domingo, 4 de abril de 2010

Nada apaga mi noche


Javier Bellido Valdivia. Nada apaga mi noche
( Acrílico sobre tela de 2 m x 2.60 m)


La primera vez que vi este cuadro fue cuando fui al Centro Cultural de la Universidad Católica a ver una película, La teta asustada de la cineasta peruana Andrea Llosa. Era la última semana de marzo y por aquel entonces la cinta estaba compitiendo por un premio Óscar a mejor película extranjera, honor que a las finales no ganó, que muchos lamentaron pero que sinceramente no merecía ganar.
Antes de la proyección pasé a la sala de exposiciones del Centro Cultural donde aún se exponían una serie de cuadros que desde el primer momento no llamaron mi atención. En general no suelo ir a muestras de este tipo porque no consiguen despertar mi interés artístico, y no porque quienes hayan creado tales obras no tengan talento, sino porque carezco de los basamentos teóricos para poder leer el contenido y los ejes de desenvolvimiento de las mismas. Es decir, me cuesta entender las pinturas de arte abstracto (si es que en medio de mi ignorancia las puedo llamar así) por lo que siempre he preferido bodegones, paisajes, personas en diversas actividades o estáticas que me dicen más, tipo La maja desnuda de Goya, Las meninas de Velásquez o incluso La persistencia de la memoria de Dalí.
Sin embargo, hubo un cuadro que sí llamó poderosamente mi atención y me mantuvo frente a él por largos e incontables minutos, y fue este acrílico titulado Nada apaga mi noche, de Javier Bellido Valdivia, que también pueden apreciar junto a otros cuadros del artista en http://javierbellidov.blogspot.com/
La pintura se compone de esta manera: dos figuras con rostros, cabezas y corporatura que sugieren la anatomía de un par de seres semi-humanos. No sabemos si son dos personas que se han bestializado reduciéndose a las figuras que apreciamos en el cuadro, o si son dos bestias que aún no han pasado a ser humanas del todo. Uno de ellos tiene algo en las manos, entre las dos manos y le da la espalda al segundo que lo mira ansioso. Definitivamente el primero le niega lo que lleva entre las manos y no se lo da a ver. Eso que lleva entre las manos podría ser algo importante, debe serlo como para que el segundo le aguarde ávido y quiera insistirle con el brazo que hacia él extiende. No sabemos qué es, las manos del primero consiguen ocultarlo del todo y no permiten siquiera adivinar qué podrá estar asiendo con tanto afán.
El primero tiene un semblante adusto, rígido que se contrapone con el del segundo, que más bien se puede antojar amable, noble, en medio de su monstruosidad. Se podría colegir esto de sus ojos, que llegan a apreciarse claramente y que delatan cierta tristeza. Definitivamente están pidiendo algo.
Los colores de sus formas son predominantemente oscuros. Hay una luz presente que da un fondo al cuadro. Es una luz que se emana de un haz que está fuera del cuadro y que pareciera ubicarse en la parte superior izquierda del mismo pero siempre detrás de las figuras que participan de la escena. Sólo así se entendería que el lado frontal de sus cuerpos sea oscuro. Después, no hay más colores.
Lo que más intriga de este cuadro es lo que que la primera de estas dos figuras, sí, la que se ubica en el extremo izquierdo de la escena lleva en las manos. Ya se ha dicho que debe ser algo importante para que el segundo acuda a él. Quizá la clave para saber qué es lo que oculta esté en el hecho mismo de detenerse a pensar que ambas figuras, semi-humanas como ya se las ha descrito, no nos permiten del todo saber si en un inicio eran dos humanos bestializados y devenidos en las criaturas que vemos en el cuadro, o si son dos bestias que están por devenir humanos, ¿quizá por segunda vez? Esto tampoco queda del todo resuelto. Quizá ambas hipótesis sean válidas.
Sin embargo, si perdieron su completa humanidad para quedar reducidos a esas figuras monstruosas que vemos ante nosotros, al menos una de ellas, la de la derecha, aún desea regresar a su estado inicial de plena humanidad. Podría ser, entonces, que aquello que le pide al primero sea lo que finalmente le restablecerá su constitución humana y le sacará de esa grisura en la que ambos se encuentran, y es por ello que pide, que implora a través de su mirada que se le deje ser quien era, porque si bien decimos que ahora ambos son figuras semi-humanas, también debemos decir que no están del todo degradados en su humanidad puesto que algo de las mismas les queda. De lo contrario no nos vendría a la mente la sugerencia de que son lo que ya hemos dicho, figuras semi-humanas bestializadas: los ojos, las cabezas y la corporatura de ambos nos lo dice.
Ahora bien, de ser así, ¿por qué es el primero el que concentra el elemento que permitiría la realización del segundo? Al respecto, nada nos dice cómo es que llegó a establecerse tal estado de dominio (del primero hacia el segundo) y dependencia (del segundo hacia el primero). El establecimiento de este micro orden de poder es arbitrario y en la escena no hayamos mayores respuestas a nuestra interrogante. Es precisamente esta ausencia de respuestas dadas y esta posibilidad de hacer conjeturas lo que le da toda su riqueza simbólica a Nada apaga mi noche de Javier Bellido Valdivia, cuadro que aplaudo y felicito sobremanera.
Por lo que no pienso preguntarme ahora es ¿pero la noche de cuál de ambas figuras que componen la escena es la que no se apaga con nada? ¿Será la noche del primero o la noche del segundo? ¿O será una única noche que ambos viven, oscura y aparentemente indescifrable a primera intensión?

lunes, 22 de marzo de 2010

En la llanura venezolana una raza buena ama, sufre y espera

El llano de Apure - Venezuela
(Vista parcial)

Mira nuestra tierra
que gira con los dos
hasta estando oscuro.
Mira nuestra tierra
que nos ofrece el sol
y no nos deja solos.

Andrea Bocelli. Canto de la tierra

Al finalizar la primera década del pasado siglo XX el hechizo y la fiesta del movimiento modernista dio paso al Posmodernismo, que por su tono nostálgico y melancólico significó una reacción contra los excesos del Modernismo: la grandilocuencia, los oropeles colorinescos y sonoros fueron reemplazados por una expresión verbal más contenida y sobria y, por lo mismo, de mayor emoción humana. La reacción posmodernista se produjo en casi todos los países de Hispanoamérica. Existía entonces en los autores una intensión de conocerse a sí mismos y de buscar lo singular y lo propio de su mundo.
Algunos rasgos comunes de esta etapa son la vuelta a la tierra, a lo cotidiano, al hombre y a la liberación de falsos decorados en la expresión. La primera tendencia que se manifiesta es la narrativa regionalista que, en los diferentes países, expresa la singular relación hombre-naturaleza, carácter que poco a poco avanza hacia una temática que se interesa cada vez más por los procesos sociales y políticos en nuestro continente. Si se tuviera que buscar algunos rasgos generales diríamos que casi todos los relatos tienen un valor testimonial, de lucha que libra el hombre en una naturaleza inmensa, hostil y a veces indómita. Es en este sentido que en las obras más representativas lo descriptivo predomina sobre lo psicológico y los personajes tipo sobre las individualidades. Hay, asimismo, reminiscencias de estampas costumbristas, un vocabulario popular y precisas pinceladas de los paisajes.
El Regionalismo es, pues, la corriente que mejor se le opone al Modernismo: aquí el exotismo ha sido reemplazado por lo provinciano, lo nacional, lo común y corriente y, a veces, lo humilde.

A partir de esta etapa la novela queda unida a la realidad hispanoamericana y se convierte en un cuadro representativo de las raíces que unen al hombre criollo e indígena con su tierra. Desde entonces en nuestra literatura el protagonista tiene un nombre: cauchero, montanés, indio; y la naturaleza una designación concreta: pampa, llano, selva, montaña, sierra.
Los siguientes autores y obras son ejemplo de la narrativa regional:

- Horacio Quiroga (1878-1937) y sus relatos cortos.
- José Eustasio Rivera (1889-1928) y La vorágine (1924).
- Rómulo Gallegos (1884-1969) y Doña Bárbara (1929).
- Ricardo Guiraldes (1886-1927) y Don Segundo Sombra (1926).
En 1927 Gallegos se encontraba trabajando en una novela, La casa de los Cedeño, cuyo protagonista debía pasar unos días en un hato llanero. Por la necesidad de documentarse tuvo que viajar en abril de ese año a San Fernando, la capital del estado de Apure, donde entre los amables contertulios había un señor de apellido Rodríguez que le refirió la historia de un doctor en leyes y miembro de una familia distinguida, que terminó por perder sus propiedades y aún su propia integridad física y moral por haberse alcoholizado. Luego el mismo Rodríguez le habló de la dueña del hato: Mata del Totumo, una mujer que tenía fama de ser muy valerosa y de manejar la soga y el revólver mejor que cualquiera de sus peones. Gallegos se dio cuenta al instante de las enormes posibilidades novelescas que ofrecían ambos personajes. Así nacieron Lorenzo Barquero y Doña Bárbara, ella como símbolo de la naturaleza bravía; el otro, su víctima.
En 1929 su nombre adquirió fama mundial: en Barcelona se dio la primera edición de Doña Bárbara donde fue proclamada como la mejor novela por la Asociación del libro del mes. Al poco tiempo se conoció la misma novela en italiano, inglés, francés, portugués, alemán y otras demás lenguas.
*
Se ha dicho de Doña Bárbara que es el fiel retrato del enfrentamiento de dos tendencias muy americanas: la lucha entre la civilización y la barbarie. Ello, en efecto, se ha dicho hasta la saciedad. Y sí, nuestro continente fue escenario del encuentro traumático de dos culturas, la hispana y la nativa, ello hacia el año 1492 cuando Colón dejó pasmados a los pobladores de las islas de Guanananí con sus carabelas, caballos y soldados de pesadas armaduras. Ahí empezó un largo proceso de interacción de dos formas distintas de pensamiento y cosmovisión, donde una de ellas, la española, se presentaba como la portadora de una cultura superior, bastante elaborada y desarrollada, que se creía con el legítimo derecho de imponerse sobre otra que era vista como una forma atrasada de vida, sin mayores logros en los campos de la ciencia y el saber y con un modo primitivo de ver el mundo. España inició así la colonización, implantando un régimen severo y poco justo a la par que le heredaba a todo un pueblo sometido diversos disposotivos socioculturales cuales formas de gobiero, educación, religión y estratificación de clases.
Posteriormente, la sociedad urbana ubicada en la capital de los países nacidos a la independencia a partir de 1810 hizo suyo el proyecto de "civilizar" a toda una nación con la idea de que la Modernidad y avances de aquellos tiempos de seguro no estaban asimilados por las regiones de la periferia. Se volvió la nueva portaestandarte de un concepto de cultura que debía ser superior por ser urbana, por estar concentrada en la ciudad capital, el heartland de todo un territorio.
Por su parte, las comunidades indígenas y amazónicas vivían una calma que no era gratuita, tras haber luchado y participado activamente en la guerra de Independencia por el establecimento de una patria libre y soberana. El conflicto se desata cuando se presenta este proyecto y los segundos aparentemente se resisten a asimilarlo.

En buena cuenta Doña Bárbara da testimonio de lo dicho. Sin embargo, en el reconocimiento de los problemas que agobian a nuestro continente radica un sentimiento americanista que nos regresa a nuestras raíces, a aquel lugar que es preciso reencontrar para entender nuestra identidad americana. Esta idea fluye a lo largo de la narración de Doña Bárbara, y de aquí en adelante nos propondremos demostrarla claramente pues consideramos que es ese un mensaje todavía más relevante que al autor interesa transmitir.

domingo, 28 de febrero de 2010

El deseo de Dios

Gian Lorenzo Bernini. El éxtasis de Santa Teresa
(vista parcial de la escultura)


Suspende el alma de suerte
que toda parecía estar fuera de sí.
Ama la voluntad,
la memoria me parece está casi perdida,
el entendimiento no discurre, a mi parecer,
mas no se pierde...
Acá no hay sentir,
sino gozar sin entender lo que se goza.
Entiéndase que se goza un bien
a donde junto se encierran todos los bienes,
mas no se comprende este bien.

La breve poesía que acabamos de leer se contiene en una obra de inmensa valía para la Iglesia Católica. En efecto, dicha obra se titula El libro de la vida, suerte de autobiografía escrita por Santa Teresa de Ávila (1515-1582), conocida también como Santa Teresa de Jesús. A lo largo de la citada obra podemos acercarnos a la experiencia mística que la santa experimentara en cuerpo y alma propios y que según los entendidos en la materia (teólogos sobre todo) la acercaran a Dios mismo. La experiencia mística, tal y como su nombre lo dice, es un encuentro con Dios caracterizado por visiones del mismo que producen un gozo indescriptible en la persona que la vive. Para que se entienda mejor de qué estamos hablando, escuchemos lo que allá por el siglo XVI otro santo famoso, San Juan de la Cruz (1542-1591), decía sobre la experiencia mística, describiéndola de esta manera:

El efecto que hacen en el alma estas visiones es quietud, iluminación y alegría a manera de gloria, suavidad, limpieza y amor, humildad e inclinación o elevación en el espíritu de Dios.

A través de la experiencia mística se realiza un pasaje lleno de ascetismo al mundo interior de uno, que es por excelencia un pequeña morada del Señor. Cuando se abandona ese estuche de carne y huesos que es el cuerpo, se deja atrás las cuestiones mundanas y se va al encuentro de un Dios que está presente en cada uno de los corazones de los hombres y mujeres, ello porque en cada uno de estos ha depositado parte de sí de modo tal que con haberlo hecho les permite la vida. Se ve el resplandor de la luz interna del alma que conecta con la divinidad. Cuando ello pasa y se es consciente o semiconsciente de que ocurre e interactuamos de modo más directo con Dios estamos, pues, siendo partícipes de una experiencia mística, la misma que no le es dada a cualquiera vivir de manera plena y luego poder contarla. Es más, Dios mismo quiere que quien pasa por una situación como ésta pueda narrarla a los demás, entre otras cosas, para mayor gloria suya y prueba de su existencia, y para que la misma pueda convertir más almas descarriadas que vagan por el mundo y las vuelva a consagrar su vida a la divinidad, asegurando de esa manera su salvación, que es a las finales el plan universal de Dios.

Ahora, y para hablar con mayor objetividad, la experiencia mística podría no ser más que un estado modificado de la conciencia que permite conocer, superando los siempre arbitrarios límites que la razón impone para pensar las cosas, perfilándose como la posibilidad de poder alcanzar el conocimiento de una vida que discurre más allá de tales límites. Esta forma de ver las cosas se opondría a aquella otra que considera que solamente estando despiertos tenemos plena conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor. Por siempre, a este estado despierto se le ha tenido como el estado de conciencia por excelencia en el que podemos estar plenamente seguros de lo que acontece en torno a nuestras vidas, pudiendo sólo así estar en la capacidad de dar cuenta del mismo.
Volviendo al caso de Santa Teresa de Jesús, que es el caso de todos los santos que han tenido la dicha de saber lo que es un encuentro con Dios a través de la experiencia mística, llama la atención, según nos lo refiere Antoine Vergote en Culpa y deseo. Dos ejes cristianos y la desviación patológica que incluso Dios mismo pueda convertirse en sujeto de deseo, que pueda ser deseable y que acceder a él, o que él acceda a nosotros pueda constituirse en una experiencia placentera y llena de plenitud que realiza. Mediante la experiencia mística se llega a desarrollar todo un dispositivo para liberar ese deseo y formularlo en verdad, realizarlo en amor y completar el goce de ese amor. La experiencia mística, entonces, por la fuerza de su ocurrencia, le daría la contra y arrojaría por los suelos todas aquellas afirmaciones que dicen que los hombres y mujeres santos no aman ni mucho menos desean. Así, como el Vergote lo propone, ¿por qué Dios no podría "penetrar" (las comillas son mías) la existencia con su luz, tanto o incluso más que cualquier otro ser deseable?

Si cada quién es libre de escoger su sujeto de deseo, ¿entonces por qué los santos, por su misma condición, no podrían escoger a Dios como aquella entidad que pudiera colmarlos con su existencia, y con ello acercarlos más a él? Si es Dios verdadero, bueno y bello, ¿qué mejor que ir a su encuentro, al encuentro de una entidad perfecta per sé a fin de que interactuando con él nos realice y colme con un poco de su excelsitud?

Creo que, tras reparar un poco en lo que significa la experiencia mística, debamos irnos con más cuidado a la hora de referirnos a los hombres y mujeres religiosos que abrazan la vida ascética por amor a Dios, y no expresarnos de ellos como simples beatones que han renunciado a cualquier posibilidad de goce a raíz de alguna mala experiencia personal que les generase un estado de culpa y -en su afán por remediarlo- hubiesen recurrido al Señor Todopoderoso para que intercediera por ellos. Quién sabe si al interior de esos tantos claustros, conventos y abadías que existen en el mundo, esas mismas personas no están probando uno de los goces más indescriptibles que pueda conocer persona alguna en vida, precisamente porque, en el andar de sus vidas, terminaron por identificar aquella entidad que les procura bien y los realiza, y que es ese Dios que día a día seguimos desacralizando, al grado de ya ni siquiera acordarnos que existe, y que quizá nos observa sin decir ni hacer nada... por el momento...

domingo, 21 de febrero de 2010

Claire Riveau



Isabella, mujer enamorada (1999) fue la tercera telenovela lanzada al aire por la desaparecida América Producciones. Historia de época ambientada en los años 20 del siglo pasado, se basó en la también telenovela argentina Manuela (1991) protagonizada en aquella ocasión por la actriz venezolana Grecia Colmenares, a su vez inspirada en la versión brasileña de título La sucesora (1978), encarnada en aquella oportunidad por la talentosa Susana Vieira.
Isabella, rodada en Perú y en algunos escenarios de Europa, fue protagonizada por la actriz mexicana Ana Colchero (1968) que dio vida a los personajes de Isabella Linares así como a la antagonista, Claire Riveau, la hermana gemela de la anterior en la trama.

La historia empieza en una hacienda algodonera, donde Leandra, una bella campesina, se ha enamorado de Andrés Linares, hijo de un próspero hombre de campo, que a su vez está casado con Rosario, mujer a la que no ama por ser estéril. Leandra y Andrés inician un romance, cuyo resultado será el embarazo de Leandra del que nacerán las gemelas Isabella y Clara. De esto sabrá Gertrudis de Linares, madre de Andrés, y no aceptando a Leandra por su condición de sirvienta, decide arrebatarle una de las niñas, de modo que ésta pueda ser criada por Rosario y así evitar el fracaso matrimonial de su hijo.
Leandra encontrará refugio en la mansión de Madame Riveau, a la que le entregará su hija con el objetivo de que la críe, le dé un nombre distinguido y educación, con el pacto de que años más tarde, cuando Clara creciera, se le revelaría la verdad de su origen.

Casi 20 años después, Clara regresa del extranjero alarmada por el estado de salud de su presunta madre, quien antes de morir le revela la verdad, cambiando para siempre la vida de Clara, que tras la muerte de Madame Riveau queda en la ruina total, consiguiendo salvarse de la misma gracias a su matrimonio con el millonario Fernando de Alvear. En su afán por retenerlo, y luego de enterarse de no poder concebir, trama junto a Leandra la supuesta esterilidad de Fernando, y desde ese momento madre e hija no hacen más que destruirlo emocionalmente.
Tiempo después, en Europa, Fernando conoce a Isabella, la gemela desconocida de Clara, de la cual se enamora, y tras un muy oportuno accidente de aviación en la que aparentemente Clara pierde la vida, Fernando la desposa, llevándola a vivir a su casa en medio de la admiración de todos al ver una mujer similar a la aparentemente difunta Claire Riveau.
Sin embargo, Clara no ha muerto. A dicho accidente sobrevive, pero severamente desfigurada, no pudiendo entonces regresar a la mansión y reclamar sus derechos como legítima esposa de Fernando. Entonces, consigue refugiarse en la buhardilla de la casa y desde allí maquina su plan de venganza contra Isabella, en la que no ve a una hermana sino a la que le quitó el lugar que siempre le correspondió. Su plan será enloquecerla apelando a su propio supuesto fantasma que no la deja en paz, pero que de tanto en tanto regresa para atormentarle la vida.

Para alcanzar su objetivo, Clara no escatimará ningún esfuerzo, llegando incluso a matar fríamente a cuanta persona se le interponga en el camino y después culpar de las muertes a su propia madre, Leandra, a la que siempre despreció por la verdad que desde un inicio le cayó y por la mentira de vida que le hizo vivir al lado de Madame Riveau.
Finalmente, y tras corregir su rostro desfigurado con una exitosa operación, Clara regresa a reclamar su lugar y fingiendo querer acercarse a su hermana Isabella, que llega a quedar embarazada. Fernando, creyéndose estéril, la desprecia y Clara ve por un momento retomado su sitio al lado de Fernando. Sin embargo, la verdad sobre el engaño de la esterilidad, así como la responsabilidad en las varias muertes ejecutadas por Clara salen a la luz, y ella, en un fallido afán por acabar con Isabella y Fernando intenta, a la una envenenarla sin éxito y con el otro morir en medio de un incendio. Pero es Leandra quien termina acabando con la vida de su propia hija, con la cual morirá rodeada por las llamas del incendio provocado por Clara.

*

Debo decir que Isabella fue una novela que, pese a las críticas que en su momento pudo recibir como producción, me cautivó bastante. Su repetición por Panamericana Televísión me permitió revivir aquellos capítulos que años atrás no pude llegar a ver en su total integridad, pudiendo solo ahora comprender una rica historia como la que la telenovela propone. A mi modo de ver, la novela se llama Isabella porque debe llevar el nombre de la buena y no el de la mala. Empero, Clara también vive un drama igual o más terrible y doloroso que el que pasa Isabella: Clara, de un día para otro, descubre que sus padres no son sus padres, y que el nombre que tiene no es suyo. Que la mujer a la que siempre vio como su sirvienta es su madre, que en un falso arrebato por querer darle una vida feliz la entrega a una mujer desconocida para que la críe en medio de lujos y refinamientos, y con ello suponer que será feliz. Siendo así, si Leandra quería la mayor felicidad para su hija, ¿por qué decide contarle la verdad? Con ello sólo ocasiona la desgracia existencial de la persona a la que ama o dice amar.

Clara no es mala por vocación. La novela arranca y poco a poco vemos cómo, tras los hechos dolorosos que empieza a vivir, va dejando de lado sus escrúpulos con tal de no perder nombre, glamour y riqueza. Pero por sobre todo, se aferra a Fernando -a quien no amaba desde un principio- obsesionándose con él y buscando retenerlo a su lado porque en él encuentra a la mayor de las personas que pueda rendirle idolatría. Así, Clara consigue suplir una ausencia de identidad con una presencia afectiva. A través del "amor" de Fernando ella espera volver a ser Claire Riveau.
Clara llega a hacerse una mujer fría y calculadora, cínica y sin cortapisas a la hora de proponerse alcanzar sus objetivos. Antes que su propia sangre (Leandra, su madre e Isabella, su hermana), está ella y su imperiosa necesidad de rearmar los trozos de su historia de vida. Tras vivir comparándose a Isabella, a quien odia por haber conocido el auténtico calor de un hogar, al lado de sus padres y siendo así feliz, llegará incluso a querer morir al lado de ese único hombre del que se obsesiona y a cuyo lado cree poder encontrar la realización.

Por momentos, siempre a lo largo de la trama, parece que vemos a una Clara que más que odiar a quienes le han mentido, se odia a sí misma, por no ser quien dice ser y por desear ser quien no es. Ambas hermanas fueron víctimas de la ironía del destino: cualquiera de las dos pudo haber sido la otra tras esa violenta separación que sufrieron cuando recién nacidas. De haberse criado juntas otra habría sido la historia que habrían contado. Hacia el último capítulo de la novela, Clara le abre su corazón a Isabella y le confiesa que alguna vez su fantasía fue ser la que se quedó en medio del calor de hogar que conoció Isabella, rodeada por la tranquila vida del campo.

Es por todo ello que yo pienso que la novela se habría tenido que llamar Claire Riveau, como hoy se intitula este post, pero como hay ciertos convencionalismos que respetar, jamás la novela habría podido tener tal nombre, no quedando otra alternativa que ponerle el nombre de la buena a la historia, aunque quienes somos amantes de las buenas historias de telenovela, sepamos que la Colchero consigue crear un complejo y magnífico personaje al darle vida a Claire Riveau, que de lejos es una figura psicológica y teatralmente más lograda que la simplona pero buena Isabella, mujer enamorada.

Para quienes no tuvieron oportunidad de ver Isabella, les alcanzo este link donde pueden encontrar íntegros los 140 capítulos que componen su trama.

domingo, 14 de febrero de 2010

No sé si es amor, ¡pero se le parece tanto!...

Pierre Auguste Cot (1837-1883).
Le printemps (1873).


El título de este post, un día como hoy, no puede sugerir otro tema para lo que a continuación se leerá que no sea hablar y comentar un poco la celebración que hoy festaja casi todo el mundo: el día del amor y de la amistad. Bueno, desde que tengo memoria, el 14 de febrero siempre fue exclusivamente una fecha para conmemorar el amor de pareja; ya posteriormente algunos pobres infelices -gente para nada afortunada en el amor- no queriendo quedarse atrás y ver como las dichosas parejas celebraban el día del amor, decidieron sumar a los actos celebratorios de este día la celebración de la amistad, y así ya no quedaban tan soslayados. ¡Vaya consuelo que nos quedó!

El amor, el amor, el amor... ¿De dónde surge? Quizá la canción aparentemente compuesta por el cantante mexicano Luis Miguel (1970) pueda decirnos algo:


Amor, amor, amor,
nació de ti, nació de mí, de la esperanza.
Amor, amor, amor,
nació de Dios para los dos, nació del alma.

No... Nos dice poco en verdad.
El amor es uno de los sentimientos más cantados por la música... Pero, ¿gracias a ella o a la literatura sabemos en verdad lo que es el amor? Para muchos de nosotros llegará el día en que tendremos que dejar de ver la luz del mundo, su bella luz, y probablemente nos seguiremos preguntando qué es el amor y si realmente hemos llegado a conocerlo en algún momento de nuestras vidas. Que se entienda que no hablo del amor paternal o filial o fraternal: hablo del amor romántico, el amor de las parejas... Ese tipo de amor, por ejemplo yo, aún no lo conozco.

El sustantivo amor no tiene razón de ser sin el verbo amar, que es su principal motor ontológico. Y amar, en palabras de Zygmunt Bauman (1925) en su obra La sociedad invididualizada...

... significa valorar al otro por su otredad, desear reforzarlo en su otredad, proteger esa otredad y hacer que florezca y prospere y estar dispuesto a sacrificar la propia comodidad de uno, incluyendo su misma existencia mortal, si es eso lo que hace falta para realizar esa intensión.

Y entonces, ¿ponemos en práctica esta acepción tan maravillosa de lo que es amar en nuestras propias vidas y en relación con nuestro ser amado? No, casi nunca lo hacemos... Lo intentamos hacer, pero nos resulta difícil, entre otras cosas, porque a la larga es, sobre todo para los espíritus individualistas, hacer una renuncia de sí, realizar una autopostergación que debe entenderse casi plena en favor de quien se ama, y ello no es nada, pero nada fácil.

Por ejemplo yo, hasta ahora no sé lo que es el amor romántico. Sí he sabido ilusionarme, ¿pero de ahí a decir que he amado?... No. Soy un alma siempre insatisfecha: no hay persona que pueda darme todo lo que quiero, todo lo que busco. Esas otras almas a las que he recurrido cuando me he pensado "enamorado" no me han podido colmar, y el problema no es tanto de ellas como mío. ¡Nunca nada me es suficiente, siempre quiero más! Las relaciones de pareja que he tenido (solamente 02 hasta hoy) no han sido otra cosa que un ritual veneratorio donde el ídolo de barro a ensalzar era yo. Mi siempre nocivo comportamiento me hizo perder amores que a la larga me habría podido hacer feliz, pero yo quería todavía mayores sacrificios que me probasen un amor incondicional. Buscaba un sacrificio similar al que se lee en el relato de Óscar Wilde (1854-1900), El ruiseñor y la rosa, y con ello daba prueba de una declarada enajenación psicológica.

Para no dejar de citar a Bauman, uno de mis pensadores favoritos, yo, lo que he vivido y conocido, ha sido una locura de amor:

... lo que uno desea quiere usarlo, gastarlo, despojarlo de la otredad, hacerlo posesión de uno o ingerirlo; convertirlo en parte de su cuerpo, en una extensión de sí mismo.

Ese es el único significado de amar y de amor que he conocido. Quizá tenga la imperiosa necesidad de brillar porque aún no he alcanzado todo el reconocimiento que me hace falta, puede ser. De ahí que se entienda mi requerimiento por acaparar el espacio que ocupo, de no pasar desapercibido, como sí buscaba hacerlo cuando era un niño tímido. He sabido hacer mía esa supuesta frase que el libertador Simón Bolívar (1783-1830) le dijera al también libertador José de San Martín (1778-1850) en el marco de ese famoso encuentro que los historiadores han convenido en llamar La entrevista de Guayaquil ocurrido el 26 de julio de 1822:

dos soles no pueden brillar en un mismo firmamento

No niego que se dibuja en mi rostro una leve sonrisa al tener que graficar mi ampuloso yo y su lugar en una relación de pareja con esta frase. Siento que no he nacido para estar a la sombra de nadie, mi espacio vital no es la oscuridad o la penumbra, esa oscuridad y esa penumbra a las cuales de pequeño les tenía muchísimo miedo, al punto de no poder quedarme solo ni siquiera en mi casa y menos de noche, debiendo para ellos contar en todo momento con un poco de luz; oscuridad y penumbra que incluso hoy me despiertan por las noches y me piden escrutarlas con mis ojos miopes carentes de sus anteojos con medida y reconocer en ellas el rastro de alguna forma ya no humana que dejó en el ambiente su indeleble marca de un paso acertado por este mundo. Pero, ¿por qué es que empecé a decir esto?

Finalmente, casi todas las personas confundimos amor con deseo, pero no con cualquier deseo. Según Aristófanes (444 a.C-385 a.C): el deseo de la totalidad y su búsqueda es llamado Amor. Pensamos, creemos que a través del amor alcanzaremos la máxima realización como humanos y como personas. La ortodoxia heteronormativa nos ha enseñado que el amor (sobre todo el que se tienen un hombre y una mujer) es por excelencia el amor mismo, supremo e insuperable que al ser experimentado nos acerca a la realización total. ¿Y cómo no iba a serlo? El hombre y la mujer que han constituído un hogar, una familia y con hijos merecen el respeto de sus congéneres y son apreciados coo sujetos merecedores de estima y respeto por excelencia. Ello se aprecia mejor en sociedades ridículamente conservadoras como la nuestra, con marcada intromisión de la iglesia y del Estado con sus grupos pro vida.

Y sí, sabemos muy bien que amar también es desear, como nos lo dice Sócrates (470 a.C-399 a.C):

... el que desea, desea lo que no está en su posesión y no está allí, lo que no tiene, lo que él mismo no es y lo que le falta.

Pero la pregunta es: ¿qué tan bien distinguimos el desear del amar? ¿Desear amar es amar? ¿Amar es una necesidad? ¿Hay interés en el amor?... Que estas simples preguntas les amenen la conversación a miles de parejitas en el mundo que hoy celebran el día del amor...
Veamos si al terminar de hablar, y tras dejar salir a flote aquellas cositas que "por amor" se callan tal amor sigue intacto y áureo, como el clarín de un ángel...

domingo, 7 de febrero de 2010

El valor de la amistad



Si un día te dan ganas de llorar
llámame...
No prometo hacerte reír
mas puedo llorar contigo.
Si un día resuelves huir
no dudes en llamarme...
No prometo pedir que te detengas
mas puedo huir contigo.

Si un día te dan unas ganas locas de no escuchar a nadie
llámame...
Prometo quedarme junto a ti
en silencio.

Pero...
si un día me llamas y no respondo
ven corriendo a mi encuentro...
Tal vez yo necesite de ti...


El poema que arriba se lee, según tengo entendido, es de la autoría del poeta español Vicente Aleixandre (1898-1984), uno de los tantos genios de la literatura española que la Madre Patria viera nacer en su seno y de los cuales, a la postre, habría de enorgullecerse. Perteneciente a la famosa Generación del 27, aquella que celebrara por aquel entonces (1927) los trescientos años de la muerte de otro grande de la siempre brillante literatura española: Luis de Góngora y Argote (1561-1627), en vida se hizo merecedor, entre otros galardones, del Premio Nacional de Literatura de su país, recibido en 1977, así como del más alto galardón que la Real Academia de Suecia pueda conceder en esta misma especialidad: El Premio Nóbel de Literatura.
Su pasión por la poesía nacería hacia el año 1917, al conocer y hacerse amigo de Dámaso Alonso, Ruben Darío, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, este último también galardonado con el Premio Nóbel de Literatura del año 1956, autor de aquel bello relato que intitulase Platero y yo, simplemente bello e inolvidable.
*
Si un día te dan ganas de llorar... es, según mi forma de ver, un logrado poema que le canta a la amistad y su capacidad de sacrificio por la persona a la que se le llama amigo, amiga. Amigo, palabra derivada del latín amicus, es probablemente una derivación de la palabra amore, amar. A la amistad la definimos como una relación establecida entre dos o más personas en la que media un vínculo de respeto y afecto, y generalmente suele ser una de las relaciones más frecuentes y, por qué no decir común, que solemos tener. En el mejor de los casos, una de nuestras relaciones más duraderas.
No todos nuestros amigos lo están presentes en todas los momentos de nuestra vida, ni a todos los querermos por igual. Cada uno de ellos hace su aparición de acuerdo a las circunstancias y el contexto que podamos vivir, y en base a las inquietudes comunes que con nuestro amigo o amiga podamos compartir, entre otras cosas siempre de índole personal e incluso íntima, la relación de amistad podrá alcanzar la trascendencia, perdurando por un número indefinido de años.

Por otra parte, no se puede hablar de amistad sin que por necesidad se hable también de confianza. A una persona a la que no podamos confiarle algunos de nuestros sentimientos más íntimos como nuestras alegrías y temores sabiendo que no podrá guardar celosamente cuanto le podamos decir no se le puede denominar amigo, amiga. Asimismo, amistad también implica hablar de reciprocidad, y creo yo que ése sea el punto cardinal del poema leído al inicio de este post.

Si un día te dan ganas de llorar... es un clamor lanzado a los vientos invocando la reciprocidad imperecedera que debe haber en una relación de amigos. Una de las parte (la que recita) da claras muestras, en todo momento, de ser un espíritu presto al sacrificio y la entrega sana de sí que se puede hacer en nombre de la amistad.
A lo largo de esta pequeña poesía se describe a la amistad como:
- Disponibilidad: Si un día te dan ganas de llorar llámame...
- Compañía y solidaridad: ... puedo llorar contigo.
- Complicidad: ... puedo huir contigo.
- Escucha y comprensión: Prometo quedarme junto a ti en silencio.
Sin embargo, así como se da, se espera recibir, y nuestra contraparte amiga no debería esperar jamás, luego de haber recibido tanto de nosotros, que tengamos que decírselo, aunque dependiendo de la situación, quizá ello puediera hacerse imperioso:
... si un día me llamas y no respondo
ven corriendo a mi encuentro...
Tal vez yo necesite de ti...
Que sirva este poema para repasar el valor de la amistad, y para que no tengamos que vernos en la triste situación de caer en la cuenta que, al contar con los dedos de la mano los amigos que tenemos, estos no sobren y amigos nos falten...

domingo, 31 de enero de 2010

Para que el clarín del verbo se mantenga áureo



Hace ya poco más de un año que vengo publicando con cierta regularidad post's de casi toda índole en mi blog, al que desde un inicio -y con mucha convicción- llamé El áureo clarín del verbo, y bueno, el primer post que escribí se dedicaba íntegramente a explicar porqué le había puesto ese nombre. En esta ocasión no redundaré en ello y más bien sí invito a que se revise el mismo:


Pues bien, ahora lo que quiero hacer es repasar un poco este primer año de constantes publicaciones y ver, entonces, qué tanto dije, qué no dije, y qué dije sin querer queriendo o queriendo sin querer... Esto último, sobre todo el género de cosas más revelador que haya podido decir en un año.
Esta vez seré breve. Sí, el año pasado empecé mi blog con la preclara intensión de querer orientarlo a ser un espacio erudito (o algo así) y poder contribuir en cierta medida a que otras personas ávidas de algunas lecturas productivas pudieran encontrar acá algunos textos y opiniones de interés, que a su vez pudieran contrastar con las suyas propias. Parece que lo conseguí: en los últimos meses -desde que instalé los contadores de visitantes al blog- he podido ver que este espacio es visualizado en distintas partes del mundo, que al menos alguien le ha echado un vistazo a mi blog desde algún país bastante bastante lejano para mí, y que quizá yo jamás conozca, pero ha pasado.

Eso me hace feliz, no lo puedo negar: saber que tantas horas que he pasado frente a la computadora descargando lo mucho o poco que sé, expresando mis emociones y sentimientos, ha servido en algo. La idea de que haya alguien -por ejemplo en Israel- que conozca el español y que con frecuencia entre a mi blog a leer algún artículo que le resulte interesante, lo confronte y lo comente con otras personas en verdad me satisface!
Ahora bien, con el tiempo mi blog empezó a convertirse en una especie de diario. En él, como ya referí líneas arriba, empecé a encontrar un refugio para mí mismo, para decir lo que quería decir, para maquillar algunos sentimientos que no debía ni podía declarar a los cuatro vientos; también para -con el poder de mis silencios- desplegar elocuentes frases comunicativas que éran y son un grito que desea ser oído, pero que por grito no puede soltarse así simplemente, ya que siempre es, o perturbador o incómodo, inapropiado. Entonces, qué mejor que dejar fluir mis silencios, esperando que alguien con la suficiente sensibilidad los hiciera suyos, los decodificara y comprendiera el mensaje que llevaban dentro.

Y sí, esas personas no faltaron, estuvieron siempre ahí haciéndome creer que no podían leerme entre líneas, pero no me dejaban seguir la marcha sin darme a entender que podía contar con ellos. Esa fue una de las cosas más gratificantes de haber podido iniciarme en la aventura de hacer un blog semana a semana, mes a mes, y hacerlo lo suficintemente atractivo como para que quienes lo revisaran quisieran hacerlo más de una vez. En El áureo clarín del verbo se me podía encontrar, se me puede encontrar...

Lo que de ahora en adelante me resta es poder seguir contando con la lucidez necesaria para seguir escribiendo cosas dignas de ser leídas, y no perder el compromiso personal de expresar por este medio cuanto sienta: mis alegrías, mis tristezas y mis esperanzas en que una vida plena y feliz -en este mundo- es posible.
En tanto siga haciendo uso de la palabra, del verbo y su magnífico poder de dinamizar las acciones del hombre, éste -con la práctica- se mantendrá áureo clarín, dorado y reluciente como un sol.