tal sentido, el juego no es considerado como alternativa ni de expresión ni de comunicación.

La géstica.-
Es el gesto, según el interaccionismo simbólico, el más básico de los mecanismos de todo acto social, donde los movimientos de un primer organismo (biológico si se entiende un individuo) se configuran como estímulos para las respuestas de un segundo organismo. De la gama de gestos que puede ofrecer el individuo ciertamente es el de tipo vocal el que más importancia tiene para el desarrollo de otros gestos, de tipo significante, que paulatinamente dan lugar a la aparición del lenguaje, por ejemplo.

Los gestos son los primeros indicadores de los que se puede disponer para apreciar el grado de vinculación de una actividad, situación o interacción. Los gestos, como las muecas por ejemplo -o aún más los eventuales gritos del niño al jugar- nos dicen de su nivel de disfrute de la actividad que está realizando, de cómo repercute en él, si la está desarrollando con destreza o menos, así como si eventualmente se hallará en ánimos de repetirla.

Muchas veces el niño poco estimulado, retraído, no tiene ocasión de gozar al máximo de la experiencia que le puede proveer el juego. Es más, simplemente puede no jugar. Pero concentrándonos en el caso de que opte por jugar, es claro que su rendimiento en el mismo estará directamente ligado con su capacidad de querer gozarlo.  Para que alcance tal estímuloes menester que crezca debidamente atendido y lleno de los cuidados que únicamente una familia le puede brindar en pro de su desarrollo psicológico y social.

El contexto de la institucionalización muchas veces interrumpe este proceso de desarrollo, dejando al niño aún más carente de lo que estaba al haberse visto obligado a entrar en un albergue o casa hogar, como medida temporal de acogida frente a la situación de abandono, desatención o desamparo.

Es a través del lenguaje que se puede obtener un mejor testimonio del niño y el juego, recogiéndose del mismo su apreciación de la experiencia. En tal sentido, el lenguaje se entiende como el conjunto de símbolos que responden a un significado y conllevan a la comunicación. Necesariamente establecen el contacto de un emisor con un receptor y la transferencia de un mensaje que ambos pueden decodificar, haciendo posibles los procesos mentales y espirituales de la persona así como la capacidad de pensamiento en la misma.

Lamentablemente, muchos niños y niñas, por las duras condiciones que tienen que pasar lejos de un escenario familiar que procure su crecimiento, suman a su problemática el no poder expresar sus procesos internos a través de las palabras, limitándose a convivir con sus hechos de manera solitaria.

Aquí asistimos a la forja de un individualismo por el cual no se hace necesario compartir ni socializar nada con el resto de las personas partiendo del simple hecho que no hay nada que comunicarles. Es más, de haberlo éstas no estarán siempre para escuchar o para interponer medidas que procuren alivio a un problema o la satisfacción de una necesidad. La medida a ello se establecería, pues, por la presencia y posterior ausencia de las figuras paterna y materna, las que de manera acabada sí están en condiciones de hacerlo.

La afectación del self.-
El yo como el mí son partes constitutivas del self, que es la capacidad del individuo de considerarse a sí mismo como sujeto, de evaluar su actividad social y las relaciones que emprende en los escenarios que transita. En este procesa media evidentemente la mente. Para el interaccionismo simbólico, el self se sitúa en la experiencia social y sus procesos, desplegando un proceso de reflexión y capacidad de ubicarnos en un lugar ajeno al propio y actuar como los demás lo harían. Es la posibilidad de iniciar una evaluación de sí desde fuera y ver el papel que desempeñamos.

En un escenario poco propicio, donde se tiene un niño inadecuadamente sometido a correctos estímulos que posibiliten su desarrollo personal, la evaluación propiciada por el self se ve dificultada -si no distorsionada o imposibilitada- y suplantada por un proceso en ensimismamiento poco vinculado a la realidad. De aquí que se desprendan casos donde algunos niños creen tener amigos imaginarios, reemplazo de aquellos padres que no le pueden dar la debida escucha.

 Las condiciones de institucionalización son castrantes para un menor, en todo sentido. Ponen coto a su lado creativo e imprevisible, a sus cualidades innovadoras. Restringen ese YO, que por el interaccionismo simbólico entendemos, cancelando o al menos aminorando sus posibilidades de innovación social, muchas de las cuales tiene ocasión de presentar durante sus primeros años de vida y a través de la experiencia del juego.

El ambiente de la institucionalización, igualmente, dificulta los procesos sociales de aprendizaje de conocimiento y asimilación de valores, al no ser precisamente un albergue o casa hogar el contexto idóneo donde impartirlos, con respectiva carencia de los padres como los primeros transmisores de saberes, desde los más útiles y de inmediata aplicación hasta los más elaborados y que generan la reflexión y el establecimiento de estos valores.

En cuanto al otro aspecto del self, el MI, éste puede verse de hecho reforzado por la implantación de dispositivos de regulación de la conducta impartidos por la maquinaria disciplinaria del albergue u orfanato que simplemente encausan sus pulsiones a una no expresión de éstas o a su represión, en salvaguarda del orden.

El niño institucionalizado tiene generalmente presente la idea de limitación de su voluntad por la aplicación de medidas de disciplina, rígidas, que marcan pautas a su tiempo y acción. Así, hay una hora para tomar los alimentos, otra para asearse, otra para estudiar  y otra para jugar, que son las menos y las más apreciadas por él. A la larga, se tiene un niño que, perdiendo paulatinamente sus esperanzas de un retorno al contexto familiar, acaba por conformarse con la suerte que le ha tocado vivir. Se concluiría de ello que:

a)    El escenario ideal para el desarrollo de un menor es el contexto familiar, donde encuentra las debidas atenciones, cuidado y afecto de un padre y de una madre.
b)   La institucionalización como proceso presuntamente temporal de acogida frente al abandono, el desamparo y la desatención interrumpe el proceso de desarrollo personal del niño, confinándolo a una pobreza de estímulos, emociones y expresiones.

Por medio del juego se tiene oportunidad de constatar la espontaneidad del niño, la aplicación innovador por parte del mismo y la debida asimilación y reproducción de los mecanismos y pautas de socialización y reconocimiento de unas normas de convivencia, garantía de la armonía y cohesión social.

martes, 8 de enero de 2013

Las implicancias del método comparativo




Introducción.-
Comparar es una actitud de vida. Constantemente estamos comparando las cosas, las personas, los lugares e incluso los tiempos. Decir, por ejemplo, que cualquier tiempo pasado fue mejor significa establecer una comparación entre el hoy y el ayer. Parece que comparar es una práctica innata en la persona. En esta  inherencia se encontraría parte de la justificación de su siempre insaciable deseo de querer más.
Compara el hombre porque nunca nada le basta- porque necesita más, o en el menos ambicioso de los casos- porque necesita saber si lo que tiene, lo que ve o lo que le toca vivir es mejor o peor que otras situaciones que podría vivir él u otras personas no necesariamente inmersas en su mismo contexto espacio-temporal. Sea como fuere, necesita comparar. Y más en tiempos frenéticos como los actuales es que  prácticamente se puede decir que comparar ha adquirido un carácter compulsivo, que se entiende aún más y mejor cuando se la considera dentro del marco de una cultura globalizante y consumista.
En los más diversos campos del saber, comparar es igualmente válido y legítimo. No se acrecientan los conocimientos ni se suman aportes a los cuerpos del saber del hombre y de la vida sin recurrir a procesos investigativos que empleen la comparación como forma de calibrar si dichos saberes y conocimientos son mejores o peores que los que se alcanzaron ayer, o si son igualmente aplicables y válidos en un contexto como en otro.
La disciplina sociológica, en su afán de un marco cada vez mayor de entendimiento de la acción humana y social también recurre a la comparación, sólo que no lo hace con mecanismos rudimentarios y deleznables. Emplea más bien un procedimiento especializado, metódico. Valga la redundancia, recurre a un método, el método comparativo, que con sus diversos instrumentos le permite obtener informaciones específicas con el afán de permitirle al hombre la realización de un sueño que desde el inicio de lo conocido le ha sido afín: transformar la naturaleza e intervenir en la sociedad.

Definición.-
Por método comparativo debe entenderse el procedimiento científico-lógico que va a concentrar su atención en dos o más unidades macro-sociales con la finalidad de encontrar relaciones de semejanzas y diferencias entre las mismas. A tal fin se vale del despliegue de unos procesos sistemáticos y ordenados que le permiten examinar dichas unidades macro-sociales para así extraer un número de conclusiones que amplíen el campo de entendimiento de los fenómenos que tienen lugar al interior de éstas.
Un primer paso para el desenvolvimiento del método comparativo radica en la realización de observaciones puntuales y a profundidad de aquellas entidades macro-sociales, llámense países, culturas, sociedades, economías. En virtud de ello el investigador social no solamente debe optar por la revisión de la literatura existente sino que habrá de verse obligado a trasladarse a los contextos geográficos que son materia de su estudio a fin de poder tomar un real contacto con aquello que le demanda interés científico.

Curso del método.-
Para el método comparativo la investigación de las semejanzas y diferencias entre diferentes casos es una cuestión fundamental. Precisamente es lo que le da razón de ser, es su ratio. La premisa aquí es muy sencilla: no hay dos cosas idénticamente iguales en la naturaleza, mucho menos en el universo social. Al confrontar las mismas es que se cae en la cuenta de las propiedades que una tiene y que otra no tiene. En el esfuerzo por entender porqué una sí las presenta y la otra no es que radica la génesis de este proceso.
El paso consistente en la observación es imprescindible, con miras a reconocer regularidades que necesariamente deben ser explicadas. Deben ser explicadas justamente por el infinito afán del hombre por conocer el motivo de las cosas y la razón de su presencia. Del reconocimiento de estas regularidades es que eventualmente podrá pensarse en la implementación de acciones para la resolución de problemas, por ejemplo, o en la posibilidad de realizar intervenciones específicas en el universo social.
A estas alturas, el método científico ya puede ofrecer una interpretación de la realidad, exponiendo la lógica de su diversidad, la riqueza o pobreza de la misma, la complejidad o aparente simpleza de determinados procesos sociales, culturales, políticos o económicos que tienen lugar en dos o más escenarios.
Posteriormente, se podrán comprobar hipótesis de carácter explicativo que brinden una posibilidad de entendimiento del despliegue de estos fenómenos. Del mismo modo, se procederá al descarte de otras hipótesis que no consigan entrar en una lógica sincrónica de comprensión de dichos fenómenos, las cuales serán dejadas de lado por no haber podido englobar la complejidad de los mismos.
El gran aporte del método comparativo llegará, así, cuando pueda explicar la complejidad de las diversas relaciones causales que permiten el aparecer del fenómeno que se estudia, dando el importante salto hacia el establecimiento de generalizaciones y recurrencias afines a los casos, para finalmente asistir al nacimiento, a la construcción de una teoría.
Como se ha podido apreciar, la vinculación íntima que se establece entre el método y su proximidad a la realidad es bastante especial, particular y única, por decir lo menos. Lo es en el sentido que propicia un trabajo de campo que se perfila como una práctica necesaria e inteligente para llegar a un conocimiento más a profundidad de aquella realidad o realidades que interesa conocer. Llegar a saber por qué se producen unos procesos sociales, económicos y culturales tan particulares en un país, por ejemplo, y cómo los mismos podrían encontrar otros similares en un punto geográfico diferente.
La asunción de una empresa como ésta definitivamente está atravesada por las debidas consideraciones históricas del caso. Sería ingenuo dejar de lado los procesos históricos que han ido estructurando la complejidad de los fenómenos sociales y no darle su oportuno valor explicativo-comprensivo. Un determinado estado de las cosas ha podido llegar a nosotros y a nuestros días pasando por diversas consolidaciones, modificaciones o transformaciones a lo largo del tiempo histórico. Poder ubicarlas puntualmente en cada momento de este tiempo histórico contribuye al proceso de entendimiento de las mismas.
Empero, estas mismas consideraciones históricas podrían acarrear algunos escepticismos desde el momento que se pretende arribar a leyes o grandes generalizaciones de lo social a partir de la asociación de fenómenos y circunstancias, las mismas por las que hay que tener en cuenta que su carácter irrepetible y la particularísima conjunción de situaciones y circunstancias únicas. En resumidas cuentas, éste escepticismo no pasaría de ser tal ante la ambición de la empresa sociológica y las posibilidades del método comparativo por ofrecer un mayor conocimiento del universo social.

En qué casos se debe recurrir al método comparativo.-
Se debe recurrir al método comparativo toda vez que sea necesario establecer un mayor conocimiento de dos o más entidades macro-sociales (países, culturas, economías, etc.) con la finalidad de intervenir en ellas y propiciar algún tipo de cambio o de mejora de la distribución de los recursos y riquezas.
Igualmente, se debe recurrir al método comparativo con la intención de fijar leyes o grandes generalizaciones que permitan un entendimiento más amplio de la cuestión social, de la vida de las personas, de sus prácticas, pautas y hábitos así como de la dinámica de los grandes conglomerados sociales humanos y sus más complejas tramas de organización a escala política, cultural, económica.
Debe recurrirse al método comparativo cuando se tenga la necesidad académica de saber sobre aquello que es desconocido, o en el mejor de los casos de lo que poco se sabe y sobre lo que se necesita profundizar a fin de realizar intervenciones específicas (como por ejemplo las señaladas en el primer párrafo de esta página) orientadas a una mayor estado de bienestar de las personas.
Del mismo modo, se debe recurrir al método comparativo siempre que se pretenda dotar a la disciplina sociológica de nuevos conocimientos, des-cubriendo situaciones y procesos que de otra forma, ante la ausencia de la investigación y el estudio, quedarían irresueltas o suspendidas en un limbo enigmático. A tal fin se señalarían nuevos conocimientos o se resaltarían los ya conocidos. 
Con el método comparativo se puede controlar, verificar o falsificar cuerpos teóricos o grandes generalizaciones dependiendo de la especificidad con la cual se aplique a los mismos.

Aplicación práctica del método comparativo.-
Para las ciencias sociales -y en lo específico para la disciplina sociológica- la posibilidad de aplicar el método comparativo alcanza suma importancia, por ejemplo, para confrontar la vida política o la vida social de un país.
Cada país busca crecimiento económico sostenido basado en políticas de producción y comercialización de bienes y servicios y la consiguiente distribución de las riquezas que se obtengan de las mismas, favoreciendo el establecimiento de un estado de bienestar y de justas condiciones de la competencia para todos los individuos. Sin embargo, en la práctica esta concepción ideal del desenvolvimiento de los procesos económicos no se da en estricta atención al concepto expuesto. Se verifican estados de injusta distribución de las riquezas, de las ganancias, de los recursos y de las posibilidades de competencia, las cuales ocasionan estados de malestar de diversa índole, expresados en condiciones de pobreza, enfermedad, postergación, etc.
Dicho estado de las cosas adquiere una particularidad en consideración atenta del marco histórico-geográfico en el que se encuentra inmerso. Todavía, para entender cuán particular es tal estado de las cosas así como su carácter irrepetible, es que se salta a la apreciación de casos similares que tienen lugar en otros puntos del orbe-mundo. La pregunta, entonces, que orienta el interés es saber cómo se despliega la vida económica en otros países y el grado de malestar que puede generar la injusta distribución de las riquezas y de los recursos.
Igualmente, orienta el interés el saber qué medidas fijan los Estados extranjeros para la solución de esta problemática y si las mismas son replicables al caso propio. En todo ello el papel del método comparativo para poder absolver estas interrogantes es decisivo desde el momento que va a permitir escrutar complejos engranajes y tramados de relaciones que dan oportunidad de surgimiento a un fenómeno como el expuesto, desentrañando su multiplicidad de causas y alcanzando explicaciones consistentes.
Hacia el final de un trayecto como éste, los Estados tienen mayor conciencia de sus carencias y posibilidades así como de los procesos que podrían aplicar con innovación (o replicarlos) inspirados en las experiencias vecinas ocurridas en otros países.
A todo ello se llegaría por el método comparativo y su esfuerzo de contraste entre diferentes situaciones. Luego, queda claro que el método comparativo ofrece aplicarse a diferentes problemas de importancia con miras a desarrollar explicaciones comprensivas. Sus principales áreas de interés las encontraría en la política, por mencionar un ejemplo, para enfrentar situaciones de coyuntura que afectan un país y ofreciendo propuestas de crecimiento.
  
Los modelos ideales en la investigación comparativa.-
El establecimiento de un modelo ideal en la investigación comparativa comportaría una interesante ayuda por la cual se podrían fijar parámetros de medición para los fenómenos en estudio. Esto consistiría en la construcción de conexiones que orientaran el estudio de unas realidades específicas, aportando pautas de estudio para desentrañar el complejo tramado de los fenómenos sociales, de aquellas macro-estructuras de las que se viene hablando hasta ahora.
No se piense que con fijar parámetros de medición se someterá estrictamente la diversidad de los fenómenos en estudio a la presunta rigidez de la misma. Todo lo contrario, aquellos aspectos que el mismo fenómeno pueda aportar al ensanchamiento de los márgenes de aplicabilidad de un modelo ideal de investigación serían oportunos y deseables para dotar al investigador social de herramientas más sofisticadas con las cuales escrutar la cuestión social.
Con la presencia de un modelo ideal, igualmente se aportaría a la formación de hipótesis en su calidad de medios para representar la realidad, los mismos que sucesivamente, y merced de más ambiciosas investigaciones, serían corroboradas o refutadas de acuerdo a su alcance explicativo-comprensivo.
El modelo ideal, como su mismo nombre lo refiere, irá a contener aquello que debe ser, aquello que es esencial de tomar en consideración dado su valor permanente. El modelo ideal, en una segunda etapa, es aplicado y alcanza al investigador aquellos insumos científico-lógicos que coadyuvan a la dación de un marco teórico o de grandes generalizaciones. Como tal, el modelo ideal estaría nutrido de parámetros tomados de diversas experiencias, extraídas de las mismas precisamente por su carácter recurrente, tras haber traspasado la particularidad de un contexto, de una situación.
En resumen, la invitación a emplear el método comparativo se extiende en la medida de los alcances del mismo, de sus ambiciones teórico-prácticas y de su utilidad para dar al investigador mayores luces sobre la cuestión social. Si comparar es una práctica inherente al hombre, el método comparativo sería el método por excelencia de toda disciplina científica, donde se abandona la falsa confianza de creer que todas las cosas son iguales  y que están ya dichas, por lo cual no sería necesario confrontarlas entre sí. Nada más falso que esto.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El constructivismo estructuralista de Pierre Bourdieu




La sociología de nuestros días, aquella que nos complacemos en llamar contemporánea -y bien hacemos puesto que refiere un número de estudios que tienen como referente el actual momento de la vida social, política, económica y cultural de las más diversas sociedades extendidas a lo largo y ancho de la Tierra- no puede ser pensada sin nombrar con justicia a aquellos científicos sociales que trabajan por enriquecerla como disciplina. La lista de sociólogos que ya tiene un lugar fijo en el universo del saber producido por el hombre y para el hombre cuenta entre sus filas a un investigador de procedencia francesa, quizá el más nombrado y leído de los últimos 50 años: Pierre Bourdieu.

Con una propuesta teórica alambicada cuanto inteligente Pierre Bourdieu se ha perfilado como uno de los teóricos cuyo esfuerzo de investigación es considerado dentro de los mejores y mayores esfuerzos por conciliar instancias teóricas presuntamente antagonistas (aquellas heredadas para la ciencia sociológica desde los aportes de Marx, Weber o Durkheim) para llegar al establecimiento de un cúmulo teórico ambicioso encaminado a ofrecer lecturas todavía más profundas y reveladoras del espacio social, de sus actores y de sus dinámicas de interacción. Ciertamente, no se puede hablar de teoría sociológica sin que el nombre de Pierre Bourdieu venga a la mente de cualquier persona mínimamente formada en esta disciplina.

El constructivismo estructuralista.-

La propuesta de Bourdieu denominada constructivismo estructuralista debe entenderse por la consideración de la existencia de unas estructuras sociales inasibles e independientes de la conciencia y voluntad de las personas que ejercen sobre las mismas un poder capaz de constreñir y orientar sus prácticas sociales a determinados fines, de las cuales difícilmente pueden salir a menos que renuncien a la idea de una vida en sociedad regida por específicos convencionalismos que organizan su decurso. Sumando a ello, debe igualmente tomarse en cuenta los patrones de percepción, pensamiento y acción que se constituyen como inigualable carta de presentación de los individuos al momento de llevar a cabo sus diversas interacciones sociales, de las cuales se puede esperar un cierto margen de innovación en la medida de la creatividad de los agentes y de los estímulos que los lleven a re-significar o al menos a reconsiderar sus prácticas. Del planteamiento de este concepto es que entonces surge el concepto de campo.

En ambas premisas, ciertamente, se asiste a uno de los más notables intentos por ofrecer una conjunción de lo objetivo (las estructuras sociales, a las cuales el autor terminará concediendo primacía) y lo subjetivo (la construcción por parte de los actores) que no se limite a los discursos teóricos clásicos que muchas veces han caído en antagonismos presuntamente irreconciliables y que sin duda han encontrado sendos tributarios, los mismos que han aportado a establecer esencialismos teóricos generadores de la confrontación que poco han sumado a favor de una perspectiva analítica y comprensiva todavía más profunda y que abarque aquellos resquicios de la vida social que podían quedar inalcanzables para las tradiciones sociológicas pre-existentes. Del planteamiento de este otro concepto se entiende así el concepto de habitus.

Dos momentos del constructivismo estructuralista.-

  De lo expuesto se participa claramente en dos momentos de la teoría de Bourdieu: una primera de corte objetivista, donde el elemento base para la asimilación de esta propuesta es el reconocimiento de unas estructuras objetivas estudiadas por el científico social y en las cuales reposan las representaciones subjetivas de los actores (o agentes para ser más precisos). Tales estructuras son vistas como el principal constreñimiento a la práctica de los agentes y el cuadro de despliegue de sus diferentes pulsiones y lógicas. El segundo momento de la propuesta de Bourdieu tiene un corte subjetivista, donde las representaciones de los actores cobran un cariz altamente dinámico y hasta propositivo, al punto de ofrecer la posibilidad nada desdeñable de un intento de transformación de esas estructuras sobre las que descansan y que ciertamente les permiten su extensión. Asistiendo a este proceso, a este momento de la comprensión es que se aprecian los esfuerzos tanto individuales como colectivos por repensar, reformar o reformular -y hasta revolucionar- estas estructuras condicionantes del impulso social de los actores, o en el menos afortunado de los casos, simplemente dejarlas fijas tal y como ya estaban desde un principio.

  Es con particular atención a este segundo momento donde se inscribe una explicación historicista sobre el principio de acción de los actores, por la cual los mismos asumen una empresa que se confronta con la sociedad misma. En ello los individuos, los agentes, no proceden siendo entendidos como una instancia externa a la estructura ni tampoco como una cosa que reside en la conciencia de las cosas sino en la íntima relación de ambos estados. He aquí el carácter relacional de unos procesos históricos que han conseguido objetivación en las cosas (las diversas formas de instituciones sociales) y, de otra parte, de aquellos mismos procesos históricos que han recaído en la corporalidad de los agentes y que perfilan sus prácticas, o lo que para Bourdieu es el habitus.  

Del despliegue de ambos componentes explicativos es que se puede comprender la producción y re-producción del mundo social, donde sus agentes llevan inscritos en el cuerpo unos procesos históricos gracias a los cuales aparece entendible su desenvolvimiento social, a la par que aquella misma historia ha ido a encallar en un marco rígido como son las instituciones sociales y que le ofrecen a los agentes los senderos por los cuales desplazarse en salvaguarda de su integridad y para la perpetuación de un orden a todos conveniente.

Interiorización y exteriorización.-

  Para Bourdieu esta compleja dinámica acarrea un doble movimiento constructivista, a saber el de la interiorización de aquellas estructuras inasibles y que constriñen, como de exteriorización de aquellas pulsiones e innovaciones que se perfilan como propuesta de replanteamiento y cambio de las mismas o simplemente de validación de su existencia y perdurabilidad. Esa interiorización de las estructuras se da gracias a los diferentes procesos de socialización que comienzan desde los primeros años de existencia del individuo y que después vienen afianzados gracias a la acción de las agencias de socialización (familia, escuela, por nombrar las más saltantes) que se encargan de dotar a los agentes de los insumos relacionales básicos para su desenvolvimiento en sociedad. Posteriormente, con el paso de los años, los agentes participan en el afianzamiento de dichas estructuras al tributarles validez y legitimidad, necesarias para el normal decurso del conjunto de la vida de todos ellos en los más variados campos que se puedan reconocer.

Sin embargo, en el segundo momento entendido como la exteriorización de un bagaje subjetivo -llámense patrones de percepción, pensamiento y acción- los agentes tienen a su disposición la posibilidad de re-crear ese férreo marco que marca el compás de sus pautas conductuales y actitudinales. No llegan a este momento sin haber asimilado debidamente estos constreñimientos y posteriormente haber llevado a cabo un escrutinio en profundidad de su lógica de producción y re-producción. Al des-cubrirse ante sus ojos este alambicado engranaje dan rienda suelta a su creatividad e innovación para ofrecer alternativas que hagan de sus vidas unas vidas más vivibles que encuentren una mejor satisfacción a sus siempre incesantes necesidades.

El habitus.-

Retomando lo hasta ahora visto, participamos de la definición del habitus como concepto que permite entender la subjetividad perfilada por estas estructuras sociales mediante un infaltable proceso histórico. Un habitus que como insumo de un mayor cuerpo teórico va a dar cuenta de esas instituciones sociales que se graban en la mente de los agentes y que son reconocibles en sus pautas de desenvolvimiento. En este sentido Bourdieu alcanza una iniciativa teórica interesante que no sólo refiere a actores que se desplazan por los espacios sociales motivados por unas pulsiones que únicamente partirían de sus propias subjetividades, sino que éstas están respondiendo a cuanto asimilado y labrado en sus mentes y cuerpos. No serían, pues, estos actores, entes autónomos en un sentido pleno e irrefutable que simplemente han optado por disponer unas pautas conductuales y actitudinales a libre albedrío.

De manera acorde con el principio de acción histórica, el habitus irá a contener una explicación de la singularidad de cada uno de los agentes, cuyas prácticas han sido perfiladas en base a muy particulares experiencias de vida dadas en unos espacios geográficos igualmente particulares que suman a la definición de las mismas de manera irrepetible. Para Bourdieu, los agentes aportan respuestas a las diferentes situaciones sociales de la vida cotidiana a través del habitus, y la respuesta frente a las mismas estará intrínsecamente ligada a todas aquellas pautas de pensamiento y acción de las que puedan disponer los agentes, éstas a su vez nutridas por unas experiencias que calan en la sensibilidad de los mismos y que ya disponen una serie de condicionantes para sus posteriores interacciones.

El campo.-

El campo es visto por Bourdieu como aquellos escenarios donde las instituciones sociales cobran despliegue y dinamismo, albergando el despligue de los agentes y sus modos de socialización, de interacción y de intercambio material y simbólico. En el campo cobran vida las distintas relaciones de los agentes, sean éstas de tipo político, cultural o económico que los confrontan ya sea de modo individual como colectivo y de acuerdo a ciertos intereses que se defienden en determinados escenarios de confrontación. Para Bourdieu cada campo está signado por unas fuerzas, por unas tensiones que precisamente le dan su carácter de espacio de confrontación. De esto no es difícil colegir que tales tensiones obedecen a una desigual distribución de los recursos (no solamente de riquezas) y que perfila unos detentadores de los mismos, al punto de llegar a considerarse el establecimiento de monopolios de la legítima distribución y empleo de los mismos.
Surgen con ello las figuras de los dominantes y los dominados, que como concepto explicativo es en verdad poco novedoso pero que, valgan verdades, responde a una configuración histórica de la lucha por el poder que es tan antigua como la presencia misma del hombre sobre la faz de la tierra. ¿Qué se espera que resulte de esta confrontación sempiterna? Pues nada menos que la reformulación de la distribución de los recursos y de la capacidad de detentar los mismos, hecho que a su vez traerá aparejados nuevos poderes idealmente más justos y equitativos. Esta correlación de fuerzas, de experimentar la posibilidad de reformulación de su configuración, no se dará de la noche a la mañana sino que deberá pasar por toda una serie de etapas que la marcarán como proceso. 

En tal sentido es que se desplegarán diversos esfuerzos por arribar a un momento como éste y en el que los agentes nuevamente deberán dar cuenta de sus márgenes de creatividad, innovación, originalidad e ingenio para lograr tan ansiada posibilidad. Tales capacidades se orientan a enfrentar los mecanismos específicos de los que se valen los dominantes del campo para hacer una capitalización de los recursos, sean estos de tipo cultural, político o los hartamente conocidos de tipo económico.

La dimensión del orden social.-

En la aventura por conseguir la anhelada mejor distribución de los mismos es que los agentes entran en una competencia ardua en la que buscan justificar su legítimo derecho a través de la factura de su producción, es decir, la calidad de la que están hechos los productos que pueden ofrecer a beneficio del campo y de su crecimiento como espacio de interacción y significancia social. En la teoría del constructivismo estructuralista se piensa el universo social como un infinito espacio de representación de diversos campos -tanto autónomos como signados por tensiones, enfrentamientos y competencias- en donde los agentes dan rienda suelta a sus prácticas sociales e igualmente inician procesos de intercambio de recursos tanto materiales como culturales que en alguna medida contribuyen a la satisfacción de sus intereses.

Tales campos son tan variados e infinitos y dependerán en la medida que existan recursos que capitalizar y detentadores de los mismos preparados a dictar normas de acceso y goce a los mismos, de los cuales indudablemente puedan obtener un margen de ganancia y beneficio. Son campos que irán a establecer quienes detentan autoridad en materia de producción de saberes y extensión de dinámicas, a la par que restringirán las posibilidades de alcance de reconocimiento a los nuevos productores del campo, que bajo legítima aspiración buscarán el mismo a través de la producción de nuevos conocimientos o técnicas útiles a la “naturaleza” y pretensiones del campo.

Valoración de la propuesta de Pierre Bourdieu.-

El constructivismo estructuralista ha sido posible gracias a un específico trabajo de investigación que Bourdieu ha llevado a cabo, el cual comienza con una labor de observación sobre la acción de los agentes. Este punto no deja de ser esencial en todo momento del planteamiento teórico. Gracias al despliegue de los esfuerzos de los agentes es que se comprende su avance hacia el análisis del campo y de las estructuras que lo rigen y que les dan coerción. Frente a ellas los agentes actúan con premura visto que se hayan interpelados por las mismas constantemente.

Como ya se había anotado, los agentes ofrecerán respuestas a tales interpretaciones a partir del bagaje cognoscitivo y empírico del que dispongan en un momento dado. De los insumos extraídos de la experiencia es que se fijan conocimientos que orientan las respuestas de los agentes, seguramente unas más eficaces que otras, pero que indefectiblemente se validan conforme van demostrando ser útiles y funcionales a la satisfacción de necesidades y conservación de la integridad de los agentes. Cuando se llega a este nivel de utilización de una serie de respuestas es que se habla de un sentido práctico, donde concretamente se activan fórmulas ya validadas, si se quiere, que economizan la reflexión -incluso la energía que conlleva a la misma- encaminadas a la resolución de problemas prácticos que se suelen presentan en la vida cotidiana así como en diversas esferas de la vida social de los agentes, ciertamente requeridos de alternativas eficaces y eficientes.

Este sentido práctico se halla inscrito en el cuerpo de los agentes, en sus movimientos, en sus diferentes desenvolvimientos corporales, los cuales se activan ante la particularidad de la situación enfrentada. Dicho sentido práctico sería otro modo más de interiorización de aquellas estructuras sociales que, pese a sus constreñimientos por momentos asfixiantes, dotan a los agentes de pautas útiles que les permiten surcar los mares más procelosos de la vida social. En mundo cada vez más convulso y sensacionalista, demandante de acciones rápidas, un concepto como el del sentido práctico da luces sobre esto que durante todas estas líneas se ha venido hablando: la práctica de los actores, que no solamente se limitarían a re-producirlas sino que buscarían la posibilidad de reformular las estructuras en las cuales se mueven. De todo esto, se asiente que hay una intrínseca dialéctica entre el establecimiento de una estructura social y sus márgenes de coerción y los desplazamientos de los agentes, reproductores e innovadores según su particular proceso biográfico.