domingo, 7 de febrero de 2010

El valor de la amistad



Si un día te dan ganas de llorar
llámame...
No prometo hacerte reír
mas puedo llorar contigo.
Si un día resuelves huir
no dudes en llamarme...
No prometo pedir que te detengas
mas puedo huir contigo.

Si un día te dan unas ganas locas de no escuchar a nadie
llámame...
Prometo quedarme junto a ti
en silencio.

Pero...
si un día me llamas y no respondo
ven corriendo a mi encuentro...
Tal vez yo necesite de ti...


El poema que arriba se lee, según tengo entendido, es de la autoría del poeta español Vicente Aleixandre (1898-1984), uno de los tantos genios de la literatura española que la Madre Patria viera nacer en su seno y de los cuales, a la postre, habría de enorgullecerse. Perteneciente a la famosa Generación del 27, aquella que celebrara por aquel entonces (1927) los trescientos años de la muerte de otro grande de la siempre brillante literatura española: Luis de Góngora y Argote (1561-1627), en vida se hizo merecedor, entre otros galardones, del Premio Nacional de Literatura de su país, recibido en 1977, así como del más alto galardón que la Real Academia de Suecia pueda conceder en esta misma especialidad: El Premio Nóbel de Literatura.
Su pasión por la poesía nacería hacia el año 1917, al conocer y hacerse amigo de Dámaso Alonso, Ruben Darío, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, este último también galardonado con el Premio Nóbel de Literatura del año 1956, autor de aquel bello relato que intitulase Platero y yo, simplemente bello e inolvidable.
*
Si un día te dan ganas de llorar... es, según mi forma de ver, un logrado poema que le canta a la amistad y su capacidad de sacrificio por la persona a la que se le llama amigo, amiga. Amigo, palabra derivada del latín amicus, es probablemente una derivación de la palabra amore, amar. A la amistad la definimos como una relación establecida entre dos o más personas en la que media un vínculo de respeto y afecto, y generalmente suele ser una de las relaciones más frecuentes y, por qué no decir común, que solemos tener. En el mejor de los casos, una de nuestras relaciones más duraderas.
No todos nuestros amigos lo están presentes en todas los momentos de nuestra vida, ni a todos los querermos por igual. Cada uno de ellos hace su aparición de acuerdo a las circunstancias y el contexto que podamos vivir, y en base a las inquietudes comunes que con nuestro amigo o amiga podamos compartir, entre otras cosas siempre de índole personal e incluso íntima, la relación de amistad podrá alcanzar la trascendencia, perdurando por un número indefinido de años.

Por otra parte, no se puede hablar de amistad sin que por necesidad se hable también de confianza. A una persona a la que no podamos confiarle algunos de nuestros sentimientos más íntimos como nuestras alegrías y temores sabiendo que no podrá guardar celosamente cuanto le podamos decir no se le puede denominar amigo, amiga. Asimismo, amistad también implica hablar de reciprocidad, y creo yo que ése sea el punto cardinal del poema leído al inicio de este post.

Si un día te dan ganas de llorar... es un clamor lanzado a los vientos invocando la reciprocidad imperecedera que debe haber en una relación de amigos. Una de las parte (la que recita) da claras muestras, en todo momento, de ser un espíritu presto al sacrificio y la entrega sana de sí que se puede hacer en nombre de la amistad.
A lo largo de esta pequeña poesía se describe a la amistad como:
- Disponibilidad: Si un día te dan ganas de llorar llámame...
- Compañía y solidaridad: ... puedo llorar contigo.
- Complicidad: ... puedo huir contigo.
- Escucha y comprensión: Prometo quedarme junto a ti en silencio.
Sin embargo, así como se da, se espera recibir, y nuestra contraparte amiga no debería esperar jamás, luego de haber recibido tanto de nosotros, que tengamos que decírselo, aunque dependiendo de la situación, quizá ello puediera hacerse imperioso:
... si un día me llamas y no respondo
ven corriendo a mi encuentro...
Tal vez yo necesite de ti...
Que sirva este poema para repasar el valor de la amistad, y para que no tengamos que vernos en la triste situación de caer en la cuenta que, al contar con los dedos de la mano los amigos que tenemos, estos no sobren y amigos nos falten...

domingo, 31 de enero de 2010

Para que el clarín del verbo se mantenga áureo



Hace ya poco más de un año que vengo publicando con cierta regularidad post's de casi toda índole en mi blog, al que desde un inicio -y con mucha convicción- llamé El áureo clarín del verbo, y bueno, el primer post que escribí se dedicaba íntegramente a explicar porqué le había puesto ese nombre. En esta ocasión no redundaré en ello y más bien sí invito a que se revise el mismo:


Pues bien, ahora lo que quiero hacer es repasar un poco este primer año de constantes publicaciones y ver, entonces, qué tanto dije, qué no dije, y qué dije sin querer queriendo o queriendo sin querer... Esto último, sobre todo el género de cosas más revelador que haya podido decir en un año.
Esta vez seré breve. Sí, el año pasado empecé mi blog con la preclara intensión de querer orientarlo a ser un espacio erudito (o algo así) y poder contribuir en cierta medida a que otras personas ávidas de algunas lecturas productivas pudieran encontrar acá algunos textos y opiniones de interés, que a su vez pudieran contrastar con las suyas propias. Parece que lo conseguí: en los últimos meses -desde que instalé los contadores de visitantes al blog- he podido ver que este espacio es visualizado en distintas partes del mundo, que al menos alguien le ha echado un vistazo a mi blog desde algún país bastante bastante lejano para mí, y que quizá yo jamás conozca, pero ha pasado.

Eso me hace feliz, no lo puedo negar: saber que tantas horas que he pasado frente a la computadora descargando lo mucho o poco que sé, expresando mis emociones y sentimientos, ha servido en algo. La idea de que haya alguien -por ejemplo en Israel- que conozca el español y que con frecuencia entre a mi blog a leer algún artículo que le resulte interesante, lo confronte y lo comente con otras personas en verdad me satisface!
Ahora bien, con el tiempo mi blog empezó a convertirse en una especie de diario. En él, como ya referí líneas arriba, empecé a encontrar un refugio para mí mismo, para decir lo que quería decir, para maquillar algunos sentimientos que no debía ni podía declarar a los cuatro vientos; también para -con el poder de mis silencios- desplegar elocuentes frases comunicativas que éran y son un grito que desea ser oído, pero que por grito no puede soltarse así simplemente, ya que siempre es, o perturbador o incómodo, inapropiado. Entonces, qué mejor que dejar fluir mis silencios, esperando que alguien con la suficiente sensibilidad los hiciera suyos, los decodificara y comprendiera el mensaje que llevaban dentro.

Y sí, esas personas no faltaron, estuvieron siempre ahí haciéndome creer que no podían leerme entre líneas, pero no me dejaban seguir la marcha sin darme a entender que podía contar con ellos. Esa fue una de las cosas más gratificantes de haber podido iniciarme en la aventura de hacer un blog semana a semana, mes a mes, y hacerlo lo suficintemente atractivo como para que quienes lo revisaran quisieran hacerlo más de una vez. En El áureo clarín del verbo se me podía encontrar, se me puede encontrar...

Lo que de ahora en adelante me resta es poder seguir contando con la lucidez necesaria para seguir escribiendo cosas dignas de ser leídas, y no perder el compromiso personal de expresar por este medio cuanto sienta: mis alegrías, mis tristezas y mis esperanzas en que una vida plena y feliz -en este mundo- es posible.
En tanto siga haciendo uso de la palabra, del verbo y su magnífico poder de dinamizar las acciones del hombre, éste -con la práctica- se mantendrá áureo clarín, dorado y reluciente como un sol.

lunes, 25 de enero de 2010

La rosa roja... ¿y bella?




A continuación comparto un video que fuera grabado por mi buen amigo Christian Ruiz el pasado sábado 16 de enero por la noche, en el que recordaba junto a él y otros tres amigos más algo que yo les había referido anteriormente.

Christian intitula el video ¿La rosa que es roja es bella o la rosa que es bella es roja?, y sí, en efecto, en esta breve intervención lo que intento -y no con poco de afán por propiciar la chanza- es poder darnos cuenta de cuán objetivas pueden ser algunas de nuestras apreciaciones sobre las cosas, y en general, sobre las personas y el mundo que nos rodea.

Así, en esta ocasión lo que quiero hacer ver es que, tomando como ejemplo a la rosa, si de ella decimos que es roja, y en efecto lo es -aunque muy a parte nos parezca bella, estamos siendo objetivos. Pero, si de la rosa decimos que es bella -muy a parte del hecho comprobado de que pueda ser roja- entonces ya no somos lo suficientemente objetivos a la hora de emitir nuestra apreciación sobre la misma.

A las finales lo que quiero hacer es establecer la diferencia entre un juicio de ser y un juicio de valor. Decir que la rosa bella es roja sería, pues, un juicio de ser, no interesando si nos parece bella o no, porque finalmente reconocemos que es roja. Reconocemos su cualidad de ser.

Sin embargo, decir que la rosa roja es bella es fijar la cualidad de valor de la misma, ya que -no obstante se sepa que la rosa es roja- decir que es bella ya atañe darle un valor subjetivo a la misma.

La cualidad de una rosa de ser roja es algo que todos los humanos pueden reconocer (a menos que se sea ciego o daltónico). Pero la cualidad de una rosa de ser bella ya no es una característica que todos por igual podamos validar. Ésta es netamente una declaración de subjetividad, de cómo mi yo lee, asimila e interpreta un hecho.


Por último, y valgan verdades, aquí hay mucho de juego de palabras, que combinadas de una manera específica alcanzan un efecto realizador (crean una realidad) muy interesante. No olvidemos que hacemos y deshacemos con palabras. Sirva, pues, este breve post para recordar su poder.


domingo, 24 de enero de 2010

La condición hacia el perjuicio



¿Qué debemos entender por condición hacia el perjuicio después de todo lo hasta ahora tratado respecto de la ópera Rigoletto de Verdi? ¿Verdaderamente quiénes terminan perjudicados tras los penosos acontecimientos sucedidos a lo largo de la acción desenvuelta? ¿Quiénes, por determinada constitución de su subjetividad sufren el perjuicio directo e irremediable de sus propios actos o de otros derivados de los demás personajes que inundan la ópera que aquí analizamos?
En efecto, tanto Gilda como Rigoletto son los mayores perjudicados en esta historia, y ello debido a que, como Gilda, se exponen demasiado, muestran excesivamente sus debilidades, sus emociones más íntimas y puras, sus ilusiones y el deseo vivo de amar, sentimiento que siempre genera dependencia a algo, o a alguien (a la vida, a un ser que se ama), o que como Rigoletto, esconden los tramados más profundos de su ser, esas emociones y sentimientos que bien pueden ser considerados puros y bellos, para armarse de una coraza que custodie los mismos y que los haga lo menos visible posible, adoptando otro repertorio, otro registro individual en la esfera social y que calce con el escenario, con sus características y peculiaridades.

Rigoletto, el personaje psicológicamente más complejo que transita por la ópera verdiana, ello por la particularidad de su comportamiento, actúa de dos maneras totalmente diversas, antes ya mencionadas, un doble registro conductual y actitudinal que aplica en contextos igualmente diferentes. Por ejemplo, el primero se despliega en su total plenitud cuando se reconoce un ser corrosivo y áspero, que aplasta dignidades con sus diatribas extremas, o cuando se compara con el matón a sueldo Sparafucile, encontrando total similitud entre ambos, solamente que cada uno tiene diferentes maneras de zaherir y causar perjuicio. Así lo declara el mismo Rigoletto en el aria Pari siamo:

Pari siamo:
Io ho la lingua, egli ha il pugnale.
L’uom son io che ride
Ei quel che spegne.
Quel vecchio maledivami…

O uomini! O natura!
Vil scellerato mi faceste voi.
O rabbia, esser diforme
Non dover, non poter altro che ridere
Il retaggio d’ogni uom m’è tolto.
Il pianto...

Questo padrone mio
Giovin, giocondo, sì possente, bello
Sonnecchiando mi dice:
Fa’ ch’io rida, buffone.
Forzarmi degg’io e farlo.
Oh, dannazione!

Odio a voi, cortigiani schernitori
Quanto in mordervi ho gioia!
Se iniquo son, per cagion vostra è solo
Ma in altr’uomo qui mi cangio.
Quel vecchio maledivami...
Tal pensiero...

Perché conturba ognor la mente mia?
Mi coglierà sventura?
Ah, no, é follia.


La traducción de esta intervención del bufón es: Somos iguales, yo tengo la lengua y él tiene el puñal. Yo soy el hombre que ríe, pero él paga las vidas... Ese viejo me maldijo... Los hombres, la naturaleza... Han hecho de mí un hombre vil... Ser deforme, qué suplicio, no poder hacer otra cosa que reír (...) Los odio cortesanos malditos, pero cuánto gusto me da ser yo quien los humille. Si soy un ser ruin solamente es por vuestra culpa (...).
Rigoletto, pues, no se sabe mejor que nadie. Él ataca con la lengua, ofende con la palabra. En cambio Sparafucile lo hace con el arma, con el puñal. Asimismo, medita sobre su triste condición de simple bufón. Hace reír a los demás, pero el no ríe. Al contrario lamenta ser quien es, hacer lo que hace. Es por ello que recuerda la maldición que el conde Monterone le lanzara durante la fiesta del duque en su palacio por haber ofendido a su hija. Rigoletto también se sabe padre, y sabe cuán terrible es que una hija sea deshonrada, por eso teme por la suya, por Gilda. Sin embargo, Rigoletto en todo momento culpa a los demás por ser quien es, un bufón sórdido y de palabras despiadadas. Quizá esta actitud se entienda si se atiende a su condición de bufón y deforme: está acomplejado por su fealdad, instrumento principal con el cual hace reír. La gente se ríe más de sus defectos que de las bromas que como bufón de la corte pueda hacer, por lo que para vengarse atina a ofender, a atacar morales y dignidades como modo de resarcirse por tanta impiedad ante quien sufre menoscabo físico. Siente impotencia comprensible, y rabia por solamente estar destinado a hacer reír a los demás mientras él sufre su condición.

Pero simultáneamente envidia con todo su corazón a su amo, al duque de Mantua, joven, alegre, poderoso y bello, cualidades que en un hombre lo hacen excelente partido, todas ellas, cosas que Rigoletto jamás ha tenido ni tendrá. Por tanto, define su Yo desde el reconocimiento del OTRO que no es, que no puede ser, y que le domina, al cual está sometido irremediablemente en tanto quiera sobrevivir. El duque constriñe a Rigoletto a hacerlo reír, y éste forzado acata, pero le guarda resentimiento, porque no contempla siquiera su desgracia. Le pide hacerlo reír pero no repara en que su alma no se haya en ánimo ni en capacidad de hacerlo. Rigoletto guarda mucho odio en su ser, como se puede ver: odio hacia el duque, hacia los cortesanos, que si de inicuo lo tachan, es íntegramente por culpa de ellos, mas al llegar a su casa, con su hija, deviene en otro hombre, en ese padre amoroso y motivado a vivir un día más tan solo por su hija Gilda.
Empero, al llegar a casa y volver a ver a su hija, deviene en otro hombre, en ese padre amoroso y motivado a vivir un día más sólo por su hija Gilda:

Rigoletto: Figlia!
Gilda: Mio padre!
Rigoletto: A te d'appresso, trova sol gioia il core oppresso.
Gilda: O quanto amore, padre mio!
Rigoletto: Mia vita sei tu! Senza te in terra qual bene avrei? O figlia mia!

La traducción de este diálogo es:

Rigoletto: Hija!
Gilda: Padre mío!
Rigoletto: Solamente a tu lado mi corazón oprimido encuentra júbilo.
Gilda: Cuánto amor, padre mío!
Rigoletto: Eres mi vida! si a mi lado no te tuviese qué bien tendría sobre la tierra, hija mía!


La apacible tranquilidad de la casa de Rigoletto, habitada la mayor parte del día por Gilda, se configura en el propicio escenario de liberación que sólo allí su espíritu indefectiblemente puede alcanzar. Rigoletto no es únicamente ese bufón deforme y malo sobre el que cae el peso de la supuesta maldición del conde Monterone. En él vemos un ser humano con amplitud de registro conductual y actitudinal que deja sentir con mayor fuerza parte de esa gama: específicos sentimientos en ella contenidos precisamente porque los mismos son estimulados por el ambiente que le exige a la persona, en su interactuar con los demás, determinados mecanismos de expresión y acción que se cincelan de acuerdo a la frecuencia con la cual ocurren determinados eventos.

Rigoletto está lejano a sentir piedad por sí mismo ni a autorreivindicarse como persona, como ser humano. Vive temiendo el perjuicio que su condición pueda acarrearle. Por ello es que custodia a su hija Gilda día y noche, sin saber que negándole la experiencia de mundo que a él le sobra pone en manos del hombre libre (el duque) el arma precisa para seducirla. Deviene en el dispensador de los elementos que hacen posible su propia tragedia y la de su hija.

Poco antes de finalizar el primer acto, y viéndose nuevamente obligado a partir, Rigoletto le pide a Giovanna, la tutora de Gilda, lo siguiente:

Veglia, o donna, questo fiore
che a te puro confidai.
Veglia attenta e non sia mai
che s'offuschi il suo candor.
Tu dei venti dal furore
ch'altri fiori hanno piegato
lo difendi e inmacolato
lo ridona al genitor.


Rigoletto no le encomienda a Giovanna cualquier cosa. El tono firme de sus palabras en efecto son las de un padre diligente que concede a una persona de su confianza la custodia de una joya que tiene vida: su hija Gilda: Vigila, mujer, esta flor que pura te confío. Vigila atenta para que jamás cese su candor. Defiéndela de los vientos feroces que ya antes otras flores han dañado. Defiéndela e inmaculada retórnasela a su progenitor.
Pese a que somos testigos de este conmovedor momento, son más los momentos durante la ópera en que Rigoletto muestra su lado negativo. Sus sentimientos son confusos, como cuando, después del rapto de Gilda, corre al palacio del duque a encontrarla y se deja engañar por la escena que le construyen los cortesanos secuaces de Monterone, de que el duque fue quien la rapto y la deshonró. Rigoletto no duda pues conoce a la perfección a su amo, y con el rencor que ya le tenía, se dispone a tramar su venganza, pero a la vez se siente abatido por la suerte que ha corrido su hija. Esto se ilustra claramente en su aria Cortigliani, vil razza dannata:

Cortigliani, vil razza dannata
Per quel prezzo vendesti il mio bene?
A voi nulla per l’oro sconviene
Ma mia figlia è impagabil tesor.
La rendete o, se pur disarmata
Questa man per voi fora cruenta
Nulla in terra più l’uomo paventa
Se dei figli difende l’onor.


Rigoletto acusa, amenaza y pide perdón en medio de su confusión: Cortesanos, raza maldita, habéis vendido mi único bien por unas cuantas monedas cuando mi hija es un tesoro invaluable. Entregádmela o si no mi mano dura podría ser con ustedes. El mayor espanto para un hombre en esta vida es la ofensa al honor de un hijo que se quiere.

Siendo así, Rigoletto canaliza sus fuerzas en su venganza, y sin escuchar las súplicas de su hija que le pide se detenga a reflexionar bien las cosas y a no dejarse engañar por las apariencias, a que comprenda su amor por el duque. Está decidido y nada lo puede hacer cambiar de parecer: se vengará. Tal determinación la reconocemos cuando canta el Sì, vendetta:

Sì, vendetta,
Tremenda vendetta
Di quest’anima è solo desio.
Di punirti già l’ora s’affretta
Che fatale per te tornerà
Come fulmin scagliato da Dio
Il buffone te colpire saprà.


Su odio está dirigido hacia el duque, del cual arde en ansias de vengarse: Venganza, sí, venganza, es el deseo de mi alma que desea castigarte. Es la ora de que la ira de Dios sobre ti caiga, y en este bufón su instrumento tendrá.

El final será terrible. La venganza, sentimiento que enceguece a Rigoletto, le llevará por un sendero aciago, hasta darle como resultado la pérdida irremediable del único ser que le quedaba, su hija Gilda. Las palabras finales de Rigoletto y con las cuales se cierra la ópera nos remiten elocuentemente al momento preciso en que toda esta tragedia se inició, cuando Monterone maldijo al bufón por no medir sus palabras: Sii maledetto! (maldito seas), y Rigoletto ya no pudo vivir nunca más tranquilo, recordando que Quel vecchio maledivami (que aquel viejo lo había maldecido) para que llegada la hora del desenlace, donde finalmente comprendiera la ruta que habían tomado los hechos y lo que verdaderamente había sucedido, sólo atinara a decir, con resignación extrema, y reconociéndose merecedor de aquel destino cruel, aquellas palabras que de solo ser oídas estremecen a cualquiera que se detenga en ese preciso momento a meditar si con su conducta pudiera estar perjudicando a alguien más, generando el temor natural de que hay una justicia que supera a la de los hombres y de que cuando castiga, castiga sin clemencia: Ah, la maledizione!

domingo, 17 de enero de 2010

La pluma al viento



La donna è mobile es una de las arias italianas más famosas de todos los tiempos, y con la cual Verdi alcanzó la inmortalidad más contundente, equiparándose con ella a otro grande de la ópera italiana como Gioacchino Rossini(1792-1868) con su igualmente imperecedero Largo al factotum de Il barbiere di Siviglia (1816).

La donna è mobile es la prueba final que Gilda necesita para comprobar que todo lo que se decía del duque de Mantua era cierto: hombre libertino que no se compromete con nadie. Solamente se dedica a tomar la doncellez de las mujeres que conquista, para luego abandonarlas, descartarlas. Con el canto de esta aria el duque deja claro que poco le importan los sentimientos de la mujer, y que para justificar su conducta hacia ellas, prefiere vivir con una imagen falsa de las mismas:
La donna é mobile
Qual piuma al vento
Muta d’accento
E di pensiero.

Sempre un amabile,
Leggiadro viso,
In pianto, in riso,
É menzognero.

É sempre misero
Chi a lei s’affida,
Chi le confida
Mal cauto il core.

Pur mai non sentesi
Felice a pieno
Chi su quel seno
Non liba amore.

El duque es perfectamente machista. Tiene grabada en la mente la imagen de que la mujer sólo es un instrumento para procura del placer propio. No se detiene a pensar en cuánto podría afectarle a la misma la decepción de sentirse utilizada únicamente para satisfacer los instintos del bajo vientre. La cobardía preclara del duque se evidencia, pues, en esa errada justificación que esgrime al tildar a la mujer de volátil y así no reconocer la humanidad de aquélla.

Lo dice el duque puntualmente es: La mujer es voluble como una pluma que se desliza por los aires, callando sus pensamientos. Su rostro, aunque se presente gozoso o doloroso, siempre es mentiroso, sumamente engañoso. Ay de aquel que se fíe de una mujer, que incauto le entregue el corazón. Ella jamás estará contenta. Así libes el amor de su pecho, siempre querrá más.

Esta actitud, que con esta aria del tercer acto queda afirmada, tiene desde el comienzo mismo de la puesta en escena su cuandos primeros anticipos cuando el duque canta el aria Questa o quella:

Questa o quella
Per me pari sono.
A quant’altre d’intorno mi vedo.
Del mio core l’impero non cedo
Meglio ad una che ad altra beltà.
La costoro avvenenza è qual dono
Di che il fato ne infiora la vita.
S’oggi questa mi torna gradita
Forse un’altra doman lo sarà.

La costanza, tiranna del core
Destiamo qual morbo crudele.
Sol chi vuole si serbi fedele:
Non v’è amor se non v’è libertà.
De’ mariti il geloso furore
E degli amanti le smanie derido.
Anco d’Argo i cent’occhi disfido
Se mi punge una qualche beltà.

El duque deja clara su posición desde el primer momento que aparece en escena: Ésta o aquélla, para mí son iguales. Cuántas otras más tengo a mi alrededor. No cedo el dominio de mi corazón ni a una ni a otra. Su belleza es el don que alegra la vida. Si hoy una de ellas me parece agradable, quizá mañana otra lo será. Ser constante en el amor es un fiero tormento. Tonto el que se entrega cual siervo al amor, no verá más la libertad. Yo desafío cuanto amante se me presente, incluso a Argos, el gigante, con tal de acercarme a aquella por la que mi ser se estremece.

El duque no hace distingos entre las mujeres; todas son iguales para él. Así, se entiende que hacia el final de la ópera se interese por Maddalena, siendo ésta última de condición moral diametralmente opuesta a Gilda y a su castidad irrefutable. Por otra parte, es de considerar el hecho que el duque se sepa objeto de interés para las mujeres, quizá debido a su prelatura real, y por ello se guarda de que alguna quiera aprovecharse de su posición tan sólo por alcanzar la nobleza de duquesa de Mantua. Sin embargo, su mejor arma es la seducción a través del gesto gentil y la palabra coqueta pero refinada ( la belleza de la mujer, don supremo de la vida) del cual el hombre se puede aprovechar. Rehuye al compromiso serio, al que repudia como terrible enfermedad. Es tonto el que se enamora; sólo siervo ruin se torna. El duque no reprime sus emociones, y si se interesa por alguna mujer es capaz de pasar sobre quien sea con tal de satisfacerse.

De esto mismo dan testimonio sus primeras palabras de seducción hacia gilda, las que ella interpreta como un sincero canto al amor verdadero, bueno y bello que un hombre puede probar por una mujer:

Èl sol dell'anima,
la vita è amore,
sua voce è palpito del nostro core.
E fama e gloria, potenza e trono
terrene, fragili, cose qui sono.
Una pur avvene sola, divina,
è amor che agli angeli più ne avvicina.
Ah, dunque andiamoci donna celeste
d'invidia agli uomini sarò per te.

Como se ve, el duque es depositario de un tipo de belleza especial, digámoslo así: la belleza del mal. No siente lo que canta a Gilda cuando se refiere al amor: Es el sol del alma, la vida es amor, su voz es latido en nuestros corazones, tanto que la fama, la gloria, el poder y el reino a su lado se ven como cosas frágiles y mundanas. Solamente hay una tan divina, el amor, que a los ángeles y al cielo nos acercan. Vayamos al encuentro del amor, amada divina, y por ti, hazme ser la envidia de los hombres.

Los mismos recursos que emplea con Gilda demuestran su terrible eficacia cuando seduce a Maddalena, y le canta:

Bella figlia dell'amore
schiavo son de vezzi tuoi
con un detto sol tu puoi
le mie pene consolar.
Vieni e senti del mio core
il frequente palpitar

La traducción a esta participación del duque en el famoso cuarteto del 3ª acto antes ya referido dice: Bella hija del amor, soy esclavo de tus gestos, una palabra tuya basta para aliviar mi corazón. Ven y siente cómo late mi corazón por ti.

No sólo Rigoletto es el único en manejarse con un doble discurso, con una doble moral. También el duque lo hace. Solamente Gilda es firme en sus convicciones, y sin embargo se la percibe como débil, cuando estos otros dos personajes (Rigoletto y el duque) bien podrían ser los hombres más inseguros que transitan por la ópera. No pueden ser ellos mismos, tienen que producir una presentación de sus personas en la vida cotidiana que proteja sus fibras y emociones más escondidas, que de una u otra manera les dota de vulnerabilidad, mala manera de comprender lo que es en verdad la sensibilidad.

Y es que de eso trata esta ópera: de la manifestación y exposición de emociones y sentimientos sumamente intensos dentro de los cuales cabe resaltar, por la universalidad de su concepción, al amor, al que sí sería justo definir como una ligera pluma al viento, que siempre está cambiando, tanto de acento como de movimiento.

domingo, 10 de enero de 2010

El rey ríe y el bufón llora


Rigoletto es un drama con las características de tener argumento, el desarrollo del mismo en actos, su representación teatral obligada, el desarrollo de la trama por medio de diálogos, que en este caso son cantados líricamente, la disposición de un escenario sugerente y la intencionalidad por parte del autor de transmitir un mensaje, el cual bien puede ser entendido, como no, de acuerdo al público para el que se represente la obra.

Se reconoce un clima variado, que se manifiesta mediante el lenguaje músico-vocal, distinguiéndose momentos de celebración (la fiesta en el palacio del duque), de conmoción (el momento en que Monterone maldice a Rigoletto), de amor (el encuentro entre el duque y Gilda), de ternura (entre Rigoletto y Gilda), de profunda reflexión sobre el amor y la vida (el aria de Gilda), de complicidad y pacto (entre Rigoletto y Sparafucile), de furor (el duque ante el secuestro de Gilda), de exultación suprema (cuando el duque comprueba que su ser se estremece ante la pureza de Gilda), de extrema superficialidad y poco reconocimiento de valor de la mujer (el aria del duque La donna è mobile), de fuerte intercambio de impresiones y pasiones (el cuarteto entre Gilda, Rigoletto, Maddalena y el duque) y de hórrido espanto ( el bufón ante el descubrimiento de su hija agonizante).
La obra transita entre escenarios distintos: el fatuo (el palacio), el apacible (la casa de Gilda), el ambiente hostil y símbolo de la complicidad malévola (la taberna de la Maddalena). El primero y el tercero son escenarios en los que se respira libertinaje, frivolidad y en los que los personajes de espíritu disoluto se encuentran cómodos puesto que en ellos hayan la desconexión necesaria con el mundo. El palacio y la taberna devienen en ghetti donde las pasiones más prohibidas por la sociedad de aquel tiempo pueden desbocarse y cobrar plena manifestación. En cambio, la casa de Gilda se contrapone totalmente a los dos anteriores. Allí se respira calma, sosiego, pureza. El alma de Gilda llena ese espacio con su inocencia y deseos de enamorarse, de encontrar el amor verdadero, bueno y bello que su corazón anhela. Incluso Rigoletto, al regresar a casa, cambia el semblante y momentáneamente aplaca sus odios y resentimientos por entregarse lo más prístino posible a su única hija, por la que se desvive, a la que custodia celosamente pues la sabe único tesoro y razón de su vida. Este lugar solamente se ve turbado cuando los secuaces de Monterone raptan a Gilda después de haber meditado sobre el nombre humano del amor: Gualtier Maldè.

En Rigoletto, la problemática principal de la obra radica en el afán de venganza que éste anida en lo profundo de su ser por la humillación recibida en la persona de su hija. Esta enajenación por la que atraviesa le impide siquiera investigar, profundizar más allá de lo que las apariencias le dicen. Se obnubila y no consigue llegar a saber qué es lo que realmente ha sucedido. Lo único que sabe a ciencia cierta es que su hija ha sido seducida por alguien, y en medio de su dolor, su particular condición paternal le indica que tiene que vengarse. No obstante, nada de esto habría sucedido si su lengua hubiese sido prudente, si hubiese sabido de los límites moralmente permitidos para emitir opiniones y juicios sobre los demás.
Rigoletto es mordaz y altamente ofensivo, por lo que tiene bien ganado el odio de los demás cortesanos. Por tanto, ésta es su particular condición hacia el perjuicio, cuyas consecuencias pagará caro: nada menos que con la vida de su propia hija. Y sí, las últimas palabras de su hija Gilda: “Lassú nel cielo dov’è la madre” recién lo vuelven a una triste realidad y le hacen reflexionar: su hija parte a la eternidad como un día partió la madre y ya nada puede hacer para remediar tal destino. Consigue ver el engranaje, la estructura de toda una intriga en la que se delata como único responsable de tan irremediable destino, él, mísero bufón.

Musicalmente hablando, la obra recurre a una dinámica muy interesante y bastante acorde para el terreno en que se mueve. El aria (pieza solista) nos desnuda en todo momento sentimientos y estados de ánimo. Así, tenemos Questa o quella donde el duque no tiene cortapisas en declararse amante ligero y mujeriego, ideas que ratifica cuando entona La donna é mobile donde tilda a la mujer de voluble, cuyo rostro tanto en llanto como en gozo siempre es engañoso. Sin embargo, cree sentirse enamorado cuando se entera del rapto que ha sufrido su Gilda. Su convulso estado de ánimo se pone de manifiesto nuevamente cuando canta tres páginas solistas continuadas como son Ella mi fu rapita... Parmi veder le lagrime y luego la impresionante Possente amor mi chiama .
Gilda por su parte, cuando canta Caro nome proclama un amor que se afirma con tan solo meditar un nombre: Gualtier Maldé.

Los dúos son otra joya de la ópera, destacando aquellos que se entablan, por ejemplo, entre Gilda y el duque en È il sol dell’anima donde ambos personajes protagonistas se proclaman un amor limpio que esperan dure por mucho tiempo. O también el dúo entre Rigoletto y Gilda, por ejemplo: el celebrado Sì, vendetta, tremenda vendetta donde un exacerbado padre clama venganza por la honra de su hija, vilmente burlada por el hombre libre, despreocupado y tenorio.
Asimismo, el espléndido cuarteto del último acto: Bella figlia dell’amore termina de pintar las motivaciones de los personajes y confirma la factura de sus personalidades: el duque, descarado y fútil. Gilda, inocente y enamorada, joven soñadora e idealista. Rigoletto, que cuida un tesoro, su Gilda, la que finalmente se le irá de las manos. Maddalena, que se ilusiona: para el amor no importa la condición social, ni tampoco si se vive en la marginalidad. Simplemente un día nos enamoramos y la grisura de nuestras vidas se acaba.
Finalmente, Rigoletto nos presenta a lo largo de su trama valores como los siguientes y que son clara expresión de sus contenido simbólico.

En lo humano: los difíciles momentos por los que tienen que pasar los personajes, especialmente Gilda y su padre Rigoletto, que a diferencia de los demás, sufren las consecuencias de sus actos, aunque guiados por diferentes motivos. Sus casos son preclara expresión de la fuerza que puede cobrar el destino y contra el cual no se puede luchar cuando diversos elementos confabulan para que se desate un determinado desenlace, aquí trágico indudablemente.

En lo literario: Verdi ha podido dar música a una de las más monumentales obras de Víctor Hugo, donde el acabado final es Rigoletto, en la que el espíritu del autor francés convive armónicamente con el alma del operista italiano, y que con la implementación del elemento sonoro musical consigue hacerse más imprimible en la sensibilidad humana, puesto que efectivamente la apelación para ello es la combinación de un drama potente con una música conmovedora y que estremece.

En lo social: las relaciones entre los personajes son trilladas, sus subjetividades confluyen con facilidad, como un río caudaloso que pero que corre pendiente abajo. Los comportamientos de sus personajes son universales, fuertemente inscritos en el imaginario individual y colectivo e imperecederos. Aún hoy seguimos topándonos con las figuras inmortales de Gilda, cándida e ilusa; de Rigoletto, padre sobreprotector y con manejo de un doble repertorio conductual/actitudinal: por un lado es un diligente padre, pero también puede ser cruel y despiadado. Ha aprendido a desenvolverse en un mundo hostil y desacralizado, y de tanto procurar sobrevivir al mismo ha terminado copiando los elementos negativos del aquel, hasta volverse una persona corrosiva, ácida.

En lo político: se esboza el nivel de corrupción de una corte, la francesa, cuyo disoluto monarca, Francisco I, es retratado en esta obra, pero debido a la censura de la época, y a que potencias extranjeras ocupaban Italia, Verdi no habló de una corte en Francia sino en Mantua, ni tampoco de un rey sino de un duque. Pero la denuncia social está hecha: la vida palaciega llena de vano frenesí y de corrupción moral, y que ante la sociedad se presenta como modelo de educación a seguir.

A pesar de los cambios con relación al texto de Hugo, Rigoletto conserva intacta su carga simbólica, la que la convierte en una de las óperas más extraordinarias compuestas por Verdi.

domingo, 3 de enero de 2010

La esperanza cifrada en un nombre

En la foto: el barítono italiano Leo Nucci (Rigoletto)
y la soprano rusa Ekaterina Siurina (Gilda)


Rigoletto es la decimoséptima ópera compuesta por el italiano Giuseppe Verdi (1913-1901), estrenada en el teatro La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1851. Su partitura se compone en 3 actos y el tema, según libreto de Francesco Maria Piave, se basa en el drama histórico Le roi s’amuse de Víctor Hugo. El título de la ópera debía haber sido La maledizione, pero Venecia, donde había de estrenarse, estaba ocupada por los austriacos y la censura de los invasores prohibió el título como “ofensivo a la moral”, así como la presentación de la ópera, por ser el protagonista un rey disoluto y ocioso. Verdi se negó a cambiar el título, pero un comisario del gobierno austriaco, el italiano Marcetto, fue quien tuvo la idea de sustituir el rey por un duque imaginario, y el nuevo título de la ópera fue Rigoletto.
En la obra de Víctor Hugo, el personaje se llama Triboulet, nombre que italianizado se volvió triboletto y finalmente Rigoletto, derivado del francés rigolo, que significa alegre, divertido.
Rigoletto es el bufón del duque de Mantua, que es odiado por los cortesanos por ser hombre de corazón duro y lengua viperina. Durante una fiesta en el palacio del duque, el deforme bufón hace burla del conde Monterone, cuya hija fue seducida por el duque. El padre indignado maldice a Rigoletto, que se conmueve puesto que también es padre: su hija Gilda se mantiene escondida para que no caiga en las redes de ningún seductor. Este hecho no permanece más tiempo oculto, ya que Marullo advierte de ello a Monterone, quien para castigar al bufón por sus burlas, rapta a la joven pensándola amante de Rigoletto. Gilda será secuestrada momentos después de haberse encontrado secretamente con el duque, el mismo que ya venía cortejándola desde hace un tiempo, pero lo hace sin revelarle su identidad. Únicamente le dice que se llama Gualtier Maldé, estudiante y pobre, y que la ama profundamente.
Cuando Rigoletto se percata del rapto, corre al palacio, pero ya es tarde. Los secuaces de Monterone le pintan al bufón la escena falsa de que Gilda ha sido secuestrada y posteriormente seducida por el duque, cuando lo que verdaderamente ha ocurrido es que toda la noche el duque estuvo angustiado ante la noticia del secuestro de Gilda, afán que se apacigua cuando los cortesanos llegan con la joven que supuestamente habían encontrado.

Rigoletto arde en deseos de venganza, y contrata los servicios de Sparafucile, un sicario que atrae al libertino a su hostería, valiéndose de los encantos de Maddalena, su hermana, de la cual se ha enamorado ahora el duque.
Gilda se halla sumida en su dolor al ver que lo que se decía del duque era cierto, comprobando la infidelidad de este, pero sin dejar de amarlo. Rigoletto pacta con Sparafucile que al amanecer le entregue el cadáver del duque metido en un saco, pero Maddalena, ahora fascinada con su nuevo pretendiente, le ruega a su hermano que le perdone la vida, y para no romper con el compromiso acordado con el bufón, mate a la primera persona que se hospede en la hostería al caer la medianoche.

Cuando Rigoletto recibe el saco con el cuerpo contenido en éste, y se marcha de la hostería satisfecho de que se haya cumplido el trato, al disponerse a lanzarlo al río, se paraliza al oír la célebre y cínica copla del duque La donna é mobile. Horrorizado, abre el macabro envoltorio y encuentra a su hija moribunda, que fue voluntariamente a la muerte para salvar al hombre que amaba. Implorando el perdón del padre, y pidiéndole a su difunta madre que la espere en el cielo, expira. Rigoletto, víctima del dolor que en ese momento le embarga, y horrorizado profundamente ante el camino trágico, fatal, que tomó su vida y la de su hija Gilda a causa de sus diatribas y sus malos deseos, se hunde en la más absoluta desesperación y clama: "Ah, la maledizione”, recordando las acérrimas palabras del conde de Monterone y presenciando el último suspiro de su única hija.

Con Rigoletto, Verdi, presenta una creación donde las acciones humanas más variadas se muestran en su máxima totalidad, intensas y desbordadas, y donde sus personajes consiguen reflejar de modo tan acabado cuanto sienten que es imposible dejar de encontrar similitudes propias con los mismos. En esta ópera, la figura femenina principal, Gilda, recoge en sí la estructuración del imaginario colectivo de una época en la que la mujer se forma para ser sumisa, dócil y fiel, postergando sus deseos y reprimiendo su subjetividad. Simultáneamente, es presa del afán del hombre y de la sobreprotección del padre, quienes a fin de cuentas procuran ejercer o ejercen el dominio y la imposición de sus valores y esquemas de interpretación de la realidad y de la vida sobre la protagonista, conduciéndola por la vida con unas pautas conductuales y actitudinales que en ese momento se tenían como las más oportunas, convenientes y dignas, y que se expresan precisamente en la educación que encamina su comportamiento, cincelada por el padre (Rigoletto) y cuya debilidad percibe el hombre libre (el duque de Mantua) que así se apresta a aprovecharse de ella, a tomar su juventud y virginidad, para darse el festín de su doncellez.

En el desarrollo de este drama, tanto Gilda como Rigoletto son los mayores perjudicados, ello debido a que, o bien se exponen demasiado, muestran excesivamente sus debilidades, sus emociones más íntimas y puras, sus ilusiones y el deseo vivo de amar -sentimiento que genera dependencia siempre a algo, o a alguien (a la vida, a un ser que se ama)- como es el caso de Gilda, o que bien esconden los tramados más profundos de su ser, esas emociones y sentimientos que bien pueden ser considerados puros y bellos para armarse de una coraza que custodie los mismos, evitando su exposición y así adoptando otro repertorio, otro registro conductual en la esfera social que calce con el escenario, con sus características y peculiaridades, como es el caso de Rigoletto.

Pero, ¿cómo reconocemos tal estado de emociones y subjetividades en nuestros personajes? ¿A qué fuente tenemos que recurrir directamente para poder palpar, si se quiere, la constitución de estas personalidades, cada una diversa pero igualmente interesante y digna de un análisis detenido, socio-literario específicamente? Sin duda alguna debemos remitirnos al texto que cantan, aunado al desenvolvimiento escénico que realizan, que despliegan, y sumando las características vocales, que terminan por imprimir el definitivo carácter a los personajes y a su rol, y que desde el aspecto artístico–musical es el más valioso, elemento que define por antonomasia este género lírico–dramático donde la vocalidad, técnicamente hablando, es la suprema protagonista.

Sin embargo, en esta ocasión sólo abordaremos a Gilda, la protagonista femenina principal de la ópera que hoy nos concita, pero más precisamente revisaremos algunas fragmentos de la partitura que canta, en especial lo que nos dice cuando canta el aria Caro nome. Más adelante continuaremos alcanzando más entregas respecto de los otros personajes que compnen el mundo de esta obra.
Gilda, poco antes de que finalice el primer acto canta el aria Caro nome:


Gualtier... Maldè...
Nome di lui sì amato
Ti scolpisci nel cor inamorato...
Caro nome che il mio cor
Festi primo palpitar.
Le delizie dell’amor
Mi dei sempre rammentar.
Al pensier il mio desir
A te sempre volerà
E fin l’ultimo sospir
Caro nome il tuo sarà:
Gualtier Maldè...


Gilda, tras su dulce pero breve encuentro con el duque de Mantua -quien no le ha revelado su identidad, diciéndole únicamente que se llama Gualtier Maldè- se queda pasmada, meditativa. El amor tiene nombre de hombre, y se llama Gualtier Maldè. Traduciendo lo que canta Gilda en su respectiva aria, notamos cuán profundo es ese enamoramiento, cuán sincero es su sentimiento y cuán dispuesta está a entregarse al hombre que la ha cautivado, a darlo todo, incluso hasta la muerte, todo esto en el marco de la reflexión y meditación profundas de tan solo un nombre, el de Gualtier Maldè, en el que cifra su esperanza de una vida bella y feliz; sin embargo es falso.


Es decir, Gilda, demostrando una inocencia que linda con la ingenuidad, se ha dejado impactar con la primera impresión. ¿Por qué? Porque confía en las personas, porque no ha salido al mundo aún y se ha topado con que tanto mujeres como hombres podemos mentir, maquillar situaciones para conseguir objetivos, fines -algunos más nobles. Empero, ella no se haya en grado de prever todo este estado de cosas porque ha vivido durante mucho tiempo en una campana de vidrio, aislada del mundo y de sus avatares. Sin experiencia alguna, su espíritu se entrega con facilidad a las idealizaciones. Todo ello es producto de la sobreprotección del padre, de Rigoletto, que ha querido preservarla de la maldad mundana, de la sordidez de la gente, de esos enemigos que son los otros, y salvaguardar su pureza. Pero al hacerlo la dejaba expusta e inerme a los embates emocionales y sentimentales de la vida y sus pruebas de lo más diversas. Todo esto es corroborable en las palabras propias de Gilda cantadas en Caro nome: Gualtier Maldè, nombre del ser amado, grábate firmemente en mi corazón. Con tu solo nombre palpitó mi corazón. Las delicias del amor hazme siempre vivir. Que a ti vuele siempre mi dulce pensamiento, mi dulce deseo, y que cuando tenga que morir, mi último suspiro sea para ti, Gualtier Maldè.


Hacia el final de la ópera, lo único que le quedará a Gilda será el haber fracasado en aquel proyecto inherente a todo ser humano: vivir una vida en la que se pueda llegar a saber qué es la felicidad. Gilda paga un alto costo por preservar la vida de quien ama, aunque ello requiera el hecho de ponerle fin a su propia existencia. Se condena voluntariamente a tal suerte, a tal destino y así condiciona su vida al más triste de los perjuicios: el morir por un amor no correspondido.