sábado, 1 de agosto de 2009

En ti cautivo




El pintor español Diego de Velásquez (1599-1660) consiguió un lugar notable entre los más exquisitos artisitas de la pintura universal con uno de sus cuadros más bellos y cautivantes, cualidades que hicieron del mismo una de las obras de arte más famosas que en este sentido se haya conocido jamás. Me estoy refiriendo a la célebremente conocida Las meninas, cuyo nombre verdadero es La familia de Felipe IV, que concluyera hacia el año 1656, precisamente cuatro años antes de morir, y que hoy en día se expone en el no menos famoso Museo del Prado de Madrid.


La discusión de la más articulada crítica que se ha generado en torno al cuadro ha tenido como uno de sus temas de debate principales el llegar a un acuerdo sobre quién es el personaje principal de la obra. Apreciando la misma reconocemos al centro de la pintura a la infanta Margarita de Austria (1651-1673), hija de los reyes Felipe IV de España y de doña Mariana de Austria, y que apenas viviera unos escasos 22 años antes de morir tras su cuarta parición.


Por otra parte, otro de los aspectos que más cautivan tanto a la crítica especializada como a los espectadores atentos es la manera en que Velásquez trata la composición del espacio y la perspectiva de la luz para dar volumen al espectáculo que contiene Las meninas, que según la lectura de interpretación que generalmente se le da, presenta a Velásquez disponiéndose a pintar a la infanta, que a su vez es asistida por un pequeño séquito de meninas y otros amos y amas.


Pero el motivo del post que ahora escribo es comentar y hacer extensivo el análisis de la pintura que el pensador francés Michel Foucault (1926-1984) hace de aquélla de entrada a su libro Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas (1966). Su particular y des-cubridora lectura -que a mi parecer es una lectura política del arte, y de este cuadro en específico- me dejó perplejo, como solamente otros escritores como Weber, Bourdieu o Adam Schaff lo hicieran alguna vez.


Sin mayor preámbulo y luego de esta breve introducción a Las meninas de Velásquez empecemos a ver cómo el atento espectador Foucault ve el cuadro del pintor español.




Foucault reconoce a los primeros participantes en el despliegue del volúmen de la pintura: el mismo Velásquez (que se autorretrata), el modelo que está por pintar/pinta y el mismo espectador. Los dos últimos que anota son todavía más interesantes de abordar: el modelo y el espectador. Pero detengámonos por un momento a pensar quién es el modelo del cuadro que pinta Velásquez. ¿Es acaso la infanta Margarita de Austria? A simple vista parece que sí, pero Velásquez no la mira a ella, así como tampoco la infanta se haya en posición de posar para éste. Es más, ella también mira de frente, en la misma dirección que ve Velásquez: se trata de un punto en el vacío que coincidentemente viene a dar con nosotros, conmigo, contigo... Con el espectador! O sea, ¿Velásquez nos está pintando? ¿Pero cómo saberlo si el espectáculo que contempla nos es invisible? Y lo es dos veces, ¿por qué?


Porque lo que sus ojos ven -que se replica en el lienzo que está de espaldas y que sólo es visto por él- se ha empezado a reproducir o se está empezando a reproducir sin que nosotros tengamos acceso a él, y porque lo que ve, el modelo, se ubica en un punto ciego que el espectador tampoco puede ver y que coincide detallosamente con nosotros, con nuestro cuerpo, con nuestro rostro y ojos. Es como si por un momento hubiésemos usurpado el lugar del modelo. Así, estamos ligados a la representación del cuadro; en él estamos cautivos.


Otro aspecto interesante es que la mirada del pintor acepta tantos modelos cuanto espectadores surjan, en un interminable cambio de lugar al que participamos tanto nosotros, espectadores, como el modelo mismo. No conseguimos materializarnos ni establecernos del todo en tanto que el lienzo del cuadro se haya de espaldas hacia nosotros, como ya se había anotado líneas arriba. Surge una gran incógnita: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos?... Y... ¿vemos o nos ven? Somos un lugar que no cesa de cambiar en contenido, forma, rostro e identidad. Hemos sido obligados a entrar en el cuadro desde el momento que nos hemos colocado en el campo de visión de Velásquez, que de esta manera nos asigna un lugar privilegiado y obligatorio en la participación de esta pequeña puesta en escena.


Sin embargo, no somos tan invisibles como pensamos (curioso porque parece que somos tan invisibles que ni nosotros mismos nos vemos) puesto que el pintor y otros personajes del cuadro nos contemplan, y conseguimos aterrizar en la materialidad desde que el pintor ya ha empezado a trazar nuestros primeros rasgos en ese lienzo que no se nos es dado ver, en el marco de esa invasión lumínica que entra por una de las ventanas, a derecha de la escena.


El reconocimiento detallado de aquélla nos va llevando poco a poco a detectar que estamos en una amplia habitación de algún palacio real, ricamente implementado, con grandes ventanas y más o menos tachonada de suntuosos cuadros. Sin embargo, hay uno hacia el fondo de la pieza que brilla desde su interior por peculiaridad propia: es un espejo. Un espejo en el que se están reflejando dos personas: los reyes Felipe IV y su esposa Mariana de Austria. Empero, es un espejo al que nadie presta atención y que momentáneamente ha sido olvidado, incluso por el pintor mismo que no lo atiende. Es un espejo exento de cualquier mirada que quiera apoderarse de él y que refleja algo visible, por supuesto, pero que no se ve, o por lo menos que no llega a ver el espectador que somos todos nosotros. Este espejo está haciendo resplandecer las figuras que entonces miran tanto el pintor como los otros personajes de la tela.


Así, no es un simple espejo ya que saca doblemente de su invisivilidad a aquello que no veíamos: las figuras que ve el pintor y las figuras que ven al pintor, desactualizadas por algunos instantes y que son restituídas en el otro extremo del cuadro, hacia el fondo precisamente.


Y si ahora se trazara una línea entre el reflejo y aquello que se refleja, la misma cortaría el haz de luz en foma perpendicular y llegaría a marcar un punto medio en la base inferior de la tela, entonces equidistante de cada uno de sus lados. Esa misma línea cortante del haz de luz y ese mismo punto vienen a coincidir con la pequeña infanta que ocupa efectivamente el centro de la representación y que aparentemente es el personaje/tema individual principal de la composición.


Con todo, la maña del pintor ha creado una escena (que es representada en la tela) que a su vez es escena para las figuras reflejadas en el espejo y hasta hace poco semi visibles, semi invisibles para nosotros, y a las cuales por algunos momentos habíamos parecido arrancar de su privilegiado luegar en la obra. Como ya se anotó, esas figuras son los soberanos. Se les adivina en la mirada respetuosa de los otros personajes y se les reconoce en las pequeñas siluetas que nos reporta el espejo olvidado de al fondo. Dicha pareja es, según Foucault, la más pálida, irreal y comprometida de las imágenes que se despliegan en la composición por cuanto residen fuera del cuadro y se hayan retirados en una invisivilidad de la que sólo escapan gracias al espejo. No obstante, y aún con esto anotado, son el verdadero centro de la representación que aparece ante nuestros ojos!


La ausencia de los soberanos en la representación es un artificio del pintor en donde una de las mayores curiosidades que Las meninas ofrece es hablar de la invisibilidad profunda de quien ve y a cuyo alrededor se organiza un determinado estado de cosas merced del poder que dicha invisibilidad detenta, y que para no parecer tan asfixiante se nos oculta momentáneamente, haciéndonos creer que se ha ido, mas no del todo. Un espejo modestamente olvidado actualiza a los configuradores de un determinado espacio constantemente y los hace imperecederos a las voluntades de los subalternos.

viernes, 24 de julio de 2009

Por un país que vale un Perú...




No obstante la pregunta pueda sorprender por su aparente ingenuidad, de todas maneras la hago: ¿qué sentido tiene rendir homenaje a la patria, celebrar, festejar un año más de su independencia?

Detrás de esta pregunta se esconden demasiadas cosas, la mayoría de ellas teñidas de los colores y los matices del sentido común que podrían impedir en un primer momento empezar una reflexión como la que yo quiero hacer ahora y que frecuentemente las personas respondemos con frases vagas que pretenden demostrar el carácter obvio de la respuesta que se daría a la misma. Pero intentemos un poco analizar las posibles respuestas y así hacer ver el fondo más complejo que implica todo este tema.

1.- Se podría decir que “se rinde homenaje a la patria porque se ha nacido en ella”.

En efecto, se agradece al suelo patrio que nos acoge, que nos ha visto nacer, crecer y que con el tiempo nos verá morir, si es el caso. Pero esto va más allá. El concepto de identidad sale a la superficie. Sabemos bien que en el mundo hay un país al cual podemos dirigirnos y que nos puede acoger con una naturalidad mayor de aquella con la cual podría hacerlo otra nación que en un inicio no sea la nuestra. Pero con esta misma respuesta hay el riesgo de no considerar oportunamente el hecho que tantos otros, no obstante haber nacido en un país específico, han sido acogidos por otro y con el paso del tiempo han desarrollado este concepto de identidad del cual hablo arriba. Así, queda claro que la idea de identidad no necesariamente debe verse ligada con demasiada fuerza al hecho de haber nacido en un lugar específico sino que la misma se desarrolla de acuerdo a las experiencias de vida del individuo y al proceso de asimilación que hace de las costumbres y tradiciones del país que lo acoge y cómo, a medida que esto procede, consigue insertarse bien en su sociedad y participar del conjunto de disposiciones de la interacción social que la distinguen.

2.- Se podría decir que “se rinde homenaje a la patria porque los demás lo hacen”.

Interesante! Cierto, en este caso lo que evidenciamos es que procedemos con cierto automatismo, un automatismo que no es del todo malo porque, por ejemplo no nos obliga nuevamente a pensar en las posibilidades de acción que como respuesta a un acto o hecho determinado deberíamos dar, sino que teniendo ya una opción concreta por efectuar ésta se pone en práctica y basta: una respuesta específica a un evento específico. Pero en el caso de decir que se rinde homenaje a la patria porque los demás lo hacen, esto que explico arriba, no alcanza el mismo éxito. ¿Por qué?

Porque se deja de lado la idea bien pensada de la cohesión social, que entre otras cosas, implica el reconocernos en los otros que nos circundan y con los cuales participamos en el bagaje cultural de una nación, de un pueblo, de una sociedad, de un país. Asumir esto por descontado roza el riesgo de perder la unidad de un pueblo por el simple hecho que se hace algo porque los demás lo hacen y se sigue así hasta cuando los intereses individuales se desencuentran y aparecen las divisiones entre las personas, y esto como consecuencia de una unión falsa entre los ciudadanos.

No se trata simplemente de celebrar y llevar la escarapela con los colores patrios. Es pensarnos bien como una comunidad imaginada, como lo decía Benedict Anderson en el libro titulado con este nombre, Comunidad imaginada, y ejercitar las capacidades sociales y culturales que a ese punto nos asisten.

3.- Se podría decir que “se rinde homenaje a la patria porque es un deber como ciudadano”.

Pregunta muy ligada a la primera que aquí se hace, tiene un concepto escondido que es también interesante de tratar.

Las cosas que alcanzan éxito son las que se hacen con pleno esfuerzo y que luego nos dan unos resultados y unas ganacias a favor del propio peculio. En este caso particular no hablamos de un esfuerzo por sentirnos nacionales porque la palabra en sí implica un lado no tan positivo como el que se necesitaría para crear identidad. Hablamos de conciencia, una conciencia bien ejercitada que nos permite hacer algo, puntualmente rendir homenaje a la patria en su día, pero porque somos nosotros los que sabemos bien que lo hacemos porque tenemos plena convicción que hacerlo nos hace sentir más completos, más íntegros; una convicción si se quiere superior, más noble y que al mismo tiempo da una ganancia cultural con la cual nos presentamos delante de otros ciudadanos del mundo.

La idea es clara: pertenecemos a un punto específico de la tierra, algún país del orbe mundo nos reclama como sus hijos. No somos simplemente unos nómades que han recalado en un sitio cualquiera y que allí han pasado los días con simpleza. No. Tenemos una patria cuya bandera podemos flamear con orgullo pese a sus problemas. ¿Acaso el insigne historiador peruano Jorge Basadre no hablaba del Perú como problema y posibilidad? El Perú como posibilidad de generar identidad y de complementar al individuo concediéndole una creencia que aterriza en un punto geográfico determinado dotado de simbología propia a este respecto (bandera, escudo, himno).

La paternidad que nos ofrece la patria no es del todo desdeñable, según mi parecer: ¿quién en su sano juicio rechazaría el apellido que un padre y una madre amorosos le pueden y quieren dar a un hijo, por más defectos que los mismos tengan, siempre que el amor que dicen prodigarle al mismo sea medianamente expreso y palpable?

Finalmente, el homenaje a la patria no se puede hacer solamente como un deber. Es necesario legitimar el acto, el rito en sí y estar convencidos que lo hacemos porque por sí es bueno. Es decir, no esperar que se nos llame a hacerlo sino ser nosotros quienes lo busquemos porque nos hace felices, porque tenemos tanto que agradecer a una tierra que en medio de sus problemas aún nos dice como una madre: ven, te puedo acoger… ¿Y quién va a negar que nuestro Perú siempre ha sabido acoger a propios y extraños? La hospitalidad de su gente siempre se ha dejado sentir, ello no es una revelación.

Este artículo no quiere velar su clara intención de querer generar solidaridad con la patria. Si no se respeta la casa que nos acoge, es probable que con mayor facilidad se pueda irrespetar a sus integrantes.

viernes, 17 de julio de 2009

En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura


En medio del camino de nuestra vida
me encontré por una selva oscura,
porque la recta vía era perdida.

¡Ay, qué decir lo que era es cosa dura
esta selva salvaje, áspera y fuerte,
cuyo recuerdo renueva la pavura!

Tanto es amarga, que poco lo es más la muerte:
pero por tratar del bien que allí encontré,
diré de las otras cosas que allí he visto.


Estos imperecederos versos no pueden ser de otro que no sea el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321), que empieza así la recitación del Canto I del Infierno, el pasaje más seductor que pueda contener su magna obra La divina comedia.

Yo, en esta ocasión, he querido valerme de estos versos -diáfanos en tanto que traslucen vivamente el temor que el mortal creyente debe tener de caer en ese averno iridiscente que es el infierno en caso de no llevar en vida la buena conducción de sus días- para reseñar un tema que me interesa hacer tocar, y que se enmarca dentro del uno de los tantos debates de la sociología urbana: hablo, puntualmente, del problema de la desintegración de la comunidad.

Aunque pueda perecer que exagero (pocas veces lo hago!...) en ciertos momentos vivir en comunidad, en sociedad, o más abiertamente, rodeado de personas con las cuales establecemos día a día diversos tipos de interacción mediada por una configuración de dispositivos simbólicos -entre ellos y siendo uno de los más importantes y necesarios, el lenguaje- puede llegar a ser exasperante. Puede llegar el instante en que vamos a desear estar solos y lejos de los demás al sentirnos asfixiados de su presencia, y veremos porqué pasa esto. Pero cuando parece que finalmente nos hemos librado de esos otros que son el enemigo, volviendo la mirada al espacio desocupado que han dejado, nos topamos efectivamente con un vacío, que antes, cuando ocupado, complementaba nuestras vidas. Nos asalta la desolación al no tener un referente humano al cual dirigirnos, y en medio de esa soledad que difícilmente puede absolver nuestras más variadas dudas (las existenciales, por ejemplo) tendemos a la depresión, y después al suicidio, en el peor de los casos.

Pues bien, me centraré ahora en alcanzar las perspectivas de los más notables teóricos que sobre esta temática han hablado y que, estoy seguro, va en la dirección de entender el problema de la cohesión social.

I

Pensemos en las diferencias que saltan a la vista inmediatamente al comparar la vida en la gran ciudad y la vida en el campo. Las grandes ciudades y el emplazamiento espacial que han alcanzado hasta hoy son básicamente producto de una revolución tecnológica (sobre todo la que opera en el campo de las comunicaciones) que caracteriza a la Era Moderna. La gran ciudad es la prueba más palpable de los tiempos "modernos" que vivimos, y que dista mucho de parecerse, de asemejarse algo siquiera a la aldea, pueblo o comunidad "aún no abierta a la gran modernización". Ambas, por tanto, imponen distintos códigos de comportamiento y control social que sus integrantes deben acatar en caso de querer continuar integrando las mismas. Es aquí donde surgen los problemas!

El sociólogo alemán Ferdinand Tönnies (1855-1936) hablaba de Gemeinschaft y Gesellschaft para referirse con mayor precisión a la vida que se da en los contextos antes anotados.

Para Tönnies, la Gemeinschaft reúne a un número no muy grande de personas que se hallan inmersas en una red de relaciones estrechamente tejida, básicamente conformada por parientes y amigos, donde sus miembros están, entre otras cosas, unidos por una ascendencia común, así también como por valores, aspiraciones, tradiciones, roles comunes, etc. Sus integrantes comparten historia y actividades comunes labradas gracias a una poderosa interacción cara a cara que con el curso del tiempo ha ido creando fuertes lazos emocionales, sagrados e imperecederos en tanto sagrados.

Asimismo, la gente concibe su identidad en términos de su lugar de origen y de su posicionamiento social en la comunidad.

Muy por el contrario, la Gesellschaft agrupa a personas vinculadas entre sí a través de organizaciones formales (las instituciones) y el mercado. Se caracteriza por contener poblaciones amplias y densas que establecen un número mucho menor de interacciones cara a cara con el resto de las personas. Acontecen, entonces, interacciones de carácter impersonal. Suceden relaciones superficiales y difícilmente se comparten ascendencia, valores, normas, actitudes, tradiciones, etc.

La Gesellschaft, además, se caracteriza por la alta especialización del trabajo, la misma que explica la distancia social entre sus integrantes, una distancia social que crea lazos fragmentados entre las personas.

II

Georg Simmel (1858-1918) sostenía que la ciudad es ruido y agitación, turbulencia y sensacionalismo. La estimulación constante que la ciudad ejerce sobre los hombres y mujeres hace que desarrollen una situación de hastío hacia lo que sucede alrededor. Tal situación de hastío, de una u otra forma, los protege de un severo agotamiento emocional que también es en buena medida un tipo especial de sobrecarga psíquica generada por la interacción con nuestros coetáneos.

Así, tenemos, al interior de la ciudad personas frías y sin corazón, indiferenetes a los sentimientos y acciones de los demás. Con todo ello, caemos en la conclusión que la vida urbana desarrolla la individualidad, permitiendo el anonimato (que en ciertas circunstacias puede ser bastante ventajoso como no) y una amplia variedad de relaciones sociales, la misma que es tal en tanto más diversas sean las peronas. Acá radica la ventaja de que aquéllas no compartan ascendencia, valores, normas y actitudes comunes.

III

Louis Wirth (1897-1952) aportaba, a su vez, lo siguiente: Las poblaciones de la gran ciudad se caracterizan por ser de gran tamaño, tener alta densidad y amplia heterogeneidad. Estos dos últimos aaspectos desmotivarían la posibilidad de que se establezcan relaciones personales estrechas. La masificación, a lo mucho, podría generar relaciones personales distantes. Dichas relaciones personales serían distantes debido al hastío que los individuos probarían al estar siempre rodeados no solo de la agitación y el tumulto del que ya se hablaba líneas arriba sino también porque les sería dificultoso encontrar espacios de privacidad en medio de aquella selva de cemento que es la gran ciudad, caracterizada, por supuesto, por la alta densidad demográfica que no deja espacio geográfico mínimo para un mayor emplazamiento y "distracción" de sus integrantes.

Sin embargo, esta sensación de hastío y de, hasta cierto punto, desagrado que se podría sentir por los demás y su presencia asfixiante, hasta el punto de desear que no existieran, podría igualmente generar en algunos otros individuos, al reconocer el estado de unas relaciones sociales impersonales, distantes, una sensación de asilamiento que, nuevamente, dependiendo de ciertos estados emocionales de la persona, podrían conducirlo a la depresión o al suicidio al no encontrar referente humano alguno.

Otro de los aspectos negativos de un tipo impersonal, distante de relaciones sociales es la actitud de indiferencia y apatía que las personas pueden sentir hacia los demás y sus problemas. Esa misma indiferencia consiente la aparición de la delincuencia, la corrupción y la criminalidad, que opera libremente al saber que no ocasionará un gesto de desaprobación lo suficientemente ostensible en las personas que, ante la ocurrencia de un delito, lo vayan a censurar. Quienes delinquen saben que el resto de la sociedad no va a hacer un seguimiento puntual de la aplicación del castigo para ellos en el acertado caso de que así lo ameriten. Todo ello les concede una especie de patente de corso que les permite actuar temiéndole poco a la sanción, y mucho menos a la censura.


Por todos los puntos hasta aquí expuestos es que la ciudad y la vida en sociedad puede, no pocas veces, simular un infierno, algo semejante al que narra Dante y que traigo a colación al inicio de este post. En todo caso, la distintos puntos sobre el tema que los teóricos aquí reseñados aportan al respecto son interesantes y por demás enriquecedores de una lectura mucho más específica y detallada de la complejidad que implica la vida en sociedad, obviamente siempre condicionada por las características geográficas sobre las cuales se asienta la ésta, así como también por los dispositivos de control y delineamiento de las pautas conductuales y actitudinales impone y que se espera asuman sus integrantes en caso de querer seguir integrando la misma.

sábado, 11 de julio de 2009

La configuración social de la identidad


Hace unos días recordé un encuentro con una pareja italiana que a mediados de marzo del año pasado vino al Perú a encontrar a su hija: vinieron a adoptar. Movidos por un ardoroso deseo de acoger es que hicieron un viaje de aproximadamente 15 horas desde Italia para llegar a nuestro país, y permanecer en él por lapso de un mes, más o menos, que iba desde encontrar a su hija, en efecto, hasta terminar la práctica adoptiva y lasciare a posto (dejar en regla, digamos) toda la documentación respectiva que acreditara que la niña que finalmente habían podido estrechar en brazos era su hija... ¡Con todas las de la ley!

Así, aquella pequeña había hallado el calor y el afecto de un papá y de una mamá, y ya sabía lo que era tener una familia. Aquel concepto hasta ese entonces abstracto había alcanzado materialidad para ella.

En tanto conversaba con la pareja italiana, una de las frases dichas por el feliz padre consiguió impactarme ostensiblemente. El dijo más o menos esto:

"l'unica cosa che ricorderà che è nata in Perù sarà la sua fisicità"

... que en español es: la única cosa que le recordará el haber nacido en el Perú será su aspecto físico. Y sí, pues, aquel dichoso hombre tenía razón, pero ¿por qué?



Aquella pequeña desde entonces en adelante habría sido italiana, no solamente por estar bajo la protección de la ley y de las normas civiles italianas, no solamente porque habría tenido los respectivos documentos italianos que acrediten su nacionalidad, sino porque, como tantos otros niños que han tenido la fortuna de encontrar una verdadera familia que los ame y asuma el cuidado de ellos, habría crecido en un contexto social y cultural diferente, diverso: el contexto social y cultural europeo, con las especificidades propias de un país como Italia.

Poco a poco muchos niños que han partido hacia un futuro mejor, en el calor de una familia, han hecho suya esa “italianidad” que no cesa de sorprender al mundo entero, y que aún después de tantos siglos, con su música, su comida, la moda, su modo de hablar tan particular, sigue dejando con la boca abierta a millones de personas en el mundo.

La “italianidad” de la que hablo no se adquiere de un día a otro, como se podría pensar. Para devenir italiano son necesarios años de experiencias vividas en el Bel Paese, y que van desde aprender a tomar un buen café, gozar la hora del almuerzo delante de una buena pasta, hasta saber escoger la ropa más “moderna” para vestir, o también perderse por la ciudad en medio de siglos de historia, como solamente en Italia puede suceder, y deleitarse con la misma en términos similares de posibilidad de impresionarse como sólo los mismos italianos pueden hacerlo al estar ante el relato físico y simbólico de años y años de existencia de una nación, de un pueblo, de un país y de un estado como aquel.

No se es italiano o italiana solamente porque se tiene el pasaporte o el documento de identidad italiana. El concepto de “italianidad” que ahora pretendo esbozar es más amplio de aquel que pueda ofrecer el Derecho, y que es frecuentemente expresado en las leyes: se es italiano o italiana porque se tiene la consapevolezza (la traducción relativa de esta palabra podría ser conciencia, conocimiento), la sensación y la certeza de participar de un conjunto de conocimientos y de reglas de vida que se han formado con el paso del tiempo, que conservan y mantienen viva la historia de un pueblo, y que precisamente por ello (necesariamenete también por ello) aterrizan en un determinado espacio geográfico que modela la cultura y que se deja modelar por la misma, desplegando una interacción binómica interesante de configuración de las pautas socio conductuales y actitudinales de las personas. La “italianidad” es una forma de vivir, que se modela día a día. Significa más que el simple hecho de haber nacido en Italia.

La pequeña que me inspiró estas reflexiones devendrá italiana, con su documento de identidad, obviamente, pero también merced de la géstica y la forma de hablar y todo lo que caracteriza el desenvolvimiento individual de las personas una vez que entablan un intercambio simbólico de comunicación en sociedad pro desarrollo y sobrevivencia.

lunes, 29 de junio de 2009

Reflexión para la acogida


La condición de abandono que muchos niños, alrededor del mundo, sufren día a día se ha convertido en una de las 04 principales emergencias humanitarias que la ONU ha declarado deben ser atendidas. Según las estadísticas de las que se dispone al respecto, aproximadamente en el mundo hay 145 millones de niños abandonados, fuera de una familia y que no conocen una representación física para las palabras mamá y papá.

Vemos niños abandonados, en la calle, todos los días: pidiendo limosna, subiendo a los buses a cantar y pedir una "colaboración", ofreciéndonos golosinas, etc. De más de un modo ellos buscan, pues, sostener el día a día ya que viven una terrible realidad: no tener quien los acoja al interior de una familia. Pero no menos triste es la realidad que cientos de niños y niñas viven en los albergues y casas hogares de acogida al menor abandonado que gestionan entes públicos y privados en el país. Menores que solamente conocen los desteñidos colores de los muros que cercan el espacio de acogida temporal en los que residen pero que esperan sentir el calor de una familia, de unos padres y unos hermanos que le hagan sentir, saber que es importante y que hay alguien que se preocupa de cuanto pueda pasarle. El transcurrir tantos años lejos de tan magnífico contexto, propicio para un auténtico desarrollo de su personalidad y de sus respectivas capacidades puede dejar en ellos un vacío que quizá ya nada en la vida, más adelante, podrá llenar. El abandono deja las más terribles cicatrices en el alma del niño no deseado por nadie.

Entonces, ¿hasta qué punto es válido preguntar de quién es la responsabilidad del abandono? ¿También nosotros que no somos padres, o que siéndolo no hemos abandonado, tenemos responsabilidad alguna? ¿Tenemos culpa en ello? Responder a estas preguntas reclama el debatir nuevamente un tema que debe cobrar cada día más actualidad hoy por hoy: responsabilidad social.

Yo, además, quisiera preguntar lo siguiente, y con ello invitar a la reflexión: ¿es peligroso no acoger un niño abandonado? Yo diría que sí, y a continuación explico el porqué.

Es fundamental leer el problema del abandono con los ojos de la sensibillidad social, la misma que va adelante, de la mano de la responsabilidad social, y van juntas siempre, porque quien se ve golpeado por las diversas problemáticas que debe vivir el mundo, no se queda de brazos cruzados sin hacer algo al respecto. Entre estos dos conceptos, los de la sensibilidad y responsabilidad hay un vínculo muy fuerte de carácter reflexivo: una se ve en la otra como si se mirara delante de un espejo. No tener esta responsabilidad social nos encierra en la cárcel del individualismo, y una sociedad que se precie de llamarse así no consigue sobrevivir si reconoce en su interior más que componentes aislados que no se ligan, que no se vinculan entre sí más allá de esas ligazones de carácter mercantil o jurídico-legal que puedan imponer entes como el mercado o el estado.

Desde siempre, uno de los objetivos de las sociedad ha sido sobrevivir. Lamentablemente, cada día parece que este objetivo se va quedando de lado conforme el hombre se olvida del otro y solamente se preocupa en alcanzar dos cosas: aumentar su ganancia y maximizar su consumo.

Sobre el fondo de toda esta problemática hay un argumento fundamental de la sociología, y es puntualmente, el del problema de la cohesión social, cómo es que la misma es posible y en virtud de qué se convierte en la verdadera garantía de los hombres-en-sociedad para alcanzar la supervivencia. Sirve de mucho hacer una lectura de sentido sistémico de la problemática abandono, que es la problemática de la falta de sensibilidad social, y además, la problemática de:

- No acoger la necesidad del otro.
- Dudar y con ello perder tiempo en decidir acoger la necesidad del otro.

Mana, brota entonces la cuestión ética: frente al abandono y no acogida de un menor abandonado, ¿soy culpable? Pareciera que sí! Soy culpable o un poco más o un poco menos, pero libre de culpa no estoy ante ello.

En el siglo XVIII, Inmanuel Kant, en su libro Fundamentación de la metafísica de las costumbres hablaba de un mandato autónomo autosuficiente capaz de regir el comportamiento humano en todas sus expresiones, nacido de la razón. Una obligación absoluta capaz de desplegarse en toda circunstancia. Esta obligación podría ser -resumida a propósito de cuanto hablado hasta ahora, propongo yo- "acoge al otro como quisieras que te acogieran".

Pero surge la interrogante: ¿qué es acoger? La mejor respuesta a esta pregunta la encontramos, con un definitivo sentido e impronta cristianos en el pasaje de la Biblia de Mateo 18, 5 cuando Jesús dice: "quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre me acoge a mí". Acoger es asistir, apoyar, sostener, soportar a alguien en tanto necesite de otro.

La acogida es un misterio. Es un sol inagotable que nos invita a explorar en él un significado que nunca termina de transmitir un mensaje y una lección. Quizá una clave para encontrar las respuestas requeridas esté en la frase de San Agustín que dejo a la reflexión:

creer para comprender...
comprender para creer...

jueves, 18 de junio de 2009

Entre la presencia y la ausencia

Michelangelo. La creazione di Adamo.
*
Y también se nace a la muerte
con la muerte...

Y entonces
se nace para siempre...



... Mi siempre muy leído hermano Paul recuperó para nuestra memoria estos versos en prosa que encontró en una de las novelas del escritor peruano Luis Alberto Sánchez, y si no me equivoco dicho libro se titula Los burgueses. En caso de que me pueda estar equivocando (porque no niego tal posibilidad en vista de que jamás me he sentido interesado por la producción literaria de Sánchez), espero alguien me corrija, o en todo caso, cuando pregunte bien a mi hermano, yo mismo haré la precisión respectiva.

Pero quiero decir un poquito más que el hecho de relatar este suceso.

Hace poco mi papá falleció, y esto hasta hace no menos de una semana todavía me ha seguido afectando, pero con menor intensidad de como lo hacía los primeros días posteriores a su deceso. Hay, en la mayoría de los casos en los que ocurren eventos dolorosos, una combinación de palabras con profuso significado -la profusión de tal significado se debe al contexto en que se expresen y de acuerdo a lo que las personas vivan- que fungen de especie de consuelo para allanar el dolor. Estas palabras son tiempo y olvido: el tiempo, que con su marcha inexorable hace que las heridas cicatricen, que las emociones causadas por el dolor restañen y la potencia activa de las personas retome su sendero cotidiano, y el olvido, que va de la mano del tiempo, y que poco a poco despliega su grisura sobre determinados hechos que la mente, precisamente al verlos ya opacos a la luz de las horas transcurridas, opta por no recordar, llegando incluso a extremos poco creíbles en los que las personas puedan preguntarse con asombro si tales hechos, ahora ya deslúcidos, alguna vez ocurrieron.

Pero yo creo que un binomio como este sólo alcanza real efectividad de acuerdo a la voluntad de las personas, nuevamente, que son las que deciden qué olvidan y qué recuerdan, qué semi-olvidan y qué semi-recuerdan. Yo, personalmente, soy consciente de que tendría que urgar bastante en los pasajes de mi mente para recordar sucesos que en el pasado, cuando vividos, me produjeron algún tipo de desasosiego lo suficientemente colpente como para que hoy, en la actualidad, hacer un esfuerzo por recordar los mismos no fuese menester. Sin embargo, la muerte reciente de mi padre -evento que de por sí muy difícilmente llegaré a olvidar, a no ser que algún día pierda la memoria de modo natural o no- no la olvidaré jamás.

Otra cosa curiosa -y no sé porqué digo curiosa en verdad, quizá porque recién la he tenido que inevitablemente vivir- es que con su ausencia he recordado muchísimos momentos vividos a su lado durante los años de vida que me acompañó y que estuvo a mi lado. Por las noches, en el pasaje al sueño que se conoce como vigilia, he recordado incluso su voz, su modo de reír y sonreír, sus ironías, sus gestos diversos, y eso me ha hecho feliz. Feliz porque, en medio de su partida que me ha parecido bastante pronta y poco anunciada, he podido caer en la cuenta de que mi padre ha tenido que estar mínimamente presente en los diversos hechos e instantes de mi vida como para que yo haya sido capaz de recordarlo, y de saber que estuvo ahí, conmigo, para compartir mi alegrías y mis penas... Más mis alegrías que mis penas.... Las penas penas más las compartía con mi madre, pero eso ahora es sólo una particular selección de a quién le dije qué. Lo importante y verdaderamente trascendental es que tuve a quién decírselo, y no quedó mi voz con las ganas de hablar y expresarse.

Sin embargo, no niego que me habría gustado disfrutar de más momentos con mi padre. Desde que nací me vi más apegado a mi madre, quizá porque como dice el discurso psicoanalista, también viví el complejo de Edipo; quizá porque mi madre quiso acogerme más que mi padre... En fin, no lo sé y ahora no quiero preguntarme más... Lo cierto es que me habría gustado saciarme de mayores instantes con mi padre, su presencia, su palabra y sus actos.

Eso ya no será más posible, pero ahora, más que nunca, deseo que todo lo que se me ha inculcado respecto de la religión católica, en lo referente a que hay una estancia llamada cielo en donde las almas se vuelven a encontrar tras lavar sus faltas cometidas en tanto ocuparon una materia corpórea vital por un determinado número de años aquí en la tierra, sea verdad.

Si hoy puedo soñar, quiero que mi sueño sea ese: pensar en la posibilidad de reencontrarme con mi papá, al que me habría gustado besar y abrazar más, no tan sólo por aquellos días en que lo vi delicado de salud, hasta aquel sábado 09 de mayo por la mañana, cuando recobró el conocimiento y me prometió que se habría recuperado, luego de habérselo pedido con llanto y besando sus manos...

Me mentiste papá,
pero hasta en las últimas horas de vida
que Dios te permitió,
quisiste liberarme de cualquier carga
que me hiciera sufrir...

... Pero no fue así papá,
hoy, más que por alguna otra cosa,
lloro, lamento nuestras omisiones
y sufro tu partida...

... Y sueño con un idílico día
en el cual te volveré a abrazar
y a decirte solamente:
hola papá...

viernes, 12 de junio de 2009

Verso fúnebre...

La muerte es la noche fresca...
La vida, el día tormentoso...
Heine