lunes, 10 de septiembre de 2012

En tu razón cautivo...



¡Retenlo!
¡No le permitas volar!
¡No le permitas moverse demasiado!
Que no hay un viaje que hacer
ni un lugar a donde ir...
¡Que su cadencia
no perturbe tu razón!

Si tu razón no le asiste
podría dirigirse a cualquier parte...
Se engañaría
pensando que ha de encontrar lo que espera.

Presume de fortaleza,
cree que puede esperar
y esa cadencia cobra impulso
si se comienza a ilusionar.
Procúrale más que menos
que no merece poco o nada
a todo lo que algún día tuvo...
Ese todo
que hoy son recuerdos en tu alma.

Está en tu lucidez
orientar su movimiento
y que se pueda estremecer
junto a quien comprenda su estado
y momento.
No es hoy, no será mañana
pero te aseguro que será un día
que llegará sin anunciarse... Furtivo...
y renovará su latir
ahora en tu razón cautivo...


lunes, 3 de septiembre de 2012

Ojos bien cerrados




Es necesario
mantener los ojos bien cerrados...
Cerrados
para no ver la necedad de la gente
y para no saber
lo que hacen o dejan de hacer
más aún cuando pretenden contra uno.

Ojos bien cerrados
para no ver cómo se van
los receptores de tu afecto
y así no lamentarse
por el curso natural que toman
así como lo toman las cosas.

Ojos bien cerrados
para cultivar la expectativa
de que algún día seremos
gratamente sorprendidos
y alcanzados por quien esperamos.

Ojos bien cerrados
para escuchar lo que no leemos
en los rostros de las personas.
Cerrados
para ver si nos convienen
y cerrados
para juzgar si nos entregamos a ellas
o si seguimos prisioneros
en nuestras formidables jaulas de oro.


miércoles, 22 de agosto de 2012

Los ausentes




Hasta anoche
supe que contestaban 
a lo que en mi confusión les decía...
Hasta anoche
el consuelo que encontraba en sus palabras
me devolvía fortaleza para seguir...
Hasta anoche
quise creer que no estaban ausentes...

Esta mañana
desperté y caí en irremediable cuenta
que debo recitar un monólogo...
Esta mañana
recogí los fragmentos infinitos de mi fábula...
Esta mañana
opté por reemplazar las voces ausentes
por mi solo canto llamado a ser etéreo...

Cuando caiga la noche
volveré a mi estancia amena
y a mi soledad perfecta
y a mi calidez tierna
para envolverme en un silencio
que no pone peros a mi discurso.

Tomaré el calor que emana de mi ser
y encontraré el alivio noble
que sana rupturas y devuelve el brillo...
Allí en mi estancia amena
sin pensar ya más
en la partida de los ahora ausentes.

martes, 14 de agosto de 2012

El oficio del deseo



Invadido por la docilidad de la penumbra
vinieron a mí los esbozos de unos rostros.
Empleando gran esfuerzo, solo en esa estancia
no conseguía ver su presunto esplendor humano.

Aunque el ansia, fiel compañera mía,
me sugería la humanidad de aquellos trazos arcanos
mi otra acompañante, la suspicacia,
me advertía tener cuidado de aquel vacío e inconsistencia.

Algunas con paso ágil, otras con paso trémulo
se aproximaron a mí deslizando por mis formas sus caricias...
Siluetas volubles impregnando algún calor humano
me prometían aquello que no pudieron darme.

La tibieza de sus presencias fútiles pero seductoras
pudieron por instantes aferrarme a sus carismas, volátiles...
Y el aroma que me transportaba a jardines nunca vistos
se escurría como un par de gotas de agua entre mis dedos.

De estos jardines y de estos aromas
pálidos recuerdos hoy conservo...

Me queda una dulce y sempiterna sinfonía
que descubre sus notas cuando renace cada noche.
Le recita al futuro y al pasado, con sutil compás liviano
y me da el insumo necesario para el pensamiento.

En la práctica de singular oficio fluye mi presente...

viernes, 20 de julio de 2012

Nayla Paola Coronado Quispe




Hoy viernes 20 de julio de 2012
a las 5.05 pm
ha venido al mundo
Nayla Paola Coronado Quispe,
mi primera sobrina.

Felicito a sus padres, Susana y Omar
y les deseo amor y unión abundantes
que les servirán en la crianza de su hija.

Y doy infinitas gracias a Dios, nuestro Señor,
por habernos concedido uno de los más preciados
milagros de nuestras vidas.

En ella está la prolongación de nuestra línea familiar
y a ella concederemos nuestro tiempo y cuidados
por verla crecer todavía más feliz
de lo que nosotros, sus parientes, hemos podido hacerlo.

¡Bienvenida, sobrina mía!

domingo, 15 de julio de 2012

La eterna imperfección de las cosas




Los espíritus presuntamente idealistas son los que más sufren con la eterna imperfección de las cosas. Saber que su solo deseo no basta para cambiar el orden universal establecido debe producir una de las mayores frustraciones que en esta vida se puedan sentir. No solamente se debe sentir frustración sino también impotencia ante el descubrimiento de que el poder del deseo per se no es capaz de modificar ese orden universal. Que con el solo querer que las cosas sucedan o menos no es suficiente. Entonces, es menester echar mano de los recursos materiales, esos cuya existencia se puede verificar objetivamente y emplearlos siguiendo  una adecuada estrategia que permita la consecución de los fines, o por qué no decirlo, de los deseos.

¿Pero cómo seguir y pensar que las cosas son eternamente imperfectas? Pensar que lo son supone aceptar la existencia de un ente regulador que determina que sean de otra forma a la que se desea se desplieguen      -y lo que es peor siempre de manera aciaga. Así, las mismas no se dan porque simplemente se las fuerza a ser lo que no pueden ser, porque no está estipulado que sean como se quiere ya que otro es su lineamiento ontológico. Este lineamiento ontológico de las cosas tendría un desarrollo teleológico que -por su factura digamos- aún no nos es permitido conocer.

Ante tal situación, entonces, la clave sería la espera como insumo vital para preservarnos con bienestar y no perder la calma por ese futuro espléndido que aún no llega. En la confianza de que algún día llegará se tendría el combustible para hacer marchar el presente. Lamentablemente, visto que vivimos sumergidos en el mundo de la inmediatez, la espera no es una opción. Así, se sale a la búsqueda de la anticipación del momento último y rutilante, pero en semejante aventura se pierden energías así como tiempo. Es vana esta presunción de querer hacer que las horas avancen más rápido de lo que el reloj puede dictaminar severamente.

Quien acepta esperar comienza a labrarse un espíritu sabio, hecho que no lo mantendrá a salvo de futuros errores, pero se espera que cuando estos se le presenten, sabrá responder de forma inteligente, pero también sensata. La mayoría de las personas no consigue alcanzar esta sabiduría, como tampoco llega a sacar lecciones de vida de sus propios errores o de las situaciones que una mañana le tocan a la puerta y le vuelven -si no protagonista de éstas- al menos un espectador participante.

¿Y si podemos aprender de las lecciones de vida que nos da la vida (me permito la redundancia) quisiera saber qué hace que volvamos a errar o a estar tan próximos a la sensación de fracaso o de irresolución de las cosas? Pienso que a veces pasa porque nos excita el riesgo de saber que en algún momento podremos caer, pero en el deleite de ver cuán astutos somos como para que esto no nos pase y salir airosos es que se nos va buena parte del tiempo útil de nuestros días. Hay una sensación de poder que nos queda, que es funcional al ensanchamiento de nuestro ego y a la perdurabilidad de nuestro estado de bienestar. Acá es donde el hombre podría demostrar que es -en efecto poderoso- y creer vanamente que será por siempre indestructible, que no podrá fallar o que no sentirá jamás la desolación. Definitivamente, se engaña.

Engañarse a sí mismo es el recurso más frecuente de la vanidad inconsciente que todos tenemos. Es amiga incondicional del ego y lo resguarda de verse opacado o menguado. Para preservarlo de cualquier decepción le exagera las cosas, los entornos y las personas, creando para él un escenario edénico donde él es supremo e infalible. Si esta vanidad consigue asaltar el juicio y encaminarlo por sus senderos gaseosos entonces el individuo se haya presa de sí mismo, y por ende, expuesto a cuanto mal pueda rondarle. Ya no obra con sensatez sino llevado por lo que quiere ver u oír.

Cuando llega el momento en que se cae en el abismo se piensa injustamente que cualquier proyecto de felicidad que se había podido trazar no consiguió su desarrollo porque simplemente algo o alguien conspiró para que ello no se dé como se aguardaba. Aquí lo lamentable no es el abismo sino pensar que alguien más allá de nosotros mismos conspiró por nuestra infelicidad. En medio de esta oscuridad es medianamente lógico pensar en la eterna imperfección de las cosas, pero más lógico como necesario es tratar de abrir los ojos y ver que tenemos el infinito poder de hacer las cosas por nuestra propia mano y que en nosotros está hacerlas bien, a procura de nuestro propio bienestar y del respeto infinito por los demás, en un marco intangible como  debería serlo el universo-mundo.

domingo, 8 de julio de 2012

Poderoso caballero es don dinero



Nuestra cada vez más infame televisión peruana vio anoche el nacimiento de un nuevo programa de entretenimiento. Hablo de El valor de la verdad, que se transmitirá los sábados a las 11 pm por Frecuencia Latina - Canal 2 y que será conducido por el siempre polémico periodista Beto Ortiz. Ortiz, que ya andaba mucho tiempo sin llamar la atención, refuerza ahora su presencia televisiva conduciendo este programa que se perfila como una nueva opción sensacionalista, donde los participantes están dispuestos a desnudar los pasajes más íntimos y secretos de sus vidas a cambio de dinero. Irremediablemente vuelve a mi mente el verso de Francisco de Quevedo, "Poderoso caballero es don dinero..." y una sensación nauseosa me invade, cuando menos.

Sinceramente me pregunto qué valor puede haber en decir la verdad a cambio de dinero. ¿Es éste el mensaje más oportuno que se puede transmitir al espectador? Desde una óptica carnicera se le ofrece al participante un atractivo premio monetario con tal de que nos cuente su vida. ¿Es que esto nos interesa realmente? La persona accede a des-velar sus secretos, sus verdades y mentiras por obtener el premio, sacrificando para ello su reputación. Así, la lectura errónea que se nos deja es que bien se puede perder una cosa para ganar otra. ¿Acaso la reputación y el buen nombre de una persona pueden ser comprados con dinero? ¿Es que ello tiene un precio? ¿Y más allá de todo, pagable?

Detesto ese mensaje subliminal que queda, donde se lee que absolutamente todo puede ser susceptible de ser vendido a cambio de dinero. Con ello, caemos en la cuenta de que cada aspecto y cuestión de nuestras vidas puede ser perfectamente monetarizado y adquirido. ¿El premio máximo que ofrece el programa, 50 mil soles, vale bien el descrédito y la decepción que podamos suscitar en otros? Y si nos jalamos todavía más los cabellos, ¿son estos 50 mil soles suficientes? ¿Es que con este monto les compramos a las personas, a nuestros amigos y familiares, una nueva percepción de nosotros y restauramos su confianza? Definitivamente no.

Siendo así las cosas, no hay ningún tipo de valor en decir la verdad. Mucho menos lo hay si se hace ante cámaras, para que todo un país lo sepa y sin oponer la más mínima consideración a favor de quienes se perjudica y somete a una indebida visibilización en ningún momento pedida. Lejos de un contexto íntimo donde abordar estas cuestiones se prefiere un set de televisión para armar el más deplorable de los circos, donde el insumo de base es la humillación pública de la persona que opta "voluntariamente" por decir "la verdad".

Decir la verdad... El programa presuntamente encontraría su justificación en este punto: en que decir la verdad siempre vale y que es en todo momento deplorable la mentira. No cuestiono el hecho de que la verdad ilumine, poéticamente hablando, y que absolutamente no es justo hacer vivir a los demás un escenario de mentiras o falsedades. Pero son en definitiva los medios y las formas a las que se ha recurrido para impartir una lección moral como ésta lo que ahora cuestiono y deploro.

A dar un valor a la verdad, en el sentido del programa de Ortiz, opongo rotundamente el valor de callar. De no des-cubrir estas cuestiones tan personales, tan propias e íntimas en un detestable contexto como lo es el de un set de televisión. Tenemos el legítimo derecho de ser libres de decir las cosas en el momento que se crea más propicio y conveniente, procurando herir o dañar lo menos posible a quienes se vean eventualmente perjudicados por nuestras revelaciones. 

Nuevamente nuestra televisión peruana apuesta por un recurso poco saludable y adecuado pero bastante rentable. Lo peor de todo, sin embargo, es que muchos televidentes podrán darse cuenta de esto, y continuarán favoreciendo esta fórmula televisiva con la sintonía del mismo. Y es que aquí media el más insano de los morbos por querer entrar en la vida de los otros, conocer sus problemas y debilidades -que también son los nuestros- y llevarlos a escena, cuales obras de teatro. Hay un terrible placer en ver al otro humillado, doliente, y saber que puede sufrir tanto o más que uno.