domingo, 30 de agosto de 2009

Vivir quiero contigo



Como espectadores atentos hemos podido ver desde hace aproximadamente 02 meses cómo los medios de comunicación han invadido de la manera más grotesca y ofensiva posible la vida privada e íntima de figuras públicas que, sí, pueda que se deban a determinadas audiencias, a determinados seguidores -ello en virtud de la actividad profesional o artística que puedan realizar- pero que en ningún momento justifica que sus secretos mejor guardados sean ventilados y dados a conocer a propios y extraños tan sólo esgrimiendo como argumento para esto la mera pretensión de la búsqueda de "la verdad" que, a su vez, pueda esclarecer otros hechos todavía más trascendentes.

Medios de comunicación como prensa, tv y radio han blandido los titulares más sórdidos que hasta ahora hayamos podido leer y escuchar, siempre valiéndose para este fin de aquella falacia no formal que enseña la Lógica, llamada falacia del énfasis, y que básicamente consiste en buena parte en descontextualizar las afirmaciones del declarante y extraer de ellas la frase que más "sensación" pueda causar, generando así la atención de miles de lectores y espectadores. O también, sin que haya de por medio las declaraciones de un particular -y tan sólo el relato de un "hecho"-simplemente se coloca como titular al menos una palabra que, en la mayoría de las veces por su cualidad polisémica, pueda prestarse a más de una interpretación por parte del receptor del mensaje, en este caso, de la "noticia".

En efecto, "noticias" como las del asesinato de la cantante Alicia Delgado, del homicidio del estilista Marco Antonio o del supuesto parricidio de la millonaria Miriam Fefer deberían constreñirnos a hacer una reflexión que, creo, hasta ahora nadie ha intentado hacer de modo sensato y coherente: el papel de los medios de comunicación y su radio de acción con relación a los espacios privado e íntimo de las personas. ¿Son lo suficientemente legibles las fronteras, los límites de estos últimos para impedir la intromisión de los primeros, resistiendo a su supuesta tarea de "encontrar la verdad" que se oculta tras la confusión fáctica y discursiva de las personas?

En medio de todo este festín carnicero de "noticias" no se puede dejar de mencionar a un actor trascendental en la vida de los peruanos que consigue pasar piola día a día: ¡papá Gobierno! Sí, pues, la agenda de gobierno del partido aprista actualmente en el poder, y su respectivo seguimiento por parte de todos los peruanos, queda soslayada porque se le da más atención a aspectos como si Alicia Delgado previamente antes de morir tuvo relaciones sexuales o no con su amante, o si Marco Antonio tenía Sida y por eso se merecía una execrable muerte como la que le dio su joven pareja de turno, o si Miriam Fefer era una madre homofóbica y avara y así ameritaba ser asesinada de la manera tan indigna como en efecto murió. Día a día se comprueba el estrecho y gozoso contubernio que enlaca a Gobierno con medios de comunicación, que claro, haciendo uso de su "independencia y veracidad", sin querer queriendo le salvan el día a los compañeros apristones que cada vez son más en el gabinete de Álan. Recuerdo a Sinesio López -que fuera profesor mío hasta por tres veces cuando estudiaba sociología en la San Marcos- que bromeaba con todos los alumnos respecto del presidente aprista y su camarilla de adictos diciendo que Álan se levantaba tempranísimo todos los días y pensaba en una nueva cortina de humo que concentrase la atención de los peruanos y les desviara de atender las principales problemáticas sociales, económicas y políticas del país.

Pero, dentro de este grupillo de medios de "comunicación", sin duda, el que sigue encabezándolos cual adalid infame, es ciertamente la televisión, con su infaltable instumento de captura silenciosa de atenciones que es el televisor, sí, la caja boba. La televisión tiene todavía un poder más sorprendente si se le confronta con la radio o con el periódico, que reposa en el hecho de transformar la imagen en el mensaje per sé. De aquí que se hable simplonamente de que una imagen vale más que mil palabras, cuando se recurre a la supresión del texto y su consistencia comunicativa para dar paso al despliegue de una plena cultura visiográfica de la confusión visual, al sembrar imágenes que, sin un referente escrito, podrían emanar más de un significado, distorsionado el buen número de las veces, como también y simplemente no decir más nada de lo que contienen. Pero esta prostitución visiva es la que ocasiona el sensacionalismo que canaliza la atención del espectador de manera extremadamente polémica a un hecho por cual se busca concentre una específica atención. Así, ya entre líneas leemos dos cosas: primero, que el hecho probablemente no pueda existir sino hasta el momento en que se filtra y/o enuncia explícitamente la existencia del mismo, la cual solamente consigue concretarse con la atención que va a recibir -y que le dará en ese momento vida- de quienes están ávidos de tomar conocimiento de aquélla, sin saber que en ese instante aún no es tanto acto cuanto potencia, aristotélicamente hablando, claro está.

Segundo, que hay definitivamente un interés que media en este afán de capturar la atención de un buen número de decenas de miles de espectadores. Asistimos a la creación de un hecho que, por irradiar tanta "importancia" y así reunir a su alrededor las atenciones de las personas, termina por invisibilizar otros hechos que -probablemente, de atraer hacia ellos un capital de atención similar al anterior, podrían ser cuestionados por su gravedad y así rescatados del rincón gris en que aparentemente reposan. Otros hechos y otras "verdades" que como la Rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer se encuentran como...


Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!


Así, caemos en la cuenta del enorme poder realizador que los medios de comunicación tienen, y sobre todo la telvisión a través de la imagen como arsenal básico para crear y re-crear "hechos" e insertalos en una realidad tan variopinta y colorida como la nuestra. Entonces, una vez liberada la "noticia" sobre el "hecho" en cuestión, y concentrada la atención de las personas sobre el mismo, éstas inocentemente se sienten preparadas para "expresar" una opinión al respecto, la misma que correspondería a los medios de comunicación recoger y difundir. En efecto, los mismos se suelen arrogar la facultad de "expresar" el sentir de la gente, pero esto en el suspicaz caso de ser cierto sólo acontecería en una segunda instancia, cuando -en la tarea de recoger las opiniones de la ciudadanía, del público, o como se le quiera llamar- lo único que estarían haciendo es cosechar lo que se cultivó. Así, y atendiendo a esta génesis del surgimiento y divulgación del "hecho noticioso" lo que los medios de comunicación estarían haciendo no es tanto expresar como generar las apreciones de la gente.

¿Y la tarea de instruir, de formar de la cual los medios de comunicación no están exentos dónde empieza, dónde queda? Es un cariz pedagógico olvidado lamentablemente. Si ya es decir que no informan bien, debidamente, es verdaderamente escandaloso que ni siquiera puedan formar al lectorado que les hace ganar cientos de miles de soles. No basta, por ejemplo, que lancen mensualmente promociones por adquisición de libros, etc., con la compra del periódico y el llenado de un respectivo cupón para dar por consumada una tarea del tipo que aquí se anota, de ninguna manera.

De cara a toda esta bacanal de la "información" la imperiosa necesidad de saber elegir qué se lee, qué se ve, qué se consume al respecto nos lleva a reconocer que, en tiempos como los que hoy por hoy vivimos, el problema de la información va por establecer si ésta está al alcance de las personas o no, porque de hecho que lo está. Vale decir, no creo que haya al menos un peruano que no esté al tanto de noticias como las tres que me han servido de ejemplo para este post. ¡¿Que levante la mano quien no ha oído de las mismas desde hace dos meses?! Hasta la persona con menos posibilidades adquisitivas puede comprar, desde s/. 0.50 céntimos de sol un diario de los llamados chicha e "informarse" sobre cuanto ocurre en nuestro país. Así, el problema es de elección de la fuente de información que nos pondrá al tanto de determinados hechos. Sin embargo, aquí surge el problema que, por ejemplo en el caso de los periódicos, no todos aquellos que cuentan con una estimada credibilidad son posibles de ser adquiridos al precio que se venden, y todos los días, por todos los peruanos. No sin poca desilusión asistimos al despliegue de dos relaciones directamente proporcionales, engañosas eso sí, como son:

alta calidad=alto precio
baja calidad=bajo precio

... que terminan constriñendo, a quien no tiene dinero, a consumir basura informativa, y al qué si tiene medios para hacerlo, a paladearse con reportes noticiosos detallados y comentados por los más ilustres profesionales de la información, analistas y entendidos varios, etc., que informan tanto como opinan, pero de manera un poco más elaborada. ¿Es justo esto?

Finalmente, ¿qué hacemos nosotros para censurar la intromisión de los medios de comunicación en la vida de terceros? ¿Qué hacemos para que estos retomen una agenda pedagógica olvidada y si no, mal atendida? Lo que hacemos es seguir consumiendo lo que nos venden, es la triste verdad. Es que nuestro morbo es uno de los elementos fundamentales a los que apelan los medios de comunicación. Saben que nos interesa espectar las propias experiencias íntimas y privadas que en la vida cotidiana bien podríamos tener pero protagonizadas por terceros. Sí, que sean terceros los que nos hagan ver y recordar cómo vamos al baño, cómo tenemos intimidad con nuestra pareja y cómo la engañamos, cómo no siempre somos tan dignos y decentes como decimos ser a la hora de transgredir nustros códigos éticos de conducta y dejar que las más variadas pulsiones de nuestra psiquis nos dominen. Eso genera a la vez que indignación un placer casi masoquista, como tan sólo que podamos estar llamados por la simple curiosidad, y siguiéndola, ya hacemos mucho.

Cuando el joven cantante David del Águila vio su intimidad asaltada por unas fotos y unos videos en los que aparecía practicando sexo oral a su pareja, y después desnudo mostrando su anatomía, ¿eso a quién le interesaba? ¿Había necesidad de proclamar eso a los cuatro vientos? Definitivamente que no. No hay justificación, creo yo, de ningún tipo para hacer público algo que le pertenece a una persona y que, de no ser contraria su voluntad, debe respetarse y dejarse únicamente y exclusivamente para ese fuero tan restringido como lo es la intimidad. Y si es un secreto de dos, basta que una de las partes se niegue a hacerlo público para que continúe descansando en la reserva de la vida íntima y privada. ¡Nada más!

No podemos dejar que los medios de comunicación vivan con nosotros ni vivan nuestra intimidad, ni mucho menos dejar que permitan que la misma sea vivida por terceros. Siempre será la censura y su poder de cohersión la que le pondrán el mejor coto a los avances perversos de los mismos. Es una necia pretensión el querer fungir de detectives en busca del develamiento de la verdad.

Somos dueños de nuestras palabras y de nuestros actos, de nuestros dioses y de nuestros demonios, y si queremos seguir combatiendo contra los mismos desde nuestra soledad nadie tiene derecho a conminarnos a hacer lo contrario, porque hay verdades que hacen la vida de las personas más llevadera y feliz cuando descansan ocultas e inaccesibles como un arpa, silenciosa y cubierta de polvo, quizá olvidada, en algún ángulo oscuro del gran salón de nuestra psicología.

sábado, 22 de agosto de 2009

La voz a ti de-vida

Euterpe, la musa de la música


El próximo 23 de agosto, el recién descubierto cantante inglés Paul Potts se presentará en nuestra capital para ofrecer un recital lírico que seguramente concentrará un buen número de aficionados a la ópera -y hablando con más propiedad, aficionados a la música lírica. Pero también será la ocasión para que más de un crítico de canto, curioso, pueda corroborar sus apreciaciones personales sobre este todavía novel cantante, y quizá, después de oírlo, las críticas no sean las más favorables que se podrían esperar, no por el hecho de que no a todo el mundo podemos gustarle y caerle bien, sino porque las imperfecciones técnico-vocales de la emisión sonora de Potts no dejan de percibirse conforme marcha la línea de canto.

Sin embargo, yo, estudiante de canto asimismo, sé lo que es apreciar cada segundo en que se está delante de otros y cantar. Sé del placer inenarrable que se experimenta al emitir cada una de las notas de una melodía, y que en frente nuestro hayan dos o tres personas que se deleitan con nuestro canto. Esa experiencia es hermosa, única y la que más conforto y serenidad le da al alma, al alma ansiosa de expresarse, de comunicar y de ser escuchada. Es en este mismo sentido que aprecio el sueño de Paul Potts y la maravillosa posibilidad que hoy tiene de poder viajar por el mundo y que las personas paguen por verlo comunicar.

Al repasar la breve carrera de Potts y apreciar el aún escaso registro fílmico del cantante, no puedo dejar de ver en su mirada una opacidad que me llama poderosamente la atención, una opacidad que no mengúa ni siquiera con el aplauso del público que lo escucha y aplaude después de cada interpretación. Esa ausencia de brillo en sus pupilas me conmueve. Ahora, en este arrebato de subjetividad que tengo puedo decir que Potts tiene en los ojos la opacidad del artista que no sabía que la gloria algún día le llegaría, y más aún: es la ausencia de brillo propia de quien considera que lo que vive es un sueño y teme despertar en cualquier momento, no viviendo, por ende y a mil cada instante en que el mismo le es dado, cual manjar, a paladear. Es la belleza de un sueño que se ve empañada tristemente por la suspicacia, una suspicacia que vela ese mismo sueño pero que aún así no le quita belleza a éste, aportando un trazo triste y melancólico cautivante.

Pero hablo de una melancolía no solamente generada por lo que se perdió o lo que nunca se tuvo, sino también producida por lo que bien se puede perder y por lo que de todas maneras nunca llegará. Es una maldita melancolía que toma buenos minutos de nuestra agenda emocional y nos desvía del placer de vivir el sueño lo más que uno pueda. Bella y maldita melancolía!... Bella en tanto maldita y maldita en tanto bella!... Y con todo, excelsa, sí, excelsa melancolía porque al menos nos ubica en un punto específico de nuestra realidad, la que por tanto, más que nada, se padece.

Los aplausos y, en general, el reconocimiento, pues, no dan la felicidad. La felicidad es, así, un proyecto cultural ideado por los infames convencionalismos sociales para mantener siempre motivados a los individuos a afanarse por alcanzarla como máximo objetivo de vida, y rendirlos productivos a determinados y específicos intereses de terceros. Lo peor de todo es que por más indicios que día a día hallamos de que la misma casi siempre nos será esquiva, seguimos empeñados en asirla como quien toma con las manos un libro y lo lee. La felicidad está cosificada a tal punto que tenemos toda una hoja de ruta ya ideada para llegar a ella, y quizá, la misma sea tan esquiva porque no le gusta que la busquen, sino que prefiere encontrar al que menos piense en ella. Todo esto irremediablemente me lleva una vez más a pensar en aquel famoso tópico horaciano que es el Beatus ille (Vida apacible del pastor), y que Fray Luis de León, uno de mis más recordados y favoritos poetas del Siglo de Oro español retoma con verso acabado y musical en Oda a la vida retirada, cantando, en efecto, la vida libérrima de quien no ocupa su mente en afanes que muchas veces no hacen más que desgastar nuestros días al envolvernos en el proyecto de querer materializarnos y hacerlos nuestros.

Aquí un extracto de Oda a la vida retirada:


Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.


Quizá lo que debamos aprender es que la felicidad no lo es todo en la vida, aunque esta afirmación suene risible. Quizá si no se está destinado a ser feliz, si se piensa que se está destinado a ser infeliz, de una experiencia de vida tan marcada por el desasosiego como está, alguna lección productiva y rica se pueda sacar. En tal sentido, creo yo que hablaría de un gran talento creador el saber y poder obtener de la desesperación existencial los recursos necesarios para hacerle frente a la misma y liberar demonios enquistados en los meandros más íntimos de la mente a través, por ejemplo de la actividad creadora. Esa actividad creadora que re-crea graciosamente (con gracia, quiero decir) una determinada manifestación de la sensibilidad que, según el canal material por el cual halla decurso, nos permite hablar de arquitectura, escultura, pintura, música o literatura, todas ellas expresiones artísticas. Para el presente caso, un cantante, cualquiera que este sea, consigue esto mismo pero a través del canto y la música que le recuerdan que está vivo, aunque hacer esto, recordar, cause dolor, pero una vez más sea necesario sentirlo para no olvidar que aún estamos siendo interpelados por nosotros mismos (¡qué irónico suena esto después de todo!) a hacer algo especial que, al morir, nos haga persisitir en la memoria de los otros, con lo cual tantos días vividos y tanto sufrimiento no habrán sido en vano.

sábado, 15 de agosto de 2009

Economía de la palabra



¡Cuán fundamentales son las palabras en nuestra vida diaria para poder expresar nuestras emociones, sentimientos, sensaciones, experiencias más diversas, dar testimonio de las cosas y las personas, informar, declarar, cuestionar, afimar y negar, dudar también, entre un sin múnero de infinitas funciones más que con las mismas podemos hacer, como crear situaciones específicas, recrearlas o hasta poner en cuestionamiento su verosimilitud gracias al poder realizador del lenguaje, que entre otras cosas, es pues, palabras!

En el sentido arriba expuesto, la palabra tiene un poder ostensible que le hace una de las principales protagonistas de la interacción social de las personas, al hablarse de ella con mayor propiedad como lenguaje y sumando un conjunto de todas éstas -mediando también códigos gramaticales- como uno de los más caprichosos adminículos que puedan contenerse en el vasto ajuar de símbolos que los humanos hemos creado para comunicarnos. Pero no es mi intención centrarme ahora en hablar del lenguaje, sino de la palabra y de su posibilidad.

¿Cuántas veces nos ha pasado que queremos dar cuenta de algo y por más palabras que empleemos no conseguimos más que pintar un triste lienzo de algo experimentado, de algo visto, por ejemplo? El pensador francés Michel Foucault, al hablar de Las Meninas en un pequeño capítulo de su libro Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, nos dice:

Por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice. Y por bien que se quiera hacer ver por medio de imágenes, de metáforas, de comparaciones, lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista sino el que definen las sucesiones de la sintáxis.
¡Sabia precisión! Podríamos traer a colación esa frase que dice que una imagen vale más que mil palabras, y sí, pues, la palabra, muchas de las veces no puede encapsular la total extensión de las cosas. Pecando de esencialistas, no puede capturar la esencia de las mismas, porque tanta vastedad no puede encerrarse en un concepto. Las cosas tienen un sinfín de propiedades que difícilmente las palabras que se manejan en el lenguaje cotidiano de la vida diaria pueden enlistar.

Y entonces qué hacemos cuando las palabras nos quedan cortas. Bueno, ilustramos lo que se intenta decir. Para muestra un botón: leamos el poema El beso, del poeta peruano Federico Barreto (1862-1929), del cual supiera por primera vez por mi tío Alejandro, al que ya no veo desde hace tiempo por diversos problemas personales que ahora no voy a contar. El poema dice así:

Con candoroso embeleso
y rebozando alegría,
me pides morena mía
que te diga...¿Qué es un beso?

Un beso es el eco suave
de un canto, que más que canto
es un himno sacrosanto
que imitar no puede el ave.

Un beso es el dulce idioma
con que hablan dos corazones,
que mezclan sus impresiones
como las flores su aroma.

Un beso es...no seas loca...
¿Por qué me preguntas eso?
¡Junta tu boca a mi boca
y sabrás lo que es un beso!


Este cuasi soneto ilustra bien los límites de la palabra: pensemos que quién nos pregunta qué es un beso es un extraterrestre, sí, pensémoslo aunque suene disparatada la idea. Rápidamente caemos en la cuenta que por más que le digamos que un beso es como el eco suave de un canto, etc., etc., no nos va a entender sino hasta que él mismo vaya a la práctica y dé un beso, o más rápido, si antes que lo haga preferimos adelantarnos y darle un beso súbito para que lo más pronto salga de su incertidumbre. ¡Junta tu boca a mi boca y sabrás lo que es un beso!

Y así como un beso puede ilustrar mil veces de mejor forma lo que éste es en vez de usar palabras, y como manifestación de amor o de pasión, así también el llanto puede ejemplificar de modo acabado lo que es el dolor, y el silencio la tristeza, la pena y la decepción. El silencio...

El silencio, en determinadas oportunidades, se vuelve un manantial de elocuencia, ello de acuerdo a como sea articulado por quien lo vive. Es curioso, entonces, que ese silencio, la ausencia de la palabra, pueda llegar en algunas ocasiones a superar el poder comunicativo de aquélla. A ese silencio, Andrea Bocelli le canta magníficamente en su cd Andrea (2004) a través de la canción Le parole che non ti ho detto (Las palabras que no te he dicho):

Has escuchado acaso
las palabras que no te he dicho.
Sabes, el silencio
a veces consigue un mayor efecto.
Así, cierra los ojos para oír mis temores...
... Las palabras que dirás
el silencio cubrirá...
Has escuchado acaso
las palabras que no te he dicho.


Este extracto de la canción, una de las más emotivas del mencionado álbum, y cantada por Bocelli, nos hace vivir la experiencia etérea de la elocuencia del silencio, en ocasiones canal irreemplazable por el que consiguen transitar mejor los más variados sentimientos, como aquéllos de temor que narra la canción, y que milagrosamente consiguen expresarse a través de palabras jamás dichas.

Sin embargo, no siempre podemos dejarlo todo a la elocuencia del silencio. A menudo somos interpelados al respecto y constreñidos a verbalizar de uno u otro modo, de acuerdo a nuestros recursos personales, lo que sentimos, sea porque se nos pida exprésamente hacerlo (la orden de un padre, de un jefe, etc.) como también, y dentro de un contexto igualmente imperioso pero de características totalmente diferentes, cuando la persona a la que se ama aguarda de nosotros un te quiero, un te amo, un estoy contigo... De no hacerlo en el momento y hora precisos corremos el riesgo de perder más que una salida de fin de semana o un ascenso en el trabajo. Corremos el riesgo de perder al ser amado, una pérdida que puede ser mayor de lo que imaginamos.

En todo caso, siempre seremos nosotros lo mejores administradores de la economía de nuestras palabras, y sabremos, en el instante justo, qué decir, qué no decir, qué callar, qué no callar, o sencillamente qué dejar a leer a la intuición del otro. Aquí mediará siempre un puente de enlace comunicativo que podrá ser variado, y que quiero pensar ahora que dicho papel puede ser jugado por espacios a veces tan fríos de confluencia de la interacción social como la ley y el mercado, hasta llegar a un extremo más idealizado y considerar el que juegan, en días tristes y con sol, sentimientos como el amor.

sábado, 8 de agosto de 2009

La celebración de la pasión




La traviata, ópera en tres actos del compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) conoció las mieles de la gloria tributada por un público por primera vez el 06 de marzo de 1853 en el teatro La Fenice de Venecia, no solamente gracias a la virtud del talento musical del operista italiano, siempre prolífico en cuanto a composición melodramática se hable, sino también por contar con un libreto estupendo, conmovedor y descarnado que, a la vez que cautiva por la triste nobleza de la historia que narra, también perturba al dejar entre uno de sus mensajes finales el hecho que a veces nuestros más caros anhelos, sobre todo los de índole emocional y sentimental, no siempre consiguen recalar en buen puerto, sino que por el contrario, la ruina de los mismos enmarcados en determinados proyectos personales y de vida traen aparejada la actualización de una lectura desacralizada del mundo, donde soñar con las delicias de la vida, más que un bien, pueden causarnos un terrible mal.

En efecto, Francesco Maria Piave (1810-1876) consiguió para Verdi un magnífico libreto basado en la no menos inmortal La dama de las camelias (1848), quizá la única más trascendente producción literaria de Alejandro Dumas hijo (1824-1895), que narra la imposible historia misma del escritor con una cortesana, Marie Duplessis, idilio que no alcanzara la aprobación de su afamado padre, del mismo nombre, autor de El conde de Montecristo, y que frustrara enormemente a Dumas hijo, desazón que solamente terminaría por amargarle más la vida aunada a la muerte anunciada de su feliz amada.

La traviata, forma en femenino singular del participio pasado del verbo traviare, significa la extraviada, la perdida, y eso es lo que, entre otras cosas es Violetta Válery, el personaje principal de la ópera de Verdi, de gran complejidad interpretativa no solamente por la línea vocal -que por ejemplo en el primer acto de la ópera reclama la recitación de una soprano de coloratura, ello por la necesidad de atacar melódicamente la pirotécnica aria Sempre libera- y que después, conforme avanza la trama, va requiriendo una línea de canto más adusta, solicitando para el segundo acto una soprano lírica y para el tercero otra de tipo lírico-dramática. Lo curioso es que una sola intérprete debe reunir todo este potencial de canto para hacerse del papel de la prima donna verdiana.

A su vez, el joven Alfredo Germont se ha enmorado de ella al conocerla en una fiesta suntuosa de las que suele dar la cortesana en su casa, y luego de frecuentarla y exponerle sus sinceros sentimientos la convencerá de abandonar esa vida alegre que ha llevado hasta entonces, pero los inoportunos oficios del padre de Alfredo, Giorgio, acabarán por separarlos. El padre resguarda el buen nombre de una hija, a la que indirectamente le afecta la relación de los jóvenes amantes. Ante el ruego de Giorgio Germont, Violetta cede, y para ocultar su cambio de actitud, finge haber retomado la necesidad de vivir siempre libre y no poder hacer otra cosa más que vivir, gozar de la vida, por lo que deja a Alfredo, contra su aténtica voluntad, sumido en una honda tristeza, la misma de éste sólo sabrá aplacar aprovechando una ocasión en la que humilla a Violetta y le hace patente su condición de dama de compañía al arrojarle, en el marco de otra fiesta, un puñado de monedas, queriendo representar con ello su escaso valor como mujer.

Trascurrido el tiempo, y Violetta, retirada de la vida gozosa a causa de una terrible tisis, recibe un día la inesperada visita de Alfredo que se entera de la verdad, de la intromisión del padre en los proyectos de amor que ambos fijaran en el pasado. Pero ya es tarde: por más que ambos quieran, ya era tarde para una segunda oportunidad sobre esta tierra. La muerte de Violetta finalmente llega y sus sueños de una vida bella, juntos, terminan de evaporarse en medio de la frustración que les causa el no haber podido concretar una felicidad tan deseada.

Repasando el argumento de La traviata intento pensar en los momentos de abandono y enfermedad que habría pasado Violetta, olvidada por Alfredo. En aquellas horas de obligada reflexión Violetta ha debido confirmar lo que que creía -hacia el primer acto- al cantar el pasaje

E' strano... Ah!, fors'é lui... Sempre libera, pensando que el amor de Alfredo era como el que seguramente otros, antes, le habían proclamado: un amor volátil que se desvanecía con el primer obstáculo que la vida ponía entre ella y algún pasajero admirador y amante.

Esta amargura que así prueba Violetta es una de las que más podrían conmover, y que sí, pues, conmueven, cuando Violetta canta hacia el final de la ópera su melancólica Addio, del passato...

Pero es necesario insertar ahora el texto de lo que nuestra protagonista canta para entenderla mejor. En el primer acto Violetta reflexiona sobre el amor que le clama Alfredo, pero no parece muy convencida, aún, del mismo, y dice, entre otras cosas, en E' strano... Ah!, fors'é lui... lo siguiente:

¡Qué raro... Quizá es él
a quien el alma reconoce en medio del tumulto...
Una nueva fiebre ha encendido en mí
despertándome al amor...
Es un amor que en mí palpita...


Pero inmediatamente sale de esa fascinación que le origina el acercamiento del amor. Es como si pensara en éste como un estado de desazón, que perturba, y entonces prefiere acorazarse en su frivolidad, tras de la cual siempre se ha escondido el deseo de amar:

¡Locuras digo! ¡Vivo un vano delirio!
En medio de tantos vivo sola...
No me engaña esta alegría...
Entonces, ¿para qué esperar lo que no va a venir?
¿Qué debo hacer?... ¡Gozar!, ¡Vivir!
las delicias de la vida y del amor...


Pero no son las delicias del amor las que Violetta buscará perseguir. Son las de la pasión aquellas que suplantarán las emociones que aquel noble sentimiento, cree, nunca le podrán dar. En medio de su aparente convicción, Violetta es una mujer confundida, necesita asirse como pueda a la vida, aunque convulsa y sensacionalista, y ello por su espíritu inquieto y dispuesto a aprehender de la misma los más intensos momentos que le pueda dar al ser humano, los mismos que sólo se viven una vez.

Así, Violetta canta:

Siempre libre
quiero pasar de alegría en alegría,
quiero que mi vida transcurra
por los senderos del placer.
Cuando nazca el día y cuando muera el día
¡que siempre libre se me encuentre!
Que mi pensamiento vuele siempre libre
hacia nuevos goces del vivir


¡¿Qué puta que es Violetta, no?! es lo que de primera intensión se podría decir de ella sin conocer -o intentar hacerlo tan siquiera- lo que verdaderamente vivencia en medio de su inmensa soledad. Este es su testimonio más impactante de lo que la ópera no nos dice del pasado de Violetta, un pasado de desventuras amorosas, y que ahora parece no querer reconciliarse con su presente y permitirle vivir un amor en los términos como se los expone Alfredo Germont.


Quedan, a este propósito, dos alternativas que Violetta seguramente reconoce: si el amor es un sentimiento que hace sufrir, mejor no sentir más, nada más, por el resto de los días. Así, se ofrece como posibilidad el aislarse del tumulto de los salones de baile y fiesta que vivía para refugiarse en la quietud de algún claustro conventual o cabaña de campo. La otra alternativa es seguir sintiendo, pero no las emociones propias que el amr pueda brindar, sino las que vengan aparejadas con la pasión y el frenesí. Violetta escoge, y escoge la segunda opción. La reclama su espíritu deseoso de sentir.

Rodeada de amantes temporales, al menos Violetta sigue sintiéndose viva y lejana a la perturbación del amor, que ciertamente genera dependencia y reclama el creer a ciegas en el que se ama. Pero ese cheque en blanco no lo firma Violetta, prefiere una negociación de emociones en términos mejor planteados y todavía más escrutables y fáciles de monitorear. De una u otra forma Violetta se ha cosificado, racionalizando su proceder conductual y actitudinal, en este sentido, a un punto en que sólo la celebración de la pasión, sí, esa pasión fugaz de quizá al menos una sola noche, le pueda dar, y no la coloque en la delicada posición de tener que sufrir por amor.

Así, para Violetta -únicamente desde que viviera un pasado que la ópera no dice y que aquí conjeturo, hasta conocer a Alfredo y vivir con él la historia que ya se ha contado- el amor es un sentimiento que para ella ha perdido la sacralidad que una sociedad como la nuestra aún se empeña en auspiciar, difundir y proclamar como la más alta elevación de la motivación humana jamás conocida sobre la faz de la tierra.




He querido ilustrar este post con una foto de la actriz venezolana Gabriela Spanic, que hacia 1998 interpretara a la fascinante Paola Bracho en La Usurpadora, telenovela producida por Televisa de México porque me parece se acerca en algo a lo que he querido hablar en esta ocasión.

sábado, 1 de agosto de 2009

En ti cautivo




El pintor español Diego de Velásquez (1599-1660) consiguió un lugar notable entre los más exquisitos artisitas de la pintura universal con uno de sus cuadros más bellos y cautivantes, cualidades que hicieron del mismo una de las obras de arte más famosas que en este sentido se haya conocido jamás. Me estoy refiriendo a la célebremente conocida Las meninas, cuyo nombre verdadero es La familia de Felipe IV, que concluyera hacia el año 1656, precisamente cuatro años antes de morir, y que hoy en día se expone en el no menos famoso Museo del Prado de Madrid.


La discusión de la más articulada crítica que se ha generado en torno al cuadro ha tenido como uno de sus temas de debate principales el llegar a un acuerdo sobre quién es el personaje principal de la obra. Apreciando la misma reconocemos al centro de la pintura a la infanta Margarita de Austria (1651-1673), hija de los reyes Felipe IV de España y de doña Mariana de Austria, y que apenas viviera unos escasos 22 años antes de morir tras su cuarta parición.


Por otra parte, otro de los aspectos que más cautivan tanto a la crítica especializada como a los espectadores atentos es la manera en que Velásquez trata la composición del espacio y la perspectiva de la luz para dar volumen al espectáculo que contiene Las meninas, que según la lectura de interpretación que generalmente se le da, presenta a Velásquez disponiéndose a pintar a la infanta, que a su vez es asistida por un pequeño séquito de meninas y otros amos y amas.


Pero el motivo del post que ahora escribo es comentar y hacer extensivo el análisis de la pintura que el pensador francés Michel Foucault (1926-1984) hace de aquélla de entrada a su libro Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas (1966). Su particular y des-cubridora lectura -que a mi parecer es una lectura política del arte, y de este cuadro en específico- me dejó perplejo, como solamente otros escritores como Weber, Bourdieu o Adam Schaff lo hicieran alguna vez.


Sin mayor preámbulo y luego de esta breve introducción a Las meninas de Velásquez empecemos a ver cómo el atento espectador Foucault ve el cuadro del pintor español.




Foucault reconoce a los primeros participantes en el despliegue del volúmen de la pintura: el mismo Velásquez (que se autorretrata), el modelo que está por pintar/pinta y el mismo espectador. Los dos últimos que anota son todavía más interesantes de abordar: el modelo y el espectador. Pero detengámonos por un momento a pensar quién es el modelo del cuadro que pinta Velásquez. ¿Es acaso la infanta Margarita de Austria? A simple vista parece que sí, pero Velásquez no la mira a ella, así como tampoco la infanta se haya en posición de posar para éste. Es más, ella también mira de frente, en la misma dirección que ve Velásquez: se trata de un punto en el vacío que coincidentemente viene a dar con nosotros, conmigo, contigo... Con el espectador! O sea, ¿Velásquez nos está pintando? ¿Pero cómo saberlo si el espectáculo que contempla nos es invisible? Y lo es dos veces, ¿por qué?


Porque lo que sus ojos ven -que se replica en el lienzo que está de espaldas y que sólo es visto por él- se ha empezado a reproducir o se está empezando a reproducir sin que nosotros tengamos acceso a él, y porque lo que ve, el modelo, se ubica en un punto ciego que el espectador tampoco puede ver y que coincide detallosamente con nosotros, con nuestro cuerpo, con nuestro rostro y ojos. Es como si por un momento hubiésemos usurpado el lugar del modelo. Así, estamos ligados a la representación del cuadro; en él estamos cautivos.


Otro aspecto interesante es que la mirada del pintor acepta tantos modelos cuanto espectadores surjan, en un interminable cambio de lugar al que participamos tanto nosotros, espectadores, como el modelo mismo. No conseguimos materializarnos ni establecernos del todo en tanto que el lienzo del cuadro se haya de espaldas hacia nosotros, como ya se había anotado líneas arriba. Surge una gran incógnita: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos?... Y... ¿vemos o nos ven? Somos un lugar que no cesa de cambiar en contenido, forma, rostro e identidad. Hemos sido obligados a entrar en el cuadro desde el momento que nos hemos colocado en el campo de visión de Velásquez, que de esta manera nos asigna un lugar privilegiado y obligatorio en la participación de esta pequeña puesta en escena.


Sin embargo, no somos tan invisibles como pensamos (curioso porque parece que somos tan invisibles que ni nosotros mismos nos vemos) puesto que el pintor y otros personajes del cuadro nos contemplan, y conseguimos aterrizar en la materialidad desde que el pintor ya ha empezado a trazar nuestros primeros rasgos en ese lienzo que no se nos es dado ver, en el marco de esa invasión lumínica que entra por una de las ventanas, a derecha de la escena.


El reconocimiento detallado de aquélla nos va llevando poco a poco a detectar que estamos en una amplia habitación de algún palacio real, ricamente implementado, con grandes ventanas y más o menos tachonada de suntuosos cuadros. Sin embargo, hay uno hacia el fondo de la pieza que brilla desde su interior por peculiaridad propia: es un espejo. Un espejo en el que se están reflejando dos personas: los reyes Felipe IV y su esposa Mariana de Austria. Empero, es un espejo al que nadie presta atención y que momentáneamente ha sido olvidado, incluso por el pintor mismo que no lo atiende. Es un espejo exento de cualquier mirada que quiera apoderarse de él y que refleja algo visible, por supuesto, pero que no se ve, o por lo menos que no llega a ver el espectador que somos todos nosotros. Este espejo está haciendo resplandecer las figuras que entonces miran tanto el pintor como los otros personajes de la tela.


Así, no es un simple espejo ya que saca doblemente de su invisivilidad a aquello que no veíamos: las figuras que ve el pintor y las figuras que ven al pintor, desactualizadas por algunos instantes y que son restituídas en el otro extremo del cuadro, hacia el fondo precisamente.


Y si ahora se trazara una línea entre el reflejo y aquello que se refleja, la misma cortaría el haz de luz en foma perpendicular y llegaría a marcar un punto medio en la base inferior de la tela, entonces equidistante de cada uno de sus lados. Esa misma línea cortante del haz de luz y ese mismo punto vienen a coincidir con la pequeña infanta que ocupa efectivamente el centro de la representación y que aparentemente es el personaje/tema individual principal de la composición.


Con todo, la maña del pintor ha creado una escena (que es representada en la tela) que a su vez es escena para las figuras reflejadas en el espejo y hasta hace poco semi visibles, semi invisibles para nosotros, y a las cuales por algunos momentos habíamos parecido arrancar de su privilegiado luegar en la obra. Como ya se anotó, esas figuras son los soberanos. Se les adivina en la mirada respetuosa de los otros personajes y se les reconoce en las pequeñas siluetas que nos reporta el espejo olvidado de al fondo. Dicha pareja es, según Foucault, la más pálida, irreal y comprometida de las imágenes que se despliegan en la composición por cuanto residen fuera del cuadro y se hayan retirados en una invisivilidad de la que sólo escapan gracias al espejo. No obstante, y aún con esto anotado, son el verdadero centro de la representación que aparece ante nuestros ojos!


La ausencia de los soberanos en la representación es un artificio del pintor en donde una de las mayores curiosidades que Las meninas ofrece es hablar de la invisibilidad profunda de quien ve y a cuyo alrededor se organiza un determinado estado de cosas merced del poder que dicha invisibilidad detenta, y que para no parecer tan asfixiante se nos oculta momentáneamente, haciéndonos creer que se ha ido, mas no del todo. Un espejo modestamente olvidado actualiza a los configuradores de un determinado espacio constantemente y los hace imperecederos a las voluntades de los subalternos.

viernes, 24 de julio de 2009

Por un país que vale un Perú...




No obstante la pregunta pueda sorprender por su aparente ingenuidad, de todas maneras la hago: ¿qué sentido tiene rendir homenaje a la patria, celebrar, festejar un año más de su independencia?

Detrás de esta pregunta se esconden demasiadas cosas, la mayoría de ellas teñidas de los colores y los matices del sentido común que podrían impedir en un primer momento empezar una reflexión como la que yo quiero hacer ahora y que frecuentemente las personas respondemos con frases vagas que pretenden demostrar el carácter obvio de la respuesta que se daría a la misma. Pero intentemos un poco analizar las posibles respuestas y así hacer ver el fondo más complejo que implica todo este tema.

1.- Se podría decir que “se rinde homenaje a la patria porque se ha nacido en ella”.

En efecto, se agradece al suelo patrio que nos acoge, que nos ha visto nacer, crecer y que con el tiempo nos verá morir, si es el caso. Pero esto va más allá. El concepto de identidad sale a la superficie. Sabemos bien que en el mundo hay un país al cual podemos dirigirnos y que nos puede acoger con una naturalidad mayor de aquella con la cual podría hacerlo otra nación que en un inicio no sea la nuestra. Pero con esta misma respuesta hay el riesgo de no considerar oportunamente el hecho que tantos otros, no obstante haber nacido en un país específico, han sido acogidos por otro y con el paso del tiempo han desarrollado este concepto de identidad del cual hablo arriba. Así, queda claro que la idea de identidad no necesariamente debe verse ligada con demasiada fuerza al hecho de haber nacido en un lugar específico sino que la misma se desarrolla de acuerdo a las experiencias de vida del individuo y al proceso de asimilación que hace de las costumbres y tradiciones del país que lo acoge y cómo, a medida que esto procede, consigue insertarse bien en su sociedad y participar del conjunto de disposiciones de la interacción social que la distinguen.

2.- Se podría decir que “se rinde homenaje a la patria porque los demás lo hacen”.

Interesante! Cierto, en este caso lo que evidenciamos es que procedemos con cierto automatismo, un automatismo que no es del todo malo porque, por ejemplo no nos obliga nuevamente a pensar en las posibilidades de acción que como respuesta a un acto o hecho determinado deberíamos dar, sino que teniendo ya una opción concreta por efectuar ésta se pone en práctica y basta: una respuesta específica a un evento específico. Pero en el caso de decir que se rinde homenaje a la patria porque los demás lo hacen, esto que explico arriba, no alcanza el mismo éxito. ¿Por qué?

Porque se deja de lado la idea bien pensada de la cohesión social, que entre otras cosas, implica el reconocernos en los otros que nos circundan y con los cuales participamos en el bagaje cultural de una nación, de un pueblo, de una sociedad, de un país. Asumir esto por descontado roza el riesgo de perder la unidad de un pueblo por el simple hecho que se hace algo porque los demás lo hacen y se sigue así hasta cuando los intereses individuales se desencuentran y aparecen las divisiones entre las personas, y esto como consecuencia de una unión falsa entre los ciudadanos.

No se trata simplemente de celebrar y llevar la escarapela con los colores patrios. Es pensarnos bien como una comunidad imaginada, como lo decía Benedict Anderson en el libro titulado con este nombre, Comunidad imaginada, y ejercitar las capacidades sociales y culturales que a ese punto nos asisten.

3.- Se podría decir que “se rinde homenaje a la patria porque es un deber como ciudadano”.

Pregunta muy ligada a la primera que aquí se hace, tiene un concepto escondido que es también interesante de tratar.

Las cosas que alcanzan éxito son las que se hacen con pleno esfuerzo y que luego nos dan unos resultados y unas ganacias a favor del propio peculio. En este caso particular no hablamos de un esfuerzo por sentirnos nacionales porque la palabra en sí implica un lado no tan positivo como el que se necesitaría para crear identidad. Hablamos de conciencia, una conciencia bien ejercitada que nos permite hacer algo, puntualmente rendir homenaje a la patria en su día, pero porque somos nosotros los que sabemos bien que lo hacemos porque tenemos plena convicción que hacerlo nos hace sentir más completos, más íntegros; una convicción si se quiere superior, más noble y que al mismo tiempo da una ganancia cultural con la cual nos presentamos delante de otros ciudadanos del mundo.

La idea es clara: pertenecemos a un punto específico de la tierra, algún país del orbe mundo nos reclama como sus hijos. No somos simplemente unos nómades que han recalado en un sitio cualquiera y que allí han pasado los días con simpleza. No. Tenemos una patria cuya bandera podemos flamear con orgullo pese a sus problemas. ¿Acaso el insigne historiador peruano Jorge Basadre no hablaba del Perú como problema y posibilidad? El Perú como posibilidad de generar identidad y de complementar al individuo concediéndole una creencia que aterriza en un punto geográfico determinado dotado de simbología propia a este respecto (bandera, escudo, himno).

La paternidad que nos ofrece la patria no es del todo desdeñable, según mi parecer: ¿quién en su sano juicio rechazaría el apellido que un padre y una madre amorosos le pueden y quieren dar a un hijo, por más defectos que los mismos tengan, siempre que el amor que dicen prodigarle al mismo sea medianamente expreso y palpable?

Finalmente, el homenaje a la patria no se puede hacer solamente como un deber. Es necesario legitimar el acto, el rito en sí y estar convencidos que lo hacemos porque por sí es bueno. Es decir, no esperar que se nos llame a hacerlo sino ser nosotros quienes lo busquemos porque nos hace felices, porque tenemos tanto que agradecer a una tierra que en medio de sus problemas aún nos dice como una madre: ven, te puedo acoger… ¿Y quién va a negar que nuestro Perú siempre ha sabido acoger a propios y extraños? La hospitalidad de su gente siempre se ha dejado sentir, ello no es una revelación.

Este artículo no quiere velar su clara intención de querer generar solidaridad con la patria. Si no se respeta la casa que nos acoge, es probable que con mayor facilidad se pueda irrespetar a sus integrantes.

viernes, 17 de julio de 2009

En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura


En medio del camino de nuestra vida
me encontré por una selva oscura,
porque la recta vía era perdida.

¡Ay, qué decir lo que era es cosa dura
esta selva salvaje, áspera y fuerte,
cuyo recuerdo renueva la pavura!

Tanto es amarga, que poco lo es más la muerte:
pero por tratar del bien que allí encontré,
diré de las otras cosas que allí he visto.


Estos imperecederos versos no pueden ser de otro que no sea el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321), que empieza así la recitación del Canto I del Infierno, el pasaje más seductor que pueda contener su magna obra La divina comedia.

Yo, en esta ocasión, he querido valerme de estos versos -diáfanos en tanto que traslucen vivamente el temor que el mortal creyente debe tener de caer en ese averno iridiscente que es el infierno en caso de no llevar en vida la buena conducción de sus días- para reseñar un tema que me interesa hacer tocar, y que se enmarca dentro del uno de los tantos debates de la sociología urbana: hablo, puntualmente, del problema de la desintegración de la comunidad.

Aunque pueda perecer que exagero (pocas veces lo hago!...) en ciertos momentos vivir en comunidad, en sociedad, o más abiertamente, rodeado de personas con las cuales establecemos día a día diversos tipos de interacción mediada por una configuración de dispositivos simbólicos -entre ellos y siendo uno de los más importantes y necesarios, el lenguaje- puede llegar a ser exasperante. Puede llegar el instante en que vamos a desear estar solos y lejos de los demás al sentirnos asfixiados de su presencia, y veremos porqué pasa esto. Pero cuando parece que finalmente nos hemos librado de esos otros que son el enemigo, volviendo la mirada al espacio desocupado que han dejado, nos topamos efectivamente con un vacío, que antes, cuando ocupado, complementaba nuestras vidas. Nos asalta la desolación al no tener un referente humano al cual dirigirnos, y en medio de esa soledad que difícilmente puede absolver nuestras más variadas dudas (las existenciales, por ejemplo) tendemos a la depresión, y después al suicidio, en el peor de los casos.

Pues bien, me centraré ahora en alcanzar las perspectivas de los más notables teóricos que sobre esta temática han hablado y que, estoy seguro, va en la dirección de entender el problema de la cohesión social.

I

Pensemos en las diferencias que saltan a la vista inmediatamente al comparar la vida en la gran ciudad y la vida en el campo. Las grandes ciudades y el emplazamiento espacial que han alcanzado hasta hoy son básicamente producto de una revolución tecnológica (sobre todo la que opera en el campo de las comunicaciones) que caracteriza a la Era Moderna. La gran ciudad es la prueba más palpable de los tiempos "modernos" que vivimos, y que dista mucho de parecerse, de asemejarse algo siquiera a la aldea, pueblo o comunidad "aún no abierta a la gran modernización". Ambas, por tanto, imponen distintos códigos de comportamiento y control social que sus integrantes deben acatar en caso de querer continuar integrando las mismas. Es aquí donde surgen los problemas!

El sociólogo alemán Ferdinand Tönnies (1855-1936) hablaba de Gemeinschaft y Gesellschaft para referirse con mayor precisión a la vida que se da en los contextos antes anotados.

Para Tönnies, la Gemeinschaft reúne a un número no muy grande de personas que se hallan inmersas en una red de relaciones estrechamente tejida, básicamente conformada por parientes y amigos, donde sus miembros están, entre otras cosas, unidos por una ascendencia común, así también como por valores, aspiraciones, tradiciones, roles comunes, etc. Sus integrantes comparten historia y actividades comunes labradas gracias a una poderosa interacción cara a cara que con el curso del tiempo ha ido creando fuertes lazos emocionales, sagrados e imperecederos en tanto sagrados.

Asimismo, la gente concibe su identidad en términos de su lugar de origen y de su posicionamiento social en la comunidad.

Muy por el contrario, la Gesellschaft agrupa a personas vinculadas entre sí a través de organizaciones formales (las instituciones) y el mercado. Se caracteriza por contener poblaciones amplias y densas que establecen un número mucho menor de interacciones cara a cara con el resto de las personas. Acontecen, entonces, interacciones de carácter impersonal. Suceden relaciones superficiales y difícilmente se comparten ascendencia, valores, normas, actitudes, tradiciones, etc.

La Gesellschaft, además, se caracteriza por la alta especialización del trabajo, la misma que explica la distancia social entre sus integrantes, una distancia social que crea lazos fragmentados entre las personas.

II

Georg Simmel (1858-1918) sostenía que la ciudad es ruido y agitación, turbulencia y sensacionalismo. La estimulación constante que la ciudad ejerce sobre los hombres y mujeres hace que desarrollen una situación de hastío hacia lo que sucede alrededor. Tal situación de hastío, de una u otra forma, los protege de un severo agotamiento emocional que también es en buena medida un tipo especial de sobrecarga psíquica generada por la interacción con nuestros coetáneos.

Así, tenemos, al interior de la ciudad personas frías y sin corazón, indiferenetes a los sentimientos y acciones de los demás. Con todo ello, caemos en la conclusión que la vida urbana desarrolla la individualidad, permitiendo el anonimato (que en ciertas circunstacias puede ser bastante ventajoso como no) y una amplia variedad de relaciones sociales, la misma que es tal en tanto más diversas sean las peronas. Acá radica la ventaja de que aquéllas no compartan ascendencia, valores, normas y actitudes comunes.

III

Louis Wirth (1897-1952) aportaba, a su vez, lo siguiente: Las poblaciones de la gran ciudad se caracterizan por ser de gran tamaño, tener alta densidad y amplia heterogeneidad. Estos dos últimos aaspectos desmotivarían la posibilidad de que se establezcan relaciones personales estrechas. La masificación, a lo mucho, podría generar relaciones personales distantes. Dichas relaciones personales serían distantes debido al hastío que los individuos probarían al estar siempre rodeados no solo de la agitación y el tumulto del que ya se hablaba líneas arriba sino también porque les sería dificultoso encontrar espacios de privacidad en medio de aquella selva de cemento que es la gran ciudad, caracterizada, por supuesto, por la alta densidad demográfica que no deja espacio geográfico mínimo para un mayor emplazamiento y "distracción" de sus integrantes.

Sin embargo, esta sensación de hastío y de, hasta cierto punto, desagrado que se podría sentir por los demás y su presencia asfixiante, hasta el punto de desear que no existieran, podría igualmente generar en algunos otros individuos, al reconocer el estado de unas relaciones sociales impersonales, distantes, una sensación de asilamiento que, nuevamente, dependiendo de ciertos estados emocionales de la persona, podrían conducirlo a la depresión o al suicidio al no encontrar referente humano alguno.

Otro de los aspectos negativos de un tipo impersonal, distante de relaciones sociales es la actitud de indiferencia y apatía que las personas pueden sentir hacia los demás y sus problemas. Esa misma indiferencia consiente la aparición de la delincuencia, la corrupción y la criminalidad, que opera libremente al saber que no ocasionará un gesto de desaprobación lo suficientemente ostensible en las personas que, ante la ocurrencia de un delito, lo vayan a censurar. Quienes delinquen saben que el resto de la sociedad no va a hacer un seguimiento puntual de la aplicación del castigo para ellos en el acertado caso de que así lo ameriten. Todo ello les concede una especie de patente de corso que les permite actuar temiéndole poco a la sanción, y mucho menos a la censura.


Por todos los puntos hasta aquí expuestos es que la ciudad y la vida en sociedad puede, no pocas veces, simular un infierno, algo semejante al que narra Dante y que traigo a colación al inicio de este post. En todo caso, la distintos puntos sobre el tema que los teóricos aquí reseñados aportan al respecto son interesantes y por demás enriquecedores de una lectura mucho más específica y detallada de la complejidad que implica la vida en sociedad, obviamente siempre condicionada por las características geográficas sobre las cuales se asienta la ésta, así como también por los dispositivos de control y delineamiento de las pautas conductuales y actitudinales impone y que se espera asuman sus integrantes en caso de querer seguir integrando la misma.