viernes, 17 de julio de 2009

En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura


En medio del camino de nuestra vida
me encontré por una selva oscura,
porque la recta vía era perdida.

¡Ay, qué decir lo que era es cosa dura
esta selva salvaje, áspera y fuerte,
cuyo recuerdo renueva la pavura!

Tanto es amarga, que poco lo es más la muerte:
pero por tratar del bien que allí encontré,
diré de las otras cosas que allí he visto.


Estos imperecederos versos no pueden ser de otro que no sea el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321), que empieza así la recitación del Canto I del Infierno, el pasaje más seductor que pueda contener su magna obra La divina comedia.

Yo, en esta ocasión, he querido valerme de estos versos -diáfanos en tanto que traslucen vivamente el temor que el mortal creyente debe tener de caer en ese averno iridiscente que es el infierno en caso de no llevar en vida la buena conducción de sus días- para reseñar un tema que me interesa hacer tocar, y que se enmarca dentro del uno de los tantos debates de la sociología urbana: hablo, puntualmente, del problema de la desintegración de la comunidad.

Aunque pueda perecer que exagero (pocas veces lo hago!...) en ciertos momentos vivir en comunidad, en sociedad, o más abiertamente, rodeado de personas con las cuales establecemos día a día diversos tipos de interacción mediada por una configuración de dispositivos simbólicos -entre ellos y siendo uno de los más importantes y necesarios, el lenguaje- puede llegar a ser exasperante. Puede llegar el instante en que vamos a desear estar solos y lejos de los demás al sentirnos asfixiados de su presencia, y veremos porqué pasa esto. Pero cuando parece que finalmente nos hemos librado de esos otros que son el enemigo, volviendo la mirada al espacio desocupado que han dejado, nos topamos efectivamente con un vacío, que antes, cuando ocupado, complementaba nuestras vidas. Nos asalta la desolación al no tener un referente humano al cual dirigirnos, y en medio de esa soledad que difícilmente puede absolver nuestras más variadas dudas (las existenciales, por ejemplo) tendemos a la depresión, y después al suicidio, en el peor de los casos.

Pues bien, me centraré ahora en alcanzar las perspectivas de los más notables teóricos que sobre esta temática han hablado y que, estoy seguro, va en la dirección de entender el problema de la cohesión social.

I

Pensemos en las diferencias que saltan a la vista inmediatamente al comparar la vida en la gran ciudad y la vida en el campo. Las grandes ciudades y el emplazamiento espacial que han alcanzado hasta hoy son básicamente producto de una revolución tecnológica (sobre todo la que opera en el campo de las comunicaciones) que caracteriza a la Era Moderna. La gran ciudad es la prueba más palpable de los tiempos "modernos" que vivimos, y que dista mucho de parecerse, de asemejarse algo siquiera a la aldea, pueblo o comunidad "aún no abierta a la gran modernización". Ambas, por tanto, imponen distintos códigos de comportamiento y control social que sus integrantes deben acatar en caso de querer continuar integrando las mismas. Es aquí donde surgen los problemas!

El sociólogo alemán Ferdinand Tönnies (1855-1936) hablaba de Gemeinschaft y Gesellschaft para referirse con mayor precisión a la vida que se da en los contextos antes anotados.

Para Tönnies, la Gemeinschaft reúne a un número no muy grande de personas que se hallan inmersas en una red de relaciones estrechamente tejida, básicamente conformada por parientes y amigos, donde sus miembros están, entre otras cosas, unidos por una ascendencia común, así también como por valores, aspiraciones, tradiciones, roles comunes, etc. Sus integrantes comparten historia y actividades comunes labradas gracias a una poderosa interacción cara a cara que con el curso del tiempo ha ido creando fuertes lazos emocionales, sagrados e imperecederos en tanto sagrados.

Asimismo, la gente concibe su identidad en términos de su lugar de origen y de su posicionamiento social en la comunidad.

Muy por el contrario, la Gesellschaft agrupa a personas vinculadas entre sí a través de organizaciones formales (las instituciones) y el mercado. Se caracteriza por contener poblaciones amplias y densas que establecen un número mucho menor de interacciones cara a cara con el resto de las personas. Acontecen, entonces, interacciones de carácter impersonal. Suceden relaciones superficiales y difícilmente se comparten ascendencia, valores, normas, actitudes, tradiciones, etc.

La Gesellschaft, además, se caracteriza por la alta especialización del trabajo, la misma que explica la distancia social entre sus integrantes, una distancia social que crea lazos fragmentados entre las personas.

II

Georg Simmel (1858-1918) sostenía que la ciudad es ruido y agitación, turbulencia y sensacionalismo. La estimulación constante que la ciudad ejerce sobre los hombres y mujeres hace que desarrollen una situación de hastío hacia lo que sucede alrededor. Tal situación de hastío, de una u otra forma, los protege de un severo agotamiento emocional que también es en buena medida un tipo especial de sobrecarga psíquica generada por la interacción con nuestros coetáneos.

Así, tenemos, al interior de la ciudad personas frías y sin corazón, indiferenetes a los sentimientos y acciones de los demás. Con todo ello, caemos en la conclusión que la vida urbana desarrolla la individualidad, permitiendo el anonimato (que en ciertas circunstacias puede ser bastante ventajoso como no) y una amplia variedad de relaciones sociales, la misma que es tal en tanto más diversas sean las peronas. Acá radica la ventaja de que aquéllas no compartan ascendencia, valores, normas y actitudes comunes.

III

Louis Wirth (1897-1952) aportaba, a su vez, lo siguiente: Las poblaciones de la gran ciudad se caracterizan por ser de gran tamaño, tener alta densidad y amplia heterogeneidad. Estos dos últimos aaspectos desmotivarían la posibilidad de que se establezcan relaciones personales estrechas. La masificación, a lo mucho, podría generar relaciones personales distantes. Dichas relaciones personales serían distantes debido al hastío que los individuos probarían al estar siempre rodeados no solo de la agitación y el tumulto del que ya se hablaba líneas arriba sino también porque les sería dificultoso encontrar espacios de privacidad en medio de aquella selva de cemento que es la gran ciudad, caracterizada, por supuesto, por la alta densidad demográfica que no deja espacio geográfico mínimo para un mayor emplazamiento y "distracción" de sus integrantes.

Sin embargo, esta sensación de hastío y de, hasta cierto punto, desagrado que se podría sentir por los demás y su presencia asfixiante, hasta el punto de desear que no existieran, podría igualmente generar en algunos otros individuos, al reconocer el estado de unas relaciones sociales impersonales, distantes, una sensación de asilamiento que, nuevamente, dependiendo de ciertos estados emocionales de la persona, podrían conducirlo a la depresión o al suicidio al no encontrar referente humano alguno.

Otro de los aspectos negativos de un tipo impersonal, distante de relaciones sociales es la actitud de indiferencia y apatía que las personas pueden sentir hacia los demás y sus problemas. Esa misma indiferencia consiente la aparición de la delincuencia, la corrupción y la criminalidad, que opera libremente al saber que no ocasionará un gesto de desaprobación lo suficientemente ostensible en las personas que, ante la ocurrencia de un delito, lo vayan a censurar. Quienes delinquen saben que el resto de la sociedad no va a hacer un seguimiento puntual de la aplicación del castigo para ellos en el acertado caso de que así lo ameriten. Todo ello les concede una especie de patente de corso que les permite actuar temiéndole poco a la sanción, y mucho menos a la censura.


Por todos los puntos hasta aquí expuestos es que la ciudad y la vida en sociedad puede, no pocas veces, simular un infierno, algo semejante al que narra Dante y que traigo a colación al inicio de este post. En todo caso, la distintos puntos sobre el tema que los teóricos aquí reseñados aportan al respecto son interesantes y por demás enriquecedores de una lectura mucho más específica y detallada de la complejidad que implica la vida en sociedad, obviamente siempre condicionada por las características geográficas sobre las cuales se asienta la ésta, así como también por los dispositivos de control y delineamiento de las pautas conductuales y actitudinales impone y que se espera asuman sus integrantes en caso de querer seguir integrando la misma.

sábado, 11 de julio de 2009

La configuración social de la identidad


Hace unos días recordé un encuentro con una pareja italiana que a mediados de marzo del año pasado vino al Perú a encontrar a su hija: vinieron a adoptar. Movidos por un ardoroso deseo de acoger es que hicieron un viaje de aproximadamente 15 horas desde Italia para llegar a nuestro país, y permanecer en él por lapso de un mes, más o menos, que iba desde encontrar a su hija, en efecto, hasta terminar la práctica adoptiva y lasciare a posto (dejar en regla, digamos) toda la documentación respectiva que acreditara que la niña que finalmente habían podido estrechar en brazos era su hija... ¡Con todas las de la ley!

Así, aquella pequeña había hallado el calor y el afecto de un papá y de una mamá, y ya sabía lo que era tener una familia. Aquel concepto hasta ese entonces abstracto había alcanzado materialidad para ella.

En tanto conversaba con la pareja italiana, una de las frases dichas por el feliz padre consiguió impactarme ostensiblemente. El dijo más o menos esto:

"l'unica cosa che ricorderà che è nata in Perù sarà la sua fisicità"

... que en español es: la única cosa que le recordará el haber nacido en el Perú será su aspecto físico. Y sí, pues, aquel dichoso hombre tenía razón, pero ¿por qué?



Aquella pequeña desde entonces en adelante habría sido italiana, no solamente por estar bajo la protección de la ley y de las normas civiles italianas, no solamente porque habría tenido los respectivos documentos italianos que acrediten su nacionalidad, sino porque, como tantos otros niños que han tenido la fortuna de encontrar una verdadera familia que los ame y asuma el cuidado de ellos, habría crecido en un contexto social y cultural diferente, diverso: el contexto social y cultural europeo, con las especificidades propias de un país como Italia.

Poco a poco muchos niños que han partido hacia un futuro mejor, en el calor de una familia, han hecho suya esa “italianidad” que no cesa de sorprender al mundo entero, y que aún después de tantos siglos, con su música, su comida, la moda, su modo de hablar tan particular, sigue dejando con la boca abierta a millones de personas en el mundo.

La “italianidad” de la que hablo no se adquiere de un día a otro, como se podría pensar. Para devenir italiano son necesarios años de experiencias vividas en el Bel Paese, y que van desde aprender a tomar un buen café, gozar la hora del almuerzo delante de una buena pasta, hasta saber escoger la ropa más “moderna” para vestir, o también perderse por la ciudad en medio de siglos de historia, como solamente en Italia puede suceder, y deleitarse con la misma en términos similares de posibilidad de impresionarse como sólo los mismos italianos pueden hacerlo al estar ante el relato físico y simbólico de años y años de existencia de una nación, de un pueblo, de un país y de un estado como aquel.

No se es italiano o italiana solamente porque se tiene el pasaporte o el documento de identidad italiana. El concepto de “italianidad” que ahora pretendo esbozar es más amplio de aquel que pueda ofrecer el Derecho, y que es frecuentemente expresado en las leyes: se es italiano o italiana porque se tiene la consapevolezza (la traducción relativa de esta palabra podría ser conciencia, conocimiento), la sensación y la certeza de participar de un conjunto de conocimientos y de reglas de vida que se han formado con el paso del tiempo, que conservan y mantienen viva la historia de un pueblo, y que precisamente por ello (necesariamenete también por ello) aterrizan en un determinado espacio geográfico que modela la cultura y que se deja modelar por la misma, desplegando una interacción binómica interesante de configuración de las pautas socio conductuales y actitudinales de las personas. La “italianidad” es una forma de vivir, que se modela día a día. Significa más que el simple hecho de haber nacido en Italia.

La pequeña que me inspiró estas reflexiones devendrá italiana, con su documento de identidad, obviamente, pero también merced de la géstica y la forma de hablar y todo lo que caracteriza el desenvolvimiento individual de las personas una vez que entablan un intercambio simbólico de comunicación en sociedad pro desarrollo y sobrevivencia.

lunes, 29 de junio de 2009

Reflexión para la acogida


La condición de abandono que muchos niños, alrededor del mundo, sufren día a día se ha convertido en una de las 04 principales emergencias humanitarias que la ONU ha declarado deben ser atendidas. Según las estadísticas de las que se dispone al respecto, aproximadamente en el mundo hay 145 millones de niños abandonados, fuera de una familia y que no conocen una representación física para las palabras mamá y papá.

Vemos niños abandonados, en la calle, todos los días: pidiendo limosna, subiendo a los buses a cantar y pedir una "colaboración", ofreciéndonos golosinas, etc. De más de un modo ellos buscan, pues, sostener el día a día ya que viven una terrible realidad: no tener quien los acoja al interior de una familia. Pero no menos triste es la realidad que cientos de niños y niñas viven en los albergues y casas hogares de acogida al menor abandonado que gestionan entes públicos y privados en el país. Menores que solamente conocen los desteñidos colores de los muros que cercan el espacio de acogida temporal en los que residen pero que esperan sentir el calor de una familia, de unos padres y unos hermanos que le hagan sentir, saber que es importante y que hay alguien que se preocupa de cuanto pueda pasarle. El transcurrir tantos años lejos de tan magnífico contexto, propicio para un auténtico desarrollo de su personalidad y de sus respectivas capacidades puede dejar en ellos un vacío que quizá ya nada en la vida, más adelante, podrá llenar. El abandono deja las más terribles cicatrices en el alma del niño no deseado por nadie.

Entonces, ¿hasta qué punto es válido preguntar de quién es la responsabilidad del abandono? ¿También nosotros que no somos padres, o que siéndolo no hemos abandonado, tenemos responsabilidad alguna? ¿Tenemos culpa en ello? Responder a estas preguntas reclama el debatir nuevamente un tema que debe cobrar cada día más actualidad hoy por hoy: responsabilidad social.

Yo, además, quisiera preguntar lo siguiente, y con ello invitar a la reflexión: ¿es peligroso no acoger un niño abandonado? Yo diría que sí, y a continuación explico el porqué.

Es fundamental leer el problema del abandono con los ojos de la sensibillidad social, la misma que va adelante, de la mano de la responsabilidad social, y van juntas siempre, porque quien se ve golpeado por las diversas problemáticas que debe vivir el mundo, no se queda de brazos cruzados sin hacer algo al respecto. Entre estos dos conceptos, los de la sensibilidad y responsabilidad hay un vínculo muy fuerte de carácter reflexivo: una se ve en la otra como si se mirara delante de un espejo. No tener esta responsabilidad social nos encierra en la cárcel del individualismo, y una sociedad que se precie de llamarse así no consigue sobrevivir si reconoce en su interior más que componentes aislados que no se ligan, que no se vinculan entre sí más allá de esas ligazones de carácter mercantil o jurídico-legal que puedan imponer entes como el mercado o el estado.

Desde siempre, uno de los objetivos de las sociedad ha sido sobrevivir. Lamentablemente, cada día parece que este objetivo se va quedando de lado conforme el hombre se olvida del otro y solamente se preocupa en alcanzar dos cosas: aumentar su ganancia y maximizar su consumo.

Sobre el fondo de toda esta problemática hay un argumento fundamental de la sociología, y es puntualmente, el del problema de la cohesión social, cómo es que la misma es posible y en virtud de qué se convierte en la verdadera garantía de los hombres-en-sociedad para alcanzar la supervivencia. Sirve de mucho hacer una lectura de sentido sistémico de la problemática abandono, que es la problemática de la falta de sensibilidad social, y además, la problemática de:

- No acoger la necesidad del otro.
- Dudar y con ello perder tiempo en decidir acoger la necesidad del otro.

Mana, brota entonces la cuestión ética: frente al abandono y no acogida de un menor abandonado, ¿soy culpable? Pareciera que sí! Soy culpable o un poco más o un poco menos, pero libre de culpa no estoy ante ello.

En el siglo XVIII, Inmanuel Kant, en su libro Fundamentación de la metafísica de las costumbres hablaba de un mandato autónomo autosuficiente capaz de regir el comportamiento humano en todas sus expresiones, nacido de la razón. Una obligación absoluta capaz de desplegarse en toda circunstancia. Esta obligación podría ser -resumida a propósito de cuanto hablado hasta ahora, propongo yo- "acoge al otro como quisieras que te acogieran".

Pero surge la interrogante: ¿qué es acoger? La mejor respuesta a esta pregunta la encontramos, con un definitivo sentido e impronta cristianos en el pasaje de la Biblia de Mateo 18, 5 cuando Jesús dice: "quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre me acoge a mí". Acoger es asistir, apoyar, sostener, soportar a alguien en tanto necesite de otro.

La acogida es un misterio. Es un sol inagotable que nos invita a explorar en él un significado que nunca termina de transmitir un mensaje y una lección. Quizá una clave para encontrar las respuestas requeridas esté en la frase de San Agustín que dejo a la reflexión:

creer para comprender...
comprender para creer...

jueves, 18 de junio de 2009

Entre la presencia y la ausencia

Michelangelo. La creazione di Adamo.
*
Y también se nace a la muerte
con la muerte...

Y entonces
se nace para siempre...



... Mi siempre muy leído hermano Paul recuperó para nuestra memoria estos versos en prosa que encontró en una de las novelas del escritor peruano Luis Alberto Sánchez, y si no me equivoco dicho libro se titula Los burgueses. En caso de que me pueda estar equivocando (porque no niego tal posibilidad en vista de que jamás me he sentido interesado por la producción literaria de Sánchez), espero alguien me corrija, o en todo caso, cuando pregunte bien a mi hermano, yo mismo haré la precisión respectiva.

Pero quiero decir un poquito más que el hecho de relatar este suceso.

Hace poco mi papá falleció, y esto hasta hace no menos de una semana todavía me ha seguido afectando, pero con menor intensidad de como lo hacía los primeros días posteriores a su deceso. Hay, en la mayoría de los casos en los que ocurren eventos dolorosos, una combinación de palabras con profuso significado -la profusión de tal significado se debe al contexto en que se expresen y de acuerdo a lo que las personas vivan- que fungen de especie de consuelo para allanar el dolor. Estas palabras son tiempo y olvido: el tiempo, que con su marcha inexorable hace que las heridas cicatricen, que las emociones causadas por el dolor restañen y la potencia activa de las personas retome su sendero cotidiano, y el olvido, que va de la mano del tiempo, y que poco a poco despliega su grisura sobre determinados hechos que la mente, precisamente al verlos ya opacos a la luz de las horas transcurridas, opta por no recordar, llegando incluso a extremos poco creíbles en los que las personas puedan preguntarse con asombro si tales hechos, ahora ya deslúcidos, alguna vez ocurrieron.

Pero yo creo que un binomio como este sólo alcanza real efectividad de acuerdo a la voluntad de las personas, nuevamente, que son las que deciden qué olvidan y qué recuerdan, qué semi-olvidan y qué semi-recuerdan. Yo, personalmente, soy consciente de que tendría que urgar bastante en los pasajes de mi mente para recordar sucesos que en el pasado, cuando vividos, me produjeron algún tipo de desasosiego lo suficientemente colpente como para que hoy, en la actualidad, hacer un esfuerzo por recordar los mismos no fuese menester. Sin embargo, la muerte reciente de mi padre -evento que de por sí muy difícilmente llegaré a olvidar, a no ser que algún día pierda la memoria de modo natural o no- no la olvidaré jamás.

Otra cosa curiosa -y no sé porqué digo curiosa en verdad, quizá porque recién la he tenido que inevitablemente vivir- es que con su ausencia he recordado muchísimos momentos vividos a su lado durante los años de vida que me acompañó y que estuvo a mi lado. Por las noches, en el pasaje al sueño que se conoce como vigilia, he recordado incluso su voz, su modo de reír y sonreír, sus ironías, sus gestos diversos, y eso me ha hecho feliz. Feliz porque, en medio de su partida que me ha parecido bastante pronta y poco anunciada, he podido caer en la cuenta de que mi padre ha tenido que estar mínimamente presente en los diversos hechos e instantes de mi vida como para que yo haya sido capaz de recordarlo, y de saber que estuvo ahí, conmigo, para compartir mi alegrías y mis penas... Más mis alegrías que mis penas.... Las penas penas más las compartía con mi madre, pero eso ahora es sólo una particular selección de a quién le dije qué. Lo importante y verdaderamente trascendental es que tuve a quién decírselo, y no quedó mi voz con las ganas de hablar y expresarse.

Sin embargo, no niego que me habría gustado disfrutar de más momentos con mi padre. Desde que nací me vi más apegado a mi madre, quizá porque como dice el discurso psicoanalista, también viví el complejo de Edipo; quizá porque mi madre quiso acogerme más que mi padre... En fin, no lo sé y ahora no quiero preguntarme más... Lo cierto es que me habría gustado saciarme de mayores instantes con mi padre, su presencia, su palabra y sus actos.

Eso ya no será más posible, pero ahora, más que nunca, deseo que todo lo que se me ha inculcado respecto de la religión católica, en lo referente a que hay una estancia llamada cielo en donde las almas se vuelven a encontrar tras lavar sus faltas cometidas en tanto ocuparon una materia corpórea vital por un determinado número de años aquí en la tierra, sea verdad.

Si hoy puedo soñar, quiero que mi sueño sea ese: pensar en la posibilidad de reencontrarme con mi papá, al que me habría gustado besar y abrazar más, no tan sólo por aquellos días en que lo vi delicado de salud, hasta aquel sábado 09 de mayo por la mañana, cuando recobró el conocimiento y me prometió que se habría recuperado, luego de habérselo pedido con llanto y besando sus manos...

Me mentiste papá,
pero hasta en las últimas horas de vida
que Dios te permitió,
quisiste liberarme de cualquier carga
que me hiciera sufrir...

... Pero no fue así papá,
hoy, más que por alguna otra cosa,
lloro, lamento nuestras omisiones
y sufro tu partida...

... Y sueño con un idílico día
en el cual te volveré a abrazar
y a decirte solamente:
hola papá...

viernes, 12 de junio de 2009

Verso fúnebre...

La muerte es la noche fresca...
La vida, el día tormentoso...
Heine

sábado, 9 de mayo de 2009

Adiós, papá


Hoy habría tenido que escribir un nuevo post dedicado a mi madre, claro está, porque mañana domingo es día de las madres. Pero no... Ahora escribo uno para Rolando Coronado, mi padre, que hoy dejó de existir a las 04 y 20 de la tarde en la sección de Emergencia del Hospital Rebagliati. Un maldito tipo de cáncer llamado Linfoma no Hodgkin -que lo atacara por primera vez hace aproximadamente 10 años- hace tan sólo un par de meses reapareció en su organismo, pese a los rigurosos controles a los que desde entonces asistió y tras aquellas sesiones de quimioterapia a la que iba acompañado de mi madre, la cual nunca dejó de ser su esposa pese a que por aquellos años ya el matrimonio que llevaban no fuera el más "ideal" posible, y lo siguió acompañando aún cuando ya se habían separado y no vivían juntos.

Sin embargo, ese mismo linfoma rebrotó y terminó por acabar con su organismo hasta debilitarlo y hacerlo presa de cualquier enfermedad oportunista que hoy, sábado 09 de mayo de 2009, se llevó a mi padre.

Apenas hace más o menos una semana, el viernes 01, mi padre había sido dado de alta, tras haber ingresado por segunda vez, en no menos de quince días, internado al Hospital Rebagliati, para someterse nuevamente a esas implacables sesiones de quimioterapia que supuestamente habrían acabado con las células malignas del cáncer que padecía, pero que simultáneamente, le exterminaban las defensas de su organismo, el organismo de un hombre de 67 años, edad que por su semblante amable no aparentaba.

Estuve siempre pendiente de todo este último proceso por el cual pasó, llamándolo todos los días, enviándole mensajes de texto al celular, yendo a visitarlo con frecuencia, viéndolo y conversando con él, abrazándolo con intensión al saludarlo y al despedirme y deseándole la pronta recuperación.

Nos habríamos tenido que ver hoy a las 6 pm en casa de su hermana donde había decidido pasar la convalecencia. Pero no. Tuvimos que vernos desde ayer viernes 08 y hoy sábado 09 en el mencionado hospital.

El día jueves lo llamé y terminamos de concertar el encuentro que se habría dado hoy en casa de su hermana. Le insistí que solamente íbamos por él y que no era necesario que su hermana ni su marido preparasen algo como un lonche para ofrecernos. No era idea ni mía ni de mi hermano incomodar. Mi padre insistió con esa voz espontánea que tenía y me dijo que no era un problema, que vayamos nomás y como visitándolo tomásemos tal lonche. Tal lonche, el que habría sido el último, no lo tomamos jamás.

Ayer viernes lo llamé por la mañana (sabía que tenía cita con el cardiólogo; lo había ido a acompañar mi mamá) pero ya no escuché su voz espontánea. Hablaba con dificultad. Ese día había amanecido con fiebre alta y temblaba al punto de no poder sostener un vaso en la mano (supe esto tras hacer un par de llamadas que me decían su verdadero estado; él, esa vez por teléfono, no me había dicho nada. No quería preocuparme... Ay!, papá...).

Regresé a casa y recibí la llamada de mi madre que me decía entre llanto que fuese inmediatamente a ver a mi padre a la Emergencia porque estaba contando sus últimas horas, y que le comunicase esto a mi hermano. Perdí el apetito, no almorcé y salí de inmediato al hospital junto con mi tía Ely (en adelante sólo me referiré a ella únicamente como mi tía porque considero que más tías como ella no tengo). En el taxi no sabía qué pedirle a Dios: o que salvara a mi padre nuevamente como lo hizo hace 10 años o que le procurara una partida lo menos dolorosa posible. Yo, así, lloraba en silencio.

Cuando conseguí verlo rompí en llanto, un llanto desesperado al ver a mi padre postrado en una cama, semi-consciente/semi-inconsciente, y con un aspecto bastante penoso. La muerte empezaba a llevárselo y no habían oraciones a Dios que pudieran dilatar por más tiempo que nos dejara.

Minutos después llegó mi hermano y ambos lloramos juntos, al lado de mi madre y de mi tía... Yo no me cansaba de tomar su mano derecha casi inerte, de verlo y llorar y de besarlo en la frente cada cierto tiempo.

De cuando en cuando le hablaba con voz fuerte para que me escuchase. Él consiguió percatarse de la presencia de todos los que estábamos a su lado. Luego volvía a adormilarse.

Terminada la hora de visita, y siendo tan restringido el acceso sin permiso a la sala de enfermos, todos regresamos a casa excepto mi madre, que estaba decidida a acompañarlo toda la noche en caso se presentase algún inconveniente. Sin embargo, todas las impresiones del día le pasaron una breve factura a mi madre esa noche, que pensando entrar por emergencia fingiendo sentirse mal, terminó internada por encontrarse efectivamente con una ligera alteración nerviosa (bueno, no creo que haya sido tan ligera puesto que a las finales terminó internada). De esto nos avisó a las 3 de la mañana de hoy sábado. Más problemas...

Cuando amaneció, y apenas terminamos de alistarnos, salimos nuevamente para el hospital, y por la mañana mi tía y yo conseguimos verlos a ambos. Mi madre ya más estabilizada, pero mi padre silenciosamente empeoraba.

Cuando lo fui a ver pudimos hablar. Bueno, él se comunicaba con cierta dificultad, pero se dejaba entender. Pidió a su hermana que le trajera un buzo que había adquirido días atrás y que lo preparaba para dárselo de regalo a mi madre por el día de las madres, así como un dinero que quería que se le entregara. Ambos gestos me demostraron que mi padre, hasta lo último, pensaba en ella, y en medio de su imposibilidad quería retribuirle y agradecerle por haber estado siempre a su lado, en las buenas y en las malas. Del lado de esa mujer y de sus hijos no debió separarse jamás...

Regresamos a casa con la idea de volver al hospital a las 3 de la tarde, hora de visitas, y así verlo nuevamente, y ver nuevamente a mi madre, estable como ya dije. Mi hermano ya había tramitado los pases y conseguimos entrar los dos. Obviamente nos preocupaba más mi papá, al que al volver a ver, me sumió más en la tristeza y la desesperación de sentirme tan inerme como para poder ayudarlo. Pero pude hablarle, aunque él ya no me escuchase -o no manifestara gesto alguno de que lo hiciese- y le dije lo siguiente:

"Papá, perdóname:

perdóname porque he podido ser un mejor hijo,
tú has podido ser un mejor padre.

Perdóname porque hemos podido querernos más,
estar más tiempo juntos, vivir más cosas.

Hemos podido jugar al ajedrez más veces
y conversar sobre las partidas de los jugadores más
renombrados, esas que te encantaba reproducir.

Hemos podido escuchar más ópera
e intercambiar opiniones sobre tus cantantes favoritos
(te encantaba el E lucevan le stelle de la Tosca de Puccini

en la voz de Franco Corelli).

He podido cantarte más y mostrarte mis avances
en el canto lírico. Me habrías vuelto a aplaudir con satisfacción.

He podido sugerirte más libros para leer
y así poder enfrascarnos en conversaciones amenas
como cuando lo hacíamos cuando leímos Cien años de soledad.

Hemos podido visitar más librerías juntos...

Hemos podido vernos más días a la semana,
y no tras plazos tan prolongados de a lo mucho un mes
y sólo contentarnos con una llamada telefónica.

Nos queda esta gran deuda que no terminamos de saldar...

Dios nos dio una segunda oportunidad hace 10 años
para mejorar nuestra relación padre-hijo e hijo-padre...
Lo hicimos, sí,
pero lo hemos podido hacer mejor.

Llegó a nacer una mayor confianza entre nosotros
pero no al grado de que te contara mis cosas más íntimas,
las que tuve que contarle a mi madre cuando tú no estabas...

Las cosas han podido ser en definitiva mejor ...

Pero algo sí te digo:
estoy orgulloso de haber sido tu hijo
y de que tú hayas sido mi padre.

Estoy orgulloso de llamarme como tú
y de llevar tu apellido: Rolando Coronado.

Te quiero mucho y te agradezco todo
lo que hiciste por mí y en favor mío y de mi hermano.

Has sido un hombre bueno con sus virtudes y debilidades,
pero, ¿quién no las tiene?

Nadie que te conozca jamás se ha expresado mal de ti
porque siempre fuiste un caballero,
un hombre honesto y respetuoso, tolerante...

Y si algún día llego a tener un hijo
te juro que también se llamará
Rolando Coronado:
Rolando como tú y como yo
y llevará nuestro apellido: Coronado,
un apellido que si ahora se ennoblece
es porque fue el tuyo, papá...

De corazón, perdóname
y gracias...

Después, ya sólo vino el fin...

Mi padre empezó a respirar lentamente y su pulso bajo ostensiblemente. Yo no podía contener el llanto. Se acercó un doctor o una doctora y dijeron que había que entubarlo para facilitarle la respiración (el día previo le habían hecho un cateterismo para ayudar a que su corazón bombeara). Yo corrí a la cama de mi mamá, siempre con mi hermano, y se lo dije ahogado en infinitas lágrimas. Ella pidió permiso para ir a verlo y así fue. Fuimos los tres por última vez a verlo y ahí nos despedimos de él con un beso en la frente...

Dejamos mi hermano y yo a mamá en cama nuevamente y salimos. Mi tía conseguía entrar a ver a ambos, pero sobre todo a mi padre.

Afuera, y dejando que el aire nos diera en la cara, mi hermano y yo esperabamos el fin. Minutos después mi madre me llamó anunciándome que mi padre había muerto. Yo volteé donde mi hermano, me abrazó, entendió mi llanto y lloró conmigo... Y lloramos la partida de nuestro padre.

Aún me cuesta creer que mi padre ya no está en este mundo y que no lo volveré a ver jamás. Quizá nos reencontremos en el cielo si es que éste existe. Yo quiero creer que sí, y que ese Dios de bondad, justicia, misericordia y amor lo acogerá como buen hijo suyo que fue. Porque si consiguió vivir 10 años más tras la primera aparición del linfoma, creo yo, fue gracias a que nunca dejó de creer en Dios y de aceptar con hidalguía la dura prueba que le mandaba. Esa fe le salvó aquella terrible ocasión y le permitió vivir 10 años más.

Mi padre ya no leerá este post, pero yo, con él, quiero rendir homenaje a su memoria y decirle que no lo olvidaré jamás, y pedirle que desde cualquier punto del cielo en el que esté, vea por mi hermano y por mí...

¡¡¡Cómo te voy a extrañar, papá!!!

sábado, 2 de mayo de 2009

Actualidad de la responsabilidad social


¿Cuánto sabemos los peruanos de a pie sobre responsabilidad social?

¿Ponemos en práctica la misma siendo medianamente conscientes de lo que significa?

¿Y si ahora pidiera que alguien me dijera qué es la responsabilidad social podría esperar que mi pregunta fuera satisfecha aun en tan sólo una mínima medida?

Pues quizá no. El común denominador de las personas no sabe qué es la responsabilidad social ni cómo ni dónde ni cuándo desplegarla, ponerla en práctica. Y es que la responsabilidad social va más allá de cuidarse de que nuestros seres queridos tengan lo que deben de tener y no les falte lo necesario para desarrollarse y vivir felices. La responsabilidad social, hoy por hoy, demanda superar nuestras lecturas limitadas respecto del ser humano y su entorno y de remarcar (si no devolverle) la noción de agente de cambio permanente y de reconfigurador de su medio en tanto actor social activo, dinámico y con carga motivacional-actitudinal de específica intensionalidad de la que evidentemente no se haya exento.

La responsabilidad social es uno de los más desesperados invitatorios que se le hace al hombre para tomar conciencia de un mundo que día a día deja de ser aquel Edén que relata el Génesis para convertirse en un averno artificial en el cada vez se hace más difícil encontrar espacios verdes de liberación del alma y propicios para la reflexión elevada por la contemplación devota de un entorno que alguna vez inspiró a poetas como Fray Luis de León a cantar la beldad de un escenario natural en el que se puede encontrar la paz.

Sin embargo, en la actualidad, el hombre, en ese afán suicida que le caracteriza, poco a poco se quita dichos espacios, quizá con la preclara intensión de solamente conseguir concentrar su atención en su determinadas dinámicas sociales de la producción de bienes y servicios altamente rentables que puedan garantizar años y años de sosiego económico a sus venideras generaciones. Pero claro, tales venideras generaciones quizá lleguen a pagar por un vaso de agua y lo beban contemplando las bocas sedientas de miles que no tendrán cómo saciar la propia sed muy problablemente por seguir ganando un dólar diario en tanto que un trabajador medio en Europa ahora gana quince euros por hora. ¡Impresionante!

Pues sí, la responsabilidad social comiencia por preguntarse, por ejemplo qué goza uno que otro no goza, que no conoce y que jamás llegará a conocer. Y sobre todo, empezar a elucubrar porqué no goza x cosas, no las conoce y jámás las llegará a conocer. En tal sentido, este invitatorio es por extensión una oportunidad de tomar conciencia de qué sociedad es la que vivo, o también, qué sociedad es la mía que vive de nosotros y de otros y que construye su estado de bienestar en base a las carencias de aquellos sin voz y sin empoderamiento como para clamar por sus derechos, aunque también no sea para nadie una novedad que, gracias a diversos movimientos sociales que vienen gestándose desde el siglo pasado y cuyo mensaje ha conseguido difusión sorprendente gracias a la globalización, han efectivamente podido despertar la conciencia de la que hablaba arriba, la misma que en palabras de Inmanuel Kant, siempre es conciencia de algo y no un simple estado del alma o del intelecto que permanece estática en el hombre. Es entender la conciencia como correlato de un fenómeno y punto de partida para la investigación ético-filosófica.

Entonces, para que haya responsabilidad social debe tenerse como requisito previo a la conciencia, de la que se puede estar seguro de poseer en tanto nos reporte sensaciones e imágenes de algo o de alguien. sin sensaciones e imágenes de algo o de alguien no existe la más mínima idea de que una determinado estado de las cosas pueda estar acaeciendo, y más aún, si no me predispongo a asumirlas con una mínima sensibilidad (claro, ésta tambiém se puede trabajar en el proceso mismo de la toma del conocer -postura gnoseo/epistemológica- para obtener conocimiento) entonces no me van a poder "doler" como le dolía a Vallejo la vida del hombre y sus desventuras existenciales.

La gran tarea de empezar a cambiar el mundo o de salvarlo de una inminente devstación pasa por hacer. Un hacer que no es necesario que comprometa a todos los seres humanos que pueblan el planeta pero que sí debe pensarse como si fuera a beneficiar a todos estos. Nuevamente aquí la ética kantiana que estriba en la reproducción de las actividades humanas y la representación ideal de ellas en la posición (y beneficio) de las otras personas. Es decir, actuar en nuestra vida cotidiana bajo las pautas de específicas ideas directrices que se emplean pensando que las mismas pudieran convertirse en normas universales y que puedan generar el mayor bien posible al mayor número de personas.

El proyecto de cambiar el mundo empieza por uno mismo, luego en casa y después en el centro de estudios o de trabajo para luego difundirse en el íntegro restante de la sociedad, y todo ello con pequeñas pero contundentes acciones como autodisciplimaniento y cabal respeto de los demás en el marco de una preocupación constante pero no obsesiva por devolver a la sociedad, a la naturaleza, al mundo y a la vida cuanto hayan podido investir en nuestra formación y bienestar, sabiendo a la vez que mayor será nuestra retribución en favor de los mismos en tanto mayor bienestar poseamos. ¿Acaso no nos dice eso la interpretación de unos de los más célebres pasajes de la Biblia, puntualmente el referido a la Parábola de los talentos: al que más se le dio más se le pedirá?

Bueno, pues, empecemos por asimilar estas palabras henchidas de sabiduría y de espíritu de responsabilidad social de imperecedera vigencia.