domingo, 4 de septiembre de 2011

Te volvieses vida...




Nívea
te presentas implacable...
Absorto
te creo insondable...
y ya me veo a pensar
cómo corromper la distancia
que de ti me aleja...

Pienso
cómo someter tu pureza
a mi voluntad firme y dúctil.
Ánimo
encuentro en el ver mi recurso
que consigue el milagro de una epístola.
Ésta se forja
en versos que trato de esculpir
con la sola ayuda de un lápiz
llevado a voluntad por mí...

¡Ataco!
Mis armas que no hieren
van trazando tu forma sensual.
Me deleito
al verte nacer y crecer y completar tu ser.
La melodía que te doy
ya se hace tuya, no más me pertenece
y entonces he dejado de ser tu dueño...

Otros
recurrirán a ti
y en el más dichoso de los casos
maravillados quedarán
por la sensualidad que te perfila.
¡Quédeme
el crédito de haberte dado vida!

Y de tu creador
me vuelvo tu compañero...
Estás suspendiendo mi soledad
y me conforto en el hecho de ver
tu despliegue acompasado.

Me das
tu color humilde que acaba
con la sombra reinante en mis cuatro paredes.
Sé bien
que tú no me vas a fallar
porque en tu estruendo de verbos y líneas
solamente a mí me diste tu candor primero...
Al menos lo creo así
aunque luego otros te lean, poesía...

¡Te volvieses vida!...
¡Así quisiera!
Pero como la reunión de palabras que eres
es como más te prefiero...


domingo, 28 de agosto de 2011

Personal armonía




¡Devuélvelo
a su entorno perdido!
Nociva
es la actualización de su palabra, lo sabes...
Querer
hacer de este recuerdo un remedo
de realidad que vuelve a cobrar vida
no me hace favor alguno.

Mi estancia perturbas
y conciencia de ello tienes.
Mi herida
es herida en tanto sea nombrada como tal.
Va a doler en tanto recobre vida...
Y me causas un dolor
que no es gratuito... Un dolor
que quieres, definitivamente.

Donde no se consigue lo ideal
se puede aspirar a lo material.
Déjame un color
pese a que no sea de luz
y no interrumpas la melodía
del silencio que me inunda.
Si me acompaña el vacío
no quieras llenarlo de miles
de sinsentidos... Ruptura
de mi armonía
que me reconcilia conmigo mismo.

No creo más en un relato
trágico y con final triste. Deja mi prosa lineal
y afónica que reina
con mis días que sueñan con ser etéreos.

Si no tengo música
no quieras darme ruido
y romper mi enajenado concepto
de la armonía...
Compongo una música que hoy día
solamente a mí me deleita.


domingo, 21 de agosto de 2011

El derecho a tener derechos



Pensando en la muerte también pienso en la vida. Casi mecánicamente viene a mi mente la condición contraria y busco detenerme un momento a pensar sobre esta vida, sobre ese derecho a vivir que todos tenemos y que creemos que nos es inherente a través de cualquier tiempo y contexto en que nos encontremos.

Nacer, crecer, vivir y morir son grandes etapas que vamos alcanzando una a una, que pueden llegar a darse con puntualidad, otras anticiparse o retrasarse, pero que definitivamente llegamos a experimentar. Con todo, hacia el final del sendero recorrido apreciamos lo que fue un proyecto que indefectiblemente alcanza una culminación de la que no podemos escapar. Nacemos para morir, vivimos para morir... En el más melancólico de los casos, pensar así no deja de tener sentido.

Alguien me hizo esta pregunta: ¿es lo mismo hablar de un derecho a vivir que de un derecho a nacer? La categoría vida en ambos casos está involucrada, pero no es lo mismo. Solamente una vez en la vida tenemos derecho a nacer, y esto ocurre después de haber permanecido 9 meses en el vientre de nuestras madres. Pero desde el instante de nuestro nacimiento y hasta el final de nuestras vidas tenemos derecho a vivir, no solamente y en tanto jueguen a nuestro favor los convencionalismos jurídico-legales sino en tanto querramos vivir.

Ahora bien, si vivir es algo que puede escogerse, no pasa lo mismo con nacer. Sin embargo, la sociedad adopta la sana postura de que, ya que no podemos hacerlo, siempre será mejor que se nos permita nacer y que seamos nosotros mismos quienes mañana más tarde podamos decidir si queremos seguir viviendo o menos. Esto es justo.

¿Qué pasa en el caso del aborto, cuando son los progenitores quienes deciden impedir el desenvolvimiento de una vida más allá de los confines del vientre de una imposible madre? Definitivamente cometen un delito y violentan un derecho, el derecho a nacer que tiene todo ser humano, porque al no tratarse de un mismo cuerpo, de una extensión de los progenitores (extensión en su sentido lato) no pueden ni deben disponer de ésta.

Estamos hablando de derechos y no se nos pasa por la mente pensar si estos son innatos o inherentes o menos. ¿Y esto a qué se debe? Los derechos que actualmente nos asisten no siempre fueron innatos o inherentes sino que se fueron conquistando, adquiriendo a través de diversos procesos de lucha por un mayor estado de bienestar individual y colectivo. Procesos de este tipo casi siempre tuvieron buena parte de su desenlace en los campos de batalla, en las arenas de pelea donde se superó represión y a punta de armas se buscó conquistar eso que llamamos Estado de derecho, que heredamos de nuestros antepasados y que creemos que hoy nos merecemos por el simple hecho de ser nosotros.

Una vez que se consigue forjar y fijar un marco jurídico legitimado por la sociedad que digamos, avala estos derechos, los reconoce en toda su extensión, es que los mismos se hacen inherentes o innatos, pero esto siempre que dicho marco jurídico esté vigente y la ontología de su concepción sea validada por todos o al menos la mayoría de ciudadanos. La conquista de un estado de derecho innatiza el tener derecho a tener derechos. La existencia del mismo también genera la conciencia de que se tiene el legítimo derecho a tener derechos, y esto no es menos cierto.

El ejercicio de estos derechos también es algo que se piensa inherente, y en aras del mismo buena parte de las veces podemos sobrepasar los de los otros por querer mantener firmes los propios. ¿Si los derechos son universales por qué pasa que olvidamos frecuentemente los de los demás? Hoy en día se piensa erradamente que tener derechos da una suerte de carta libre para decir, hacer o impedir cosas que a otros sí benefician.

Si a esto se suma que quienes quieran hacer "respetar" estos derechos tienen cierto poder económico o político entonces se originan grupos de poder que luchan por la materialización de los propios intereses postergando los ajenos. Esto lamentablemente genera fragmentación, división y deja de lado una visión unificadora de un nosotros social necesario para poner en marcha los motores del desarrollo del país.

Un grandísimo reto para sociedades como la nuestra radica en superar estos ghettos o paraísos de derechos que existen en nuestra realidad y que del otro lado se topan con una cada vez mayor atomización de la sociedad, situación que no aúna esfuerzos y que, con una carencia de solidaridad, es el contexto perfecto para que quiera reinar el desorden, el caos y el abuso, que siempre encuentra sus primeras víctimas en los que menos tienen y en los que menos pueden, en aquellos postergados que desde hace décadas esperan una hora jubilosa de reivindicación y el contacto con ese mundo próspero que decimos que existe y que nos invade a cada paso que damos por la calle.


domingo, 14 de agosto de 2011

Recurso y tiempo



Me hablan...
Me hablan, me dicen
que ahí está... Entonces
creo que me están invitando
a abrir los ojos...
No pienso a veces
que ya los tengo abiertos.

Son la voz de Dios, de la vida
o del destino que me recuerdan
que aún estoy a tiempo.
El recurso y el tiempo aún
me son propicios.
¿Debo solamente dejar
que me susurren el sendero?

¿Y si quiero más de cinco minutos?
¿Cuánto más debo esperar?
Mi vida me espera y me está llamando
¿Y debo yo aguardar una invitación suya
con un sobre lacrado?

Mañana sabrán de mí
y sabiendo de mí no moriré jamás
pese a que tenga que partir de este mundo.
¿Quién me dijo acaso
que ya no es posible soñar? Yo...
y sólo sé que no merezco un color gris...

¡El recurso! ¡Ahí está aún!
Y el tiempo no va a esperarme por siempre.
Me interpela pidiendo mi decisión.
Rey de pasos cortos pero precisos
que marcha sobre los cuadros
de un tablero de ajedrez.

Me ha sido ceñida una corona
y pulida brilla y el sol en ella se contempla.
¡Honra el nombre y el esfuerzo
y alcanza tu camino
y grita por el eco universal
que tienes el recurso y el tiempo!
Aún...


miércoles, 3 de agosto de 2011

El rostro del placer


La Venus del espejo.
Diego de Velásquez (1599 - 1660).


La búsqueda del placer es en cierto modo la búsqueda de la felicidad. Añoramos ser felices y creemos que cuando experimentamos algunos tipos de placer estamos más cerca de esa idílica felicidad, una felicidad que de ser alcanzada en verdad nos haría felices valga la redundancia. Aunque la felicidad pueda implicar un estado placentero bien sabido es que no todo placer, por más intenso que sea, puede garantizarnos la felicidad pese a que al menos pueda orillarnos a la misma.

Alcanzar la felicidad no es fácil, menos aún cuando se la idealiza más de la cuenta, y al no poder llegar a ella se corre el riesgo de experimentar frustración. Sin embargo, no abandonar o no poder abandonar esa frustración puede ser algo preocupante a la larga. También pude serlo el renunciar a un proyecto como éste y conformarse con otras formas de bien-estar que sean solamente un trazo infiel, poco nítido o incluso alternativo de lo que sería ser/estar feliz.

Sin lugar a dudas uno de los placeres más importantes que podamos experimentar se encuentra en la experiencia del sexo. La experiencia sexual puede ser en verdad gratificante si a la simple interacción sexual se le añade un contexto valorativo más ideal que termine de hacerla una experiencia trascendente para la persona. La lectura de Fromm y El arte de amar me han dado mayores luces sobre esta cuestión: la experiencia sexual se hace bella, verdadera y buena en la medida que es resultado del amor mutuo.

Para algunos, un camino hacia un placer esporádico aunque medianamente intenso se encuentra en el consumo de la pornografía. Más allá de que se pueda con ligereza decir que el acceso y consumo de la misma no es bueno, debemos reconocer que ésta hace algo más que presentarnos cuerpos que indiscriminadamente se vinculan teniendo una relación sexual. A veces no lo pensamos, pero la pornografía participa en la definición de la conducta sexual de las personas (obviamente de aquellas que la consumen). Pero hay ciertamente un proceso de alimentación mutua: ésta recoge del imaginario colectivo una infinidad de fantasías y deseos que muchas veces no podemos concretar y que encuentran su virtual realización en una película pornográfica en la que somos imposibles actores. Además, de ella podemos tomar algunos input para dar rienda suelta a nuestra capacidad de reproducir lo visto y entonces sí, poder volvernos los actores de nuestro propio film XXX.

La pornografía no solamente puede proveernos de estos input que, dependiendo de la forma como sean asimilados, puedan ayudarnos a mejorar nuestra performance sexual. También nos llena la cabeza con estereotipos de lo que debe ser un cuerpo y el rendimiento sexual de éste. Establece la idea de lo que debe ser un buen amante y su exuberancia en la cama. Quien no tiene dos dedos de frente y piensa que debe forzar su propia vitalidad a ser como lo que se le presenta en pantalla experimentará frustración, desde el instante que tenga que verse constreñido a postergar la propia individualidad para ceder ante un modelo implantado por una cultura que tiende a sobre-estetizar y sobre-falicizar todo.

Más allá de salir a la caza del placer y poder vivirlo se alcanza un tipo de experiencia vital que puede dotar de sentido a la vida cotidiana de las personas en tanto que las suspende de la rutina o de la monotonía y les da cosas nuevas que vivenciar. No solamente hay entonces en la pornografía una fuente de inspiración y prejuicios que podemos tomar o no sino la posibilidad de que de ella podamos renovar algunas de nuestras prácticas sexuales y generarnos habitus que terminan dándonos un nuevo estilo de vida.

Sin embargo, y volviendo con las cosas feas de la pornografía, ésta no puede dejar de mostrarnos su modo descarnado de instrumentalizar un cuerpo para hacerlo procura de un placer egoísta y enseñarnos que esto es el ejercicio del placer. Sin duda alguna, todavía nos es difícil reconocer los límites de la individualidad y del egoísmo y saber entonces hasta qué punto podemos dar rienda suelta a nuestra pasión sin empezar a violentar la individualidad de la otra persona y recortar el campo de realización de su deseo. Ciertamente son pocas las veces que nos detenemos a pensar si nuestro compañero de cama consigue satisfacerse con nosotros, y muy por el contrario -y porqué no hasta lastimosamente- centramos toda nuestra energía en atender el alcance del éxtasis mayor pese a que con ello eventualmente podamos restarle espontaneidad a quien nos acompaña en el lecho.

Dicen que en la cama las personas nos mostramos tal cual somos: desatamos nuestras fortalezas y temores, expectativas contenidas y reprimimos algunas pulsiones "naturales" por vergüenza o porque muy probablemente los convencionalismos sociales tienen -como lo tienen- tal alcance que también se van a la cama con nosotros. Si pensamos que la búsqueda y encuentro del amor puede hacernos libres (cosa que dudo) porqué no pensar que la búsqueda y el encuentro del placer también podrá hacerlo -salvando las diferencias de concepto, claro está. Las oportunidades de goce no suelen ser muchas y en cambio suelen ser mayores los momentos de hastío, ofuscación, ansiedad, estrés y preocupación que pasamos día a día.

Creo que bien podemos volver a tener en cuenta que en el alcance del momento preciso está la diferencia. No olvidemos que a la mesa y a la cama una sola vez se llama...


domingo, 17 de julio de 2011

El merecimiento de la muerte


Y también se nace a la muerte
con la muerte...
Y entonces
se nace para siempre.
Luis Alberto Sánchez.


Como merecemos nacer merecemos morir. Merecemos morir con la más digna de las muertes en la medida que las circunstancias lo permitan. Merecemos morir cuando ya no podemos vivir más. Merecemos morir cuando ya no vale la pena seguir viviendo más. Y a esto añado que merecemos morir cuando ya no deseamos vivir más. Y este momento en particular debería poder ser decidido de manera irrestricta por todos y cada uno de nosotros de modo indubitable y sin ningún tipo de coerciones.
Si no podemos decidir u opinar sobre el instante en que nacemos a la vida al menos deberíamos poder decidir el momento en que nacemos a la muerte.

Los diversos grupos pro-vida claman ardorosamente por no interrumpir el "natural" curso de la vida y solamente aceptar la pérdida de ésta en el momento que el cuerpo humano ya no tiene más recursos para seguir viviendo, además que sea la voluntad de Dios el saber hasta cuando preservarle la misma a cualquiera. Así, se reafirma que Dios, como da la vida, también la quita. El trasfondo de todo esto es la negación de la legítima posibilidad que tiene el hombre de poder ser dueño de sus actos y palabras y de optar por lo que crea más conveniente. Ni siquiera su propia vida le pertenecería.

Pero sabemos que no siempre es ni digno ni justo prolongar la vida de una persona cuando ésta, la vida, ya no puede ser considerada vivible, cuando ya no está caracterizada por esa dinámica e impulso que la hacen hermosa y deseable y ya solamente es el trazo cada vez menos nítido de algo que alguna vez fue esplendoroso. No pretendo de manera alguna hacer un discurso que exalte la muerte. Estoy impedido de hacerlo desde el momento que no sé a ciencia cierta de qué trate la misma. Qué "se siente" o qué "se vive" cuando se experimenta ésta. En cambio sí puedo escribir sobre la vida y lo maravillosa que es, los espacios y las personas que nos permite conocer en diversos momentos. ¡Esto es bello!

Pero cuando ya no se puede gozar más de todo ello, cuando los espacios y las personas faltan y uno ya no se encuentra dispuesto a continuar una marcha que permita nuevas sensaciones e instantes, entonces va quedando poco. Si a esto se suma que la salud comenzara a faltar pues lo restante es cada vez menos. ¿No será preferible, así, hacer una salida de escena lo más decorosa posible? Pensemos ahora en las últimas imágenes que le dejaremos a nuestros seres queridos. Los recuerdos finales suelen ser inolvidables... ¿Por qué podríamos optar?
Y nosotros, ¿acaso no podemos recordar cada segundo precedente y vivido hasta el último momento que tenemos algún hálito de vida? ¿Acaso no merecemos tener siempre viva la mejor de las imágenes de nosotros mismos?

Pareciera que nuestra participación en esta vida tuviese que estar forzosamente signada por una entrada en escena gloriosa (el nacimiento) y una salida de ésta triste y opaca (la muerte). Todo lo contrario a un desenlace teleológico.


martes, 12 de julio de 2011

De la vastedad de las cosas



No hay nada
y sin embargo a mi alrededor
me veo interpelado por todo...
¿Por qué será?

Ellos no me ven
y sin embargo conocen o creen conocer
cada expresión de mi rostro...
Me pregunto porqué será...

Me cristalizo
y sin embargo soy capaz de evaporarme
hasta no dejar rastro de que alguna vez estuve...
¿Y esto por qué será?

Protagonizo mi escena
y sin embargo puedo llegar a pasar desapercibido
porque por unos instantes deseo ser etéreo...
Y por esto también me pregunto un porqué será...

Dame tu mundo
a cambio de una lágrima mía...
Y sé que no terminará por bastarme tu mundo
y querré que a ti te baste mi sola lágrima...
Y como no te baste
desataré sobre ti toda mi ira
como una trenza que se desenreda
ante el paso de un implacable peine...