domingo, 28 de febrero de 2010

El deseo de Dios

Gian Lorenzo Bernini. El éxtasis de Santa Teresa
(vista parcial de la escultura)


Suspende el alma de suerte
que toda parecía estar fuera de sí.
Ama la voluntad,
la memoria me parece está casi perdida,
el entendimiento no discurre, a mi parecer,
mas no se pierde...
Acá no hay sentir,
sino gozar sin entender lo que se goza.
Entiéndase que se goza un bien
a donde junto se encierran todos los bienes,
mas no se comprende este bien.

La breve poesía que acabamos de leer se contiene en una obra de inmensa valía para la Iglesia Católica. En efecto, dicha obra se titula El libro de la vida, suerte de autobiografía escrita por Santa Teresa de Ávila (1515-1582), conocida también como Santa Teresa de Jesús. A lo largo de la citada obra podemos acercarnos a la experiencia mística que la santa experimentara en cuerpo y alma propios y que según los entendidos en la materia (teólogos sobre todo) la acercaran a Dios mismo. La experiencia mística, tal y como su nombre lo dice, es un encuentro con Dios caracterizado por visiones del mismo que producen un gozo indescriptible en la persona que la vive. Para que se entienda mejor de qué estamos hablando, escuchemos lo que allá por el siglo XVI otro santo famoso, San Juan de la Cruz (1542-1591), decía sobre la experiencia mística, describiéndola de esta manera:

El efecto que hacen en el alma estas visiones es quietud, iluminación y alegría a manera de gloria, suavidad, limpieza y amor, humildad e inclinación o elevación en el espíritu de Dios.

A través de la experiencia mística se realiza un pasaje lleno de ascetismo al mundo interior de uno, que es por excelencia un pequeña morada del Señor. Cuando se abandona ese estuche de carne y huesos que es el cuerpo, se deja atrás las cuestiones mundanas y se va al encuentro de un Dios que está presente en cada uno de los corazones de los hombres y mujeres, ello porque en cada uno de estos ha depositado parte de sí de modo tal que con haberlo hecho les permite la vida. Se ve el resplandor de la luz interna del alma que conecta con la divinidad. Cuando ello pasa y se es consciente o semiconsciente de que ocurre e interactuamos de modo más directo con Dios estamos, pues, siendo partícipes de una experiencia mística, la misma que no le es dada a cualquiera vivir de manera plena y luego poder contarla. Es más, Dios mismo quiere que quien pasa por una situación como ésta pueda narrarla a los demás, entre otras cosas, para mayor gloria suya y prueba de su existencia, y para que la misma pueda convertir más almas descarriadas que vagan por el mundo y las vuelva a consagrar su vida a la divinidad, asegurando de esa manera su salvación, que es a las finales el plan universal de Dios.

Ahora, y para hablar con mayor objetividad, la experiencia mística podría no ser más que un estado modificado de la conciencia que permite conocer, superando los siempre arbitrarios límites que la razón impone para pensar las cosas, perfilándose como la posibilidad de poder alcanzar el conocimiento de una vida que discurre más allá de tales límites. Esta forma de ver las cosas se opondría a aquella otra que considera que solamente estando despiertos tenemos plena conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor. Por siempre, a este estado despierto se le ha tenido como el estado de conciencia por excelencia en el que podemos estar plenamente seguros de lo que acontece en torno a nuestras vidas, pudiendo sólo así estar en la capacidad de dar cuenta del mismo.
Volviendo al caso de Santa Teresa de Jesús, que es el caso de todos los santos que han tenido la dicha de saber lo que es un encuentro con Dios a través de la experiencia mística, llama la atención, según nos lo refiere Antoine Vergote en Culpa y deseo. Dos ejes cristianos y la desviación patológica que incluso Dios mismo pueda convertirse en sujeto de deseo, que pueda ser deseable y que acceder a él, o que él acceda a nosotros pueda constituirse en una experiencia placentera y llena de plenitud que realiza. Mediante la experiencia mística se llega a desarrollar todo un dispositivo para liberar ese deseo y formularlo en verdad, realizarlo en amor y completar el goce de ese amor. La experiencia mística, entonces, por la fuerza de su ocurrencia, le daría la contra y arrojaría por los suelos todas aquellas afirmaciones que dicen que los hombres y mujeres santos no aman ni mucho menos desean. Así, como el Vergote lo propone, ¿por qué Dios no podría "penetrar" (las comillas son mías) la existencia con su luz, tanto o incluso más que cualquier otro ser deseable?

Si cada quién es libre de escoger su sujeto de deseo, ¿entonces por qué los santos, por su misma condición, no podrían escoger a Dios como aquella entidad que pudiera colmarlos con su existencia, y con ello acercarlos más a él? Si es Dios verdadero, bueno y bello, ¿qué mejor que ir a su encuentro, al encuentro de una entidad perfecta per sé a fin de que interactuando con él nos realice y colme con un poco de su excelsitud?

Creo que, tras reparar un poco en lo que significa la experiencia mística, debamos irnos con más cuidado a la hora de referirnos a los hombres y mujeres religiosos que abrazan la vida ascética por amor a Dios, y no expresarnos de ellos como simples beatones que han renunciado a cualquier posibilidad de goce a raíz de alguna mala experiencia personal que les generase un estado de culpa y -en su afán por remediarlo- hubiesen recurrido al Señor Todopoderoso para que intercediera por ellos. Quién sabe si al interior de esos tantos claustros, conventos y abadías que existen en el mundo, esas mismas personas no están probando uno de los goces más indescriptibles que pueda conocer persona alguna en vida, precisamente porque, en el andar de sus vidas, terminaron por identificar aquella entidad que les procura bien y los realiza, y que es ese Dios que día a día seguimos desacralizando, al grado de ya ni siquiera acordarnos que existe, y que quizá nos observa sin decir ni hacer nada... por el momento...

domingo, 21 de febrero de 2010

Claire Riveau



Isabella, mujer enamorada (1999) fue la tercera telenovela lanzada al aire por la desaparecida América Producciones. Historia de época ambientada en los años 20 del siglo pasado, se basó en la también telenovela argentina Manuela (1991) protagonizada en aquella ocasión por la actriz venezolana Grecia Colmenares, a su vez inspirada en la versión brasileña de título La sucesora (1978), encarnada en aquella oportunidad por la talentosa Susana Vieira.
Isabella, rodada en Perú y en algunos escenarios de Europa, fue protagonizada por la actriz mexicana Ana Colchero (1968) que dio vida a los personajes de Isabella Linares así como a la antagonista, Claire Riveau, la hermana gemela de la anterior en la trama.

La historia empieza en una hacienda algodonera, donde Leandra, una bella campesina, se ha enamorado de Andrés Linares, hijo de un próspero hombre de campo, que a su vez está casado con Rosario, mujer a la que no ama por ser estéril. Leandra y Andrés inician un romance, cuyo resultado será el embarazo de Leandra del que nacerán las gemelas Isabella y Clara. De esto sabrá Gertrudis de Linares, madre de Andrés, y no aceptando a Leandra por su condición de sirvienta, decide arrebatarle una de las niñas, de modo que ésta pueda ser criada por Rosario y así evitar el fracaso matrimonial de su hijo.
Leandra encontrará refugio en la mansión de Madame Riveau, a la que le entregará su hija con el objetivo de que la críe, le dé un nombre distinguido y educación, con el pacto de que años más tarde, cuando Clara creciera, se le revelaría la verdad de su origen.

Casi 20 años después, Clara regresa del extranjero alarmada por el estado de salud de su presunta madre, quien antes de morir le revela la verdad, cambiando para siempre la vida de Clara, que tras la muerte de Madame Riveau queda en la ruina total, consiguiendo salvarse de la misma gracias a su matrimonio con el millonario Fernando de Alvear. En su afán por retenerlo, y luego de enterarse de no poder concebir, trama junto a Leandra la supuesta esterilidad de Fernando, y desde ese momento madre e hija no hacen más que destruirlo emocionalmente.
Tiempo después, en Europa, Fernando conoce a Isabella, la gemela desconocida de Clara, de la cual se enamora, y tras un muy oportuno accidente de aviación en la que aparentemente Clara pierde la vida, Fernando la desposa, llevándola a vivir a su casa en medio de la admiración de todos al ver una mujer similar a la aparentemente difunta Claire Riveau.
Sin embargo, Clara no ha muerto. A dicho accidente sobrevive, pero severamente desfigurada, no pudiendo entonces regresar a la mansión y reclamar sus derechos como legítima esposa de Fernando. Entonces, consigue refugiarse en la buhardilla de la casa y desde allí maquina su plan de venganza contra Isabella, en la que no ve a una hermana sino a la que le quitó el lugar que siempre le correspondió. Su plan será enloquecerla apelando a su propio supuesto fantasma que no la deja en paz, pero que de tanto en tanto regresa para atormentarle la vida.

Para alcanzar su objetivo, Clara no escatimará ningún esfuerzo, llegando incluso a matar fríamente a cuanta persona se le interponga en el camino y después culpar de las muertes a su propia madre, Leandra, a la que siempre despreció por la verdad que desde un inicio le cayó y por la mentira de vida que le hizo vivir al lado de Madame Riveau.
Finalmente, y tras corregir su rostro desfigurado con una exitosa operación, Clara regresa a reclamar su lugar y fingiendo querer acercarse a su hermana Isabella, que llega a quedar embarazada. Fernando, creyéndose estéril, la desprecia y Clara ve por un momento retomado su sitio al lado de Fernando. Sin embargo, la verdad sobre el engaño de la esterilidad, así como la responsabilidad en las varias muertes ejecutadas por Clara salen a la luz, y ella, en un fallido afán por acabar con Isabella y Fernando intenta, a la una envenenarla sin éxito y con el otro morir en medio de un incendio. Pero es Leandra quien termina acabando con la vida de su propia hija, con la cual morirá rodeada por las llamas del incendio provocado por Clara.

*

Debo decir que Isabella fue una novela que, pese a las críticas que en su momento pudo recibir como producción, me cautivó bastante. Su repetición por Panamericana Televísión me permitió revivir aquellos capítulos que años atrás no pude llegar a ver en su total integridad, pudiendo solo ahora comprender una rica historia como la que la telenovela propone. A mi modo de ver, la novela se llama Isabella porque debe llevar el nombre de la buena y no el de la mala. Empero, Clara también vive un drama igual o más terrible y doloroso que el que pasa Isabella: Clara, de un día para otro, descubre que sus padres no son sus padres, y que el nombre que tiene no es suyo. Que la mujer a la que siempre vio como su sirvienta es su madre, que en un falso arrebato por querer darle una vida feliz la entrega a una mujer desconocida para que la críe en medio de lujos y refinamientos, y con ello suponer que será feliz. Siendo así, si Leandra quería la mayor felicidad para su hija, ¿por qué decide contarle la verdad? Con ello sólo ocasiona la desgracia existencial de la persona a la que ama o dice amar.

Clara no es mala por vocación. La novela arranca y poco a poco vemos cómo, tras los hechos dolorosos que empieza a vivir, va dejando de lado sus escrúpulos con tal de no perder nombre, glamour y riqueza. Pero por sobre todo, se aferra a Fernando -a quien no amaba desde un principio- obsesionándose con él y buscando retenerlo a su lado porque en él encuentra a la mayor de las personas que pueda rendirle idolatría. Así, Clara consigue suplir una ausencia de identidad con una presencia afectiva. A través del "amor" de Fernando ella espera volver a ser Claire Riveau.
Clara llega a hacerse una mujer fría y calculadora, cínica y sin cortapisas a la hora de proponerse alcanzar sus objetivos. Antes que su propia sangre (Leandra, su madre e Isabella, su hermana), está ella y su imperiosa necesidad de rearmar los trozos de su historia de vida. Tras vivir comparándose a Isabella, a quien odia por haber conocido el auténtico calor de un hogar, al lado de sus padres y siendo así feliz, llegará incluso a querer morir al lado de ese único hombre del que se obsesiona y a cuyo lado cree poder encontrar la realización.

Por momentos, siempre a lo largo de la trama, parece que vemos a una Clara que más que odiar a quienes le han mentido, se odia a sí misma, por no ser quien dice ser y por desear ser quien no es. Ambas hermanas fueron víctimas de la ironía del destino: cualquiera de las dos pudo haber sido la otra tras esa violenta separación que sufrieron cuando recién nacidas. De haberse criado juntas otra habría sido la historia que habrían contado. Hacia el último capítulo de la novela, Clara le abre su corazón a Isabella y le confiesa que alguna vez su fantasía fue ser la que se quedó en medio del calor de hogar que conoció Isabella, rodeada por la tranquila vida del campo.

Es por todo ello que yo pienso que la novela se habría tenido que llamar Claire Riveau, como hoy se intitula este post, pero como hay ciertos convencionalismos que respetar, jamás la novela habría podido tener tal nombre, no quedando otra alternativa que ponerle el nombre de la buena a la historia, aunque quienes somos amantes de las buenas historias de telenovela, sepamos que la Colchero consigue crear un complejo y magnífico personaje al darle vida a Claire Riveau, que de lejos es una figura psicológica y teatralmente más lograda que la simplona pero buena Isabella, mujer enamorada.

Para quienes no tuvieron oportunidad de ver Isabella, les alcanzo este link donde pueden encontrar íntegros los 140 capítulos que componen su trama.

domingo, 14 de febrero de 2010

No sé si es amor, ¡pero se le parece tanto!...

Pierre Auguste Cot (1837-1883).
Le printemps (1873).


El título de este post, un día como hoy, no puede sugerir otro tema para lo que a continuación se leerá que no sea hablar y comentar un poco la celebración que hoy festaja casi todo el mundo: el día del amor y de la amistad. Bueno, desde que tengo memoria, el 14 de febrero siempre fue exclusivamente una fecha para conmemorar el amor de pareja; ya posteriormente algunos pobres infelices -gente para nada afortunada en el amor- no queriendo quedarse atrás y ver como las dichosas parejas celebraban el día del amor, decidieron sumar a los actos celebratorios de este día la celebración de la amistad, y así ya no quedaban tan soslayados. ¡Vaya consuelo que nos quedó!

El amor, el amor, el amor... ¿De dónde surge? Quizá la canción aparentemente compuesta por el cantante mexicano Luis Miguel (1970) pueda decirnos algo:


Amor, amor, amor,
nació de ti, nació de mí, de la esperanza.
Amor, amor, amor,
nació de Dios para los dos, nació del alma.

No... Nos dice poco en verdad.
El amor es uno de los sentimientos más cantados por la música... Pero, ¿gracias a ella o a la literatura sabemos en verdad lo que es el amor? Para muchos de nosotros llegará el día en que tendremos que dejar de ver la luz del mundo, su bella luz, y probablemente nos seguiremos preguntando qué es el amor y si realmente hemos llegado a conocerlo en algún momento de nuestras vidas. Que se entienda que no hablo del amor paternal o filial o fraternal: hablo del amor romántico, el amor de las parejas... Ese tipo de amor, por ejemplo yo, aún no lo conozco.

El sustantivo amor no tiene razón de ser sin el verbo amar, que es su principal motor ontológico. Y amar, en palabras de Zygmunt Bauman (1925) en su obra La sociedad invididualizada...

... significa valorar al otro por su otredad, desear reforzarlo en su otredad, proteger esa otredad y hacer que florezca y prospere y estar dispuesto a sacrificar la propia comodidad de uno, incluyendo su misma existencia mortal, si es eso lo que hace falta para realizar esa intensión.

Y entonces, ¿ponemos en práctica esta acepción tan maravillosa de lo que es amar en nuestras propias vidas y en relación con nuestro ser amado? No, casi nunca lo hacemos... Lo intentamos hacer, pero nos resulta difícil, entre otras cosas, porque a la larga es, sobre todo para los espíritus individualistas, hacer una renuncia de sí, realizar una autopostergación que debe entenderse casi plena en favor de quien se ama, y ello no es nada, pero nada fácil.

Por ejemplo yo, hasta ahora no sé lo que es el amor romántico. Sí he sabido ilusionarme, ¿pero de ahí a decir que he amado?... No. Soy un alma siempre insatisfecha: no hay persona que pueda darme todo lo que quiero, todo lo que busco. Esas otras almas a las que he recurrido cuando me he pensado "enamorado" no me han podido colmar, y el problema no es tanto de ellas como mío. ¡Nunca nada me es suficiente, siempre quiero más! Las relaciones de pareja que he tenido (solamente 02 hasta hoy) no han sido otra cosa que un ritual veneratorio donde el ídolo de barro a ensalzar era yo. Mi siempre nocivo comportamiento me hizo perder amores que a la larga me habría podido hacer feliz, pero yo quería todavía mayores sacrificios que me probasen un amor incondicional. Buscaba un sacrificio similar al que se lee en el relato de Óscar Wilde (1854-1900), El ruiseñor y la rosa, y con ello daba prueba de una declarada enajenación psicológica.

Para no dejar de citar a Bauman, uno de mis pensadores favoritos, yo, lo que he vivido y conocido, ha sido una locura de amor:

... lo que uno desea quiere usarlo, gastarlo, despojarlo de la otredad, hacerlo posesión de uno o ingerirlo; convertirlo en parte de su cuerpo, en una extensión de sí mismo.

Ese es el único significado de amar y de amor que he conocido. Quizá tenga la imperiosa necesidad de brillar porque aún no he alcanzado todo el reconocimiento que me hace falta, puede ser. De ahí que se entienda mi requerimiento por acaparar el espacio que ocupo, de no pasar desapercibido, como sí buscaba hacerlo cuando era un niño tímido. He sabido hacer mía esa supuesta frase que el libertador Simón Bolívar (1783-1830) le dijera al también libertador José de San Martín (1778-1850) en el marco de ese famoso encuentro que los historiadores han convenido en llamar La entrevista de Guayaquil ocurrido el 26 de julio de 1822:

dos soles no pueden brillar en un mismo firmamento

No niego que se dibuja en mi rostro una leve sonrisa al tener que graficar mi ampuloso yo y su lugar en una relación de pareja con esta frase. Siento que no he nacido para estar a la sombra de nadie, mi espacio vital no es la oscuridad o la penumbra, esa oscuridad y esa penumbra a las cuales de pequeño les tenía muchísimo miedo, al punto de no poder quedarme solo ni siquiera en mi casa y menos de noche, debiendo para ellos contar en todo momento con un poco de luz; oscuridad y penumbra que incluso hoy me despiertan por las noches y me piden escrutarlas con mis ojos miopes carentes de sus anteojos con medida y reconocer en ellas el rastro de alguna forma ya no humana que dejó en el ambiente su indeleble marca de un paso acertado por este mundo. Pero, ¿por qué es que empecé a decir esto?

Finalmente, casi todas las personas confundimos amor con deseo, pero no con cualquier deseo. Según Aristófanes (444 a.C-385 a.C): el deseo de la totalidad y su búsqueda es llamado Amor. Pensamos, creemos que a través del amor alcanzaremos la máxima realización como humanos y como personas. La ortodoxia heteronormativa nos ha enseñado que el amor (sobre todo el que se tienen un hombre y una mujer) es por excelencia el amor mismo, supremo e insuperable que al ser experimentado nos acerca a la realización total. ¿Y cómo no iba a serlo? El hombre y la mujer que han constituído un hogar, una familia y con hijos merecen el respeto de sus congéneres y son apreciados coo sujetos merecedores de estima y respeto por excelencia. Ello se aprecia mejor en sociedades ridículamente conservadoras como la nuestra, con marcada intromisión de la iglesia y del Estado con sus grupos pro vida.

Y sí, sabemos muy bien que amar también es desear, como nos lo dice Sócrates (470 a.C-399 a.C):

... el que desea, desea lo que no está en su posesión y no está allí, lo que no tiene, lo que él mismo no es y lo que le falta.

Pero la pregunta es: ¿qué tan bien distinguimos el desear del amar? ¿Desear amar es amar? ¿Amar es una necesidad? ¿Hay interés en el amor?... Que estas simples preguntas les amenen la conversación a miles de parejitas en el mundo que hoy celebran el día del amor...
Veamos si al terminar de hablar, y tras dejar salir a flote aquellas cositas que "por amor" se callan tal amor sigue intacto y áureo, como el clarín de un ángel...

domingo, 7 de febrero de 2010

El valor de la amistad



Si un día te dan ganas de llorar
llámame...
No prometo hacerte reír
mas puedo llorar contigo.
Si un día resuelves huir
no dudes en llamarme...
No prometo pedir que te detengas
mas puedo huir contigo.

Si un día te dan unas ganas locas de no escuchar a nadie
llámame...
Prometo quedarme junto a ti
en silencio.

Pero...
si un día me llamas y no respondo
ven corriendo a mi encuentro...
Tal vez yo necesite de ti...


El poema que arriba se lee, según tengo entendido, es de la autoría del poeta español Vicente Aleixandre (1898-1984), uno de los tantos genios de la literatura española que la Madre Patria viera nacer en su seno y de los cuales, a la postre, habría de enorgullecerse. Perteneciente a la famosa Generación del 27, aquella que celebrara por aquel entonces (1927) los trescientos años de la muerte de otro grande de la siempre brillante literatura española: Luis de Góngora y Argote (1561-1627), en vida se hizo merecedor, entre otros galardones, del Premio Nacional de Literatura de su país, recibido en 1977, así como del más alto galardón que la Real Academia de Suecia pueda conceder en esta misma especialidad: El Premio Nóbel de Literatura.
Su pasión por la poesía nacería hacia el año 1917, al conocer y hacerse amigo de Dámaso Alonso, Ruben Darío, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, este último también galardonado con el Premio Nóbel de Literatura del año 1956, autor de aquel bello relato que intitulase Platero y yo, simplemente bello e inolvidable.
*
Si un día te dan ganas de llorar... es, según mi forma de ver, un logrado poema que le canta a la amistad y su capacidad de sacrificio por la persona a la que se le llama amigo, amiga. Amigo, palabra derivada del latín amicus, es probablemente una derivación de la palabra amore, amar. A la amistad la definimos como una relación establecida entre dos o más personas en la que media un vínculo de respeto y afecto, y generalmente suele ser una de las relaciones más frecuentes y, por qué no decir común, que solemos tener. En el mejor de los casos, una de nuestras relaciones más duraderas.
No todos nuestros amigos lo están presentes en todas los momentos de nuestra vida, ni a todos los querermos por igual. Cada uno de ellos hace su aparición de acuerdo a las circunstancias y el contexto que podamos vivir, y en base a las inquietudes comunes que con nuestro amigo o amiga podamos compartir, entre otras cosas siempre de índole personal e incluso íntima, la relación de amistad podrá alcanzar la trascendencia, perdurando por un número indefinido de años.

Por otra parte, no se puede hablar de amistad sin que por necesidad se hable también de confianza. A una persona a la que no podamos confiarle algunos de nuestros sentimientos más íntimos como nuestras alegrías y temores sabiendo que no podrá guardar celosamente cuanto le podamos decir no se le puede denominar amigo, amiga. Asimismo, amistad también implica hablar de reciprocidad, y creo yo que ése sea el punto cardinal del poema leído al inicio de este post.

Si un día te dan ganas de llorar... es un clamor lanzado a los vientos invocando la reciprocidad imperecedera que debe haber en una relación de amigos. Una de las parte (la que recita) da claras muestras, en todo momento, de ser un espíritu presto al sacrificio y la entrega sana de sí que se puede hacer en nombre de la amistad.
A lo largo de esta pequeña poesía se describe a la amistad como:
- Disponibilidad: Si un día te dan ganas de llorar llámame...
- Compañía y solidaridad: ... puedo llorar contigo.
- Complicidad: ... puedo huir contigo.
- Escucha y comprensión: Prometo quedarme junto a ti en silencio.
Sin embargo, así como se da, se espera recibir, y nuestra contraparte amiga no debería esperar jamás, luego de haber recibido tanto de nosotros, que tengamos que decírselo, aunque dependiendo de la situación, quizá ello puediera hacerse imperioso:
... si un día me llamas y no respondo
ven corriendo a mi encuentro...
Tal vez yo necesite de ti...
Que sirva este poema para repasar el valor de la amistad, y para que no tengamos que vernos en la triste situación de caer en la cuenta que, al contar con los dedos de la mano los amigos que tenemos, estos no sobren y amigos nos falten...

domingo, 31 de enero de 2010

Para que el clarín del verbo se mantenga áureo



Hace ya poco más de un año que vengo publicando con cierta regularidad post's de casi toda índole en mi blog, al que desde un inicio -y con mucha convicción- llamé El áureo clarín del verbo, y bueno, el primer post que escribí se dedicaba íntegramente a explicar porqué le había puesto ese nombre. En esta ocasión no redundaré en ello y más bien sí invito a que se revise el mismo:


Pues bien, ahora lo que quiero hacer es repasar un poco este primer año de constantes publicaciones y ver, entonces, qué tanto dije, qué no dije, y qué dije sin querer queriendo o queriendo sin querer... Esto último, sobre todo el género de cosas más revelador que haya podido decir en un año.
Esta vez seré breve. Sí, el año pasado empecé mi blog con la preclara intensión de querer orientarlo a ser un espacio erudito (o algo así) y poder contribuir en cierta medida a que otras personas ávidas de algunas lecturas productivas pudieran encontrar acá algunos textos y opiniones de interés, que a su vez pudieran contrastar con las suyas propias. Parece que lo conseguí: en los últimos meses -desde que instalé los contadores de visitantes al blog- he podido ver que este espacio es visualizado en distintas partes del mundo, que al menos alguien le ha echado un vistazo a mi blog desde algún país bastante bastante lejano para mí, y que quizá yo jamás conozca, pero ha pasado.

Eso me hace feliz, no lo puedo negar: saber que tantas horas que he pasado frente a la computadora descargando lo mucho o poco que sé, expresando mis emociones y sentimientos, ha servido en algo. La idea de que haya alguien -por ejemplo en Israel- que conozca el español y que con frecuencia entre a mi blog a leer algún artículo que le resulte interesante, lo confronte y lo comente con otras personas en verdad me satisface!
Ahora bien, con el tiempo mi blog empezó a convertirse en una especie de diario. En él, como ya referí líneas arriba, empecé a encontrar un refugio para mí mismo, para decir lo que quería decir, para maquillar algunos sentimientos que no debía ni podía declarar a los cuatro vientos; también para -con el poder de mis silencios- desplegar elocuentes frases comunicativas que éran y son un grito que desea ser oído, pero que por grito no puede soltarse así simplemente, ya que siempre es, o perturbador o incómodo, inapropiado. Entonces, qué mejor que dejar fluir mis silencios, esperando que alguien con la suficiente sensibilidad los hiciera suyos, los decodificara y comprendiera el mensaje que llevaban dentro.

Y sí, esas personas no faltaron, estuvieron siempre ahí haciéndome creer que no podían leerme entre líneas, pero no me dejaban seguir la marcha sin darme a entender que podía contar con ellos. Esa fue una de las cosas más gratificantes de haber podido iniciarme en la aventura de hacer un blog semana a semana, mes a mes, y hacerlo lo suficintemente atractivo como para que quienes lo revisaran quisieran hacerlo más de una vez. En El áureo clarín del verbo se me podía encontrar, se me puede encontrar...

Lo que de ahora en adelante me resta es poder seguir contando con la lucidez necesaria para seguir escribiendo cosas dignas de ser leídas, y no perder el compromiso personal de expresar por este medio cuanto sienta: mis alegrías, mis tristezas y mis esperanzas en que una vida plena y feliz -en este mundo- es posible.
En tanto siga haciendo uso de la palabra, del verbo y su magnífico poder de dinamizar las acciones del hombre, éste -con la práctica- se mantendrá áureo clarín, dorado y reluciente como un sol.

lunes, 25 de enero de 2010

La rosa roja... ¿y bella?




A continuación comparto un video que fuera grabado por mi buen amigo Christian Ruiz el pasado sábado 16 de enero por la noche, en el que recordaba junto a él y otros tres amigos más algo que yo les había referido anteriormente.

Christian intitula el video ¿La rosa que es roja es bella o la rosa que es bella es roja?, y sí, en efecto, en esta breve intervención lo que intento -y no con poco de afán por propiciar la chanza- es poder darnos cuenta de cuán objetivas pueden ser algunas de nuestras apreciaciones sobre las cosas, y en general, sobre las personas y el mundo que nos rodea.

Así, en esta ocasión lo que quiero hacer ver es que, tomando como ejemplo a la rosa, si de ella decimos que es roja, y en efecto lo es -aunque muy a parte nos parezca bella, estamos siendo objetivos. Pero, si de la rosa decimos que es bella -muy a parte del hecho comprobado de que pueda ser roja- entonces ya no somos lo suficientemente objetivos a la hora de emitir nuestra apreciación sobre la misma.

A las finales lo que quiero hacer es establecer la diferencia entre un juicio de ser y un juicio de valor. Decir que la rosa bella es roja sería, pues, un juicio de ser, no interesando si nos parece bella o no, porque finalmente reconocemos que es roja. Reconocemos su cualidad de ser.

Sin embargo, decir que la rosa roja es bella es fijar la cualidad de valor de la misma, ya que -no obstante se sepa que la rosa es roja- decir que es bella ya atañe darle un valor subjetivo a la misma.

La cualidad de una rosa de ser roja es algo que todos los humanos pueden reconocer (a menos que se sea ciego o daltónico). Pero la cualidad de una rosa de ser bella ya no es una característica que todos por igual podamos validar. Ésta es netamente una declaración de subjetividad, de cómo mi yo lee, asimila e interpreta un hecho.


Por último, y valgan verdades, aquí hay mucho de juego de palabras, que combinadas de una manera específica alcanzan un efecto realizador (crean una realidad) muy interesante. No olvidemos que hacemos y deshacemos con palabras. Sirva, pues, este breve post para recordar su poder.


domingo, 24 de enero de 2010

La condición hacia el perjuicio



¿Qué debemos entender por condición hacia el perjuicio después de todo lo hasta ahora tratado respecto de la ópera Rigoletto de Verdi? ¿Verdaderamente quiénes terminan perjudicados tras los penosos acontecimientos sucedidos a lo largo de la acción desenvuelta? ¿Quiénes, por determinada constitución de su subjetividad sufren el perjuicio directo e irremediable de sus propios actos o de otros derivados de los demás personajes que inundan la ópera que aquí analizamos?
En efecto, tanto Gilda como Rigoletto son los mayores perjudicados en esta historia, y ello debido a que, como Gilda, se exponen demasiado, muestran excesivamente sus debilidades, sus emociones más íntimas y puras, sus ilusiones y el deseo vivo de amar, sentimiento que siempre genera dependencia a algo, o a alguien (a la vida, a un ser que se ama), o que como Rigoletto, esconden los tramados más profundos de su ser, esas emociones y sentimientos que bien pueden ser considerados puros y bellos, para armarse de una coraza que custodie los mismos y que los haga lo menos visible posible, adoptando otro repertorio, otro registro individual en la esfera social y que calce con el escenario, con sus características y peculiaridades.

Rigoletto, el personaje psicológicamente más complejo que transita por la ópera verdiana, ello por la particularidad de su comportamiento, actúa de dos maneras totalmente diversas, antes ya mencionadas, un doble registro conductual y actitudinal que aplica en contextos igualmente diferentes. Por ejemplo, el primero se despliega en su total plenitud cuando se reconoce un ser corrosivo y áspero, que aplasta dignidades con sus diatribas extremas, o cuando se compara con el matón a sueldo Sparafucile, encontrando total similitud entre ambos, solamente que cada uno tiene diferentes maneras de zaherir y causar perjuicio. Así lo declara el mismo Rigoletto en el aria Pari siamo:

Pari siamo:
Io ho la lingua, egli ha il pugnale.
L’uom son io che ride
Ei quel che spegne.
Quel vecchio maledivami…

O uomini! O natura!
Vil scellerato mi faceste voi.
O rabbia, esser diforme
Non dover, non poter altro che ridere
Il retaggio d’ogni uom m’è tolto.
Il pianto...

Questo padrone mio
Giovin, giocondo, sì possente, bello
Sonnecchiando mi dice:
Fa’ ch’io rida, buffone.
Forzarmi degg’io e farlo.
Oh, dannazione!

Odio a voi, cortigiani schernitori
Quanto in mordervi ho gioia!
Se iniquo son, per cagion vostra è solo
Ma in altr’uomo qui mi cangio.
Quel vecchio maledivami...
Tal pensiero...

Perché conturba ognor la mente mia?
Mi coglierà sventura?
Ah, no, é follia.


La traducción de esta intervención del bufón es: Somos iguales, yo tengo la lengua y él tiene el puñal. Yo soy el hombre que ríe, pero él paga las vidas... Ese viejo me maldijo... Los hombres, la naturaleza... Han hecho de mí un hombre vil... Ser deforme, qué suplicio, no poder hacer otra cosa que reír (...) Los odio cortesanos malditos, pero cuánto gusto me da ser yo quien los humille. Si soy un ser ruin solamente es por vuestra culpa (...).
Rigoletto, pues, no se sabe mejor que nadie. Él ataca con la lengua, ofende con la palabra. En cambio Sparafucile lo hace con el arma, con el puñal. Asimismo, medita sobre su triste condición de simple bufón. Hace reír a los demás, pero el no ríe. Al contrario lamenta ser quien es, hacer lo que hace. Es por ello que recuerda la maldición que el conde Monterone le lanzara durante la fiesta del duque en su palacio por haber ofendido a su hija. Rigoletto también se sabe padre, y sabe cuán terrible es que una hija sea deshonrada, por eso teme por la suya, por Gilda. Sin embargo, Rigoletto en todo momento culpa a los demás por ser quien es, un bufón sórdido y de palabras despiadadas. Quizá esta actitud se entienda si se atiende a su condición de bufón y deforme: está acomplejado por su fealdad, instrumento principal con el cual hace reír. La gente se ríe más de sus defectos que de las bromas que como bufón de la corte pueda hacer, por lo que para vengarse atina a ofender, a atacar morales y dignidades como modo de resarcirse por tanta impiedad ante quien sufre menoscabo físico. Siente impotencia comprensible, y rabia por solamente estar destinado a hacer reír a los demás mientras él sufre su condición.

Pero simultáneamente envidia con todo su corazón a su amo, al duque de Mantua, joven, alegre, poderoso y bello, cualidades que en un hombre lo hacen excelente partido, todas ellas, cosas que Rigoletto jamás ha tenido ni tendrá. Por tanto, define su Yo desde el reconocimiento del OTRO que no es, que no puede ser, y que le domina, al cual está sometido irremediablemente en tanto quiera sobrevivir. El duque constriñe a Rigoletto a hacerlo reír, y éste forzado acata, pero le guarda resentimiento, porque no contempla siquiera su desgracia. Le pide hacerlo reír pero no repara en que su alma no se haya en ánimo ni en capacidad de hacerlo. Rigoletto guarda mucho odio en su ser, como se puede ver: odio hacia el duque, hacia los cortesanos, que si de inicuo lo tachan, es íntegramente por culpa de ellos, mas al llegar a su casa, con su hija, deviene en otro hombre, en ese padre amoroso y motivado a vivir un día más tan solo por su hija Gilda.
Empero, al llegar a casa y volver a ver a su hija, deviene en otro hombre, en ese padre amoroso y motivado a vivir un día más sólo por su hija Gilda:

Rigoletto: Figlia!
Gilda: Mio padre!
Rigoletto: A te d'appresso, trova sol gioia il core oppresso.
Gilda: O quanto amore, padre mio!
Rigoletto: Mia vita sei tu! Senza te in terra qual bene avrei? O figlia mia!

La traducción de este diálogo es:

Rigoletto: Hija!
Gilda: Padre mío!
Rigoletto: Solamente a tu lado mi corazón oprimido encuentra júbilo.
Gilda: Cuánto amor, padre mío!
Rigoletto: Eres mi vida! si a mi lado no te tuviese qué bien tendría sobre la tierra, hija mía!


La apacible tranquilidad de la casa de Rigoletto, habitada la mayor parte del día por Gilda, se configura en el propicio escenario de liberación que sólo allí su espíritu indefectiblemente puede alcanzar. Rigoletto no es únicamente ese bufón deforme y malo sobre el que cae el peso de la supuesta maldición del conde Monterone. En él vemos un ser humano con amplitud de registro conductual y actitudinal que deja sentir con mayor fuerza parte de esa gama: específicos sentimientos en ella contenidos precisamente porque los mismos son estimulados por el ambiente que le exige a la persona, en su interactuar con los demás, determinados mecanismos de expresión y acción que se cincelan de acuerdo a la frecuencia con la cual ocurren determinados eventos.

Rigoletto está lejano a sentir piedad por sí mismo ni a autorreivindicarse como persona, como ser humano. Vive temiendo el perjuicio que su condición pueda acarrearle. Por ello es que custodia a su hija Gilda día y noche, sin saber que negándole la experiencia de mundo que a él le sobra pone en manos del hombre libre (el duque) el arma precisa para seducirla. Deviene en el dispensador de los elementos que hacen posible su propia tragedia y la de su hija.

Poco antes de finalizar el primer acto, y viéndose nuevamente obligado a partir, Rigoletto le pide a Giovanna, la tutora de Gilda, lo siguiente:

Veglia, o donna, questo fiore
che a te puro confidai.
Veglia attenta e non sia mai
che s'offuschi il suo candor.
Tu dei venti dal furore
ch'altri fiori hanno piegato
lo difendi e inmacolato
lo ridona al genitor.


Rigoletto no le encomienda a Giovanna cualquier cosa. El tono firme de sus palabras en efecto son las de un padre diligente que concede a una persona de su confianza la custodia de una joya que tiene vida: su hija Gilda: Vigila, mujer, esta flor que pura te confío. Vigila atenta para que jamás cese su candor. Defiéndela de los vientos feroces que ya antes otras flores han dañado. Defiéndela e inmaculada retórnasela a su progenitor.
Pese a que somos testigos de este conmovedor momento, son más los momentos durante la ópera en que Rigoletto muestra su lado negativo. Sus sentimientos son confusos, como cuando, después del rapto de Gilda, corre al palacio del duque a encontrarla y se deja engañar por la escena que le construyen los cortesanos secuaces de Monterone, de que el duque fue quien la rapto y la deshonró. Rigoletto no duda pues conoce a la perfección a su amo, y con el rencor que ya le tenía, se dispone a tramar su venganza, pero a la vez se siente abatido por la suerte que ha corrido su hija. Esto se ilustra claramente en su aria Cortigliani, vil razza dannata:

Cortigliani, vil razza dannata
Per quel prezzo vendesti il mio bene?
A voi nulla per l’oro sconviene
Ma mia figlia è impagabil tesor.
La rendete o, se pur disarmata
Questa man per voi fora cruenta
Nulla in terra più l’uomo paventa
Se dei figli difende l’onor.


Rigoletto acusa, amenaza y pide perdón en medio de su confusión: Cortesanos, raza maldita, habéis vendido mi único bien por unas cuantas monedas cuando mi hija es un tesoro invaluable. Entregádmela o si no mi mano dura podría ser con ustedes. El mayor espanto para un hombre en esta vida es la ofensa al honor de un hijo que se quiere.

Siendo así, Rigoletto canaliza sus fuerzas en su venganza, y sin escuchar las súplicas de su hija que le pide se detenga a reflexionar bien las cosas y a no dejarse engañar por las apariencias, a que comprenda su amor por el duque. Está decidido y nada lo puede hacer cambiar de parecer: se vengará. Tal determinación la reconocemos cuando canta el Sì, vendetta:

Sì, vendetta,
Tremenda vendetta
Di quest’anima è solo desio.
Di punirti già l’ora s’affretta
Che fatale per te tornerà
Come fulmin scagliato da Dio
Il buffone te colpire saprà.


Su odio está dirigido hacia el duque, del cual arde en ansias de vengarse: Venganza, sí, venganza, es el deseo de mi alma que desea castigarte. Es la ora de que la ira de Dios sobre ti caiga, y en este bufón su instrumento tendrá.

El final será terrible. La venganza, sentimiento que enceguece a Rigoletto, le llevará por un sendero aciago, hasta darle como resultado la pérdida irremediable del único ser que le quedaba, su hija Gilda. Las palabras finales de Rigoletto y con las cuales se cierra la ópera nos remiten elocuentemente al momento preciso en que toda esta tragedia se inició, cuando Monterone maldijo al bufón por no medir sus palabras: Sii maledetto! (maldito seas), y Rigoletto ya no pudo vivir nunca más tranquilo, recordando que Quel vecchio maledivami (que aquel viejo lo había maldecido) para que llegada la hora del desenlace, donde finalmente comprendiera la ruta que habían tomado los hechos y lo que verdaderamente había sucedido, sólo atinara a decir, con resignación extrema, y reconociéndose merecedor de aquel destino cruel, aquellas palabras que de solo ser oídas estremecen a cualquiera que se detenga en ese preciso momento a meditar si con su conducta pudiera estar perjudicando a alguien más, generando el temor natural de que hay una justicia que supera a la de los hombres y de que cuando castiga, castiga sin clemencia: Ah, la maledizione!