viernes, 18 de enero de 2013

Una aplicación del interaccionismo simbólico




Premisa.-
A continuación se planteará un caso de investigación recurriendo al interaccionismo simbólico como marco teórico que posibilite la comprensión del mismo.
Se valorará dicho enfoque teórico por dar prioridad al mundo social como escenario marco de comprensión de las experiencias sociales, recurriendo a la explicación de la conducta del individuo en función del grupo que le rodea y al cual indefectiblemente pertenece.

A tales efectos es que se retomarán sus postulados básicos, a saber:

a)    Los seres humanos están dotados de capacidad de pensamiento.
b)   La capacidad de pensamiento está modelada por la interacción social.
c) Las personas aprenden los significados y los símbolos que les permiten ejercer su capacidad de pensamiento distintivamente humana.
d)   Los significados y los símbolos permiten a las personas actuar e interactuar.
e)    Las personas son capaces de modificar o alterar los significados y los símbolos que usan en la acción y la interacción sobre la base de su interpretación de la situación.

Igualmente, otro insumo base será la estricta consideración de la anterioridad del todo a las partes, tal como es que lo entiende el interaccionismo simbólico, concepción que posibilita la acción del individuo inicialmente estimulado por un entorno y otros como él, igualmente susceptibles de respuesta ante un entorno que repercute en ellos.

Es gracias a la interpelación del entorno que el individuo conseguirá desarrollar una mente individual, con lectura lógica de las cosas y de las personas. Es decir, por la existencia de un entorno es que se comprende el establecimiento de unos estados mentales en el individuo y su desarrollo, tanto por el curso histórico de su vida como por el mantenimiento de una confrontación dialéctica con dicho espacio.

 Antecedentes.-
Se quiere entender la dinámica de juego de un grupo de niños y niñas que viven en condición de institucionalización, esto es, residen en lo que comúnmente se conoce como albergues o casa hogar, espacios de acogida temporal para menores en situación de abandono o riesgo moral/material, privados de la debida atención y cuidados de sus padres/parientes.

Se entiende por dinámica de juego a los momentos del día en que los niños y niñas tienen oportunidad de desarrollar actividades de carácter lúdico-recreativo como medida para el desarrollo de sus condiciones psicosociales. Del mismo modo, es por medio del juego que la sociedad refuerza en el niño los patrones de socialización y los eventuales roles que puede asumir una vez que se haya incorporado a ella con el consecuente despliegue de dinámicas específicas en relación a su entorno y los demás.

Formulación del marco de investigación.-
La institucionalización como fenómeno por el cual un niño, niña o adolescente se ve constreñido a crecer y vivir fuera de un contexto familiar, ideal para su correcto desarrollo psicológico y social conlleva la aparición de diferentes problemáticas -siempre a nivel personal- que pueden presentarse en el menor a cualquier edad y acompañarle durante el curso de sus posteriores años de vida.

 Dependiendo de la complejidad del caso particular de cada menor, la condición de institucionalización puede repercutir considerablemente en sus procesos de socialización, reprimiendo su capacidad de expresión, de exteriorización y verbalización de sus sensaciones y sentimientos, al punto de generarle un estado de aislamiento que le impida estar acorde con las dinámicas y prácticas de su espacio.

Uno de estos procesos sociales por los que pasa el individuo durante sus primeros años de vida está marcado por la iniciación en el juego y el reconocimiento de posibilidades de acción en sociedad a través del mismo, que se basa en representaciones simuladas de casos que eventualmente pueden tener lugar en la vida real.

La condición de abandono y consiguiente institucionalización, entonces, puede repercutir sobremanera en los ya mencionados procesos de socialización del menor, impidiéndole incluso el libre y sano derecho del disfrute al juego, por lo que ve afectado su acceso a los mecanismos de sano esparcimiento y expresión de la espontaneidad y creatividad de los que dispone, para estimulación y desarrollo tanto de su psiquis como de sus prácticas sociales.

Justificación e importancia.-
Todo niño tiene, en primer lugar, derecho a crecer rodeado del amor de un padre y de una madre que les prodigue las mayores atenciones y cuidados, propicios para su crecimiento espiritual, mental y corporal. Asimismo, tiene derecho al pleno disfrute de su infancia, de los momentos, compañías y experiencias que puedan forjar en él una personalidad estable, que desde una temprana edad, puedan prepararlos para interacciones y convivencias de mayor intensidad propios de la vida en sociedad, como lo son los que puede encontrar en ambientes como la escuela o el trabajo, entre otros.

Entender en qué medida se ven afectados los procesos de socialización, y en particular las dinámicas lúdico-recreativas del niño, por los efectos de la institucionalización es determinante para compulsar sus posibilidades de adecuada inserción social y de reconocimiento de sus instituciones.

Del problema de la vida fuera de una familia es que se originan otras problemáticas para el niño, las mismas que de no ser atendidas en su momento oportuno, devienen en potencial condición de perjuicio para el adulto que años después será, tornándolo un individuo con problemas de adaptación a su escenario social, de reconocimiento de las leyes y las prácticas sociales, de valoración de los demás y respeto a sus derechos. Y a ello, el problema de un auténtico y propio reconocimiento de sus habilidades personales, poco desarrolladas por la carencia de un adecuado estímulo familiar.

Aplicación del marco teórico.-
El juego, como práctica lúdico-recreativa y de reforzamiento de las  pautas conductuales y actitudinales que la sociedad implanta en el individuo desde los primeros años de su existencia, puede ser leído a través del marco teórico propuesto por el interaccionismo simbólico como uno de tantos actos que le son propios.

Así, todo juego, que vamos a entender como acto estaría dado por las siguientes fases o etapas:
a)    Impulso: el acto del juego sería llevado a cabo por el niño en virtud de ser invitado a desarrollar el mismo o porque vería a otros de sus coetáneos tomar parte del mismo. Así, en el primero de los casos una tercera persona le aproximaría e iniciaría en el mismo. En otro, procedería por imitación.
b)   Percepción: como respuesta al momento precedente, el niño reacciona al estímulo (ser animado a jugar o jugar por ver a los demás hacerlo) y elige jugar tras percibir la dimensión del mismo y considerar siquiera algún grado de competencia para desarrollar el mismo.
c)    Manipulación: el niño entra en contacto con los medios, los recursos que posibilitan el despliegue de la actividad lúdico-recreativa. A través de sentidos como la vista y el tacto el niño refuerza su conciencia de la existencia de la actividad que esta por realizar, tomando conocimiento de los alcances y dimensiones de ésta. A ello se puede añadir que si la actividad emprendida no se está dando por primera vez, entonces el niño puede retomar experiencias pasadas de relación con la misma y aplicar lo ya aprendido en este nuevo momento.
d)    Consumación: es el acto de jugar, propiamente dicho.

El proceso anteriormente descrito es el que debería darse como condición ideal por la que el niño tiene la oportunidad de dar rienda suelta a su libre espontaneidad y creatividad, valiéndose del juego para exteriorizar sensaciones y sentimientos así como canalizar y liberar su energía, consiguiendo posteriormente satisfacción en la actividad que despliega.

Sin embargo, no todos los niños pueden gozar del momento del juego y de sus posibilidades de esparcimiento mental y espiritual debido a condicionantes, de tipo emocional, que le reprimen y constriñen esa espontaneidad propia del menor debidamente estimulado y funcional al desarrollo de sus facultades, creciendo rodeado de sus principales figuras de referencia, como lo son un padre y una madre. El anterior es el marco ideal y esperado para su crecimiento. Sin embargo, en un contexto fuera de una familia, no es igualmente factible esperar que dicho desarrollo se dé a plenitud en el menor, que privado de un contexto de amor y cuidados, crece sintiéndose solo y sin necesidad de exteriorizar ni manifestar nada por nadie. En tal sentido, el juego no es considerado como alternativa ni de expresión ni de comunicación.

La géstica.-
Es el gesto, según el interaccionismo simbólico, el más básico de los mecanismos de todo acto social, donde los movimientos de un primer organismo (biológico si se entiende un individuo) se configuran como estímulos para las respuestas de un segundo organismo. De la gama de gestos que puede ofrecer el individuo ciertamente es el de tipo vocal el que más importancia tiene para el desarrollo de otros gestos, de tipo significante, que paulatinamente dan lugar a la aparición del lenguaje, por ejemplo.

Los gestos son los primeros indicadores de los que se puede disponer para apreciar el grado de vinculación de una actividad, situación o interacción. Los gestos, como las muecas por ejemplo -o aún más los eventuales gritos del niño al jugar- nos dicen de su nivel de disfrute de la actividad que está realizando, de cómo repercute en él, si la está desarrollando con destreza o menos, así como si eventualmente se hallará en ánimos de repetirla.

Muchas veces el niño poco estimulado, retraído, no tiene ocasión de gozar al máximo de la experiencia que le puede proveer el juego. Es más, simplemente puede no jugar. Pero concentrándonos en el caso de que opte por jugar, es claro que su rendimiento en el mismo estará directamente ligado con su capacidad de querer gozarlo.  Para que alcance tal estímuloes menester que crezca debidamente atendido y lleno de los cuidados que únicamente una familia le puede brindar en pro de su desarrollo psicológico y social.

El contexto de la institucionalización muchas veces interrumpe este proceso de desarrollo, dejando al niño aún más carente de lo que estaba al haberse visto obligado a entrar en un albergue o casa hogar, como medida temporal de acogida frente a la situación de abandono, desatención o desamparo.

Es a través del lenguaje que se puede obtener un mejor testimonio del niño y el juego, recogiéndose del mismo su apreciación de la experiencia. En tal sentido, el lenguaje se entiende como el conjunto de símbolos que responden a un significado y conllevan a la comunicación. Necesariamente establecen el contacto de un emisor con un receptor y la transferencia de un mensaje que ambos pueden decodificar, haciendo posibles los procesos mentales y espirituales de la persona así como la capacidad de pensamiento en la misma.

Lamentablemente, muchos niños y niñas, por las duras condiciones que tienen que pasar lejos de un escenario familiar que procure su crecimiento, suman a su problemática el no poder expresar sus procesos internos a través de las palabras, limitándose a convivir con sus hechos de manera solitaria.

Aquí asistimos a la forja de un individualismo por el cual no se hace necesario compartir ni socializar nada con el resto de las personas partiendo del simple hecho que no hay nada que comunicarles. Es más, de haberlo éstas no estarán siempre para escuchar o para interponer medidas que procuren alivio a un problema o la satisfacción de una necesidad. La medida a ello se establecería, pues, por la presencia y posterior ausencia de las figuras paterna y materna, las que de manera acabada sí están en condiciones de hacerlo.

La afectación del self.-
El yo como el mí son partes constitutivas del self, que es la capacidad del individuo de considerarse a sí mismo como sujeto, de evaluar su actividad social y las relaciones que emprende en los escenarios que transita. En este procesa media evidentemente la mente. Para el interaccionismo simbólico, el self se sitúa en la experiencia social y sus procesos, desplegando un proceso de reflexión y capacidad de ubicarnos en un lugar ajeno al propio y actuar como los demás lo harían. Es la posibilidad de iniciar una evaluación de sí desde fuera y ver el papel que desempeñamos.

En un escenario poco propicio, donde se tiene un niño inadecuadamente sometido a correctos estímulos que posibiliten su desarrollo personal, la evaluación propiciada por el self se ve dificultada -si no distorsionada o imposibilitada- y suplantada por un proceso en ensimismamiento poco vinculado a la realidad. De aquí que se desprendan casos donde algunos niños creen tener amigos imaginarios, reemplazo de aquellos padres que no le pueden dar la debida escucha.

 Las condiciones de institucionalización son castrantes para un menor, en todo sentido. Ponen coto a su lado creativo e imprevisible, a sus cualidades innovadoras. Restringen ese YO, que por el interaccionismo simbólico entendemos, cancelando o al menos aminorando sus posibilidades de innovación social, muchas de las cuales tiene ocasión de presentar durante sus primeros años de vida y a través de la experiencia del juego.

El ambiente de la institucionalización, igualmente, dificulta los procesos sociales de aprendizaje de conocimiento y asimilación de valores, al no ser precisamente un albergue o casa hogar el contexto idóneo donde impartirlos, con respectiva carencia de los padres como los primeros transmisores de saberes, desde los más útiles y de inmediata aplicación hasta los más elaborados y que generan la reflexión y el establecimiento de estos valores.

En cuanto al otro aspecto del self, el MI, éste puede verse de hecho reforzado por la implantación de dispositivos de regulación de la conducta impartidos por la maquinaria disciplinaria del albergue u orfanato que simplemente encausan sus pulsiones a una no expresión de éstas o a su represión, en salvaguarda del orden.

El niño institucionalizado tiene generalmente presente la idea de limitación de su voluntad por la aplicación de medidas de disciplina, rígidas, que marcan pautas a su tiempo y acción. Así, hay una hora para tomar los alimentos, otra para asearse, otra para estudiar  y otra para jugar, que son las menos y las más apreciadas por él. A la larga, se tiene un niño que, perdiendo paulatinamente sus esperanzas de un retorno al contexto familiar, acaba por conformarse con la suerte que le ha tocado vivir. Se concluiría de ello que:

a)    El escenario ideal para el desarrollo de un menor es el contexto familiar, donde encuentra las debidas atenciones, cuidado y afecto de un padre y de una madre.
b)   La institucionalización como proceso presuntamente temporal de acogida frente al abandono, el desamparo y la desatención interrumpe el proceso de desarrollo personal del niño, confinándolo a una pobreza de estímulos, emociones y expresiones.

Por medio del juego se tiene oportunidad de constatar la espontaneidad del niño, la aplicación innovador por parte del mismo y la debida asimilación y reproducción de los mecanismos y pautas de socialización y reconocimiento de unas normas de convivencia, garantía de la armonía y cohesión social.

martes, 8 de enero de 2013

Las implicancias del método comparativo




Introducción.-
Comparar es una actitud de vida. Constantemente estamos comparando las cosas, las personas, los lugares e incluso los tiempos. Decir, por ejemplo, que cualquier tiempo pasado fue mejor significa establecer una comparación entre el hoy y el ayer. Parece que comparar es una práctica innata en la persona. En esta  inherencia se encontraría parte de la justificación de su siempre insaciable deseo de querer más.
Compara el hombre porque nunca nada le basta- porque necesita más, o en el menos ambicioso de los casos- porque necesita saber si lo que tiene, lo que ve o lo que le toca vivir es mejor o peor que otras situaciones que podría vivir él u otras personas no necesariamente inmersas en su mismo contexto espacio-temporal. Sea como fuere, necesita comparar. Y más en tiempos frenéticos como los actuales es que  prácticamente se puede decir que comparar ha adquirido un carácter compulsivo, que se entiende aún más y mejor cuando se la considera dentro del marco de una cultura globalizante y consumista.
En los más diversos campos del saber, comparar es igualmente válido y legítimo. No se acrecientan los conocimientos ni se suman aportes a los cuerpos del saber del hombre y de la vida sin recurrir a procesos investigativos que empleen la comparación como forma de calibrar si dichos saberes y conocimientos son mejores o peores que los que se alcanzaron ayer, o si son igualmente aplicables y válidos en un contexto como en otro.
La disciplina sociológica, en su afán de un marco cada vez mayor de entendimiento de la acción humana y social también recurre a la comparación, sólo que no lo hace con mecanismos rudimentarios y deleznables. Emplea más bien un procedimiento especializado, metódico. Valga la redundancia, recurre a un método, el método comparativo, que con sus diversos instrumentos le permite obtener informaciones específicas con el afán de permitirle al hombre la realización de un sueño que desde el inicio de lo conocido le ha sido afín: transformar la naturaleza e intervenir en la sociedad.

Definición.-
Por método comparativo debe entenderse el procedimiento científico-lógico que va a concentrar su atención en dos o más unidades macro-sociales con la finalidad de encontrar relaciones de semejanzas y diferencias entre las mismas. A tal fin se vale del despliegue de unos procesos sistemáticos y ordenados que le permiten examinar dichas unidades macro-sociales para así extraer un número de conclusiones que amplíen el campo de entendimiento de los fenómenos que tienen lugar al interior de éstas.
Un primer paso para el desenvolvimiento del método comparativo radica en la realización de observaciones puntuales y a profundidad de aquellas entidades macro-sociales, llámense países, culturas, sociedades, economías. En virtud de ello el investigador social no solamente debe optar por la revisión de la literatura existente sino que habrá de verse obligado a trasladarse a los contextos geográficos que son materia de su estudio a fin de poder tomar un real contacto con aquello que le demanda interés científico.

Curso del método.-
Para el método comparativo la investigación de las semejanzas y diferencias entre diferentes casos es una cuestión fundamental. Precisamente es lo que le da razón de ser, es su ratio. La premisa aquí es muy sencilla: no hay dos cosas idénticamente iguales en la naturaleza, mucho menos en el universo social. Al confrontar las mismas es que se cae en la cuenta de las propiedades que una tiene y que otra no tiene. En el esfuerzo por entender porqué una sí las presenta y la otra no es que radica la génesis de este proceso.
El paso consistente en la observación es imprescindible, con miras a reconocer regularidades que necesariamente deben ser explicadas. Deben ser explicadas justamente por el infinito afán del hombre por conocer el motivo de las cosas y la razón de su presencia. Del reconocimiento de estas regularidades es que eventualmente podrá pensarse en la implementación de acciones para la resolución de problemas, por ejemplo, o en la posibilidad de realizar intervenciones específicas en el universo social.
A estas alturas, el método científico ya puede ofrecer una interpretación de la realidad, exponiendo la lógica de su diversidad, la riqueza o pobreza de la misma, la complejidad o aparente simpleza de determinados procesos sociales, culturales, políticos o económicos que tienen lugar en dos o más escenarios.
Posteriormente, se podrán comprobar hipótesis de carácter explicativo que brinden una posibilidad de entendimiento del despliegue de estos fenómenos. Del mismo modo, se procederá al descarte de otras hipótesis que no consigan entrar en una lógica sincrónica de comprensión de dichos fenómenos, las cuales serán dejadas de lado por no haber podido englobar la complejidad de los mismos.
El gran aporte del método comparativo llegará, así, cuando pueda explicar la complejidad de las diversas relaciones causales que permiten el aparecer del fenómeno que se estudia, dando el importante salto hacia el establecimiento de generalizaciones y recurrencias afines a los casos, para finalmente asistir al nacimiento, a la construcción de una teoría.
Como se ha podido apreciar, la vinculación íntima que se establece entre el método y su proximidad a la realidad es bastante especial, particular y única, por decir lo menos. Lo es en el sentido que propicia un trabajo de campo que se perfila como una práctica necesaria e inteligente para llegar a un conocimiento más a profundidad de aquella realidad o realidades que interesa conocer. Llegar a saber por qué se producen unos procesos sociales, económicos y culturales tan particulares en un país, por ejemplo, y cómo los mismos podrían encontrar otros similares en un punto geográfico diferente.
La asunción de una empresa como ésta definitivamente está atravesada por las debidas consideraciones históricas del caso. Sería ingenuo dejar de lado los procesos históricos que han ido estructurando la complejidad de los fenómenos sociales y no darle su oportuno valor explicativo-comprensivo. Un determinado estado de las cosas ha podido llegar a nosotros y a nuestros días pasando por diversas consolidaciones, modificaciones o transformaciones a lo largo del tiempo histórico. Poder ubicarlas puntualmente en cada momento de este tiempo histórico contribuye al proceso de entendimiento de las mismas.
Empero, estas mismas consideraciones históricas podrían acarrear algunos escepticismos desde el momento que se pretende arribar a leyes o grandes generalizaciones de lo social a partir de la asociación de fenómenos y circunstancias, las mismas por las que hay que tener en cuenta que su carácter irrepetible y la particularísima conjunción de situaciones y circunstancias únicas. En resumidas cuentas, éste escepticismo no pasaría de ser tal ante la ambición de la empresa sociológica y las posibilidades del método comparativo por ofrecer un mayor conocimiento del universo social.

En qué casos se debe recurrir al método comparativo.-
Se debe recurrir al método comparativo toda vez que sea necesario establecer un mayor conocimiento de dos o más entidades macro-sociales (países, culturas, economías, etc.) con la finalidad de intervenir en ellas y propiciar algún tipo de cambio o de mejora de la distribución de los recursos y riquezas.
Igualmente, se debe recurrir al método comparativo con la intención de fijar leyes o grandes generalizaciones que permitan un entendimiento más amplio de la cuestión social, de la vida de las personas, de sus prácticas, pautas y hábitos así como de la dinámica de los grandes conglomerados sociales humanos y sus más complejas tramas de organización a escala política, cultural, económica.
Debe recurrirse al método comparativo cuando se tenga la necesidad académica de saber sobre aquello que es desconocido, o en el mejor de los casos de lo que poco se sabe y sobre lo que se necesita profundizar a fin de realizar intervenciones específicas (como por ejemplo las señaladas en el primer párrafo de esta página) orientadas a una mayor estado de bienestar de las personas.
Del mismo modo, se debe recurrir al método comparativo siempre que se pretenda dotar a la disciplina sociológica de nuevos conocimientos, des-cubriendo situaciones y procesos que de otra forma, ante la ausencia de la investigación y el estudio, quedarían irresueltas o suspendidas en un limbo enigmático. A tal fin se señalarían nuevos conocimientos o se resaltarían los ya conocidos. 
Con el método comparativo se puede controlar, verificar o falsificar cuerpos teóricos o grandes generalizaciones dependiendo de la especificidad con la cual se aplique a los mismos.

Aplicación práctica del método comparativo.-
Para las ciencias sociales -y en lo específico para la disciplina sociológica- la posibilidad de aplicar el método comparativo alcanza suma importancia, por ejemplo, para confrontar la vida política o la vida social de un país.
Cada país busca crecimiento económico sostenido basado en políticas de producción y comercialización de bienes y servicios y la consiguiente distribución de las riquezas que se obtengan de las mismas, favoreciendo el establecimiento de un estado de bienestar y de justas condiciones de la competencia para todos los individuos. Sin embargo, en la práctica esta concepción ideal del desenvolvimiento de los procesos económicos no se da en estricta atención al concepto expuesto. Se verifican estados de injusta distribución de las riquezas, de las ganancias, de los recursos y de las posibilidades de competencia, las cuales ocasionan estados de malestar de diversa índole, expresados en condiciones de pobreza, enfermedad, postergación, etc.
Dicho estado de las cosas adquiere una particularidad en consideración atenta del marco histórico-geográfico en el que se encuentra inmerso. Todavía, para entender cuán particular es tal estado de las cosas así como su carácter irrepetible, es que se salta a la apreciación de casos similares que tienen lugar en otros puntos del orbe-mundo. La pregunta, entonces, que orienta el interés es saber cómo se despliega la vida económica en otros países y el grado de malestar que puede generar la injusta distribución de las riquezas y de los recursos.
Igualmente, orienta el interés el saber qué medidas fijan los Estados extranjeros para la solución de esta problemática y si las mismas son replicables al caso propio. En todo ello el papel del método comparativo para poder absolver estas interrogantes es decisivo desde el momento que va a permitir escrutar complejos engranajes y tramados de relaciones que dan oportunidad de surgimiento a un fenómeno como el expuesto, desentrañando su multiplicidad de causas y alcanzando explicaciones consistentes.
Hacia el final de un trayecto como éste, los Estados tienen mayor conciencia de sus carencias y posibilidades así como de los procesos que podrían aplicar con innovación (o replicarlos) inspirados en las experiencias vecinas ocurridas en otros países.
A todo ello se llegaría por el método comparativo y su esfuerzo de contraste entre diferentes situaciones. Luego, queda claro que el método comparativo ofrece aplicarse a diferentes problemas de importancia con miras a desarrollar explicaciones comprensivas. Sus principales áreas de interés las encontraría en la política, por mencionar un ejemplo, para enfrentar situaciones de coyuntura que afectan un país y ofreciendo propuestas de crecimiento.
  
Los modelos ideales en la investigación comparativa.-
El establecimiento de un modelo ideal en la investigación comparativa comportaría una interesante ayuda por la cual se podrían fijar parámetros de medición para los fenómenos en estudio. Esto consistiría en la construcción de conexiones que orientaran el estudio de unas realidades específicas, aportando pautas de estudio para desentrañar el complejo tramado de los fenómenos sociales, de aquellas macro-estructuras de las que se viene hablando hasta ahora.
No se piense que con fijar parámetros de medición se someterá estrictamente la diversidad de los fenómenos en estudio a la presunta rigidez de la misma. Todo lo contrario, aquellos aspectos que el mismo fenómeno pueda aportar al ensanchamiento de los márgenes de aplicabilidad de un modelo ideal de investigación serían oportunos y deseables para dotar al investigador social de herramientas más sofisticadas con las cuales escrutar la cuestión social.
Con la presencia de un modelo ideal, igualmente se aportaría a la formación de hipótesis en su calidad de medios para representar la realidad, los mismos que sucesivamente, y merced de más ambiciosas investigaciones, serían corroboradas o refutadas de acuerdo a su alcance explicativo-comprensivo.
El modelo ideal, como su mismo nombre lo refiere, irá a contener aquello que debe ser, aquello que es esencial de tomar en consideración dado su valor permanente. El modelo ideal, en una segunda etapa, es aplicado y alcanza al investigador aquellos insumos científico-lógicos que coadyuvan a la dación de un marco teórico o de grandes generalizaciones. Como tal, el modelo ideal estaría nutrido de parámetros tomados de diversas experiencias, extraídas de las mismas precisamente por su carácter recurrente, tras haber traspasado la particularidad de un contexto, de una situación.
En resumen, la invitación a emplear el método comparativo se extiende en la medida de los alcances del mismo, de sus ambiciones teórico-prácticas y de su utilidad para dar al investigador mayores luces sobre la cuestión social. Si comparar es una práctica inherente al hombre, el método comparativo sería el método por excelencia de toda disciplina científica, donde se abandona la falsa confianza de creer que todas las cosas son iguales  y que están ya dichas, por lo cual no sería necesario confrontarlas entre sí. Nada más falso que esto.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El constructivismo estructuralista de Pierre Bourdieu




La sociología de nuestros días, aquella que nos complacemos en llamar contemporánea -y bien hacemos puesto que refiere un número de estudios que tienen como referente el actual momento de la vida social, política, económica y cultural de las más diversas sociedades extendidas a lo largo y ancho de la Tierra- no puede ser pensada sin nombrar con justicia a aquellos científicos sociales que trabajan por enriquecerla como disciplina. La lista de sociólogos que ya tiene un lugar fijo en el universo del saber producido por el hombre y para el hombre cuenta entre sus filas a un investigador de procedencia francesa, quizá el más nombrado y leído de los últimos 50 años: Pierre Bourdieu.

Con una propuesta teórica alambicada cuanto inteligente Pierre Bourdieu se ha perfilado como uno de los teóricos cuyo esfuerzo de investigación es considerado dentro de los mejores y mayores esfuerzos por conciliar instancias teóricas presuntamente antagonistas (aquellas heredadas para la ciencia sociológica desde los aportes de Marx, Weber o Durkheim) para llegar al establecimiento de un cúmulo teórico ambicioso encaminado a ofrecer lecturas todavía más profundas y reveladoras del espacio social, de sus actores y de sus dinámicas de interacción. Ciertamente, no se puede hablar de teoría sociológica sin que el nombre de Pierre Bourdieu venga a la mente de cualquier persona mínimamente formada en esta disciplina.

El constructivismo estructuralista.-

La propuesta de Bourdieu denominada constructivismo estructuralista debe entenderse por la consideración de la existencia de unas estructuras sociales inasibles e independientes de la conciencia y voluntad de las personas que ejercen sobre las mismas un poder capaz de constreñir y orientar sus prácticas sociales a determinados fines, de las cuales difícilmente pueden salir a menos que renuncien a la idea de una vida en sociedad regida por específicos convencionalismos que organizan su decurso. Sumando a ello, debe igualmente tomarse en cuenta los patrones de percepción, pensamiento y acción que se constituyen como inigualable carta de presentación de los individuos al momento de llevar a cabo sus diversas interacciones sociales, de las cuales se puede esperar un cierto margen de innovación en la medida de la creatividad de los agentes y de los estímulos que los lleven a re-significar o al menos a reconsiderar sus prácticas. Del planteamiento de este concepto es que entonces surge el concepto de campo.

En ambas premisas, ciertamente, se asiste a uno de los más notables intentos por ofrecer una conjunción de lo objetivo (las estructuras sociales, a las cuales el autor terminará concediendo primacía) y lo subjetivo (la construcción por parte de los actores) que no se limite a los discursos teóricos clásicos que muchas veces han caído en antagonismos presuntamente irreconciliables y que sin duda han encontrado sendos tributarios, los mismos que han aportado a establecer esencialismos teóricos generadores de la confrontación que poco han sumado a favor de una perspectiva analítica y comprensiva todavía más profunda y que abarque aquellos resquicios de la vida social que podían quedar inalcanzables para las tradiciones sociológicas pre-existentes. Del planteamiento de este otro concepto se entiende así el concepto de habitus.

Dos momentos del constructivismo estructuralista.-

  De lo expuesto se participa claramente en dos momentos de la teoría de Bourdieu: una primera de corte objetivista, donde el elemento base para la asimilación de esta propuesta es el reconocimiento de unas estructuras objetivas estudiadas por el científico social y en las cuales reposan las representaciones subjetivas de los actores (o agentes para ser más precisos). Tales estructuras son vistas como el principal constreñimiento a la práctica de los agentes y el cuadro de despliegue de sus diferentes pulsiones y lógicas. El segundo momento de la propuesta de Bourdieu tiene un corte subjetivista, donde las representaciones de los actores cobran un cariz altamente dinámico y hasta propositivo, al punto de ofrecer la posibilidad nada desdeñable de un intento de transformación de esas estructuras sobre las que descansan y que ciertamente les permiten su extensión. Asistiendo a este proceso, a este momento de la comprensión es que se aprecian los esfuerzos tanto individuales como colectivos por repensar, reformar o reformular -y hasta revolucionar- estas estructuras condicionantes del impulso social de los actores, o en el menos afortunado de los casos, simplemente dejarlas fijas tal y como ya estaban desde un principio.

  Es con particular atención a este segundo momento donde se inscribe una explicación historicista sobre el principio de acción de los actores, por la cual los mismos asumen una empresa que se confronta con la sociedad misma. En ello los individuos, los agentes, no proceden siendo entendidos como una instancia externa a la estructura ni tampoco como una cosa que reside en la conciencia de las cosas sino en la íntima relación de ambos estados. He aquí el carácter relacional de unos procesos históricos que han conseguido objetivación en las cosas (las diversas formas de instituciones sociales) y, de otra parte, de aquellos mismos procesos históricos que han recaído en la corporalidad de los agentes y que perfilan sus prácticas, o lo que para Bourdieu es el habitus.  

Del despliegue de ambos componentes explicativos es que se puede comprender la producción y re-producción del mundo social, donde sus agentes llevan inscritos en el cuerpo unos procesos históricos gracias a los cuales aparece entendible su desenvolvimiento social, a la par que aquella misma historia ha ido a encallar en un marco rígido como son las instituciones sociales y que le ofrecen a los agentes los senderos por los cuales desplazarse en salvaguarda de su integridad y para la perpetuación de un orden a todos conveniente.

Interiorización y exteriorización.-

  Para Bourdieu esta compleja dinámica acarrea un doble movimiento constructivista, a saber el de la interiorización de aquellas estructuras inasibles y que constriñen, como de exteriorización de aquellas pulsiones e innovaciones que se perfilan como propuesta de replanteamiento y cambio de las mismas o simplemente de validación de su existencia y perdurabilidad. Esa interiorización de las estructuras se da gracias a los diferentes procesos de socialización que comienzan desde los primeros años de existencia del individuo y que después vienen afianzados gracias a la acción de las agencias de socialización (familia, escuela, por nombrar las más saltantes) que se encargan de dotar a los agentes de los insumos relacionales básicos para su desenvolvimiento en sociedad. Posteriormente, con el paso de los años, los agentes participan en el afianzamiento de dichas estructuras al tributarles validez y legitimidad, necesarias para el normal decurso del conjunto de la vida de todos ellos en los más variados campos que se puedan reconocer.

Sin embargo, en el segundo momento entendido como la exteriorización de un bagaje subjetivo -llámense patrones de percepción, pensamiento y acción- los agentes tienen a su disposición la posibilidad de re-crear ese férreo marco que marca el compás de sus pautas conductuales y actitudinales. No llegan a este momento sin haber asimilado debidamente estos constreñimientos y posteriormente haber llevado a cabo un escrutinio en profundidad de su lógica de producción y re-producción. Al des-cubrirse ante sus ojos este alambicado engranaje dan rienda suelta a su creatividad e innovación para ofrecer alternativas que hagan de sus vidas unas vidas más vivibles que encuentren una mejor satisfacción a sus siempre incesantes necesidades.

El habitus.-

Retomando lo hasta ahora visto, participamos de la definición del habitus como concepto que permite entender la subjetividad perfilada por estas estructuras sociales mediante un infaltable proceso histórico. Un habitus que como insumo de un mayor cuerpo teórico va a dar cuenta de esas instituciones sociales que se graban en la mente de los agentes y que son reconocibles en sus pautas de desenvolvimiento. En este sentido Bourdieu alcanza una iniciativa teórica interesante que no sólo refiere a actores que se desplazan por los espacios sociales motivados por unas pulsiones que únicamente partirían de sus propias subjetividades, sino que éstas están respondiendo a cuanto asimilado y labrado en sus mentes y cuerpos. No serían, pues, estos actores, entes autónomos en un sentido pleno e irrefutable que simplemente han optado por disponer unas pautas conductuales y actitudinales a libre albedrío.

De manera acorde con el principio de acción histórica, el habitus irá a contener una explicación de la singularidad de cada uno de los agentes, cuyas prácticas han sido perfiladas en base a muy particulares experiencias de vida dadas en unos espacios geográficos igualmente particulares que suman a la definición de las mismas de manera irrepetible. Para Bourdieu, los agentes aportan respuestas a las diferentes situaciones sociales de la vida cotidiana a través del habitus, y la respuesta frente a las mismas estará intrínsecamente ligada a todas aquellas pautas de pensamiento y acción de las que puedan disponer los agentes, éstas a su vez nutridas por unas experiencias que calan en la sensibilidad de los mismos y que ya disponen una serie de condicionantes para sus posteriores interacciones.

El campo.-

El campo es visto por Bourdieu como aquellos escenarios donde las instituciones sociales cobran despliegue y dinamismo, albergando el despligue de los agentes y sus modos de socialización, de interacción y de intercambio material y simbólico. En el campo cobran vida las distintas relaciones de los agentes, sean éstas de tipo político, cultural o económico que los confrontan ya sea de modo individual como colectivo y de acuerdo a ciertos intereses que se defienden en determinados escenarios de confrontación. Para Bourdieu cada campo está signado por unas fuerzas, por unas tensiones que precisamente le dan su carácter de espacio de confrontación. De esto no es difícil colegir que tales tensiones obedecen a una desigual distribución de los recursos (no solamente de riquezas) y que perfila unos detentadores de los mismos, al punto de llegar a considerarse el establecimiento de monopolios de la legítima distribución y empleo de los mismos.
Surgen con ello las figuras de los dominantes y los dominados, que como concepto explicativo es en verdad poco novedoso pero que, valgan verdades, responde a una configuración histórica de la lucha por el poder que es tan antigua como la presencia misma del hombre sobre la faz de la tierra. ¿Qué se espera que resulte de esta confrontación sempiterna? Pues nada menos que la reformulación de la distribución de los recursos y de la capacidad de detentar los mismos, hecho que a su vez traerá aparejados nuevos poderes idealmente más justos y equitativos. Esta correlación de fuerzas, de experimentar la posibilidad de reformulación de su configuración, no se dará de la noche a la mañana sino que deberá pasar por toda una serie de etapas que la marcarán como proceso. 

En tal sentido es que se desplegarán diversos esfuerzos por arribar a un momento como éste y en el que los agentes nuevamente deberán dar cuenta de sus márgenes de creatividad, innovación, originalidad e ingenio para lograr tan ansiada posibilidad. Tales capacidades se orientan a enfrentar los mecanismos específicos de los que se valen los dominantes del campo para hacer una capitalización de los recursos, sean estos de tipo cultural, político o los hartamente conocidos de tipo económico.

La dimensión del orden social.-

En la aventura por conseguir la anhelada mejor distribución de los mismos es que los agentes entran en una competencia ardua en la que buscan justificar su legítimo derecho a través de la factura de su producción, es decir, la calidad de la que están hechos los productos que pueden ofrecer a beneficio del campo y de su crecimiento como espacio de interacción y significancia social. En la teoría del constructivismo estructuralista se piensa el universo social como un infinito espacio de representación de diversos campos -tanto autónomos como signados por tensiones, enfrentamientos y competencias- en donde los agentes dan rienda suelta a sus prácticas sociales e igualmente inician procesos de intercambio de recursos tanto materiales como culturales que en alguna medida contribuyen a la satisfacción de sus intereses.

Tales campos son tan variados e infinitos y dependerán en la medida que existan recursos que capitalizar y detentadores de los mismos preparados a dictar normas de acceso y goce a los mismos, de los cuales indudablemente puedan obtener un margen de ganancia y beneficio. Son campos que irán a establecer quienes detentan autoridad en materia de producción de saberes y extensión de dinámicas, a la par que restringirán las posibilidades de alcance de reconocimiento a los nuevos productores del campo, que bajo legítima aspiración buscarán el mismo a través de la producción de nuevos conocimientos o técnicas útiles a la “naturaleza” y pretensiones del campo.

Valoración de la propuesta de Pierre Bourdieu.-

El constructivismo estructuralista ha sido posible gracias a un específico trabajo de investigación que Bourdieu ha llevado a cabo, el cual comienza con una labor de observación sobre la acción de los agentes. Este punto no deja de ser esencial en todo momento del planteamiento teórico. Gracias al despliegue de los esfuerzos de los agentes es que se comprende su avance hacia el análisis del campo y de las estructuras que lo rigen y que les dan coerción. Frente a ellas los agentes actúan con premura visto que se hayan interpelados por las mismas constantemente.

Como ya se había anotado, los agentes ofrecerán respuestas a tales interpretaciones a partir del bagaje cognoscitivo y empírico del que dispongan en un momento dado. De los insumos extraídos de la experiencia es que se fijan conocimientos que orientan las respuestas de los agentes, seguramente unas más eficaces que otras, pero que indefectiblemente se validan conforme van demostrando ser útiles y funcionales a la satisfacción de necesidades y conservación de la integridad de los agentes. Cuando se llega a este nivel de utilización de una serie de respuestas es que se habla de un sentido práctico, donde concretamente se activan fórmulas ya validadas, si se quiere, que economizan la reflexión -incluso la energía que conlleva a la misma- encaminadas a la resolución de problemas prácticos que se suelen presentan en la vida cotidiana así como en diversas esferas de la vida social de los agentes, ciertamente requeridos de alternativas eficaces y eficientes.

Este sentido práctico se halla inscrito en el cuerpo de los agentes, en sus movimientos, en sus diferentes desenvolvimientos corporales, los cuales se activan ante la particularidad de la situación enfrentada. Dicho sentido práctico sería otro modo más de interiorización de aquellas estructuras sociales que, pese a sus constreñimientos por momentos asfixiantes, dotan a los agentes de pautas útiles que les permiten surcar los mares más procelosos de la vida social. En mundo cada vez más convulso y sensacionalista, demandante de acciones rápidas, un concepto como el del sentido práctico da luces sobre esto que durante todas estas líneas se ha venido hablando: la práctica de los actores, que no solamente se limitarían a re-producirlas sino que buscarían la posibilidad de reformular las estructuras en las cuales se mueven. De todo esto, se asiente que hay una intrínseca dialéctica entre el establecimiento de una estructura social y sus márgenes de coerción y los desplazamientos de los agentes, reproductores e innovadores según su particular proceso biográfico.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Las pequeñas grandes victorias de un niño bonito



Ha de quedar claro que de aquí en adelante el niño bonito al cual me voy a referir en este post indubitablemente soy yo.

Este post lo escribo para celebrar las pequeñas grandes victorias de un niño, bueno como todo niño, y que hoy por hoy -aunque ya ha dejado de ser niño- definitivamente sigue siendo bonito.

Secundariamente, escribo este post para dar cuenta de las buenas prácticas que -juiciosamente inculcadas durante la infancia- perduran a través de los años, forjando los buenos espíritus de las personas especiales, ésas que injustamente la gente vulgar, ignorante e insensible no consigue comprender en todo su esplendor.

Ir a la escuela (en este caso a la escuela primaria, para darnos un contexto y marco que acoja el presente relato) fue una experiencia particular -por decir lo menos- para ese niño bonito. Era fácil por el hecho de ir a aprender muchas cosas en un espacio diferente al de la casa, al del propio hogar. Era fácil e interesante porque aquellas cosas nuevas que se iba a aprender eran impartidas por otras personas -no las del contexto familiar ciertamente- y que ofrecían una gran variedad de conocimientos, de manera libre y espontánea.

En cambio fue difícil por el hecho de tener que convivir, de compartir espacios, con otros niños y niñas muchas veces torpes, distraídos y poco dispuestos a aprender. Claro, no todos. Seguramente debe haber habido al menos uno o dos con las mismas predisposiciones intelectuales que las del niño bonito para hacer de la escuela un espacio tolerable. En medio de todos ellos, resplandecía el niño bonito. Y esto no era fácil: en un mundo de gente mediocre, destacar es un riesgo, cuyo costo consagrado es la soledad. O al menos lo fue para el niño bonito.

Aquel niño bonito se granjeó el reconocimiento de sus profesores y la envidia de sus compañeros. De entre aquellos 10 ó 15 niños y niñas de la clase, asumió el compromiso de forjarse un criterio en base a la asimilación de diversos conocimientos. posteriormente, puso en práctica lo que sabía, todo con tal de ir preparándose desde aquel entonces para el largo camino que habría de recorrer y que se llamaba vida. 

Pero, como ya lo mencioné, aquella noble consagración del niño bonito le granjeó la envidia de sus compañeros y compañeras, que no terminaban de entender porqué no prefería dedicarse al juego o a la gratuita pérdida de tiempo bien -consentida en los infantes- y preferir sus estudios, los cuales indefectiblemente lo llevaban a destacar. Sobresalir, entonces, le costó un aislamiento que no pidió pero al que se fue acostumbrando con el paso de los años.

Se trataba de una envidia dirigida a aquel niño bonito -que además de ser aplicado y de tener unos padres pendientes de él- colmaba estas buenas virtudes y posibilidades con el hecho de ser agraciado, físicamente agradable. Era demasiado para aquellas pequeñas mentes prematuramente perversas pero a las cuales se enfrentó gracias a una indomable fuerza de voluntad y carácter que le evitaban caer en un estado lastimero por el cual tan siquiera pudiese pensar en permitirse cambiar lo provechoso (sus estudios) por un grupito de amigos insulsos.

Ese niño bonito ya tomaba sus elecciones a sus tiernos 8 ó 9 años. En medio de tantos compañeritos idiotas, ese niño bonito había decidido hacerle saber a los demás que era buen mozo y que así ganaba simpatías -si no en sus coetáneos al menos en las personas mayores. 
Ese niño bonito era bonito porque además de ser físicamente bonito se peinaba correctamente y llevaba bien puesto el uniforme (y limpio, obviamente). Ese niño bonito preparaba sus útiles y tareas para el día siguiente, repasaba las lecciones, estudiaba a conciencia y rendía buenos exámenes. Este esfuerzo se veía premiado en las excelentes notas que llevaba a casa y que hacia el final del año le ganaban los diplomas y reconocimientos al mejor rendimiento escolar del año. A todo este dechado de virtudes se sumaba lo cortés y respetuoso que era, manteniendo en todo momento un buen comportamiento y desenvolviéndose con educación y buenos modales en los diferentes espacios a los que asistía.

Nada de esto habría sido posible si el niño bonito no hubiese crecido en un adecuado contexto familiar. En tal había sido afortunado. Había recibido de la vida el privilegio de ser amado por sus padres y demás familiares, tener la debida atención de ellos antes sus situaciones y problemas, el cuidado esmerado y la palabra de enseñanza oportuna. Todo esto se reflejaba lógicamente en un adecuado desarrollo personal del niño bonito, pero que lamentablemente era visto con recelo y envidia por sus compañeros de escuela. Estos le ofrecían una burla descarnada a una buena actitud que consideraban propia de un nerd (y ciertamente se expresaban así por el niño bonito les caía antipático). En respuesta a ello, el niño bonito les ofrecía su desprecio y después su indiferencia, regodeándose en sus pequeñas grandes victorias. Ciertamente digo grandes porque para un niño de 8 ó 9 años ya lo es bastante: adaptarse a las normas, respetarlas y en la medida de sus posibilidades buscar destacar, sobresalir. Esto ya hablaba con grandilocuencia de un compromiso por adherirse a un orden en el que veía el camino al progreso.

No rodearse de amigos sino de conocimientos significó para el niño bonito una de las mejores oportunidades de crecimiento personal por la forja de una mayor amplitud de mente y espíritu que muchos años más tarde, al llegar a la universidad, habría de concretar con sus estudios superiores.Ya desde este momento asistimos a la génesis de una soledad que habría de caracterizar al niño bonito. ¡¿Pero qué le vamos a hacer?! ¡Son elecciones! Y ese niño bonito ya tuvo que tomar a esa tierna edad y de las mismas decidió no separarse jamás.Fue entonces cuando supo que no había nacido para caerle bien a todo el mundo, que jamás sería popular ni que jamás ganaría la elección del mejor amigo por su imposible carisma y simpatía.

Ese niño bonito es hoy en día un adulto, pero sigue siendo igualmente bonito, inteligente, educado y respetuoso. A ello ha sumado grandes dosis de lúcida ironía que lo distingue, imprimiendo este indeleble sello personal en todo lo que dice y hace. Claro, ser así hace que caiga mal -ya quedó claro- pero a estas alturas de su vida eso casi nada le importa. Tiene claro que fuera de él lo demás es ciertamente postergable.