domingo, 18 de marzo de 2012

En aquel paraje perdido




En aquellos ámbitos me encontré con otros que eran similares a mí. Los reconocí por la mirada llena de espera y de esperanza, y también por el hablar que sin ser preciso daba la posibilidad de pensar en más de una alternativa que explicase su permanencia en esas profundas estancias. Uno de ellos trabó una vaga conversación conmigo y me preguntó cuál es tu nombre, que porqué estaba allí. En un primer momento solamente se me ocurrió mentirle.Y era natural, no lo conocía, no podía empoderarlo ja ja.

Me ofreció acompañarle pero le dije que no, gracias, tengo otras cosas que hacer, pero que agradecía que hubiese pensado en mí. Entonces, sin decir más, o a lo mucho hablarme entre dientes una frase que no conseguí entender, se fue. Yo seguí allí, de pie, contemplando a las otras almas que tristes se deslizaban por los pasadizos de aquella morada impensable donde se espera sin saber si se conseguirá una respuesta.

Momentos después decidí avanzar unos pasos hacia una puerta que se abría y se cerraba de tanto en tanto. Me despertó la curiosidad saber qué había del otro lado y porqué tantas de estas almas que me rodeaban, que pasaban frente a mí, a mi costado, entraban. Ciertamente me resolví a saberlo. Así, y esquivando algunos cuerpos errantes llegué hasta la puerta y giré la perilla. Al entrar los vi en pleno movimiento, en contorsiones casi animales. Sus rostros eran engañosos porque, pese a que por instantes me daba la impresión de que sonreían, reían y gemían de placer, sus ojos no dejaban de tener esa opacidad que me conmovió al sumergirme en aquellas profundidades. Sabía que la escena que se revelaba ante mi era engañosa. No quise ser un protagonista más de esa falaz representación y di media vuelta sobre mi sito y salí.

Me habían hablado de la vaguedad de aquellos entes inmersos en aquellos antros, pero no me habían descrito que después de estar allí me habría quedado un infinito sentimiento de vacío, superior al que ya me asaltaba a la hora de llegar. Se cree que se puede encontrar esa respuesta, esa solución a la falta, pero se ignora que después esa ausencia interna que arde se incrementará hasta provocar la añoranza de lo que ya no es. Eso nunca se dice, porque de otro modo aquellos avernos jamás estarían colmados de tantas almas peregrinas.

Mientras me encontraba pensando en esto una voz me habló y me dijo qué haces acá, tú eras nuevo en estos oficios y no parecía haber estado antes por allí en búsqueda de un elixir de la compañía. Yo le dije que no, no soy nuevo sino que de seguro no me había visto antes, tal vez porque no conseguí ser lo suficientemente obvio o pasé inadvertido. Antes no llevaba un corte de pelo que fuese atractivo a la vista de las almas. Sonreíste y me dijo que no es por tu corte de pelo sino por esos anteojos que llevabas, que eran nuevos, quizá. Te confesé que sí, que hasta hace unas semanas usaba lentes de contacto pero que ya se me habían cansado los ojos de llevarlos y opté por los anteojos -mentí.

Él me hizo pensar que era diferente porque tienes un discurso más articulado, y sobre todo tenía una buena vocalización. Es que muchas personas no saben articular bien las vocales, les gustaba hablar entre dientes y me generan un esfuerzo innecesario. Quizá se trataba de enturbiar el discurso e impedirle al receptor del mismo una buena comprensión de éste. Te sonreíste porque tú pensaste lo mismo, que yo también era diferente. Parece que somos similares, a lo que me dijo que sí, lo parece, porque tú (o sea yo) además de tener estas cualidades ya mencionadas habías comenzado a darme en discursos que ya se ponían -si no enrevesados- lo suficientemente articulados como para delatar mi buena formación. Te lo agradecí.

Conforme avanzaba la conversación, empecé a incomodarme con un hecho: se perfilaba como una persona segura, más segura de lo que su físico permitiría pensar. Yo ya me había hecho a la idea de que si estabas rendido ante aquellos avernos era porque no tenía muchas seguridades sobre la importancia de la compañía y la corrosividad de la soledad. Internamente, eso me molestó y comencé a detestarlo. Seguías hablando de lo muy seguro que eras de tus decisiones, que prácticamente nunca se abandonaba a ningún tipo de ansiedad ante la confusión de decidir entre dos o más alternativas. Yo no creía que estaba ante una persona perfecta porque sé que las personas perfectas no existen. Todavía te detesté más y ya pensaba en encontrar un recurso que me hiciera alejarme de él.

Piensa que necesitas ir al baño, me dijo una voz en mi cabeza y musité un eureka que me hizo ver todavía más raro. Cualquiera otro habría dicho un simple bien o ya está, pero yo una vez más tenía que pasar por el rarito ilustrado que he sido durante toda mi vida. Tus ojos se enfocaron en mí y me dijo qué fue. Claro que no podía esperar que me dijeras otra cosa que ese qué fue que es una de las cosas más comunes que preguntan los jóvenes semi-imbéciles como tú. Entonces me arrepentí de haber iniciado mi conversación, pero luego me conforté con la idea de que había conocido a un mortal más de esta tierra que no valía la pena conocer más de lo que ya lo había conocido gracias a esa conversación que posibilitó este aprendizaje breve.

Necesito ir al baño porque ya me quería largar de allí y regresar a mi casa a cenar y dormir. De seguro ya habías empezado a preocuparte por mi demora, mamá. Pero tu mamá confiaba en ti y en tus decisiones así que no estaba preocupada. Estaba descansando luego de haber leído las noticias en su diario favorito. Siendo así las cosas le dije que me esperara unos instantes porque luego de haber atendido este llamado de la naturaleza habría regresado.

- Regreso dentro de unos segundos.
- Bien, espero aquí.
- Sí, esperas y yo regreso.

Y no regresé... No en los momentos sucesivos ni al día siguiente ni al día posterior al día siguiente de mi descenso a aquellos abismos. Pero no pude confiar en que jamás habría vuelto. Sencillamente era humano y creo que ésa era la excusa perfecta que necesitaba para demostrar con alguna actitud que lo era, y que así se justificaba mi debilidad y mi inconstancia y poca firmeza en decirle no a la búsqueda de la respuesta que jamás encontraría en aquel paraje perdido donde las almas creen que sonríen y gimen sin querer percatarse de aquella imperecedera opacidad de sus ojos. Querían ir por el mundo, engañados, pensando que no añoraban la compañía y que eran fuertes y resueltos, como si fuesen perfectos.

domingo, 11 de marzo de 2012

Tan mortal como un beso



- Questo è il bacio di Tosca!
(¡Éste es el beso de Tosca!)

Es ésta la frase que exclama la cantante Floria Tosca en el preciso momento que apuñala al baron Scarpia y le da muerte. Scarpia, enajenado seductor, no contaba con que Tosca le hubiese respondido de esta manera. Es más, no contaba con que Tosca hubiese podido ofrecerle otra respuesta que no sea el acceder a su perverso deseo de poseerla y sólo con ello dejar de perseguir a su amado Mario Cavaradossi. Giacomo Puccini (1858-1924) retrata así, en una de sus más universales óperas, Tosca (1900) a una mujer que opta por ponerle fin a una situación injusta y que le impide ser feliz, aunque para ello tenga que mancharse las manos de sangre.

Se nos ha enseñado que la mujer es delicada, frágil si se le compara con el hombre (porque no olvidemos que aún vivimos en una sociedad donde el hombre es la medida de todo, tal como se le conoce y de acuerdo a como lo dicta lo ortodoxia heteronormativa). Se nos ha dicho también que a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, y sin embargo sabemos día a día de crímenes contra la mujer - cada uno más condenable que otro - que son resultado de una cultura misógina que encuentra definitivamente mayor arraigo en los sectores sociales que menor acceso tienen a oportunidades de instrucción y de goce de lo que solemos llamar Cultura. Pero lo que no se nos ha dicho, lo que el discurso machista y conservador siempre ha callado y tratado de silenciar en sus enseñanzas torcidas y retrógradas, ésas que hemos consumido desde la más tierna infancia, es que ante el abuso del hombre la mujer puede responder y, según las circunstancias y el grado de hostigamiento o humillación en que se encuentre, puede incluso llegar a matar, como la piadosa Floria Tosca de Puccini.

Mujeres asesinas (2008) es una teleserie mexicana producida por el director Pedro Torres de Mediamates en sociedad con Televisa. Es adaptación de la serie de televisión argentina del mismo nombre que, a su vez, se basó en la trilogía de libros homónimos de la escritora Marisa Grinstein. Mujeres asesinas le da la debida centralidad a la capacidad ejecutora de las mujeres para acabar con aquello que las oprime y les resta vitalidad. Para ello las mujeres de estas historias recurren al crimen, al asesinato más decidido como acabado. Aunque por momentos pueda parecer que de forma velada se hace apología de todas ellas, pese a ser asesinas, yo en mi particular opinión pienso que si alguna apología existe va dirigida precisamente a resaltar lo que menciono líneas arriba: la capacidad ejecutora de las mujeres. Cuando menos se espera ellas responden ya sea que estén llevadas por un deseo de cobrar justicia con sus propias manos como que simplemente estén actuando por maldad o perversión, o hasta por locura.

A lo largo de sus tres temporadas nos adentramos en los mundos de mujeres muy diferentes entre sí que finalmente encuentran algo en común: ser asesinas. Haber escogido acabar con una vida orilladas por diversos motivos. No justificándose con nada el hecho de tomar la justicia por la propia mano encontramos que las acciones de todas y cada una de ellas aperturan una interpelación frontal hacia el hombre y la sociedad a replantear la respuesta que puede dar la mujer contra el absolutismo infundado de un sistema conservador que todavía encuentra en el hombre, "macho", abusivo y proveedor, a su más preclaro e infeliz representante.

Así pasa con los casos de Jessica, tóxica, maltratada por un marido abusivo, Patricia, vengadora, harta de la prepotencia de su padre desquiciado, Emilia, cocinera, oprimida por un chantajista ruin, Emma, costurera, decepcionada de un marido al que sirve en la enfermedad, Soledad, cautiva, humillada y violada por el hombre del que se enamoró, María, pescadera, impedida de trabajar por el bienestar de su hija discapacitada, Carmen, honrada, herida en su dignidad de persona o Irma, de los peces, que encuentra mil obstáculos de crecer en lo personal y profesional por parte de su esposo.

Asimismo, otras mujeres protagonistas de estas historias, son totalmente dignas del más expreso repudio, porque sin ningún tipo de pena o remordimiento dan muerte empujadas por los celos o la ambición más repulsiva, o incluso por la más exacerbada insanía que simplemente las lleva a ser declaradas inimputables. Así, están los casos de Sonia, desalmada, que hiere a su esposo en la amante dilecta, Margarita, ponzoñosa, ruin e imperturbable ante la vida que quita, Sandra, trepadora, asquerosamente ambiciosa, Ana, corrosiva, turbada por su orgullo, Rosa, heredera, colérica por la herencia perdida o Tita Garza, estafadora, deseosa de asegurar a toda costa su buena situación económica. Aquellas otras mujeres que afectadas por la pérdida de la razón se han vuelto inolvidables para mí son: Martha, asfixiante, que me recuerda a la universal Medea, Clara, fantasiosa, imposiblemente en disputa con una inexistente Beatriz y María, fanática, sumergida en los laberintos de la religión.

Todas en definitiva son historias impactantes, pero solamente una consiguió conmoverme lo suficiente, como es el caso de Ofelia, enamorada, protagonizada por la actriz mexicana Nuria Bages (1955). Ofelia vive una vida feliz con su esposo, una vida de respeto y dedicación por el otro que fundan un matrimonio envidiable para cualquiera. Un día él es diagnosticado de cáncer al pulmón y comienza un calvario personal que poco a poco lo va degradando. Aún en capacidad para darse cuenta de las cosas le pide a Ofelia que le impida perder la dignidad llegado el momento en que la enfermedad termine de dar su caso por perdido y consumado. Frente a la hora decisiva en la que su esposo está a punto de ser irreconocible, devorado por el cáncer, Ofelia le inyecta una sobredosis de morfina que acaba con su vida. Éste es el único episodio donde a la asesina se le pide y autoriza a serlo de parte de su propia "víctima".

Recomiendo ver Mujeres asesinas por distintas razones: porque muchas de ellas son bellas pero no por eso buenas, otras son nobles aunque oprimidas y deseosas de un futuro mejor, y otras más son perversas y malas, en el sentido esencialista de la palabra. Incomparables entre sí, como ya lo dije, todas tienen en común el hecho de ver apagarse una vida en sus manos y entonces volverse el testimonio viviente del poder de realización de la mujer que, como bien puede ofrecer una caricia de amor también puede dar un beso filudo y mortal, como el que le da Floria Tosca al infame barón Scarpia. Con ello ya no le da margen ninguno de pensar que está ante alguien frágil o al que se puede doblegar fácilmente. La misma Floria Tosca se encarga de presentarle a la mujer que es, ante la que siempre estuvo y a la que nunca pudo ver, cegado por su prejuicio y enajenación.

lunes, 5 de marzo de 2012

La fugacidad de mi estrella



¡Ven!
¡Busca mi luz!
Si me sigues verás que sonríes...
Surco un cielo
que no es de nadie
y por un instante quiebro tu penumbra.

Si me aprovechas
sabrás que no siempre
se vive de noches
sin estrellas como yo
que aunque fugaces
le damos sentido
a tu estación nocturna.

Pasaré
un par de veces más, lo prometo...
Y haré esto solamente
hasta que vuelvas a ver tu día...
Hasta entonces
gozarás de mi fugacidad
anhelando
una luz con brillo permanente.


lunes, 27 de febrero de 2012

Lo sospeché desde un principio


No recuerdo a qué edad empecé a reírme con las ocurrencias del Chavo del 8. Tampoco recuerdo cuándo fue la primera vez que me arrancó una carcajada la torpeza del Chapulín Colorado para resolver los problemas por los cuales se le invocaba. Y qué decir de cómo me parecían ingeniosas las situaciones que pasaba Chaparrón Bonaparte al lado de su inseparable amigo Lucas Tañeda. Me cuesta decir con exactitud cuándo descubrí a todos estos personajes tan particulares como universales que han causado el deleite de varias generaciones alrededor del mundo. Personajes que han colmado de risas y de felicidad la vida de tantas personas que no terminan de celebrar el ingenio de un solo hombre capaz de haberles dado vida a todos, con sus psicologías y peculiaridades. Aún parece increíble que Roberto Gómez Bolaños (1929), actor mexicano, haya podido concebir, cual Shakespeare, tantas personalidades diversas entre sí, en las que muy bien todos y cada uno de nosotros podemos reconocernos. Así, estamos ante un hombre universal, como universales son sus personajes, y al haber alcanzado esta condición, definitivamente ya no podrá morir jamás en la memoria de quienes le debemos un buen número de nuestras mejores horas de humor - y quizá - de felicidad.

Hemos dicho que sus personajes son universales. Tal universalidad la han alcanzado por la riqueza de sus discursos, de los temas que con un humor fino, elegante y que educa transmiten un mensaje que enseña y que llama a la reflexión. Por ejemplo, los tres personajes de Gómez Bolaños que cité al inicio de este artículo son los que más me han sorprendido por la elaboración de sus enunciaciones y las situaciones que viven. Repasemos brevemente, a continuación, qué los hace tan interesantes – y por ello – especiales.

Chaparrón Bonaparte es un personaje que evidentemente ha tomado nombre del celebérrimo emperador Napoleón I Bonaparte de Francia. Lo de “chaparrón” (por chaparro, que como calificativo popular e informal alude a las personas de baja estatura) busca ironizar sobre la famosa poca talla del monarca y que contrastaba con su megalomanía. Asimismo, el personaje de Gómez Bolaños no se caracteriza por estar del todo cuerdo. Es en medio de esta situación que Chaparrón Bonaparte nos presenta el ingenio de la locura con sus formas de re-plantear lo que puede decirnos de la vida, del mundo y de las personas. Re-crea escenas de la vida cotidiana re-formulando la lógica de las mismas y así nos lanza un invitatorio a cuestionar porqué éstas no podrían tomar un sentido como el que ilustra. En algunos casos, pues, la alternativa brindada es palmariamente disparatada como en otros casos eventualmente posible. De todas formas, lo absurdo de sus enunciados y de las situaciones que recrea nos orillan a reconocer el carácter oportuno de ciertas respuestas y mecanismos que ofrecemos y ponemos en marcha en la vida cotidiana, aceptados socialmente precisamente por su carácter utilitario y eficaz.

El Chapulín Colorado es una especie de antihéroe, o al menos un héroe poco convencional. De traje rojo y calzones amarillos, con antenas de vinil que aguzan sus sentidos y un arma de defensa y de combate como lo es el inolvidable “chipote chillón”, da cara a sus enemigos aunque muchas de las veces prefiriese que fuese otro quien la dé por él. Igualmente, es claro que aquellos adminículos que conforman su instrumental de trabajo no son lo más infalibles que digamos, pero sin los mismos difícilmente podríamos concebirlo como quien siempre ha sido: un héroe poco convincente pero inmortal por esa famosa frase que repite cada vez que alguien más le muestra el carácter obvio de sus inferencias y suposiciones: “lo sospeché desde un principio”. A diferencia de otros paladines o bienhechores éste no duda en manifestar sus temores y miedos cuando debe “resolver” situaciones problemáticas. Entonces, el Chapulín Colorado como el paladín particular que es representa la humanidad del héroe, que muy bien puede amedrentarse ante las dificultades que le toca asumir pero a las que finalmente termina por enfrentar, llegando solamente así al ansiado final feliz y a la resolución del conflicto o problema.

En la constelación de los personajes de Gómez Bolaños el que se haya en la cima de la universalidad es el Chavo del 8. Un niño cuyos padres no se conocen, cuya vivienda tampoco y cuyo origen es siempre incierto, que nunca se revela ni para los otros personajes que pueblan la vecindad del Señor Barriga ni para el televidente que le sigue con devoción. El Chavo del 8 inevitablemente no puede estar ajeno a los líos y problemas del día a día que tienen lugar en la vecindad. En medio de situaciones confusas e inocentes el Chavo del 8 es capaz de superar las fricciones de la convivencia, armonizándola y perfilando así un escenario casi utópico de las buenas relaciones humanas. Por ejemplo, el Chavo del 8 siempre recibe con un golpe al dueño de la vecindad que lo acoge, el también eterno Señor Barriga. El Señor Barriga es el único de los personajes que pertenece a una clase social completamente diferente a la del resto de los personajes. Él tiene dinero y buena educación (solamente en este segundo aspecto podría encontrar coincidencia con el Profesor Jirafales). Estos golpes casuales que recibe el dueño de la vecindad de parte del más pobre de sus habitantes podrían representar una lucha de clases (entendida a la manera que plantea la teoría marxista). Así, la burguesía estaría representada por el Señor Barriga y el proletariado por el Chavo del 8. Pero increíblemente, ambas clases sociales por medio de los personajes de Gómez Bolaños conseguirían vencer sus históricos y estructurales conflictos para dar lugar a un escenario de buena convivencia ganada por la reconciliación. Debo decir que esta idea no es mía, la escuché ya hace mucho tiempo de parte de otras personas que a su vez citaban a un destacado profesor de una universidad limeña. Valgan verdades, un planteamiento de este tipo no suena del todo alocado sino que, casi emulando el humor ingenioso de Gómez Bolaños, invita a pensar las cosas de un modo diferente que bien podría ser válido y – como dicen los huachafos – verdadero.

El pasado 21 de febrero Gómez Bolaños cumplió 83 años de edad. Ahora se prepara a celebrar 40 años de carrera artística y en medio de las celebraciones que se le han organizado nos ha dejado una valiosa lección. El hombre vive una carrera de largo aliento a lo largo de su vida por alcanzar la perpetuidad de su nombre a través de sus obras. Esta carrera se basa en un válido afán por vencer una levedad y ligereza de la condición del ser que por momentos se puede pensar insoportable e insostenible. Frente a esta ansiedad es que el genio surge, hace y crea. Y Roberto Gómez Bolaños ha creado, y su creación se ha constituido como uno de sus más grandes legados inmateriales que ha podido recibir la humanidad… Un legado que sin lugar a dudas no conocerá fin.

sábado, 18 de febrero de 2012

La herida


Los peruanos del siglo XXI seguimos teniendo si no abierta, bastante fresca la herida del racismo. Si alguien nos “cholea” respondemos inmediatamente, quizá no ofreciendo una primera respuesta que se tenga por bien pensada y alturada sino más bien con algún insulto o con otra forma de estigmatización. Valgan verdades, es altamente probable que respondamos así, guiados por otro prejuicio.

Por ejemplo, si alguien nos tilda de “cholos” pueda que respondamos “pero tú eres misio” o “calla, cabro de mierda” o “puta” o “solterona que te falta marido”, etc. En el fragor de la vida cotidiana, en medio de la confusión de las horas, de las personas y del caos de la ciudad, cuando solamente deseamos llegar temprano al trabajo, a la universidad, o llegar temprano a casa después de un día agobiante, si nos topamos con una situación de este tipo pienso poco probable que, por más buenos argumentos que tengamos para responder, vayamos a dar una clase de civismo y buenas prácticas por preferir no caer en el insulto facilista, encendido y poco inteligente.

Esta semana acaparó primeras planas el penoso suceso protagonizado por el hijo de la actriz peruana Celine Aguirre, famosa por ser hermana de la también actriz Marisol Aguirre -a su vez famosa por ser ex mujer del actor de talla internacional Christian Meier. Puntualmente, el hijo de Celine Aguirre (de 13 años de edad) habría concurrido a un cine de la capital en compañía de algunos amigos. En la sala de proyección habría comenzado a interrumpir la tranquilidad del ambiente con bromas, risas y comentarios subidos de tono acompañado de sus amigos y en tanto comenzaba la película. Allí, una pareja común y corriente, deseando apreciar debidamente la función, le habría llamado la atención. No contento con la llamada de atención, el hijo de Celine Aguirre habría optado por “cholear” a la pareja (que seguramente no se caracterizaba por tener cabellos castaños, ojos pardos y tez nívea). Frente a esta palmaria manifestación de racismo la pareja habría respondido no sólo de manera verbal sino también de manera física contra el menor, propinándole algunos manotazos.

Ante lo ocurrido, la madre del menor hizo público el caso de maltrato “abusivo” a un menor de edad en un recinto público. Con lo que no contaba es que todo esto habría adquirido un efecto contrario a sus intereses al centrarse en el ojo de la tormenta la manifestación racista de su hijo en contra de la pareja. Así, la actitud de jovencito habría sido repudiada categóricamente no solamente en medios de comunicación (sobre todo la prensa escrita) sino en redes sociales como Facebook o Twitter donde prácticamente habríamos asistido al linchamiento de este mozalbete y visto con horror que se respaldaba la agresión física como “justificable” ante otra forma de agresión de tipo cultural, digámoslo así.

No niego que es de mal gusto ser “choleado” y más allá de eso, ninguneado. El recurrir al “choleo” es un recurso poco inteligente, inelegante, que ya no va de acuerdo con los tiempos de apertura intelectual y humanística que vivimos. No es un recurso legítimo para querer remarcar distancias sociales, económicas y culturales (y es que en verdad no existe uno enunciado como tal porque no lo dictan las buenas prácticas del civismo al no considerar pertinente ni justo querer hacer menos a una persona por el simple hecho de no contar con un determinado número de herramientas personales y materiales que le posibiliten o garanticen el tan fetichizado ascenso social.

Sin embargo, y en medio de la vorágine que se ha suscitado, creo que casi nadie se ha detenido a pensar que el “agresor cultural”, el hijo de Celine Aguirre, es un menor de edad. Su condición de menor de edad explicaría su respuesta torpe, su carencia de valores y amplitud intelectual, su falta de experiencia de vida. Pero todo esto definitivamente no lo justifica, aunque parezca que lo blinda. Podríamos creer que como menor de edad tiene una suerte de patente de corso que ante cualquier falta podrá convertirlo en inimputable simplemente por el hecho de no haber alcanzo aún la mayoría de edad.

El muchacho definitivamente se encuentra en proceso de crecimiento, de aprendizaje, de maduración. Esto ha tenido que ser tomado en cuenta por la pareja agraviada antes de ofrecer siquiera la más mínima respuesta física ante la ofensa recibida. Tal respuesta es en todo caso desproporcionada a la agresión verbal del hijo de Celine Aguirre e igualmente no se justifica.

Pero esto no ha sido debidamente considerado por la opinión pública que, en las redes sociales, se ha sumado al suceso y ha querido asumir el rol que por antonomasia le compete: opinar desde la colectividad anónima. Si a un peruano se le “cholea” tengamos por seguro que muchos otros peruanos -salvando sus diferencias de credo, ideología política o preferencia futbolística- se unirán para respaldarlo y dar la defensiva (u ofensiva para tal caso). Es en episodios como éste que comprobamos una cierta cohesión social y unidad del pueblo peruano, que a mi parecer es falaz -como se apreció con el caso Iván Thays. Se toca una herida que hasta el día de hoy parece no cicatrizar, comprobándose con ello que en las manifestaciones de racismo o de discriminación por el mismo tenemos nuestro más expuesto talón de Aquiles. Y es que no pasa lo mismo si acudimos a un evento por discriminación de género, o peor aún, cuando sabemos de un nuevo crimen de odio cometido contra gays, lesbianas, bisexuales, transexuales o transgéneros.

Lamentablemente, aún perdura en nuestro amado Perú la insana e intonsa práctica de “cholear” como marca de clase que pretende establecer falsas superioridades e inferioridades entre los peruanos. Se actualiza así la necesidad de seguir trabajando por la reconciliación nacional como tema que no debe dejar de estar presente en la agenda de políticas sociales y sobre todo culturales del país.


lunes, 13 de febrero de 2012

¡Hola soledad!


¡Hola Soledad!
No me extraña tu presencia...
Casi siempre estás conmigo,
te saluda un viejo amigo...
Este encuentro es uno más...


Nuevamente me veo escribiendo sobre un tema que es recurrente en mi vida. Seguramente en la de otras personas también. He conocido la soledad y su contraparte, la compañía. Ambas han estado presentes en distintos momentos de mi vida y como pasajes de la misma, fundamentales para explicar mis estados de ánimo, es que las valoro.

Saludo a la soledad como aquel estadío propicio que invita a la reflexión, a pensar justamente en todo aquello que hice en compañía. Así, repaso nombres, lugares, eventos y procuro armar un cuerpo de conclusiones sobre todas aquellas cosas que debo volver a hacer y no, pero con otro toque y estilo.

Confieso que antes la soledad me provocaba angustia y tristeza. Hoy, tras haber leído y hablado tanto de este tema, de haber superado la separatidad frommiana puedo decir que la soledad es una compañera. En mi esfuerzo por ser objetivo debiera evitar calificativos tendenciosos que la identifiquen o asocien con un estado emocional opaco o asonante. Claro que tampoco vienen a la mente ideas "positivas" y decir que la soledad es policromática y melodiosa. Eso difícilmente lo podríamos creer.

Rodeado de mi soledad he aprendido a deleitarme todavía más con mi voz, a reforzar mi complicidad con mis ironías más aceradas, con mis sentencias implacables de la gente y sus actitudes y saber que nadie puede darme la contra. Entonces, después de todo estar solo posibilita el nacimiento de una dictadura personal, privada e íntima, la más férrea de todas en la que impera la propia voluntad que no encuentra réplica que la rebata.

La soledad no solamente es un periodo de reflexión sino también de preparación para enfrentar nuevas experiencias con otras personas y en otros espacios. Si no apreciamos este enfoque de la soledad nos perdemos la ocasión de hacer un necesario feedback que sume recursos y descarte situaciones confusas, poco claras y que de no ser tomadas en cuenta nos encaminarían a repetir "errores". Aquí, pues, radica parte del proceso de crecer y de madurar.

Como no siempre se está con alguien no siempre se está solo. En todo caso podemos decir que se han sobrevalorado las virtudes y defectos de la compañía y de la soledad, respectivamente. A veces puede no ser tan bueno estar con las personas (menos si no son las "indicadas") como a veces puede no ser tan malo quedarse solo y tener oportunidades como ésta para depositar en un papel tantos pensamientos que miran a la soledad procurando descubrir su deslúcido velo.

No le podremos escribir una oda a nuestra soledad, ella tan poco esplendorosa y deseada, pero sí podemos saludarla con un hola. Y en el caso de que la soledad fuese ausencia de color y de sonido entonces démonos la oportunidad de conocer qué significa no ver nada ni oír nada.


lunes, 6 de febrero de 2012

La hoja al viento



La hoja al viento es tan frágil que poco puede contra él, que sopla con fuerza y la doblega a cumplir una voluntad que no termina de comprender. Muchas veces la hoja, descolorida por el paso de las estaciones, se pregunta cuáles son aquellos senderos por los que la lleva, débil a cada uno de sus arrebatos.

La hoja al viento puede llegar a cualquier punto, tocar tierra en cualquier parte y luego de simplemente caer quedarse quieta y confundirse con otras hojas que, como ella, también están descoloridas, hijas negadas a la redención de una primavera que ya no llega para ellas.

La hoja al viento, allí, al canto del camino, pasa desapercibida. Es vista como parte del escenario otoñal y a la que le corresponde no ser vista aunque se pueda saber que ella, ahí abajo, al canto del camino, está.

La hoja al viento alguna vez tuvo color, no siempre estuvo descolorida y marchita. Estuvo sostenida a alguna rama en algún buen arbusto, pero por la sucesión de los días y de los tiempos, terminó por caer pese a resistir. Hoy recuerda su utilidad y belleza... Hoy que se encuentra al canto del camino...

La hoja al viento no siempre estará al canto del camino, donde ahora se la puede encontrar. Se irá nuevamente, y es aquí donde no sabremos qué nuevos lugares conocerá. Pero irremediablemente se irá... ¡¿Qué destino milagroso podrá ser aquel que la vuelva a colocar en el puesto preferencial que alguna vez tuvo?! ¿Y que le devuelva el color que la hacía única?

La hoja al viento se deja llevar a donde va a morir el sol, a donde nacen las palabras y los silencios lo inundan todo. Desde aquellos parajes la hoja, ya libre del yugo implacable del viento, volverá a soñar con revivir, y también con la redención...