lunes, 9 de febrero de 2009

No estamos locos... Sanos, sanos... tampoco


La semana pasada, cuando regresaba a casa por la noche, y lo hacía usando nuestro terrible sistema público de transporte urbano, es decir, había tomado una combi, de un momento a otro pude percatarme de la estentórea y carrasposa voz de un hombre anciano que, al inicio hablando a intervalos, y después ya de continuo, entonaba con poca fortuna algunas canciones o poemas pero con tono, al parecer un buen número de ellos referidos a la mujer o al concepto del amor que ha fracasado. Después, cuando dos señoras abordaron la combi con sus respectivos hijos, uno de ellos, como de 12 ó 14 años empezó a "seguirle la corriente" y a hacer algún intento de baile -en la medida que se lo permitía el estar sentado- que acompañaba las imposibles canciones de aquel hombre transtornado por buenas dosis de alcohol.

Sonreí al ver la soltura con la que aquel chico no solamente le acompañaba sino que también le daba escucha, le replicaba y asentía cuando seguramente creía estar de acuerdo con alguna de las cosas dichas por aquel anciano en estado etílico. Los demás pasajeros simplemente se limitaban a hacer una breve mirada de lo que iba aconteciendo, tal vez sonreían, pero sus caras delataban que apreciaban la escena como si reconocieran en ella no más que una naturaleza cómica, graciosa, pero sin importancia. Y es que el protagonista principal era aquel anciano ebrio. En pocas palabras, lo que tenía que decir no era relevante, ergo, no merecía más escucha que la que aquel adolescente le podía dar. Y si no se le callaba era porque no se le consideraba mayormente peligroso u ofensivo.

Pero vayamos al hecho de que el discurso del anciano ebrio había sido tolerado, siempre por estar visto como inofensivo, pero nunca puesto en consideración. Es decir, su discurso no valía, era nulo, inocuo para ese otro auditorio indirecto que eran los demás pasajeros, pero solamente una persona, aquel chico, medio en broma o no, había optado por darle unos minutos de escucha y acompañarlo en la breve algazara que se había generado en aquella combi esa noche, cuando todos íbamos camino a casa. Así, hoy quiero detenerme un momento a entender porqué el discurso del anciano borracho era ignorado, pero no bastará decir que era ignorado en tanto que era percibido como no ofensivo o "peligroso". La reflexión de esta escena me llevará, pues, a extenderme un poco más, y con ayuda de Michel Foucault y su libro El orden del discurso, comprender cuáles son los procedimientos de producción del mismo.

Foucault, que siguiendo la consigna de tantos otros escritores franceses, y que desde ya hace mucho tiempo es la consigna de todo científico social que se precie, escribe en difícil (como decía mi profesor de primer año de sociología en la San Marcos, Manuel Dammert). Y escribir en difícil (a la vez que leer en difícil) es una casi necesidad que se requiere no solamente del lector sino también del más que aprendiz o interesado por las ciencias sociales. Esa esoterización de la ciencia social de la que habla Emile Durkheim en su Las reglas del método sociológico es indispensable desde el momento que se tiene la pretención de hacer ciencia. Esta forma de producción del discurso por su utilización (del discurso científico para el presente caso) es una de las tantas que reconoce Foucault en El orden del discurso. Él dice:

"Toda producción discursiva es controlada, seleccionada, y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar poderes y peligros, dominar acontecimientos aleatorios y esquivar su pesada y terrible materialidad".

Por ejemplo, podría suponer que el discurso del anciano alcoholizado en ese instante había tomado curso gracias a la influencia y efecto de un factor físico como el alcohol contenido seguramente en el licor que habría tomado horas antes. Pero ¿qué se gana con tomar? El tomar le da el valor a quel hombre para decir lo que quiere decir. ¿Acaso no lo habría podido decir en otras circunstancias y bajo otras condiciones? Es probable que no. Recién en ese momento consigue interrumpir la "calma" con un discurso que, como dice la cita arriba insertada, querría esquivar algún otro acontecimiento aleatorio, con su respectiva pesada y terrible materialidad. ¿Cuál? No lo sé. Pero también podía intuir que se estaba refiriendo a penas del corazón. La figura latente de la mujer se cernía por entre aquellos versos mal entonados y trillados y que no cabían en un pentagrama normal. Su alocución encaja en la producción del discurso por procedimiento interno, esto es, es un discurso que se dice pero que desaparecerá tan pronto como termine de ser pronunciado. Hay una subjetividad reprimida, que no ha alcanzado la materialización no corpórea de las palabras, y que apenas tiene la ocasión fluye con la ayuda del alcohol. ¿Pero hasta que punto el que habla es el hombre y no el alcohol? Recuerdo cuando niño haber oído una frase que se le atribuye a Confucio:

En la primera copa el hombre bebe vino.
En la segunda, el vino bebe vino.
En la tercera, el vino bebe al hombre.

Por otra parte, no es menos cierto que el discurso del anciano en estado etílico es percibido como mulo, como carente de contenido, y por eso se le tolera. ¡Se le tolera! Esto a mí me sorprende bastante, porque es casi como comparar lo que bien puede estar diciendo con el ladrido de un perro: molesta, pero no se le hace caso en tanto el perro no salte a morder. Si no pasa esto, déjalo nomás que ladre, ya se callará por cansancio.

Pensemos en cuántas personas no tienen voz, y si la tienen, no tienen un micrófono para hacerla escuchar, porque valgan verdades, en una sociedad como la nuestra, uno de estos, hasta un altoparlante, es menester para que tanto el Estado como las instituciones privadas escuchen el pliego social de reclamos que mana de la ciudadanía. Hay "mudos" que requieren de la palabra, sumergidos en silencios que tienen voz propia. Es alarmante pensar que ya a puertas de concluir la primera década del siglo XXI en un país como el nuestro todavía hay personas que no consiguen expresarse, "gente aparentemente que no hace eco porque simplemente no tiene cuerdas vocales para producir sonido"...

Así, el discurso del anciano está entendido como opuesto a la razón. Es locura pura. Este es el tipo de producción del discurso por exclusión.

Yo quiero terminar citando nuevamente a Foucault -que es una invitación que les hago a la reflexión- que en medio de ese mar proceloso de palabras me sorprende con destellos fulgurantes de luz sapiente que me hacen feliz porque me permiten cada vez más ver más allá de lo evidente, parafraseando aquí a Leono, el rey de los Thundercats:

¿Qué hay de tan peligroso en el hecho que la gente hable
y de que sus discursos proliferen indefinidamente?
¿En dónde está por tanto el peligro?

¡Buena meditación!

martes, 3 de febrero de 2009

El amado de Dios


Terpsícore, musa de la música y de la danza


Amadeus (1984) es una película estadounidense (08 premios Óscar) producida bajo la batuta del director Milos Forman que nos cuenta la vida del compositor austríaco Wolfgang Amadeus Mozart, pero narrada por su más acabado antagonista, el también compositor italiano Antonio Salieri. La película encuentra decurso en el guión de Peter Shaffer y que a su vez se basa en una obra de teatro, autoría del mismo guionista, Amadeus.

El recurso narrativo al cual recurre el film es el flash-back, y Salieri, encarnado por el actor F. Murray Abraham, ya en la posteridad de su vida, y atormentado por sus demonios personales, acusándose de haber matado a Mozart, intenta suicidarse para ponerle fin a su tortuosa existencia. Sus criados se lo impiden y percatándose de su estado morboso lo conducen a un manicomio, en el que un día recibe la visita de un sacerdote, el padre Vogler, que al iniciar la confesión del compositor italiano pronuncia una frase que irrita a éste: "todos los hombres son iguales antes Dios", a lo que Salieri responde: "¿lo son?". De aquí en adelante Salieri decide contar su historia y el origen del antagonismo con Mozart.

Salieri, cuando pequeño, había pedido a Dios que le diera la virtud para dedicarse a la música, más precisamente a la composición de la misma, de la manera como el también entonces pequeño Wolfgnang Amadeus Mozart lo hacía, que ya se perfilaba como su ídolo. A su vez, él le retribuiría con su castidad. Años más tarde Salieri llega a la corte del emperador José II de Habsburgo donde consigue hacerse maestro de cámara. En tal escenario Salieri gozaba de gran prestigio y estaba muy bien considerado por todos sus coetáneos, pero esta gloria sólo perdura hasta la llegada a la corte de Mozart, que en la película es interpretado por Tom Hulce.

Salieri lo conoce por fin, pero se lleva con ello un gran chasco al darse cuenta que el ídolo de su infancia no era más que un joven alocado, de reír estruendoso, poco educado y bastante soñador, pero que a la hora de sentarse a interpretar su propia música era "la encarnación misma de la virtud musical de Dios". Salieri decide -haciendo un gran esfuerzo- aceptar al joven Mozart y tratar de entender porqué Dios lo ha dotado de tamaño talento, pero su sufrimiento surge y poco a poco va in crescendo cuando cree ver que el mismo Dios solamente se esmera en demostrarle que Mozart es mil veces mejor que él, por lo que Salieri se siente decepcionado en su promesa de la infancia, y empieza a rivalizar con el genio de Salsburgo.

Así, Salieri descubre con pesar que quien en vida es genio no lo es por resultado de la castidad ni de la oración o la fidelidad a un dios, sino porque él mismo Dios -en su infinita voluntad- así lo ha decidido. Entonces el compositor italiano nacido en Legnano decide enfrentarse al mismo Creador en la persona de su obra, Mozart, y acabar con él. De ahí en adelante Salieri se dedica a tiempo exclusivo a hacerle la vida imposible hasta dejarlo sumido en la pobreza y la enfermedad.


A continuación, objeto del presente artículo será aproximarme a la naturaleza de ambos rivales, Mozart y Salieri, y para variar lo haré desde una perspectiva sociológica :-)

Tanto Mozart como Salieri son dos hombres que han encontrado en la música una de las formás más sublimes de trascender; una forma de superar la propia naturaleza humana, su grisura y su carácter prosaico y elevarse simbólicamente en un tiempo y espacio históricamente reportados. Ambos compositores, hoy muertos, están más vivos que nunca. ¿Cómo es esto?

Sí, cuando digo "muertos" lo hago en el sentido lato de la palabra: en carne mortal es que están muertos, pero a su vez continuán viviendo a través de sus obras, de esas páginas musicales que sumadas todas dan un número interminable de horas de deleite para el oído y de reflexión para el alma. En vida, Mozart y Salieri consiguen alzar un vuelo que a más de uno nos gustaría experimentar, y es un vuelo de tipo simbólico como anotara líneas arriba, pero un vuelo que siempre termina en tierra. La música de ambos es un desesperado grito en la inmensidad del alma por querer trascender nuestra naturaleza humana, tan finita, tan limitada por un principio y un final. Ha sido desde tiempos de los griegos deseo del hombre el querer igualar a los dioses en su inmortalidad, una inmortalidad que traspasa los tiempos señalados por el mismo hombre, y ante tal reto el genio creador humano no podía quedar impertérrito: tenía que buscar una manera, un medio por el cual las generaciones venideras lo recordaran, y tal medio no podría ser otro más excelso que el simbólico, que precisamente por su inmaterialidad posible de objetivación cósica, habría de sobrevivir a las tempestades de los días del calendario.

Ahora quisiera enfocarme en la "envidia" que Salieri le tenía a Mozart, elan vital de la historia semi-ficticia que une el nombre de ambos compositores. Mi intención es dar un poco de luz a este punto específico y ver que ni uno era más bueno o más malo que el otro, sino todo lo contrario, dos unidades heterogéneas como las entiende Michel Foucault en La arqueología del saber.

Foucault tiene en tal portento de obra una frase que a mí me resume carácter, temperamento y motivación, pero que de hecho puede (y lo hace) resumir estos mismos elementos de la condición humana de todos los hombres: no me pregunten quién soy ni me pidan que permanezca invariable. Tanto Mozart como Salieri son dos historias de vida ambulantes que con el decurso de la vida cotidiana consiguen delinearse y redelinearse una y otra vez. También influye el contexto, verbigracia la sociedad, esa gran conspiración, ese artilugio en palabras de Zygmunt Bauman (La sociedad individualizada, 2001). Un gran acuerdo en el que participamos todos, algunos con más protagonismo que otros, y que per sè confiere dignidad a lo que se ha acordado y es compartido. Y quién más dotada de poder que la sociedad, que despliega sobre sus integrantes toda una maquinaria simbólica de compulsión de la subjetividad por el apremio a la trascendencia, diciendo con ello a los pobres hombres que sus vidas individuales habrán de continuar pero alcanzando el esplendor del reconocimiento, que por momentos consigue rozar los ribetes de una instancia falicizada de la cual hay que estar orgullosos, y exhibirla precisamente por mayor volumen y longitud.

Podríamos comulgar en el hecho que Salieri causa -si no la muerte, por lo menos la debacle del genio de Salsburgo- pero más interesante sería ver en qué medida comulgamos en el hecho de que Mozart es el principal culpable de despertar la envidia de Salieri, una envidia que alimenta a la planta de la conspiración contra el primero. Para ello, la película nos da algunos enfoques: por ejemplo, cuando Salieri, y en presencia del emperador, le pide al aún recién llegado Mozart que ejecute un breve himno que le compusiera por su arribo a la corte. Mozart lo hace y no tarda ni un minuto en criticar burlonamente la composición de Salieri, hasta el punto de esbozar con su correción una nueva "y más espléndida" línea musical, que al oído entendido recuerda el famoso Non più andrai farfallone amoroso de Le nozze di Figaro. Un espíritu plenamente egocéntrico como el de Mozart ha herido la autoestima de Salieri, a lo que se suma una decepción dramática de ver que Mozart no era el dechado de virtudes que creía el compositor italiano. Su ofensa -porque otra cosa no es- no tarda en hacer germinar la mal entendida "envidia", que yo preferiría llamar espíritu de autorreivindicación por la competencia, aunque la película definitivamente se concentre en presentarnos un Salieri ruin, pero no por ello mezquino, puesto que -y esta es otra de las delicias de la historia contada por el film que une la vida de ambos personajes- Salieri es consciente del talento de Mozart, mas éste no de aquel que Salieri posee. Así, hay varias maneras de ser ruin: se puede ser ruin por ser mezquino, y mezquino por tener obnubilada la vista con un yo, un ego, sobredesbordado.

Y si Salieri fuera malo -y por ello falso o ilegítimo su recurso de autorreinvindicación por la competencia, ¿deja por ello de ser bello? Max Weber, el sociólogo al que más llegué a apreciar -de entre los clásicos- echa luces sobre este específico cuando dice: también sabemos que algo puede ser bello, no sólo aunque no sea verdadero, sino justamente porque no lo es (El político y el científico, 1969). Salieri en este film es mil años luz un personaje más interesante que Mozart. Es más, la película se llama Amadeus no tanto por el segundo nombre de Mozart sino porque -expresamente en su significado, el amado de Dios, Salieri se encuentra a mitad de su vida en la disyuntiva de no haber podido ser il figlio diletto, el elegido.

Además, Weber continúa diciendo a este propósito: según la postura básica de cada cual (sistema de valores), unos principios resultarán divinos y otros diabólicos, y es cada individuo el que ha de decidir quién es para él dios y quién demonio.

Finalmente, y para que no se me tome por partigiano di Salieri (partidario de Salieri) quiero referirme a esa ansia que lo esclaviza desde muy niño, y que lo apresa en aquel huracán silencioso que algunos de los aspirantes a grandes genios llevan en el interior de sus almas: su voto de castidad.

La desventura de Salieri comineza en el instante mismo en que promete a Dios -en una suerte de celebración contractual verbal- serle fiel por la castidad a cambio de la virtud musical. Pobre niño, es fruto de la educación criminal de su tiempo, que le enseña que no hay nada más inmundo que el placer que el cuerpo pueda experimentar, pero que él decide abandonar, pese a que el mismo Dios -deseando se desprenda de él- no se lo exige con sobreobstinación coercitiva física manada de él en persona (de ello de encargan las agencias de socialización como la familia, la escuela, la iglesia, etc). Y es que ahí radica la fuerza del voluntad del hombre ante las pruebas de Dios: que él no anda detrás de nosotros para ver si cumplimos nuestras promesas de fidelidad, aunque no se niegue el hecho de que siempre nos mira y nada a su entender quede fuera.

Judith Butler dice que el sujeto emerge como conciencia desventurada desde el momento en que sobre él se aplican reflexivamente los códigos y las leyes éticas de esa confabulación llamada sociedad (Mecanismos psíquicos del poder, 2001). Salieri entrega su placer inmundo voluntariamente y decide ser su propio custodio en la comisión de tal proeza, y el sufrimiento le asalta y colma cuando "descubre" que Dios simplemente y por obra de su incuestionable voluntad concede los dones que quiere a quien quiere. Es todavía un doble desencantamiento, entonces: por un lado, la falsedad de la promesa -el acuerdo no cumplido por una de las partes- pero igualmente el hecho de que Salieri haya tenido que vivir reprimiendo su sexualidad durante años y años en espera de un supremo don, de una gloria que jamás le habría sido conferida.

Como sigue diciendo Butler, el sujeto (en tal sentido) es un esclavo. Es un cuerpo instrumental cuyo trabajo provee al amo de las condiciones materiales de su existencia y cuyos productos materiales reflejan tanto su subordinación como la dominación del amo. Sí, pues. El cuerpo de Salieri sirve a los intereses de determinados grupos conservadores dentro de esa gran mafia simbólica que es la sociedad (disculpen la exageración), que no son otros que la perpetuación de códigos de control de la vida y sus pulsiones plasmados en leyes que supuestamente organizan el orden apelando a la bondad de los mecanismos que producen el mismo.

Así, si Salieri no solamente es bello porque es "malo" no menos lo es porque es víctima de un engaño.

En resumidas cuentas, somos peones de un enorme y complejo tablero de ajedrez (recordemos el soneto del mismo nombre de Jorge Luis Borges). Estamos constreñidos a trascender porque recién eso es existir. Ergo, ser o no ser... he ahí el dilema...

martes, 27 de enero de 2009

Amor, sublime amor, ¿en qué momento le hablaste a mi corazón?


El amor... ¿Quién sabe lo que es el amor?

De él podemos dar referencia gracias al sentido común como un estado del ser (el estar enamorado) en el que todo nos parece bello, por ejemplo, pero asimismo sabemos que el que ama no solamente puede ser feliz. También puede ser la más desdichada de las personas, y ¿por qué?... Precisamente por amar.

En esta ocasión quiero referirme, pues, al amor, a través de la lectura de uno de los eruditos más importantes del siglo pasado, Zygmunt Bauman, que en ¿Necesita el amor de la razón?, uno de los últimos capítulos de su obra La sociedad individualizada (2001), reflexiona sobre el mismo, revisando a la vez que anotando, las características del amor y cuán profuso como informe aquel es.

Para acometer mi misión quiero citar la tercera de las adivinanzas que la princesa Turandot -en la ópera póstuma del mismo nombre (1924), autoría del compositor italiano Giacomo Puccini (1858-1924)- le hace al desventurado pero valeroso príncipe Calaf para ver si así éste se hace merecedor de desposarla. Puntualmente, la tercera adivinanza tiene como respuesta el nombre mismo de la princesa, Turandot, pero yo aquí quiero insertarla porque el texto de la misma -particularmente a mí- me sugiere la respuesta del amor:

"¡Hielo que te inflama
y con tu fuego
aún más se hiela!
¡Blanca y oscura!
Si te quiere libre,
te hace ser más esclavo.
Si por esclavo te acepta,
¡te hace Rey!
(...) Palideces de miedo!
¡Y te sientes perdido!
(...) El hielo que da fuego,
¿qué es?"

¿No les sugiere también a ustedes la respuesta de "es el amor"?

El proceso de entender la lógica, orden y hasta matemática del amor implica recurrir a la razón para echar más luces sobre este tema. Pero surje ahí el dilema: amor y razón, como es la intención del capítulo del libro de Bauman. Pensamos en ambos y parecemos reconocer entre ellos una relación antonímica; leemos dos cosas opuestas.

El lenguaje de cada uno de ellos es totalmente diverso: uno habla con el corazón a los corazones; el otro habla con la mente a las mentes. El uno mira al otro con desdén. El amor no entiende la vida tan cuadriculada de la razón, en tanto que la razón no termina de asimilar cómo el amor puede moverse entre fronteras tan difusas y casi imperceptibles... Fronteras tan líquidas.

Y si amor y razón se tratan así es porque, como bien lo anota Bauman citando a su vez a Blaise Pascal -que en su momento también se animó a hablar del amor- las experiencias de ambos no son las mismas, por ello la intolerancia que mutuamente se prodigan. Sin embargo, nada de lo hasta aquí anotado quita que la razón, en un mundo como el nuestro, sea la que mejor consiga expresarse, consiguiendo resonantes victorias a la hora de batirse a duelo con el amor, que termina humillado y reclamando a los demás que "no es que haya perdido, simplemente que nadie me entiende".

La adivinanza de Turandot, que me sugiere la respuesta del amor, es que aquél puede adoptar muchas caras, digámoslo así. Es decir, desde distintos lugares de enunciación el amor puede generar las más alambicadas situaciones precisamente por no ser "formal", y prestarse a mil y una interpretación, pudiendo pasar por el simple capricho, por la necedad y la obstinación, hasta llegar a perfilarse como lo que la historia del amor -que no es otra cosa que la historia de la construcción social del amor y el imperio de su significado- la ha presentado desde siempre: un sentimiento doloroso que para el que lo vive y lo soporta le depara la gloria. Y si no, pensemos en la figura de Jesucristo, ¡qué mejor representante de hombre que amó a los demás sin recibir nada a cambio, sufrió y murió por nosotros y consiguió sentarse a la derecha del Padre para ser proclamado como tal a las naciones hasta el fin de la eternidad!

Pero no me desvío del punto: de acuerdo a la adivinanza de Turandot, el amor puede ponernos en situaciones en las que la persona deseada nos pueda ser de lo más esquiva, como el hielo que no se deja apresar sin resentirnos las manos. Es el amor blanco y oscuro, y con ello da cuenta de cuán maleable es, de que su lectura depende del cristal con el que se le lea. "Tú me amas, pero yo te amo más", o "Yo te amo bien, pero tú me amas mal". Aquí yo diluiría más la cosa y diría que el amor ni es blanco ni es negro, sino que se maneja en una escala de grises, claroscuros y esfumaturas pastel varias. Podemos muy bien asignar un color a "amor" que le tenemos a una persona: el rojo apasionado, el azul cielo, el naranja otoñal, o el negro sombrío, aunque por momentos tachonado de puntos blancos, cual noche engalanada con la presencia de las estrellas, etc. Más de un color podría darnos la idea del amor.

Prosiguiendo, pensamos que el amor muchas veces nos hará libre. Es el cuento que más se nos ha vendido, pero en realidad nos vuelve esclavos. Cuanto más pensamos que nos hará libres, más nos encadenamos a él y menos campo de acción tenemos, ya que el amor implica paciencia, perseverancia y -entre otras cosas- fidelidad. Y pregunto: ¿tenemos todas estas virtudes? Claro, se me replicará que cada una de ellas se adquiere a base de pulso y constancia, pero vuelvo a preguntar: ¿tenemos voluntad comprobada para asimilar tales "bendiciones"?...



Después de todo lo expuesto hasta aquí, Bauman anota 03 características que definen al amor, y que quiero comentar con ustedes:

1.- El amor tiene que ver con el VALOR y la razón con el USO.

El que ama, ama la valía de aquello que le roba el sueño, aunque también tal predisposición puede tener el efecto realizador de dar la valía misma, pero adoptar esta última postura implicaría asumir que hay cuerpos que no tienen valor, cosa por demás inicua ya que no hay cuerpos desbordantes de valor ni otros carentes del mismo. Acá también podemos hablar de una producción social de la valorización del cuerpo.

"El amor mueve al que desea a desear lo que no está en su posesión, lo que no tiene, lo que le falta... A desear lo que uno no es" (Bauman, Op.Cit.).

De otra parte, podríamos reconocer a la persona que ama porque la misma es la peor de las insatisfechas en lo que a amor y a amar se refiere. El que ama puede llegar a esencializar todo lo que le rodea, desde las cosas físicas y hasta las relaciones sociales, haciéndolas devenir en simples "hechos fácticos". La persona que ama nunca cree haber tocado techo con la relación de amor que mantiene con un tercero.

2.- La gloria del amor es también su desgracia.

El amor sumerge a sus seguidores en una nebulosa que no se puede medir ni precisar. Al perseguir el amor lo infinito, se corre el riesgo de perseguir lo indefinido. El amor trabaja con la generalidad, y cuando se le replica por ello, suele ponerse evasivo, rebelde y fanfarrón, aunque no consiga percibir tal fanfarronería y crea que aquella es la más sublime de las declaraciones sobre "el sentido de la vida y de las cosas". ¡¿Qué significa esto... por Dios?!

Siendo que el amor pretende capturar el cuerpo que desea -de otro modo no es- busca con ello despojarlo de su otredad, esto es, de su condición de ser otro hasta asimilarlo, hasta fundirse en uno solo. Pero, y como también sabemos, el amor no es egoísta sino tolerante y le permite al "otro-por-asimilar" conservar su otredad (¿qué contradicción?), abriéndole con ello las puertas a dejarse llevar por ser infinito. ¿Pero quién no dice que esa infinitud es igual de indefinida? Bien podría un día ese Otro volverse OTRO, o sea, dejar de ser el que uno conocía y simplemente cambiar, modificarse, y con ello hacerse menos inteligible y accesible. ¡Qué encrucijada!

3.- La razón impulsa a la lealtad al Yo, en cambio el amor reclama solidaridad con el Otro.

El amor subordina su propio Yo al Yo del Otro supuestamente porque ese otro Yo está dotado de cierta importancia. Y es que como decía Max Scheler, citado también por Bauman, en el acto del amor, un ser se une a otro en un acto de compartir y participar en ese otro, de participar de ese otro.

En cambio la razón -que tiene que ser egoísta porque la tradición gnoseológica así lo dice y lo ha dicho por mucho tiempo (un Yo instrumentalizado e instrumentalizador bajo la forma de la racionalidad instrumental weberiana, por ejemplo)- ofrece al Yo la habilidad de convertir las propias intenciones en los objetivos que guían la conducta de los otros. Por su parte el amor estimula al Yo a aceptar las intenciones del Otro como su propio objetivo y objetivo, que se objetiva en determinadas prácticas y pautas conductuales y actitudinales.

Esta es, por tanto, una de tantas fotografías del amor.

Cuando amamos estamos firmando un papel en blanco y dándosela a un tercero para que haga con el lo que pensamos estimará por mejor y más conveniente.

El amor sumerge en el misterio. Invita a ponernos una venda en los ojos y simplemente creer, y es que como dicen los huachafos, el que ama lo da el todo por el todo y se fía a ciegas sin cuestionar.

Pero por más "bonito" que parezca/sea el amor, siempre volverá a él -aunque sin ser llamada- la razón, que "de por sí ilumina", a salvarla de su necedad. Amiga que consuela aunque con palabras bien calimetradas en las hondas horas de dolor que pueda vivir el amor.

martes, 20 de enero de 2009

Internet como tecnología de la personalidad


El boom del Internet como producto cultural y soporte tecnológico facilitador de las comunicaciones -que supera las enormes distancias geográficas- es uno de los que han alcanzado un efecto hasta el momento imperecedero en el público consumidor, y que por ello mismo le reporta vigencia, actualidad, en el mundo de hoy.

Internet trae consigo una serie de beneficios, pues, al ser la red de redes a la que uno puede sumarse desde la tranquilidad de su casa y navegar en un mar de información de la cual empaparse si así se desea. Es poco lo que no pude encontrarse en Internet, y así, como herramienta globalizadora del conocimiento muchos lo aprecian, al haber superado al papel y su marca de agua burguesa y alcanzar el saber de manera todavía más directa de la que podría hacerlo un libro o un periódico.

Pero Internet también es un canal de acceso a la información nociva, como por ejemplo la pornografía, o los instrumentos de violación de telecomunicaciones o de exposición indiscriminada de la intimidad y privacidad de las personas, cosas con las cuales evidentemente terceros grupos de poder lucran día a día. Siendo de esta manera, el problema no radica en si hay información o no a la cual accesar, sino en saber escoger la información misma de acuerdo a su contenido y utilidad.

Por otra parte, Internet -y es lo que puntualmente quiero en el presente artículo abordar- también puede ser leído bajo una lectura sociológica de mayor intensidad que la hasta ahora referida líneas arriba. Internet puede ser leído como un "texto cultural". ¿En qué sentido? La respuesta a esta pregunta aclarará mejor nuestro panorama y concepto del mismo, superando la simplona discusión que únicamente se remitiría a sindicarlo como bueno o malo, como productivo o nocivo. ¡Vamos un poquito más allá!

Internet puede ser leído como un "texto cultural" desde el momento que es una "industria cultural", una creación de carácter simbólico que, insertada en el mercado, va al encuentro de un público consumidor, y como tal -como producto cultural- consigue estructurar las pautas de consumo cultural de las personas a la vez que repercutir en sus subjetividades y en la configuración de sus pautas conductuales y actitudinales.

Internet es uno de los más trascendentes productos del capitalismo posmoderno, en palabras de Slavoj Zizek, cuando define el contexto en el que éste aparece como el escenario de la mercantilización directa de la experiencia misma (ZIZEK, Slavoj. Capitalismo Cultural) . ¿Qué luces da esta afirmación al tema hasta ahora tratado?

Las personas del mundo de hoy cada día buscan menos productos para simplemente consumir, como un pan o una gaseosa -necesarios claro está, según la necesidad del consumidor- sino que salen a la búsqueda de experiencias vitales que den mayor sentido a la vida que se tiene. Hablamos de experiencias de comida, comunicación, consumo cultural mismo... Experiencias de sexo...

Internet, siguiendo esta línea, se insertaría como la más actual posibilidad de vivir experiencias vitales como las anotadas hace un momento, pero sobre todo, experiencias de tipo sexual. Con ello, y al acceder a las mismas, Internet despliega su poderoso efecto como industria cultural al definir el consumo humano pero dotándole a la vez de un "valor agregado" que versa en coadyuvar a la formación y desarrollo de las identidades sociales y culturales de las personas, al hacerlas participar en estilos de vida nuevos, ricos.

La persona que ha tomado contacto con este tipo de experiencias vitales y las incorpora a sus pautas cotidianas de consumo empieza a adquirir poco a poco un estilo de vida, el mismo que comporta -de acuerdo al tipo de experiencia vital elegida- distinción y diferenciación social, muy conectados a la dotación simbólica del bien seleccionado, evidentemente.

Entonces, la idea de que Internet, como industria cultural, se convertiría en una tecnología de la identidad, al dotar de la misma a la persona que asimila -y con asiduidad practica- pasa por ser una experiencia vital específica que para ese momento delinea un estilo de vida.

Y es que Internet, siendo así, es un verdadero fenómeno cultural de nuestros tiempos, siempre en constante cambio. Cambio que le ha valido para mantener vigencia y popularidad. Con esta última llegan otras ganancias, ya no tan simbólicas sino más bien económicas, a favor de sus creadores. Aquí asistimos a la transformación del valor simbólico de Internet en valor económico.

Por tanto, y para terminar, quiero dejar clara la idea inicial de que Internet es una de tantas tecnologías de la identidad al ser parámetro cultural de validación del sujeto en la sociedad (Ana María Ochoa. Entre los deseos y los derechos. Un ensayo crítico sobre políticas culturales).

Así, Internet no es ni bueno ni malo. Malo quizá sea el no conocer, o el negarse a entender que un producto cultural de tal especie -según la intensidad con la que se le asimile a la vida cotidiana y de acuerdo a específicas pautas de consumo- delinea todo un estilo de vida. Ofrece "experiencias vitales" dadoras de sentido a la vida de los consumidores, y también dota de distinción a quienes son afectos al mismo. ¡He aquí el punto de apoyo de Arquímedes para mover la tierra!... La distinción que genera diferenciación, y que de acuerdo a la naturaleza de las circunstancias, también acarrera reconocimiento, y después trascendencia...

viernes, 16 de enero de 2009

La construcción social de la inocencia


Si se nos pidiera pensar en un "cuerpo" o en una "unidad" que en sí concentre la inocencia, la total exención de culpa e incapacitado a hacer cualquier tipo de daño es bastante probable que a la mente nos viniera la imagen de un niño. Y sí, en efecto, ¿qué cuerpo, qué ser más inocente que un niño para representar estas características anotadas?

Pues bien, en el presente artículo quisiera intentar hablar de la inocencia, en un sentido sociológico, y cómo es que se establece la construcción social de la misma. A estas alturas quiero hacer la aclaración que no es mi intención tomar como tema de discusión si son o no son inocentes los niños, sino más bien referirme a aquellos cuerpos que la sociedad reconoce como inocentes, como puros entonces, construidos gracias a la poderosa influencia de igualmente poderosos grupos de poder, y a su vez, esbozar esos otros cuerpos en los que se concentra la culpabilidad, la impureza. Cuerpos que son culpables porque son impuros, y viceversa, cuerpos que son impuros porque son culpables.

La producción de los discursos sobre la pureza y la inocencia han sido por mucho tiempo, y lo siguen siendo hasta hoy, producidos por importantes y rancios grupos de poder que se resisten a abrir sus horizontes de pensamiento en aras de una cultura de la tolerancia y la convivencia de la diversidad. Como refiere el antropólogo Jaris Mujica en su libro Economía política del cuerpo, el verbo favorito de los conservadores, conservar, atiende a cuidar algo y manetener su estado, alcanzar su permanencia. Se asume una paternidad (usemos este término) de un tercer cuerpo que en ningún momento ha sido consultado respecto de si desea o no ser protegido, no teniéndose en cuenta con ello su autonomía. Y todo esto se despliega en un espacio normativo preestablecido que definitivamente no se debe violar. Hay códigos conductuales y actitudinales que se deben seguir al pie de la letra. El hacerlo así genera la "virtud", pero el desobedecer genera el "defecto".

Violar tal espacio predefinido, violar sus normas conlleva a "mancharse" con eso "otro" que hay fuera del campo predeterminado como "puro", y del cual se quiere proteger al cuerpo que en efecto se protege. Se contamina con lo que hay más allá, y por consiguiente, pierde inocencia. Perdiendo inocencia se hace objeto de persecusión y punición por parte de los cuidadores, precisamente porque ya no es más un cuerpo "limpio", se le tiene que "sanar". El haber franquado la valla le hace pensar al dominador que algún saber instrumentalizado en herramienta de acción le ha permitido cometer tal falta. Ese saber que ha sido asimilado por el dominado pasa a ocupar un espacio en su mente, y es un saber apóstata, que inmediatamente vuelve a quien lo ha adquirido un ser ya no tan "inocente". Hay, por tanto, aparejada a la inocencia la idea de que ésta comporta ingenuidad, y yo al menos no lo dudo, porque el ingenuo no percibe muy bien las cosas no tanto porque no pueda hacerlo como sí por efecto de los parámetros de educación que haya podido recibir y que le son como anteojeras que le impiden ver a los costados. El ingenuo, pues, "no está muy en este mundo", y mientras desconozca es "bueno" ya que está inerme de cualquier arma que en algún momento le pueda ayudar a atacar, incluso a la mano que le da de comer. Los saberes "alternativos", según esta concepción, son "heréticos". Quien los conoce ya no es inocente.

Pero si la palabra misma lo da a entender: uno se declara inocente de algo porque no sabe mayor cosa de la misma, ¿no es así? Uno se declara inocente de algo y con ello dice que no tenía conocimiento del acontecer de un hecho x y de que tampoco lo ha acometido. Pero ese testimonio brindado de inocencia es manifestado dejando ver la sombra del temor. Se teme el castigo, y por ello, a sabiendas de una represión dolorosa, muchas veces es preferible mentir, y después vienen castigos peores que los en un primer momento destinados y que se querían conjurar con la mentira debastadora.

Pensemos en el relato de la Creación que narra el Génesis. Dios es quien en todo momento quiere conservar la pureza del hombre y la mujer que ha creado. Les ofrece todo (todo lo que hay dentro del jardín del Edén lo es todo porque lo es todo -circularidad del discurso-) y les dice que no es necesario más para ellos, que lo que lo que tal jardín contiene les bastará y sobrará. Por tanto, ¿para qué buscar más? Eso sí, no deben hacer una cosa: comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, ¿apetitoso?, parecía que sí, pero su seducción es ya tachada como corrosiva porque lo "bueno" no debe recurrir a la pompa ni a ninguna manifestación de derroche de belleza, frondosidad y fertilidad. Lo bueno es administrado a cuenta gotas. Lo malo se despilfarra. "Témase de lo que se nos da a manos llenas, bueno no ha de ser", pareciera ser el mensaje.

Los límites que ocupa tal árbol no deben ser franqueados. Sin embargo Adán y Eva lo hacen y conocen que está desnudos, por ejemplo. ¿Conocer esto es algo malo de por sí? Definitivamente no, pero la represión del cuidador hace aterrizar sus leyes en el cuerpo mismo, que se busca controlar.

Un niño, por ejemplo, sería inocente de otros saberes y de otras personas que no le han sido aún revelados ni presentados. Inocente de sus modos de vida, de sus pautas de conducta y actitud, de sus creencias, de sus mismas historias de vida e ideología que los llevan a presentarse y a configurarse como los actores sociales que ya para ese entonces son. Empero, inocencia debe también ser entendida como no-saber, no-conocer, y esto tampoco es malo per sé. La maldad que se busca destapar salta al cuerpo puro que con el conocimiento nuevo pierde la pureza, y lo vuelve malo en tanto no renuncie a tal conocimiento. Si pide perdón y rectifica el camino podría ser nuevamente aceptado en las filas de los buenos chicos. Es más, tal maldad le salta al cuerpo puro de parte de ese cuerpo "vil", basurizado por el clan de conservadores, que de por sí echa barro con ventilador. "Te lo advertí, te ibas a manchar"... La sentencia sobre el lamento se cierne soberbia.

Puro-impuro, bueno-malo, inocente-culpable, dicotomías que discurren sobre una lectura esencialista de las cosas y de las personas. La búsqueda de las esencias dejémosla a los artistas, que claman día a día por una musa que los inspire y que les haga ver éstas. Un orden social como el humano, asaltado por las esencias, auspiciadas por determinados grupos de poder, no son aval de un estado de convivencia armónica, más si los individuos que forman tales sociedades son diferentes entre sí, clasificados segñu criterios de representación estructural sólo para hacerle la tarea más fácil al Estado en sexo, edad, extracción social, etc, etc.

Debe quedar claro que yo jamás cumpliré al %100 lo requisitos que tú me pides para encajar en tu formato de lo que debería ser una persona "ideal", y es bastante probable que tú jamás encajarás en los que yo tengo y que creo son los que definen las auténticas cualidades de una persona. ¡Mucho cuidado!

domingo, 11 de enero de 2009

Alfredo Kraus, el día que te quiera...


Hace aproximadamente 17 años, con mayor puntualidad en 1992, en Santiago de Chile, el ahora mítico tenor español Alfredo Kraus realizó una de las presentaciones más inolvidables que jamás haya dado para su fiel público ávido de escuchar su espléndida voz, deleitarse con ese squillo irrepetible y cálido, a la vez que elegante, delicado, sutil y tecnicamente bien trabajado. Ese era el cantante Alfredo Kraus, nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1927 y que dejara este mundo en setiembre de 1999, tras haber cantado los roles más celebrados de la ópera italiana y francesa.

Y sí, en 1992 Alfredo Kraus, dando el recital del que les hablo, decide entregar a este público espectante la inmortal canción El día que me quieras, cuya autoría se la debemos a los compositores Carlos Gardel y Alfredo Le Pera. Según cuentan los más conspicuos relatores de sus vida, seguidores de su carrera y de su profesionalismo como sello indeleble de su canto, esta canción era una de las preferidas de su madre, y le recordaba aquellos años felices de infancia transcurrida en un hogar que viera dar al célebre tenor los primeros pasos en el mundo de la música, desde que a los 04 años de edad empezara con las primeras lecciones de piano, y a los 08 ya cantando en el coro de la escuela.

Puntualmente, cuando Kraus emprende el canto de la repetición del segundo más conocido fragmento de la canción, ese que dice "... la noche que me quieras...", ya lo hace con un semblante más "comprometido", emocionalmente hablando claro está, y, por ejemplo, al terminar la frase "... y un rayo misterioso..", ya la misma, en lo que implica a técnica, no es sostenida ni debidamente terminada, lo que delata que la mismísima emoción le ha subido a la garganta, y como se sabe, un canto como el lírico jamás puede ejecutarse ni llevarse a buen término si es que éste recurre a apoyarse en la garganta.

Ya para cuando asalta la frase, la última que cantase para esta canción y en este recital, "... y un rayo misterioso hará nido en tu pelo, luciérnaga curiosa que verá...", puntualmente, en el cantado de la parte "luciérnaga curiosa que verá", Kraus, sin estar fuera de tono, ya hace un canto de esta con piena gola (con plena garganta) para después simplemente parar. Así como lo oyen, Alfredo fraus no termina la canción porque se quiebra hondamente, y lo que más escarapela la piel es que diga "no puedo". Ese "no puedo", en ese momento justo, es por demás elocuente, ya que habla de la emoción que le embarga en aquel instante, emoción que defnitivamente no viene sola y sin la evocación de algún recuerdo, como el que les refería al inicio de este artículo, el recuerdo de la madre y de la infancia en aquel lugar de ensueño como es Las Palmas de Gran Canaria. Y también ese "no puedo" pareciera, creo yo, como que pedir disculpas, disculpas dirigidas a un público que idolatra a su cantante y que lo menos que podría merecer es una buena interpretación, y Kraus lo sabía, por ello dice "no puedo", como queriendo decir "no puedo, ya no me pidan más".

Algunos críticos de Alfredo Kraus lo acusaban de intérprete frío -apreciación más lejana a la realidad de su canto- y de haber claudicado a dar atisbos de mayor compromiso emocional a la hora de cantar todo con tal que la línea de canto siempre fuera lo más prístina posible, lo más perfecta. Y ciertamente, en el canto el que debe emocionarse es el público y no el cantante. Pero en aquella ocasión vence el sentimiento, las aparentemente rígidas reglas que el mismo Kraus se había impuesto en aras de un canto siempre bello, ese día quedaron de lado, y vimos, o mejor dicho, se vio al hombre que optó por dedicarse al arte y que en ese momento se declara como tal al cantar El día que me quieras, y no al artista de presentaciones anteriores que por profesionalismo había decidido ocultar al hombre que era para devenir en un instrumento de expresión de la pasión humana sin necesarimente verse contagiado por la misma a la hora de dar fe de aquélla.

Kraus ha trascendido su espacio y su tiempo, convirtiéndose en ejemplo de la necesidad que todos los hombres tenemos de superar nuestra condición humana, finita per sé, para, con el auxilio de los respectivos soportes culturales y simbólicos que nosotros mismos hemos creado con el deseo afiebrado de escapar de dicha finitud, dar el gran salto a la inmortalidad, y seguir viviendo entre nosostros a través de la música que exquisitamente interpretó durante sus 71 años de vida.


sábado, 10 de enero de 2009

¿Por qué el áureo clarín del verbo?


Alguna vez, cuando seguía los distintos capítulos, digamos así, del programa Chespirito, del harto reconocido actor cómico mexicano Roberto Gómez Bolaños, vi un episodio en el que él, caracterizando a un hombre invitado a un ágape post boda, y teniendo que dirigir unas palabras en honor de los novios, inicia su alocución diciendo una cosa así como: "...en esta ocasión que se me permite tomar el áureo clarín del verbo...", yo quedé ciertamente impresionado, tanto porque en aquel entonces yo era un niño, en pleno proceso de aprendizaje, habiendo ya superado mi miedo a hablar ante el público gracias a las clases de oratoria (a las que asistí a regañadientes, genial idea de mi amada madre a modo de que pudiera superar este impedimento) y bastante ávido de enriquecer mi lenguaje con cientos de palabras y expresiones "bonitas", "intrincadas" y "poco accesibles al común denominador" del cual en ese entonces, yo todo prejuicioso, deseaba distanciarme, y con ello armar circunloquios, ambages, perífrasis que dejaran a mi auditorio boquabierto.

Y en efecto, los resultados que yo me esperaba no tardaban en venir. Momento propicio para recibirlos eran las multiples reuniones de adultos a las que asistía. Me gustaba rodearme de personas que me doblaran o triplicaran la edad y así escucharlos, percatarme de lo que decían y con esto, darme cuenta de cuánto sabían, si era o no importante lo que referían a los demás, y cuando la conversación ya había avanzado lo suficiente como para asimilar el mensaje de la otra persona, yo iniciaba la respectiva réplica o comentario, según fuera el caso, y hablaba. Pero no hablaba por hablar. Hablaba con fundamento, con conocimiento, pero sabía que ello no me bastaba. Yo habría podido decir que 2+2 eran 4, por ejemplo, pero no me hacía feliz el decirlo así nomás. Tenía que recurrir a algún recurso retórico que me permitiera decir eso mismo pero de manera más "elaborada", "armada". No podía pasar desapercibido. Ello era el no-existir.

Claro, me tildarán de vanidoso, o egocéntrico, o hasta de ingreído, pero era así. Es más, sigue siendo así. ¿Y por qué non podría ser así? Si hay a quien le encanta juerguear con los amigotes los fines de semana hasta morir, o a la que le gusta estar de shoping las 24 horas del día, o al que le fascina llevarse a la cama a más de una, ¿por qué a mí no me puede gustar llamar la atención con lo que digo, con mayor razón si podemos estar hablando de un contexto medianamente alturado como una buena plática, por ejemplo? ¿Es malo querer destacar? Ahora bien, si lo hago porque necesito sentirme reconocido, yo preguntaría: ¿y a quién no le gusta sentirse reconocido, saberse apreciado por un tercero? Debemos de tener clara la idea que la dación del reconocimiento está en cada uno de nosotros, de la misma manera que negarla también es medianamente atribución nuestra, y que nos la nieguen también es atribución propia de ese tercero, por supuesto.

Encontramos reconocimiento de los demás en distintos espacios: en la casa con nuestra familia, en el ámbito de estudio, de trabajo, con nuestros amigos, etc, etc. El reconocimiento alimenta nuestra autoestima, nos da la confianza para seguir viviendo, para acometer nuestros actos futuros, para aumentar nuestras expectativas de éxito, y antes, nuestras ambiciones. Una persona que aparentemente no tiene éxito probablemente no consiguió trazarse metas "ambiciosas", y no lo hizo porque pensaba que no habría podido alcanzarlas. Ahora, sentía que no habría podido alcanzarlas porque no era lo suficientemente capaz, porque no tenía las suficientes herramientas cognoscitivas y motoras que le permitieran hacerlo. Sin embargo, sabemos que no hay ser humano sobre la faz de la tierra que nazca sin "talento", como tampoco alguno que nazca completamente con "talento" y predestinado al "estrellato". Todas ellas son condiciones que adquirimos a lo largo del curso de nuestra vida y que los demás, la sociedad, contribuye a forjar desde que somos niños.

Cuando empezamos a dar muestras de que para tal o cual cosa somos buenos, y nuestros padres, profesores y amigos nos dicen "lo estás haciendo bien sigues así, sigue intentándolo, sigue practicando", y entonces, si tenemos cierta predisposición psicofísica para ello, y gracias a la constancia de la práctica, empezamos a adquirir maestría en nuestra actividad. Pero si el individuo, todavía primerizo en la misma, torpe en su repectiva ejecución aunque comprometido, recibe únicamente de su entorno comentarios negativos y maliciosos como "lo haces mal, no lo sigas haciendo", o "no naciste para ello, ni siquiera lo intentes", entonces tendremos una persona que, o no querrá probar y ver si acomete esa actividad x con cierto buen rendimiento, si le gusta incluso, o bien, habiéndola intentado y estando espectante de probar una segunda vez para comprobar si la ejecutó mejor que la primera, solamente deseará abandonarla ya autodeterminado a que jamás la hará bien. Aquí me viene a la mente esa reflexión que a la letra dice: "las situaciones que los seres humanos definen como reales son reales en sus consecuencias", del sociólogo William I. Thomas en su libro Los niños en América: problemas conductuales y programas, que tiene hondas palabras para meditar el poder de aquellas que en algún momento pueden ser fatídicas profecías autocumplidas, como en los casos arriba referidos.

Dicho todo esto se me viene a la mente lo siguiente: los hombres, el género humano en general, es capaz de dar al mundo seres excelsamente brillantes como también los más repudiables (paro aquí sobre este último punto porque no quiero parecer esencialista o determinista), pero mi idea va en el sentido que el poder de nuestras palabras tiene un impacto como no lo tiene alguna otra función corporal de nuestro cuerpo. Claro, es que estamos hablando en un sentido estrictamente simbólico, pero quién va a negar que las sentencias de terceras personas consiguen repercutir en nostros de una u otra forma, con mayor o menor intensidad según sea la carga de la misma como la resistencia emocional del interlocutor que la recibe.

Por ello, y ya a modo de conclusión de este primer artículo de mi naciente blog, que ofrezco a ustedes con humildad, como el mejor de los ejercicios intelectuales que en mis tiempos libres pueda hacer, y también como la mejor terapia para materializar mis emociones e impulsos verbales contenidos en ciertas ocasiones (y es que así como aprendemos a hablar también debemos aprender a callar, o a afrontar el hecho de que aún no queriéndolo, tenemos que callar, sea por educación, sea por conveniencia, etc.) siempre será mejor tener personas con autoestimas inflamadas, pero sin exagerar, eso sí!, en vez de personas anuladas emocionalmente y sin ganas de vivir una vida que aunque jodida después de todo es vida, y querámoslo o no, siempre terminamos aferrándonos a ella. Este otro extremo es igualmente insano y debe evitarse. A la larga, el punto intermedio es el más recomendable, y si no, recordemos las palabras del inmortal Aristóteles: in media stat virtus.

Gracias por la atención prestada y hasta pronto.